19. La casa del acantilado
La casa del acantilado
La casa del acantilado tenía un cartel de «Se vende» sin colgar.
Nadie se había atrevido todavía. Estaba apoyado contra la pared de la entrada, por dentro, de cara al cristal de la puerta, y Elena lo leyó desde fuera antes de llamar.
Era lunes. Arriba, junto a la valla, había dejado su coche al lado del otro, pequeño y viejo, con una abolladura en la aleta que alguien había decidido no arreglar.
Había bajado desde la explanada del faro por un sendero de tierra que se agarraba a la roca, con dos pasamanos: uno interior, una cuerda gruesa clavada a la pared de piedra, y otro exterior, tendido entre postes de hierro del lado del acantilado.
No cabían dos de frente. La niebla subía desde el mar a su encuentro y abajo, sin verse, las olas rompían con un ruido de muebles arrastrados.
En diez minutos de bajada no vio más que la cuerda, sus propias botas y, al final, un hilo de humo.
Diecinueve años, pensó, viviendo a diez minutos de su trabajo y a doscientos pasos del vacío.
La casa era de piedra, baja, con las contraventanas verdes cerradas menos una. Elena llamó dos veces. A la segunda, dentro, algo cayó al suelo y alguien soltó una palabra que no era para visitas.
Abrió un hombre que rondaba los cincuenta, con una bolsa de basura en la mano. Tenía los hombros anchos de su tío y ninguna de su calma: todo en él parecía a punto de salir por la puerta, incluido él. Miró el móvil dos veces sin leer nada.
—La archivera —dijo—. Tengo el teléfono lleno de mensajes sobre usted. Pase, pero no se quite el abrigo. Aquí dentro hace más frío que fuera.
Era verdad. La casa olía a cerrado, a sal y a ceniza vieja.
La chimenea calentaba un metro a su alrededor y renunciaba al resto.
En el suelo del salón había cajas de cartón rotuladas con rotulador gordo: «TIRAR», «VENDER», «TOMÁS».
Una cuarta caja, más pequeña, llevaba solo un signo de interrogación.
—Esa es la difícil —dijo Tomás Iriarte, que había seguido su mirada—. Las cosas que no sé lo que son.
Sacó de la caja un instrumento de latón con un arco graduado y un espejito, y lo sostuvo como quien sostiene un pájaro muerto.
—Me han dicho que es un sextante. No sé para qué quería un sextante un hombre que no se movió de sitio en diecinueve años.
Adrián Losa había vivido con poco y con todo en su sitio.
Una mesa, dos sillas, una estantería con libros de mareas y manuales de faros ordenados por altura, un barómetro de latón en la pared y, junto a la única ventana abierta, un sillón vuelto hacia el mar, con la forma de alguien todavía hundida en el cojín.
Desde allí se veía la bocana entera y, arriba a la derecha, la torre.
El barómetro marcaba «variable», que en aquella casa sonaba a diagnóstico.
Tomás devolvió el sextante a su caja, dejó la bolsa junto a las demás y se quedó de pie, sin ofrecerle sitio.
—Vamos a ahorrar tiempo —dijo—. Ya le habrán contado que debo cuarenta mil al astillero y que he heredado esta casa. Las dos cosas son verdad. Lo que no es verdad es lo que la gente pone en medio.
—¿Qué pone la gente en medio?
—Una cuenta. Casa menos deuda. —Se encogió de hombros—. A casi todos les sale un asesino. A los más generosos, un sobrino con suerte. Desde que soy propietario, en el pueblo me saludan mucho y me miran poco.
En el sótano había decenas de cajas con una herencia dentro. En casi ninguna el heredero había resultado ser el culpable. En todas lo había parecido durante una temporada, que era justo lo que tardaba un caso en atascarse.
—¿De dónde viene la deuda?
—De una lancha. Iba a llevar turistas a ver los cormoranes y el acantilado.
—Sonrió torcido—. Resulta que a los turistas les gustan más las fotos de los cormoranes que los cormoranes.
La lancha la hicieron en el astillero, y el astillero cobra.
Ahora está en la grada, esperando a que alguien la quiera.
—¿Y su tío?
—Mi tío no me dijo nunca que no. Me miraba y ya estaba.
—Tomás cogió de la mesa una taza desportillada, la miró un momento y la metió en la caja de «TIRAR»—.
Tenía una mirada de farero. Veía venir las cosas desde muy lejos y no avisaba, porque para eso ya estaba la luz.
Subía a la torre todas las tardes a la misma hora, lloviera o no.
Decía que una luz no se enciende sola. Ya ve cómo ha acabado eso.
Hablaba de su tío como se habla de un examen suspendido hace mucho: con rencor y con la sospecha, cada año más firme, de que el profesor tenía razón.
—¿Venía mucho a verle?
—En Navidad. Y cuando necesitaba algo. —Lo dijo sin vergüenza, como quien ya ha pagado por decirlo muchas veces—. Las dos cosas coincidían bastante.
—¿Cuándo fue la última vez?
—En agosto. Estuvimos ahí fuera, en el banco, sin hablar casi. Me enseñó a hacer un as de guía, como cuando tenía diez años, y no le salió a la primera. Fue la única vez que le vi fallar un nudo. —Tomás se quedó mirando la ventana—. Al irme me dijo que no vendiera nunca la casa. Ya ve.
Elena miró el cartel, de espaldas a la habitación, con las letras hacia la calle.
—¿Por qué no lo ha colgado?
—Porque el día que lo cuelgue, se acabó. —Tomás tardó en seguir—. Y porque nadie compra una casa en un acantilado del que se ha caído alguien. La inmobiliaria dice que esperemos a que el pueblo se olvide. En Punta Gris eso no pasa nunca.
Elena no le preguntó dónde estaba aquella noche. Tomás se lo contestó igual.
—Y lo de aquella noche está en mi declaración. Supongo que ya se lo han dicho los otros tres.
Ya eran cuatro: Rita, Emilio, Nuria y él.
Cuatro personas a menos de un kilómetro del faro, cuatro papeles firmados en el Puesto y cuatro maneras distintas de mandarla a leerlos.
Elena pensó en las declaraciones, esperándola con su clip en la caja del sótano, y se le ocurrió por primera vez que quizá no las había dejado para el final por método, sino por miedo a que no dijeran nada.
—Lo que tenía en la torre me lo devolvieron en una caja cuando archivaron el caso —dijo Tomás—. Un termo, dos jerséis, unas gafas de leer. Casi todo ha ido a parar ahí.
Señaló la caja de «TIRAR». Luego se pasó la mano por la cara, como quien se quita una telaraña que no está.
—Si quiere algo para su archivo, dígamelo ahora. Mañana viene el camión.
Elena recorrió la estantería con la vista.
Libros de mareas, manuales, un diccionario con el lomo roto.
Nada que cupiera en una caja del sótano.
Nada que no fuera, sencillamente, la casa de un hombre que ya no estaba.
Las cosas de los ausentes solo se archivan cuando alguien las reclama, y allí nadie iba a reclamar un barómetro.
—No hace falta.
Tomás la acompañó hasta la puerta. Fuera la niebla se había espesado y el sendero ya no existía más allá de los tres primeros postes.
Una gaviota pasó muy cerca, sin hacer ruido, y la niebla se la tragó como si la hubieran borrado.
Junto a la puerta, en un perchero de pie, colgaba una sola prenda.
Elena la había tenido a la espalda todo el rato y no la había visto al entrar.
Una gabardina azul marino. Talla grande.
Elena se quedó quieta, como quien se cruza por la calle con alguien a quien daba por perdido y no sabe si debe saludar.
—Venía en la caja —dijo Tomás, sin mirarla—. Es lo único que no he sido capaz de meter en ninguna.
Elena tocó la tela. Estaba fría y todavía tiesa de salitre. Metió la mano en uno de los bolsillos, casi sin darse cuenta, y lo encontró vacío. Sabía por el índice del atestado lo que había salido de aquel bolsillo, y que ahora estaba en otro sitio, con un número.
—Si encuentra lo que busca —dijo Tomás desde la puerta—, no me lo cuente. Prefiero no saberlo.
Cerró antes de que Elena pudiera contestar. Ella empezó a subir agarrada a la cuerda de la roca y, en la primera curva, se volvió. Por el cristal de la entrada, iluminado desde dentro, se veían dos cosas: la gabardina en su perchero y el cartel apoyado contra la pared.
Adrián Losa había dejado la gabardina en la torre pensando volver. Alguien la había traído de vuelta a casa sin él.
Y el cartel de «Se vende» seguía sin colgar.