15. El astillero
El astillero
En el astillero de Punta Gris todo estaba recién pintado.
Elena lo vio desde la ventana de la pensión a primera hora del domingo, con las tres quejas de Adrián Losa extendidas sobre la colcha.
Al otro lado de la dársena, las grúas eran amarillas, las naves eran blancas y el cartel de la entrada llevaba el apellido del dueño en unas letras azules tan brillantes que parecían mojadas.
Había dormido poco. La habitación daba al puerto, la cama crujía cada vez que se daba la vuelta y la sirena del cabo había sonado a ratos toda la noche, lejos, como alguien que no termina de decidirse a llamar a una puerta.
Las quejas venían grapadas al final del atestado, detrás del índice, como se guarda en el último cajón lo que no se sabe dónde poner.
En el sótano, Elena solo las había mirado por encima.
Eran tres formularios de Portos de Galicia, rellenos a máquina y firmados con la misma letra pequeña y derecha del cuaderno.
ESCRITO DE QUEJA N.º 3 DENUNCIANTE: D. Adrián Losa, Técnico Mecánico de Señales Marítimas. Faro de Cabo Niebla, Punta Gris, A Coruña
Pone en conocimiento de esta autoridad que en la zona del astillero de Punta Gris siguen amarradas embarcaciones sin matrícula visible, que dificultan la maniobra de entrada en la bocana. Es la tercera vez que lo comunica.
Ninguna tenía respuesta. La última era de un mes antes del apagón.
La primera empezaba con «Por medio del presente escrito pongo en su conocimiento».
La segunda ya no se entretenía en eso. La tercera no tenía ni saludo.
Por lo demás, Losa escribía las quejas como escribía el cuaderno: sin adjetivos.
«Siguen amarradas.» «Es la tercera vez.» No acusaba a nadie.
Contaba barcos. El hombre que había vuelto a subir una cuesta para devolver diez céntimos se había tomado la molestia de ir tres veces a una ventanilla.
Elena apuntó en la libreta: «Tres quejas. Ninguna respuesta.» Y debajo, con la letra más pequeña: «¿A quién le molestaban?»
* * *
Rodeó la dársena andando. Era domingo y el puerto tenía la quietud de los sitios donde se trabaja mucho entre semana.
Desde lo alto del pueblo llegaban las campanas de misa.
Un perro dormía al sol en la rampa de los botes y no se molestó en abrir un ojo.
El hombre de la caña no estaba en el espigón.
Los domingos, por lo visto, tampoco se pescaba nada.
El astillero estaba abierto de todas formas, aunque no se veía a nadie trabajando.
Dentro olía a resina, a serrín y a pintura fresca, y una radio que nadie escuchaba daba el parte del tiempo desde un rincón.
Sobre la grada, un casco todavía sin nombre descansaba en sus picaderos como un animal grande dormido de lado.
Emilio Cardús salió de una de las naves limpiándose las manos con un trapo, aunque no las tenía sucias.
Era un hombre ancho, de unos sesenta años, con el pelo blanco muy corto y un forro polar con el nombre del astillero bordado a la altura del corazón.
Tenía la sonrisa de quien la usa a menudo y sabe lo que vale.
—Usted es la archivera —dijo, y le tendió la mano—. Ayer me costó un café enterarme de quién era. En este pueblo eso es caro.
—Elena Cortés.
—Emilio Cardús. Aunque eso ya lo sabe, porque viene con papeles. —Señaló con la barbilla la carpeta que Elena llevaba bajo el brazo—. Los de Adrián, supongo.
—Tres.
—Tres. —Cardús se rio—. Debería enmarcarlos. Venga arriba, que hace frío para hablar en la puerta.
La oficina era una caja de cristal subida a una estructura de hierro, desde donde se veía la nave entera.
En las paredes había fotos de botaduras con champán, apretones de manos y hombres con casco sonriendo delante de cascos recién pintados.
Detrás de la mesa colgaba el calendario de un proveedor de pinturas, con los días tachados uno a uno hasta la víspera.
En una balda, junto a los archivadores, había una emisora de barco apagada, con el cable del micrófono enrollado con cuidado.
Cardús sirvió café de un termo en dos vasos de plástico.
—Aquí el café es de obra —dijo—. Sale caliente, y con eso cumple.
Elena dejó las tres hojas sobre la mesa. Cardús no las miró. No le hacía falta.
—Adrián tenía razón en dos —dijo—. En la tercera exageraba un poco, pero tenía derecho, porque ya iba por la tercera. Eran barcos de fuera, de gente que me los dejaba aquí mientras le arreglaban los papeles, y los papeles tardan lo que tardan. —Hizo un gesto hacia el ventanal—. Asómese.
Elena se asomó. Abajo, en el agua quieta del astillero, había seis barcos amarrados en fila. Todos llevaban la matrícula pintada en la proa, en blanco, con los números tan nuevos que todavía brillaban.
—Ahora todos tienen su número —dijo Cardús—. Ya ve. Adrián consiguió desde la torre lo que Portos no consigue desde un despacho.
—¿De quién eran los de entonces?
—De clientes. Y los clientes tienen derecho a que nadie vaya diciendo su nombre por ahí. —Le guiñó un ojo—. Igual que los de sus papeles, supongo.
—¿Le molestaban las quejas?
—Me molestaba que tuviera razón. —Dio un sorbo al café—.
Mire, Adrián era el hombre más honrado del cabo.
Y el más pesado. Desde allá arriba veía el pueblo entero como un plano, y un plano no tiene que pagar quince nóminas a final de mes.
Mi padre levantó esto con dos gradas y un préstamo.
Yo lo he llenado de grúas. Eso, desde una torre, no se ve.
—Tres quejas en un año y ninguna respuesta.
—Porque las arreglé yo antes de que nadie tuviera que contestarlas. —Abrió las manos, como quien enseña que no esconde nada en ellas—. Pregunte en el puerto. Nadie le va a decir que Emilio Cardús no paga sus multas. Le dirán que las paga tarde, pero las paga.
Hablaba bien. Contestaba cada pregunta antes de que Elena terminara de hacerla, con frases que parecían haber pasado ya por muchas bocas, y todas le salían redondas, sin una arista donde agarrarse. Rita Vergara le había dado a Elena menos palabras y más sitios por donde entrar.
—¿Y la noche del 3?
Cardús dejó el vaso en la mesa despacio, como quien deja una pieza que no quiere rayar.
—Lo que hice esa noche está en un papel firmado en el puesto de la Guardia Civil. No voy a firmar otro sin mi abogado, y mi abogado a estas horas está en misa. —Sonrió—. No se lo tome a mal. Usted haría lo mismo.
Elena no dijo que sí ni que no. Era la segunda persona en dos días que la mandaba a leer lo que había declarado. Empezaba a pensar que las cuatro declaraciones de la caja, las que había dejado para el final, iban a pesar más que todo lo demás.
—Se lo pregunté por Adrián, no por usted —dijo.
—Por Adrián lo sentí como el que más. —Por primera vez, Cardús bajó la vista hacia las quejas—. Uno se acostumbra a tener a alguien vigilándole desde arriba. Luego no está, y es como si le hubieran quitado el techo a la casa.
Lo dijo sin sonrisa, y fue lo único de toda la mañana que no sonó ensayado. O que estaba mejor ensayado que lo demás. Elena no supo decidir cuál de las dos cosas y lo apuntó así, con las dos posibilidades una debajo de otra.
Cardús la acompañó hasta la puerta del astillero. Fuera había salido un sol flojo que hacía brillar el agua de la dársena y las letras azules del cartel.
—Le voy a decir una cosa gratis, porque me cae bien —dijo—. Si busca a alguien que no aguantaba a Adrián, no pierda el tiempo con los barcos. Suba a la estación marina. Aquella mujer y él llevaban un año a gritos por la sirena.
—Gracias.
—No me las dé. Aquí todo el mundo le va a contar lo de los demás. Yo solo he sido el primero.
No era el primero. La dueña de la taberna le había dicho a Elena qué no preguntar; Rita Vergara, a quién no preguntar dos veces. Cardús era el primero que le señalaba a otra persona.
Elena lo apuntó en la libreta, debajo de las dos posibilidades: «Estación marina. Sirena.»
* * *
Desde la otra orilla de la dársena, se volvió a mirar el astillero. Las grúas amarillas, las naves blancas, los números nuevos brillando en las proas. Arriba, en el faro, sonó la sirena, y Elena pensó por primera vez en quién tenía que oírla más de cerca.
En el astillero de Punta Gris todo estaba recién pintado.
Hasta las respuestas.