22. El sospechoso equivocado
El sospechoso equivocado
Elena nunca había escrito un atestado.
Los había leído a centenares. Sabía cómo se cierran, por dónde se rompen y qué aspecto tiene uno hecho por alguien con prisa. Pero escribir uno es otra cosa, y no era su trabajo, y no lo había hecho nunca.
Aquella noche, en la habitación de la pensión, escribió uno.
Había vuelto de la estación costera a media tarde con la copia azul de Olvido Arnáiz dentro de la libreta, entre la página de las cuatro preguntas y la de la cuenta.
Subió, se quitó las botas y puso las cosas encima de la colcha en el orden de siempre, de izquierda a derecha, que era el orden de aquella noche de noviembre.
Y entonces, en vez de leerlas otra vez, cogió la libreta por el final, por las hojas limpias, y empezó a escribir hacia delante.
Le salió solo. Ese fue el problema.
Llevaba ocho meses leyendo atestados con el lápiz en la mano y buscando por dónde se les veía el hueco. Resulta que se aprende. Resulta que uno se pasa medio año mirando cómo se construyen las cosas y un día, sin proponerse nada, construye una.
«23:12. Transmisión en el canal 16 sin indicativo. Letras leídas despacio, cuarenta segundos. La operadora pide identificación dos veces y no contesta nadie.»
Alguien transmitió. La señal entraba fuerte y limpia, o sea de cerca.
En Punta Gris hay una emisora en cada barco, en la cofradía y en media docena de cocinas, había dicho Olvido, y aquello, que parecía cerrar la puerta, la dejaba abierta del todo: el que transmitió estaba en el pueblo o estaba en el agua.
«23:30. El mecanismo de la linterna se desconecta a mano.»
Dieciocho minutos después. Alguien subió sesenta y ocho peldaños y bajó una palanca con toda la mano.
«23:40. El Santa Ola embarranca en los arrecifes.»
Diez minutos más. Y aquí Elena escribió lo que llevaba dos días sabiendo y no había colocado todavía en ninguna parte:
«Desde el pueblo no se ve el faro. Solo se ve desde la punta del espigón y desde el mar.»
Lo subrayó.
Aquella noche, en Punta Gris, solo hubo una persona que pudiera ver apagarse aquella luz. Y esa persona tenía una emisora a un metro de la mano.
Elena se levantó, dio dos vueltas por la habitación, que medía cuatro pasos, y volvió a sentarse.
Después escribió la lista.
«R. V. estaba en el mar aquella noche.»
«R. V. es la única que podía ver el faro.»
«R. V. tenía emisora.»
«R. V. avisó veinticinco minutos tarde y no ha explicado nunca por qué.»
«R. V. mintió sobre una taza sin ninguna necesidad.»
«R. V. no entra en la taberna desde entonces.»
«R. V. dijo que si se iba, tenían razón.»
Siete líneas. Cada una comprobada por ella misma, allí, con una fecha y un sitio donde volver a mirarla.
Se quedó un rato mirándolas y sintió una cosa que no sentía desde hacía mucho tiempo, y que no era alegría, y que se le parecía bastante.
Encajaba.
Ocho meses apuntando lo que faltaba en las cajas de otros, y por primera vez tenía delante una hoja donde no faltaba nada.
Antes de seguir sacó la copia azul y estuvo una hora con ella.
Tres líneas de mayúsculas de molde. Las copió otra vez en una hoja aparte. Las agrupó de tres en tres y de cinco en cinco. Contó cuántas veces aparecía cada una y buscó las más repetidas, que es lo que se hace, y lo que había hecho Olvido Arnáiz dos noches con el crucigrama al lado.
No sacó nada. Ni una palabra, ni media.
Lo dejó y volvió a lo suyo.
Aquellas tres líneas eran lo único de todo el expediente que no encajaba en lo que estaba escribiendo. Las apartó.
Trabajó hasta muy tarde. Escribió la reconstrucción entera, hora por hora, con la letra apretada que le salía cuando iba en serio.
Escribió lo que veía Rita Vergara desde el puente.
Escribió qué se hace con una emisora cuando no se quiere que te identifiquen.
Escribió cómo se explican veinticinco minutos de silencio si lo que hay que decidir en esos veinticinco minutos es qué vas a contar.
Una parte le salió tan redonda que la leyó dos veces seguidas:
«A las 23:12 el faro estaba encendido y el Santa Ola volvía a puerto. A las 23:30 se apagó. Durante diez minutos, la única persona de este pueblo que sabía que el faro estaba apagado iba a bordo de un barco que se acercaba a unos arrecifes que conocía de memoria.»
Y era verdad. Cada palabra de aquel párrafo era comprobable.
Y llegó al hueco.
El hueco estaba donde están siempre, y ella lo sabía de sobra, porque llevaba ocho meses anotándolos en cajas ajenas: faltaba el para qué.
No tenía ninguno. Ni uno. Rita Vergara no ganaba nada con aquel faro apagado, y lo que perdió aquella noche fue su propio barco contra las rocas, con toda su tripulación en el agua fría.
Elena escribió abajo, en letra más pequeña:
«Motivo: pendiente.»
Y siguió.
Se dijo que el motivo aparecería, y se buscó uno por si acaso.
Que Losa hubiera visto algo desde la torre. Que hubiera algo entre ellos de hace años. Que aquella noche pasara una cosa en el mar de la que no hay papel en ninguna parte.
Ninguna de las tres se podía escribir debajo de las otras siete, porque las otras siete tenían una fecha y un sitio y aquellas eran tres maneras de decir «a lo mejor».
Elena las tachó. Fue lo único que tachó en toda la noche.
Se lo dijo con estas palabras y sin oírse decirlo, que es como se dicen esas cosas: un caso se sostiene por los hechos, y los hechos estaban; el motivo es lo último que se encuentra, porque el motivo está dentro de una cabeza y los hechos están en el mundo.
* * *
A las dos de la mañana se levantó para ir al baño y la rodilla no la acompañó.
Tuvo que sentarse otra vez en el borde de la cama y esperar, que era lo que había aprendido a hacer, con la mano abierta encima de la rótula y sin apretar.
Un suelo de garaje recién fregado. Un cartel amarillo de los de siempre, puesto donde tenía que estar. Un paso más largo de la cuenta porque iba deprisa a coger la cámara.
Tres segundos, y ni siquiera se cayó del todo: se quedó a medias, agarrada a una columna, con la rodilla girada hacia donde no gira una rodilla.
No había nadie mirando y no hubo nada que contar. Lo peor no fue aquello, ni lo de después. Lo peor vino a la semana siguiente, cuando hubo que rellenar el parte de accidente y resultó que cómo había sido no daba ni para dos líneas.
Elena se acordaba de la casilla y de lo poco que ocupaba escrita.
Y se acordaba de haber pensado, con el bolígrafo en la mano, que quien leyera aquel impreso no iba a entender absolutamente nada de lo que había pasado ahí dentro. Que para eso no hay casilla.
* * *
Esperó a que la rodilla la dejara y volvió a la mesa.
A las tres y media volvió a comprobar lo de la visibilidad, porque era la pieza que sostenía todo lo demás y porque a esas horas uno empieza a desconfiar de sí mismo. Sacó el croquis, midió con los dedos la distancia del espigón a la lonja y se acordó del edificio tapando la torre.
Aguantaba.
Terminó a las cinco y diez de la mañana. Se lo leyó entero, dos veces, buscándole los fallos como se los buscaba a los de las cajas.
No se los encontró.
Estaba bien escrito. Los hechos eran hechos. Las horas cuadraban. Cada afirmación tenía debajo un sitio donde volver a comprobarla, y ni una sola frase decía más de lo que podía sostener.
Era, con diferencia, lo mejor que Elena había hecho en ocho meses.
* * *
Fuera empezaba a clarear por encima de los tejados. En el puerto no había nadie todavía, y la lonja estaba a oscuras.
Apagó la luz y se quedó despierta con el ruido del mar, contenta de una manera que no se podía decir en voz alta.
Elena nunca había escrito un atestado.
Aquella noche escribió uno, y era bueno, y estaba mal.