El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 18. La estación marina por dentro
38%

18. La estación marina por dentro

La estación marina por dentro

En la estación marina de Cabo Niebla todo se apuntaba dos veces.

Elena lo entendió el lunes por la mañana, en cuanto Nuria Ínsua le abrió la puerta y la dejó pasar de verdad, que no era lo mismo que atenderla el domingo entre los acuarios.

Al fondo, donde la otra vez no había llegado, media nave la ocupaban las estanterías.

Olía a agua de mar y a papel, que son dos olores que no deberían estar en la misma habitación y que allí llevaban diecisiete años juntos.

Había una mesa larga con dos microscopios y una balanza, un fregadero industrial, una nevera con candado y un tendedero de cuerda del que colgaban bolsas de malla puestas a escurrir.

En un rincón, una estufa igual que la de la taberna, haciendo lo mismo y con el mismo éxito.

Y libretas. Muchas.

—Primero se apunta en el campo —dijo Nuria, que la había visto mirarlas—. Con lápiz, porque con bolígrafo, con esta humedad, no escribe nada. Y por la tarde se pasa a limpio aquí dentro.

—¿Y si se pierde la de campo?

—Por eso se pasa a limpio.

Elena no dijo nada. Hay conversaciones en las que uno se calla porque está oyendo su propio oficio en boca de otra persona.

El trabajo de Nuria no se parecía a lo que Elena se había imaginado.

No había nada de laboratorio de película.

Había una tabla de mareas en la pared con anotaciones a boli de cuatro colores.

Había un termómetro de máxima y mínima. Había un cuaderno de conteo de aves donde cada línea era un día, una hora y un número, y donde el número, casi siempre, era el mismo.

—Cormoranes —dijo Nuria—. Llevo diecisiete años contándolos en esa roca. Diecisiete.

—¿Y qué sale?

—Sale que hay menos. —Se encogió de hombros—. Pero eso no se puede decir hasta que salgan veinte años. Con diecisiete, en mi oficio, no se dice nada.

Elena pensó en su propia libreta, en las ciento diecisiete cajas y en la única que se había quedado sin raya, y le pareció que aquella mujer y ella llevaban años haciendo el mismo trabajo en dos sitios que no se parecían en nada.

Le enseñó cómo tomaba las muestras de agua, dónde apuntaba la temperatura, a qué hora salía a la roca.

Se levantaba a las seis y media. La última lectura del día la hacía a las siete de la tarde, y a las siete y cuarto cerraba y se iba al pueblo, donde tenía una casa alquilada desde hacía más de veinte años, porque en la estación no se podía dormir.

Menos las noches de recuento: dos o tres por semana se quedaba hasta medianoche a apuntar a qué hora levantaba el vuelo la colonia, que de noche no se comporta igual.

—¿Y eso?

—No hay agua caliente y hay una sirena.

Lo dijo sin ninguna ironía, como quien enumera.

Entonces sacó la carpeta.

Era la de la sirena, la que Elena había hojeado el domingo. Dentro estaban las copias de las cartas, y Elena, que llevaba ocho meses leyendo cartas sin respuesta, las reconoció por el gesto antes que por el contenido: cuatro folios, márgenes justos, párrafos numerados.

—El pueblo cree que yo quería que quitaran la sirena —dijo Nuria.

—¿Y no?

—Lea el punto tres de la tercera carta.

Elena leyó el punto tres. No pedía que la quitaran. Pedía que funcionara.

3. Desde el mes de marzo, la señal acústica se activa en ausencia de niebla y permanece inactiva en episodios de visibilidad reducida. Se solicita la revisión del automatismo. Lo que se denuncia no es el ruido: es que el ruido no coincide con la niebla.

—Ahí lo tiene —dijo Nuria—. Cuatro cartas a Señales Marítimas y ni una pidiendo silencio.

A mí el ruido me da igual. Llevo más de veinte años durmiendo con el faro a un kilómetro.

—Cerró la carpeta—. Lo que no puede ser es que una sirena de niebla suene cuando no hay niebla, porque entonces, el día que no suene, nadie va a echarla de menos.

Elena levantó la vista de los folios.

—¿Eso se lo dijo a alguien más?

—Se lo dije a él. —Nuria se quedó un momento callada—. Y ahí es donde el pueblo se hace un lío.

Se sentó al otro lado de la mesa larga, apartó una caja de portaobjetos y puso las dos manos encima del tablero, como quien se prepara para contar una cosa por orden.

La discusión había sido en el puerto, delante de la lonja, a plena luz y con gente. Nuria hablando alto. Losa de pie, con las manos en los bolsillos, sin levantar la voz ni una vez, que es la mejor manera que hay de que parezca que el otro está gritando.

De aquello, en Punta Gris, se acordaban todos. La bióloga y el farero, a voces, por la sirena.

—Y era mentira —dijo Nuria—. No discutimos por la sirena. Estábamos de acuerdo en la sirena.

—¿Entonces?

—Yo le pedí que firmara conmigo. Un escrito de los dos, él por el faro y yo por la estación. Con su firma aquello iba a otra mesa. La mía sola es la de una señora que cuenta pájaros.

—¿Y él?

—Me dijo que no.

Nuria se levantó y fue a la ventana, que daba al cabo, a la valla y a la torre.

—Me dijo que él ya había puesto tres por escrito de otra cosa y que no le habían contestado a ninguna. Que ponerlo por escrito no servía para nada. Y yo le contesté algo que no debí contestarle.

Esperó a que Elena preguntara, y Elena no preguntó, porque no hacía falta.

—Le dije que era un cobarde —dijo Nuria—. Delante de cinco o seis personas. En un pueblo de este tamaño.

El tubo de la estufa hizo un ruido metálico al dilatarse, de esos que suenan mucho más de lo que deberían cuando nadie está hablando. Fuera, la sirena sonó una vez, larga, y se calló.

—¿Y qué contestó él?

—Nada. Se fue andando hacia la cuesta.

—¿Y usted?

—Yo me metí aquí dentro y estuve toda la tarde pasando a limpio las libretas de agosto.

Elena miró la carpeta, cerrada encima de la mesa.

—¿Cuándo fue eso?

—En septiembre. La primera semana.

Dos meses antes.

Elena sabía perfectamente que no debía preguntar la siguiente y la preguntó igual, porque llevaba dos días en aquel pueblo y aquella era la primera persona que le contaba algo que le dolía.

—¿Volvieron a hablar?

—Una vez.

Nuria seguía de espaldas, mirando la torre.

—A finales de octubre. Bajó aquí, a la puerta, y me dijo que tenía razón. Que iba a ponerlo por escrito.

—¿El qué?

—Eso no me lo dijo.

Se volvió por fin, y tenía la cara de alguien que ha contado eso mismo cero veces en muchos años.

—Yo pensé que hablaba de la sirena. Dije «pues ya era hora», o algo así de tonto. Y él dijo que no era eso. —Nuria se pasó la mano por la frente—. Y no le pregunté. Estaba enfadada todavía. No le pregunté.

Elena conocía esa frase. La había leído muchas veces en las cajas, siempre escrita por gente que ya no había podido volver a preguntar.

Elena no apuntó nada delante de ella.

Se quedaron un rato calladas, con la estufa y con el mar de fondo, y después Nuria le enseñó dónde guardaba las libretas viejas y le contó que las de los primeros años las tenía en su casa, porque en la estación había humedad.

Elena se fue a las doce y media.

Al salir se paró un momento en la explanada. Desde la puerta de la estación, la torre estaba a cincuenta metros escasos: la valla, el cartel, la puerta verde con el candado del tamaño de un puño y, dentro, los sesenta y ocho peldaños.

Se quedó donde estaba y volvió al coche por el camino de fuera.

Antes de arrancar, escribió cuatro líneas, y la última la subrayó dos veces.

«N. Í.: la discusión fue porque él se negó a firmar. Septiembre, 1.ª semana.»

«Motivo: ponerlo por escrito no sirve de nada.»

«Finales de octubre: le dice que va a ponerlo por escrito.»

«No dijo el qué.»

Debajo, en la hoja de las preguntas, escribió la séptima.

«¿Qué escribió Adrián Losa en octubre?»

Y se quedó mirando la pregunta, porque en aquel expediente había siete páginas arrancadas y todavía nadie, en veinte años, había dicho en voz alta lo que había escrito en ellas.

En la estación marina de Cabo Niebla todo se apuntaba dos veces.

Menos aquello, que Nuria Ínsua no había apuntado en ninguna parte y se sabía de memoria.