14. La taberna, de noche
La taberna, de noche
La taberna de Punta Gris tenía una bombilla encima de la barra y ninguna encima de las mesas del fondo.
Por la mañana no se notaba, porque entraba luz por la puerta abierta. A las diez de la noche de un sábado se notaba mucho: la barra estaba en amarillo y el fondo estaba en gris, y entre las dos cosas había una frontera bastante clara que pasaba por la tercera mesa.
Elena lo vio al entrar, antes que a la gente. Era una manera de mirar que no se le había quitado y que ya no intentaba quitarse.
Lo segundo que vio fue que estaba lleno.
Había veinte o veinticinco personas, que en un pueblo de seiscientas es media calle.
Dos mesas de hombres mayores jugando a las cartas debajo de la bombilla.
Una pareja de cuarenta y tantos en la segunda mesa.
Y al fondo, en la zona gris, cuatro o cinco sentados de cualquier manera, con los codos en la mesa y las chaquetas puestas.
La mujer de la barra la vio llegar y no hizo ningún gesto de sorpresa.
—Cafeíño no, a estas horas.
—Lo que tenga.
Le puso un vino de la tierra en un vaso pequeño y grueso, de los que se llenan hasta arriba, y no le cobró de momento.
En la barra, a la derecha, había un plato con pan y otro con algo de queso, puestos para todo el mundo y para nadie en particular. Elena no cogió. Le pareció que coger del plato de una taberna donde llevas dos días es una cosa que hay que ganarse.
Elena se quedó de pie en la barra, en el sitio de siempre de la gente que no sabe si se queda. Nadie la miró más de lo normal y nadie dejó de mirarla. En un sitio pequeño, a los dos días ya no eres una desconocida: eres una cosa que está pasando.
La conversación de las cartas iba de un motor. La de la pareja, de una obra. Las del fondo no se oían, que para eso estaban al fondo.
Y en algún momento, sin que nadie lo pidiera y sin que hiciera falta, uno de los de las cartas empezó a cantar.
Era una de las de allí, de las que se cantan despacio y muy abajo, y de las que no hace falta sabérselas, porque se aprenden oyéndolas tres veces.
El de al lado se le sumó al final de la primera vuelta.
Después la mujer de la barra, sin dejar de secar vasos y sin cambiar la cara. Después dos del fondo.
Mientras duró, nadie miró a nadie. Es lo que tienen esas canciones: se cantan hacia dentro.
No cantaron mucho. Media canción, o menos. Cuando se acabó, nadie dijo nada de que se hubiera acabado, y el de las cartas siguió con lo del motor por donde lo había dejado.
En la pared, al lado del calendario de mareas de la cofradía, seguía el corcho de las fotos. De noche y con la bombilla encima de la barra, las de arriba se veían bien y las de abajo no.
Elena se acercó con el vaso en la mano, como quien mira cualquier cosa.
Ahí estaba, en la fila de arriba, el hombre alto de los hombros anchos, con la taza blanca en la mano y mirando a la cámara como quien mira el tiempo que va a hacer. Farolillos detrás. Una carpa.
Por la mañana, aquella foto le había dado una cara. Aquella noche le dio otra cosa.
La taza era la misma que había tenido en las manos cuatro horas antes, en la cubierta del Santa Ola, con el café de Rita Vergara dentro.
Estuvo un rato delante del corcho y después volvió a la barra. No la estaba mirando nadie. En una taberna llena, un sábado, mirar las fotos de la pared es la cosa más normal del mundo.
Elena se dio cuenta de que tenía el vaso a medias y de que llevaba un rato sin acordarse de por qué estaba allí. Le pareció justo. Aquella gente tampoco estaba allí por lo mismo que ella.
* * *
La cosa pasó a las once y pico, y pasó tan deprisa que si hubiera llegado diez minutos más tarde no la habría visto.
Uno de los del fondo, un hombre de unos cincuenta con las manos muy grandes, contaba algo de un temporal. Un temporal de hace años, con dos barcos amarrados de mala manera y con el agua entrando por la rampa. Lo contaba bien y con gracia, y la mesa de al lado se había girado para oírlo.
Y en un momento dado dijo:
—Eso fue el mismo invierno que lo del faro.
Elena no movió ni un dedo.
No hubo silencio. Eso fue lo raro: no se calló nadie, no bajó nadie la voz, no se miró nadie. La mesa siguió exactamente igual de ruidosa que estaba.
Lo que pasó fue que el hombre se paró él solo, como quien va a meter el pie en un charco y lo ve a tiempo, y dijo:
—Bueno, aquel invierno hubo de todo.
Y siguió con el temporal.
Nadie se lo hizo notar. Nadie le cambió de tema, porque no hizo falta. Se cambió él, y a los tres segundos ya estaban otra vez en la rampa y en el agua.
Elena se terminó el vino.
Había visto muchas veces cómo una sala se calla. Aquello era otra cosa y era mucho mejor: aquella gente no evitaba el tema. Lo rodeaba. Lo tenía tan medido que ni siquiera tenía que frenar.
Cuando la mujer de la barra fue a cobrarle, Elena hizo la única pregunta de la noche, y la hizo mirando al fondo y no a ella.
—¿Rita Vergara viene por aquí?
La mujer tardó lo que tarda quien decide si contesta o no contesta.
—No desde entonces.
—¿Y eso?
—Pregúnteselo a ella. —Cogió el vaso—. Yo se lo he dicho veinte veces. Que venga, que aquí no le va a decir nadie nada.
—¿Y por qué no viene?
—Por eso mismo.
Lo dijo sin ninguna amargura, como se dice una cosa que se ha entendido hace mucho.
Elena pagó y se quedó otro rato, porque salir justo después de preguntar habría sido peor que no preguntar.
Y mientras esperaba, con el vaso vacío, lo entendió entero y le pareció tan sencillo que le dio rabia haber tardado dos días.
En aquel pueblo no había una versión de aquella noche que no acusara a alguien. Si el faro se apagó solo, no hay caso, pero todo el mundo sabe que no se apagó solo. Y si no se apagó solo, entonces alguien de allí lo apagó, y ese alguien compra el pan en la misma panadería.
Y aunque nadie lo hubiera apagado, quedaban los veinticinco minutos, que son de Rita.
Hablar de aquella noche, en Punta Gris, era señalar a alguien. No había manera de hacerlo sin señalar. Y como no había culpable —porque nunca lo hubo, porque el caso se archivó sin uno—, cualquier versión servía, y todas eran injustas con alguien que estaba a tres mesas.
Así que decidieron no tener ninguna.
Elena conocía eso. Lo tenía en el sótano, dos plantas por debajo de la calle, en ciento diez metros cuadrados de estanterías.
Un caso sin culpable no se cierra: se deja de hablar de él.
La única diferencia era que en el Archivo 7 las cajas no tenían que verse las caras todos los días en la panadería.
No sacó la libreta en ningún momento. En aquella taberna y a aquella hora, sacar una libreta habría sido como sacar una cámara.
* * *
Salió a la calle a las doce menos cuarto. Había dejado de orballar y se veían dos o tres estrellas entre las nubes, encima de un pueblo que estaba cantando.
Desde fuera, por la puerta, se veía la barra iluminada y no se veía el fondo.
En el coche, con la luz de cortesía encendida y el motor apagado, escribió una sola línea, porque era la única que había sacado en dos horas y porque era la buena.
«Aquí nadie evita hablar de aquella noche. La rodean.»
La taberna de Punta Gris tenía una bombilla encima de la barra y ninguna encima de las mesas del fondo.
Eso no lo había decidido nadie, y a nadie le venía mal.