21. Letras sueltas
Letras sueltas
En la estación costera se apuntaba todo, hasta lo que no se entendía.
Lo decía un cartel plastificado junto a la puerta de la sala de radio, sujeto con cuatro chinchetas de colores distintos: «Toda comunicación, entendida o no, se anota». Alguien había subrayado «o no» con bolígrafo, y alguien más, con otro, lo había vuelto a subrayar.
Elena había llamado al sótano a las ocho para decir que aquel martes no bajaría.
Tobías contestó al primer tono, no preguntó por qué y, antes de colgar, le informó de que la bombilla seguía sin llegar.
Los días de asuntos propios se pedían por correo interno.
Elena dio por hecho que el permiso llegaría con la bombilla.
La estación estaba veinte kilómetros al norte de Punta Gris, en lo alto de un monte pelado donde los únicos árboles eran las antenas.
La carretera salió de la niebla a mitad de la subida, de golpe, como quien saca la cabeza del agua.
Arriba hacía sol. Abajo, la costa entera se había quedado debajo de una sábana blanca y quieta, y lo único que asomaba, muy lejos, era algo que podía ser la punta de una torre.
El edificio era una caja de hormigón blanco con ventanas estrechas y un mástil lleno de cables que zumbaban con el viento. Le abrió una mujer de unos sesenta años con unos cascos colgados del cuello, una chaqueta de punto abrochada hasta arriba y un bolígrafo detrás de la oreja.
—Usted es la del archivo —dijo—. Los pesqueros llevan desde el sábado hablando de usted por la radio, en canales donde no deberían. Pase. Sabía que alguien vendría. Lo que no sabía es que iba a tardar tanto.
Se llamaba Olvido Arnáiz y llevaba treinta años de guardias en aquella sala. Se lo contó por el pasillo sin que Elena le preguntara, como quien enseña la documentación antes de que se la pidan, y se adelantó al chiste.
—Olvido. Ya lo sé. En un sitio donde se apunta todo.
La sala de radio era más pequeña de lo que Elena esperaba.
Una fila de receptores grises con sus lucecitas, un reloj grande en la pared, un ventanal que daba al mar de niebla y, en una esquina de la mesa, un crucigrama a medio hacer, con las casillas rellenas a bolígrafo.
De un altavoz salía un siseo continuo, como de lluvia fina, que de vez en cuando se rompía en una voz de hombre cantando un rumbo.
—El dieciséis —dijo Olvido, señalando el altavoz con la barbilla—. Llamada y socorro. Aquí no se apaga nunca, ni en Nochebuena.
Elena le explicó a qué había venido. No le hizo falta explicarlo mucho.
Olvido abrió un armario metálico, igual que los del sótano, y sacó una carpeta de anillas con el lomo rotulado a mano: «INCIDENCIAS».
No buscó la página. La carpeta se abrió sola por ella, como se abren los libros por la página que más se ha leído.
Era una copia hecha con papel de calco, con las letras azules y un poco borrosas de quien aprieta al escribir.
ESTACIÓN COSTERA · HOJA DE INCIDENCIA N.º 31 3 NOV · GUARDIA DE NOCHE · OPERADORA: O. ARNÁIZ
23:12 · CANAL 16 · Transmisión de voz sin indicativo. Secuencia de letras leída despacio, una sola vez. Duración aproximada: 40 segundos. Se solicita identificación en 2 ocasiones. Sin respuesta.
TRANSCRIPCIÓN:
Debajo venían las letras. Tres líneas de mayúsculas de molde, como las de un crucigrama. Elena las recorrió despacio y no encontró ninguna palabra, ni en su idioma ni en ninguno que conociera. Era la letra de alguien que había puesto mucho cuidado en no equivocarse con algo que no entendía.
El altavoz carraspeó. «Estación costera, estación costera, aquí el pesquero Tres Hermanas.» Olvido se puso los cascos, contestó con cuatro palabras, lo mandó a otro canal y apuntó la hora en el diario de guardia. Luego se bajó los cascos al cuello.
—¿Qué pensó al oírlo?
—Que eran claves de pesca. —Olvido se sentó y le señaló la otra silla—. Los pesqueros se dictan las posiciones en clave para que no les roben el caladero. Aquí se oyen letras y números todas las noches. Una aprende a apuntarlos sin intentar entenderlos, o no acaba la guardia.
—Pero esta la apuntó aparte.
—Porque no dijo quién era. —Dio un golpecito en la hoja con el dedo—. En el dieciséis todo el mundo dice quién es, hasta el que miente. Es lo primero que se aprende. Aquel no lo dijo ni al principio ni al final. Le llamé dos veces y nada.
Elena miró la hora de la hoja, y la cuenta le salió sola.
—Dieciocho minutos antes del apagón.
—Dieciocho. Esa cuenta la hice a la mañana siguiente, cuando ya lo sabía todo el mundo. Aquella noche solo eran unas letras más.
—¿Y por qué no está en el atestado?
—Porque aquella noche cada papel se fue por su lado.
—Olvido se quitó el bolígrafo de la oreja y lo dejó sobre el crucigrama—.
El diario de la guardia se lo llevó la comisión que investiga los accidentes de mar, por lo del Santa Ola.
A esos les importaba lo de las 23:40. Las incidencias van a la autoridad marítima, que es lo que manda el reglamento.
Esta salió a la mañana siguiente, con el correo de las nueve.
Pasó la hoja. Detrás, grapado, venía el original, que había vuelto de su viaje con un sello de tinta morada.
SIN RELEVANCIA PARA LA SEGURIDAD DE LA NAVEGACIÓN
—Tardó tres meses —dijo Olvido—. Para entonces el caso ya estaba cerrado.
Elena pensó en el Santa Ola contra los arrecifes, veintiocho minutos después de aquellas letras, y no dijo nada. Hay sellos que no admiten comentarios.
—El sargento Quintás subió el día 5 —siguió Olvido—. Se sentó donde está usted, con el uniforme mojado, y copió las letras en su libreta, despacio. Luego me preguntó de dónde venía la señal.
—¿Y de dónde venía?
—De cerca. Entraba fuerte y limpia, así que pudo salir del cabo, del puerto o de cualquier sitio entre medias. En Punta Gris hay una emisora en cada barco, en la cofradía y en media docena de cocinas. Eso le dije, y también lo apuntó.
Elena pensó en la pregunta a lápiz debajo de la firma del sargento. Quintás no había podido meter en su atestado un papel que no tenía. Tampoco había sido capaz de dejarlo fuera del todo.
—¿Nadie intentó leerlas?
—Yo. Dos noches, con el crucigrama al lado.
No saqué nada. —Olvido miró las letras sin tocarlas—.
Yo no soy de claves, soy de apuntar. El sargento volvió una vez más, ya jubilado, sin uniforme.
Se tomó un café mirando la niebla y, antes de irse, me preguntó si la hoja seguía aquí. Le dije que sí. No me la pidió.
Abrió las anillas y sacó la copia azul con cuidado.
—Llévesela. El original se queda, que lleva sello.
En primavera cierran la estación y pasan el dieciséis a un edificio con moqueta, a doscientos kilómetros.
Esto se queda como el faro, con una valla y un cartel.
Lo que no quepa en las cajas va a la trituradora.
—Le tendió la hoja—. Yo ya me la sé de memoria.
—¿Entera?
—Entera. Es lo malo de apuntar las cosas despacio.
Elena la guardó dentro de la libreta, en la página de las cuatro preguntas.
—¿Usted sabe leerlas? —preguntó Olvido.
—Todavía no.
Olvido la acompañó hasta la puerta. Fuera, el viento hacía cantar los cables del mástil. Abrió y se quedó con la mano en el picaporte, mirando la niebla de abajo.
—Le voy a contar lo único que no puse en la hoja, porque en las hojas no se ponen opiniones.
Treinta años escuchando el dieciséis. Cuando alguien dicta letras, el de al otro lado pide que se las repita.
Siempre. Con el ruido del mar, nadie apunta bien a la primera.
—Hizo una pausa—. Aquella noche no lo pidió nadie.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que al otro lado ya había alguien con el lápiz en la mano.
Antes de arrancar, Elena abrió la libreta y, debajo de «¿Y lo de las 23:12?
», escribió a lápiz: «Nadie pidió que repitiera.
» Luego bajó el monte despacio. A mitad de la cuesta, la carretera volvió a meterse en la niebla y el sol se apagó de golpe, como una luz que alguien desconecta a mano.
Encendió los faros. En el asiento del copiloto, dentro de la libreta, iban tres líneas de letras que no decían nada, dictadas dieciocho minutos antes de que Cabo Niebla se quedara a oscuras.
En la estación costera se apuntaba todo, hasta lo que no se entendía.
Alguien, al otro lado, lo había entendido a la primera.