El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 17. Una sirena en la niebla
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17. Una sirena en la niebla

Una sirena en la niebla

En la estación marina, la sirena tenía su propia carpeta.

El domingo, a primera hora de la tarde, Elena subió al cabo por segunda vez.

La niebla había vuelto a instalarse sobre el agua, baja y paciente, y la carretera de las eses aparecía y desaparecía delante del capó como un argumento que no termina de convencer.

Llevaba dos días oyendo a gente que no quería hablar de aquella noche y hablaba de todo lo demás, y empezaba a pensar que en Punta Gris lo de todo lo demás era la manera de hablar de aquella noche.

Aparcó otra vez junto a la valla del faro.

La nave de hormigón estaba a cincuenta pasos, con sus dos antenas y la misma ventana encendida del día anterior.

Llamó al timbre. Tardaron en abrir.

Nuria Ínsua apareció con unas gafas de cerca subidas a la cabeza y otras de lejos en la mano, como si todavía no hubiera decidido a qué distancia iba a mirar a Elena.

Tenía unos cincuenta años, un forro polar con manchas blancas de sal en las mangas y la impaciencia educada de quien ha dejado algo a medias.

—No sé quién es usted —dijo—. Si es del pueblo, ya me lo contarán. Pase, que se escapa el calor.

Dentro, la estación era una sola nave larga llena de acuarios que zumbaban, mesas con frascos etiquetados y un mapa de la costa cubierto de flechas azules.

Olía a agua de mar guardada. Sobre la mesa más cercana a la ventana había un cuaderno de campo abierto, con dibujos de cormoranes a lápiz y columnas de números apretados.

Elena se presentó. Nuria la escuchó sin soltar las gafas.

—Una archivera —dijo al final—. En este cabo era lo que faltaba.

—Vengo por Adrián Losa.

—Ya me lo imaginaba. Aquí nadie viene por los cormoranes. —Dejó las gafas de lejos sobre el cuaderno—. Y no se moleste en preguntarme si soy del pueblo. Llegué hace más de veinte años con una beca de dos, y aquí una es de fuera hasta el día de su entierro.

Fue hasta una estantería metálica, muy parecida a las del sótano, y sacó una carpeta de anillas tan gruesa que tuvo que sujetarla con las dos manos. En el lomo, con rotulador negro, ponía «SIRENA».

—Un año de mediciones —dijo, y la dejó sobre la mesa—. Fechas, horas, duración, decibelios. Cartas a Señales Marítimas, el departamento de faros de la Autoridad Portuaria. Y las respuestas de Adrián.

Elena abrió la carpeta. Eran tablas y más tablas, gráficas impresas llenas de picos, copias de cartas de cuatro folios con párrafos numerados. Al final, en una funda de plástico, había un puñado de notas pequeñas escritas a mano.

Era la letra del cuaderno de servicio: la de Adrián Losa.

«La sirena suena cuando hay niebla. La niebla no depende de mí. A. L.»

«He revisado el mecanismo. Suena lo que tiene que sonar. A. L.»

«Si quiere, le presto unos tapones. A. L.»

—Doce notas en un año —dijo Nuria—. Yo le mandaba cuatro folios con tablas y él me contestaba con una línea. Era insoportable.

—¿Le caía bien?

—No. Le respetaba, que cansa más.

—¿Y tenía razón?

—La sirena da ciento doce decibelios a trescientos metros.

Con eso no tiene razón nadie. —Señaló hacia la pared del fondo, detrás de la cual estaba el acantilado—.

Estudio la colonia de cormoranes de las rocas.

Cada vez que suena, se levantan todos. Tengo diecisiete años de datos que parecen un electrocardiograma.

Como si la hubiera llamado, la sirena sonó.

El mugido atravesó el hormigón, el agua de los acuarios tembló en sus cristales y, al otro lado de la ventana, una nube negra de pájaros se despegó de las rocas y dio una vuelta completa sobre el mar antes de volver a posarse.

Nuria no se movió. Anotó la hora en el cuaderno de campo sin mirar el reloj.

—Así todo el día —dijo—. Hay semanas que no oigo otra cosa. Antes por lo menos había a quién quejarse. Ahora la decide una caja gris con una antena. A la caja le he escrito tres veces.

Elena pasó las notas despacio. Estaban ordenadas por fecha, y las fechas se acababan antes que la carpeta. Detrás de la última nota de Adrián quedaban tres cartas más de Nuria, cada una más corta que la anterior, y ninguna tenía respuesta.

—Las tres últimas no me las contestó —dijo Nuria, que la estaba mirando—. Pensé que por fin me iba a dar la razón. Luego pensé que estaba enfermo. Luego ya no pensé nada.

Tres quejas sin respuesta en Portos. Tres cartas sin respuesta en la carpeta de la sirena.

Adrián Losa había pasado su último mes sin que nadie le contestara a él y sin contestar él a nadie.

Elena lo apuntó tal cual, porque no sabía todavía qué quería decir y no quería que se le olvidara cómo sonaba.

—¿Cambió algo en él esas semanas?

Nuria se puso por fin las gafas de lejos y miró por la ventana, hacia la torre.

—Miraba más. Antes miraba el mar como se mira un reloj, para comprobar que todo seguía en su sitio. Las últimas semanas lo miraba como si el reloj se hubiera puesto a dar la hora mal.

Elena se acercó al mapa. Las flechas azules salían del cabo, bordeaban la costa hacia el norte y luego se abrían mar adentro, como los dedos de una mano.

—¿Adónde se lleva el mar lo que cae desde ahí arriba?

Nuria no preguntó por qué quería saberlo. Se colocó a su lado y siguió una flecha con el dedo.

—Con la marea bajando, hacia el norte, pegado a las rocas.

Luego, afuera. En tres días puede estar a cuarenta kilómetros o en el fondo, según lo que pese y lo que lleve puesto.

—Retiró el dedo del mapa—. La gente cree que el mar devuelve las cosas.

No es verdad. El mar no archiva, señora. Redistribuye.

Elena pensó en la cruz del croquis, a un dedo de la torre, y en los tres días de lanchas y vecinos con botas de agua del atestado.

Tres días de buscar en un sitio donde lo único que había hecho el mar era cambiar las cosas de estante.

El sótano hacía justo lo contrario: dejaba cada cosa en su sitio durante años, aunque ya no sirviera para nada.

Ninguna de las dos maneras le devolvía a nadie a Adrián Losa.

—En el puerto dicen que usted y él llevaban un año a gritos.

—En el puerto dicen muchas cosas, y casi todas las dice Emilio Cardús.

—Nuria cerró la carpeta—. Ya sé lo que se cuenta: que yo quería callar la sirena y que el farero me sobraba.

Pues la sirena sigue sonando, ya lo ha oído.

Si hubiera querido callarla, habría empezado por ella, que es mucho más fácil de desconectar.

No lo dijo con rabia. Lo dijo como se da un dato.

Elena pensó que Nuria Ínsua y Adrián Losa se habrían entendido mejor de lo que creían. Los dos contaban cosas, él barcos y ella pájaros, y los dos se fiaban más de un número que de una persona.

No le preguntó dónde estaba aquella noche. A esas alturas se sabía la respuesta de memoria: en un papel firmado.

—¿Qué le preguntó el sargento?

—Por la sirena, casi una hora. Cuántas veces había escrito, qué contestaba él, si alguna vez habíamos discutido en persona. —Nuria se encogió de hombros—. Creo que le daba apuro preguntarme lo demás. Quintás es de los que se ponen colorados. Me dio pena: estaba más cansado que yo.

Fuera, la luz empezaba a bajar. Nuria la acompañó hasta la puerta, más por cerrar detrás de ella que por cortesía.

Desde el borde de la explanada, cuando la niebla se abría un momento, se veía abajo, en una repisa del acantilado, una casa de piedra con el tejado de pizarra.

Salía humo de la chimenea. En el arranque del sendero, junto a la valla, había un coche aparcado que no era el suyo.

—Era la casa de Adrián —dijo Nuria—. Ahora es del sobrino. Tomás. Viene los domingos a ver cuánto vale la casa.

—¿Lo conoce?

—Lo suficiente para no invitarle a café.

Arriba, en la torre, la sirena volvió a sonar. Nuria levantó la cabeza como quien oye su nombre en una sala llena de gente. Luego volvió adentro sin decir adiós.

Elena se quedó un momento en la explanada, con el humo de la casa de abajo subiendo derecho entre la niebla. Era domingo. Al volverse, por la ventana encendida, vio a Nuria abrir la carpeta y apuntar algo.

En la estación marina, la sirena seguía teniendo su propia carpeta. Lo único que ya no tenía era a alguien que contestara.