El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 16. El muelle tres
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16. El muelle tres

El muelle tres

El puerto de Punta Gris tenía tres muelles y solo se usaban dos.

Elena lo descubrió aquel domingo por la mañana, al salir del astillero, y lo descubrió por el mismo procedimiento por el que descubría casi todo: comprobando un papel contra el suelo.

El papel era el croquis del sargento Quintás, o mejor dicho su fotocopia, que llevaba dos días doblada en cuatro en el bolsillo del abrigo y empezaba a tener las esquinas blandas.

En el croquis, el puerto estaba abajo a la derecha y ocupaba lo que ocupa una moneda: cuatro rayas y una letra.

Quintás había dibujado lo que le hacía falta, que era el cabo, y el pueblo lo había resuelto de un trazo.

Elena quería saber dónde había estado amarrado el Santa Ola aquella noche. No por nada en concreto. Porque un barco que sale y vuelve sale de un sitio, y ese sitio no estaba en ninguna parte del expediente.

Así que hizo lo que sabía hacer: se puso a andar el puerto entero, de una punta a otra, contando.

Era domingo a media mañana y había poca gente, pero no ninguna.

Dos hombres lavando cubiertas con manguera.

Un chaval sentado en un noray mirando el móvil, que era el único que no estaba haciendo nada.

Un perro. Olía a lo de siempre, a gasoil y a marea, y se oía la manguera y las gaviotas y nada más.

La dársena era más pequeña de lo que parecía desde la carretera.

El muelle uno era el de la lonja, con la rampa, las cajas apiladas y la manguera enrollada en su soporte, y los domingos estaba parado y limpio.

El muelle dos era el largo, el del espigón, donde estaban amarrados los pesqueros con los nombres pintados en la proa.

Allí seguía el Santa Ola, con sus tres blancos.

Contó los amarres del dos. Diecisiete argollas, y catorce barcos.

Las tres que sobraban estaban al final, hacia la punta, y las tres tenían el hierro gastado y brillante por dentro, de cuando allí amarraba alguien. En un puerto, las argollas cuentan los años buenos mejor que nadie.

Después siguió andando, porque el hormigón seguía.

Detrás de la lonja, el muelle doblaba a la derecha y salía un tramo más, de unos cuarenta metros, que desde el pueblo no se veía porque lo tapaba el edificio. Terminaba en un noray y en el mar.

Ahí no había ningún barco.

Tampoco había cajas, ni redes, ni una manguera, ni nada de lo que se acumula donde trabaja gente. Estaba el hormigón, las argollas y una farola apagada. Y en el suelo, con plantilla y bastante desgastado, un 3 pintado en blanco.

A la entrada del tramo había una cadena de un lado a otro, a la altura de la rodilla, sujeta a dos postes de hierro. De la cadena colgaba un cartel de chapa con la pintura levantada por el salitre, en el que se leía bien la mitad de arriba y regular la de abajo.

ZONA DE SERVICIO PROHIBIDO EL PASO A PERSONAL NO AUTORIZADO

Elena se quedó al otro lado de la cadena, que era donde había que quedarse, y miró.

Cuarenta metros no son nada. Desde donde estaba veía el noray del final y las juntas del hormigón una por una.

Cuarenta metros de hormigón vacío, gris claro, con las juntas bien marcadas y sin una sola mancha de las que deja el pescado. Las argollas estaban oxidadas, todas, y ninguna tenía el brillo que deja una amarra cuando roza. En el muelle dos, las diecisiete brillaban.

Aquello quería decir algo muy sencillo y muy poco interesante: allí no amarraba nadie.

Lo que sí le llamó la atención, pero de la manera en que le llamaban la atención las cosas —sin alarma, como se mira una etiqueta torcida—, fue el candado.

La cadena era vieja. Los eslabones estaban comidos y los postes tenían la pintura levantada igual que el cartel.

El candado era nuevo. No nuevo de este mes, pero nuevo: el cuerpo todavía tenía brillo debajo de la sal, y el arco no había empezado a picarse.

Elena estuvo un rato mirándolo sin ninguna idea en la cabeza.

—Ahí no se puede pasar.

Lo dijo un hombre que venía por el muelle dos con un cubo de plástico en cada mano, sin ninguna intención de reñirle. Sesenta y tantos, botas hasta la rodilla, la cara de quien lleva desde las siete haciendo algo.

—Ya lo veo. ¿Está en obras?

—Qué va. —Dejó los cubos en el suelo para descansar las manos—. Eso es de Portos, de la Xunta. Lo tienen ahí para lo suyo.

—¿Y qué es lo suyo?

—Pues lo suyo. —Se encogió de hombros con una sonrisa—. Cuando viene un barco de fuera y hay que hacer papeles, lo ponen ahí. Y si hay que descargar algo que no es pescado, ahí. Aquí lo llamamos el muelle tres y no lo usa nadie en todo el invierno.

—¿Y viene alguno?

—Alguno. El año pasado estuvo dos días uno de fuera, con una grúa y todo. —Hizo un gesto con la barbilla hacia el hormigón vacío—. Y después, otra vez así hasta el año que viene.

—Está muy limpio.

—Es que no lo pisa nadie. —Volvió a coger los cubos—. Y así llevan diez años.

Elena le dio las gracias y el hombre siguió hacia la lonja.

Se quedó otro minuto delante de la cadena. Todo lo que acababa de oír encajaba con lo que estaba viendo. Un tramo de muelle que Portos se reserva para lo que haga falta, y que está cerrado el resto del año. Por eso limpio. Por eso con las argollas sin brillo.

Y un candado nuevo en una cadena vieja, que es exactamente lo que pasa cuando el viejo se rompe y alguien lo sustituye, porque los candados se rompen y las cadenas no.

No había nada que pensar.

* * *

Volvió por el muelle dos hasta el final del espigón, que era a lo que había ido.

Con el croquis en la mano se hizo una idea del recorrido. El barco salía de la dársena y doblaba la punta. Desde ahí ponía proa al norte y llevaba el cabo a la izquierda, arriba, toda la noche. A la vuelta, al revés.

Y entonces comprobó la única cosa de aquella mañana que de verdad servía para algo.

Desde el final del espigón se veía el faro. Pequeño, blanco, en lo alto del cabo, por encima de los tejados.

Elena echó a andar hacia dentro, sin dejar de mirarlo, y a los treinta o cuarenta metros la torre desapareció detrás del edificio de la lonja. Siguió andando hasta la rampa. Desde allí no se veía nada del cabo. Ni la torre, ni la explanada, ni el resplandor.

Volvió al espigón y lo hizo otra vez, más despacio, para estar segura.

Desde el puerto de Punta Gris, salvo desde la punta del espigón, no se ve el faro de Cabo Niebla.

Eso explicaba una cosa que Elena llevaba dos días sin saber que le hacía falta explicar. Aquella noche, en el pueblo, nadie vio apagarse la luz. No podían. La tenían detrás de un edificio y de una colina.

Solo podía verlo quien estuviera en el mar.

Eso sí lo apuntó, y lo apuntó en la hoja buena.

Y luego, ya de vuelta al coche, sacó otra vez la libreta y escribió tres líneas más en la hoja de las cosas pequeñas, las que no eran de ninguna pregunta y que llevaba desde el sábado apuntando por costumbre.

«Muelle 1: lonja. Muelle 2: pesqueros, 17 argollas, 14 barcos.»

«Muelle 3: cerrado. Portos. Vacío desde hace años.»

«Candado nuevo.»

Miró la última un segundo, se la leyó por encima y la dejó ahí, entre una nota sobre el horario de la lonja y otra sobre el precio del gasóleo.

En el sótano había aprendido que un dato no vale por lo que dice. Vale por dónde acaba puesto.

* * *

Antes de subir al coche desdobló otra vez el croquis y lo miró con el puerto delante.

Cuatro rayas y una letra. El sargento Quintás había estado allí tres días rastreando la costa y había dibujado el pueblo entero de un trazo, porque el pueblo no le hacía falta.

Elena lo volvió a doblar en cuatro y se lo guardó.

El puerto de Punta Gris tenía tres muelles y solo se usaban dos.

Elena lo apuntó, como apuntaba todo, y se fue a comer.