20. Cuarenta mil euros
Cuarenta mil euros
En Punta Gris, la cuenta la sabía hacer todo el mundo.
Casa menos deuda. Lo había dicho el propio Tomás Iriarte aquella mañana, en el salón de la casa del acantilado, con las cuatro cajas por el suelo. «A casi todos les sale un asesino. A los más generosos, un sobrino con suerte.»
Elena volvió a la pensión a las seis y media, con el pelo mojado otra vez, y subió a la habitación sin cenar. Llevaba dos días oyendo esa cuenta sin que nadie se la dijera entera: en la taberna, en el astillero, en la manera que tenía el pueblo de no mirar a Tomás Iriarte a la cara.
Abajo, la dueña estaba en la barra apuntando algo en un cuaderno de tapas de hule y le preguntó, al pasar, si se quedaba el martes.
—Y el miércoles.
—¿Va bien la habitación?
—Va bien.
—Es que la calefacción va cuando quiere.
La mujer lo apuntó. En aquella casa, todo lo que pasaba acababa en el cuaderno de hule, que era una manera de llevar un hotel tan buena como cualquier otra.
* * *
Arriba, Elena puso la carpeta encima de la colcha, abrió la libreta por una hoja limpia y escribió arriba, en mayúsculas, una palabra que no había escrito en ocho meses.
«CUENTA.»
En el sótano no había nada que sumar: las cajas no traen números, traen huecos. Le extrañó lo bien que le sentaba.
Después empezó por lo único que tenía en firme.
«Deuda: 40.000 € al astillero de Punta Gris. Origen: una lancha para turismo, construida allí. Sigue igual.»
Lo de «sigue igual» lo había dicho Tomás sin darle importancia, y Elena lo copió sin dársela tampoco.
El otro término de la resta era la casa, y ahí no tenía nada. Así que hizo lo que sabía hacer, que era buscar papeles.
Tardó una hora larga, porque la cobertura de la pensión era la que era.
Buscó ventas de casas en aquella parte de la costa, en los pueblos de alrededor y en el propio Punta Gris.
Encontró once anuncios. Los leyó todos, incluidos los que no servían, porque no se sabe cuál no sirve hasta que se lee.
Es la única parte del oficio que no se puede abreviar y es la que todo el mundo abrevia.
Antes miró el catastro, que es gratis y está ahí para quien lo quiera mirar. La casa del acantilado tenía ciento diez metros construidos, dos plantas y un año de construcción anterior a la guerra. Una parcela pequeña. Sin acceso rodado.
Esas tres palabras últimas, en un papel del catastro, no significan nada. En un anuncio de venta significan todo.
De las once, tres eran casas de piedra en la costa y fuera del núcleo urbano. Una llevaba anunciada catorce meses. Otra, dos años y pico, con tres bajadas de precio. La tercera no decía desde cuándo, que suele querer decir mucho.
Una de ellas decía, en la primera línea: «Casa de piedra tradicional con encanto, a un paso del mar, para reformar a gusto del comprador.»
Elena leyó aquella frase tres veces. Tenía la misma cantidad de verdad que un atestado bien escrito, y se conseguía de la misma manera: sin decir ninguna mentira y sin decir tampoco nada.
Y ninguna de las tres estaba a diez minutos de bajada por un sendero de tierra con dos pasamanos.
Elena se quedó pensando en aquello más rato del que pensaba de costumbre. Una casa a la que no llega un coche no es una casa cara con vistas. Es una casa que hay que querer.
Buscó también la lancha, por si estaba anunciada en alguna parte. No lo estaba.
Una embarcación de siete metros, hecha a medida para llevar turistas a ver cormoranes, tapada con una lona en la grada de un astillero desde hace veinte años, no es un activo. Es una factura que ocupa sitio.
Apuntó una cifra y le puso interrogación, porque no tenía manera de saberla. Después apuntó lo que sí sabía:
«La casa lleva veinte años sin venderse. El cartel está apoyado en la pared, por dentro, sin colgar.»
Y entonces, mientras escribía la palabra «veinte», se paró.
Porque la cuenta del pueblo tenía un problema que no era de precios, y Elena, que llevaba ocho meses entre expedientes de desapariciones, lo sabía desde el principio sin haberlo colocado donde tocaba.
Sin cuerpo no hay certificado de defunción.
Y sin certificado de defunción no se hereda nada.
Lo escribió despacio, en tres líneas, y a la tercera se le había pasado el hambre del todo.
«Sin cuerpo no hay defunción.»
«Hay que pedirle al juzgado la declaración de fallecimiento. Eso no es inmediato: sin cuerpo, diez años.»
«Tomás Iriarte no heredó la casa la noche del 3 de noviembre. La heredó mucho después.»
La cuenta del pueblo daba por hecho que el sobrino se llevaba una casa. Lo que se llevó, aquella noche, fue una casa que no era suya, que no podía vender, que no podía hipotecar y de la que tuvo que ocuparse durante años sin ser dueño de ella. Con cuarenta mil euros encima.
Elena había visto ese papeleo muchas veces desde el otro lado, en las cajas.
Los escritos de los familiares. Los plazos.
Los edictos. Las solicitudes que vuelven porque falta un documento que nadie sabe dónde se pide.
Años de eso. Y mientras tanto la casa no es de nadie: hay que barrerla, pagarle la luz y que no se caiga.
Si alguien mata para heredar, lo último que hace es esconder el cuerpo.
Se deja donde se encuentre. Se llama a quien haya que llamar, se llora en el sitio donde hay que llorar y se espera al forense, que firma un papel y pone en marcha una maquinaria que en unos meses deja una casa a nombre de alguien.
Lo de Cabo Niebla fue exactamente lo contrario.
Elena se levantó y fue hasta la ventana. Abajo, en la dársena, las luces del muelle uno estaban encendidas y el resto del puerto estaba oscuro. En el dos se veían los palos de los pesqueros contra el agua. Del tres no se veía nada, porque lo tapaba la lonja.
Llovía otra vez, de la manera de allí, que no se ve caer y empaña los cristales por dentro.
Lo que no le gustaba no era que la cuenta saliera mal. Las cuentas salen mal todos los días.
Lo que no le gustaba era lo fácil que era hacerla bien.
Dos búsquedas y una cosa que se estudia el primer año de cualquier carrera que toque papeles. Hora y media en una habitación de pensión con la cobertura justa, y sin preguntarle nada a nadie.
Y en veinte años no la había hecho nadie.
Ni el pueblo, que tenía todos los motivos para hacerla, porque el que salía mal parado era un vecino.
Ni la Guardia Civil, que cerró el atestado con la palabra «compatible» y no volvió.
Ni el juzgado. Ni, desde luego, la Unidad de Casos Abiertos, que en veinte años no había abierto aquella caja ni una sola vez.
Elena volvió a la mesa y escribió la línea que le tocaba escribir, que era la suya y no la de nadie más:
«Esto no dice que Tomás Iriarte no lo hiciera. Dice que, si lo hizo, no fue por la casa.»
Después pasó a la hoja de las preguntas y añadió la octava, y le costó ponerla en palabras porque no era del caso. Era de otra cosa.
«¿Qué más se ha dado por hecho aquí sin comprobarlo?»
Se quedó un rato más con la libreta abierta, repasando lo escrito.
En ocho meses había apuntado ciento diecisiete veces lo que faltaba en un expediente. Aquella era la primera vez que apuntaba algo que sobraba.
Un móvil. El pueblo entero tenía uno colocado encima de un hombre, y no encajaba con los hechos.
* * *
Bajó a cenar a las nueve. La dueña le sirvió sopa y le contó, sin que le preguntara, que la lancha de Tomás seguía en la grada del astillero, tapada con una lona, y que cada primavera alguien decía que iba a comprarla.
—¿Y él qué dice? —preguntó Elena.
—¿Tomás? Nada. Tomás no dice nunca nada. —La mujer se limpió las manos en el delantal—. Aquí la gente habla mucho de él y con él, poco.
Elena se comió la sopa.
En Punta Gris, la cuenta la sabía hacer todo el mundo.
Lo que no había hecho nadie, en veinte años, era comprobarla.