13. Lo que Rita no dijo
Lo que Rita no dijo
En Punta Gris, a la gente se le pregunta una vez.
Elena volvió al espigón a las seis y media, cuando ya no había luz de día, pero todavía no era de noche, que en noviembre y en aquella costa es un rato muy corto. No volvió por Rita Vergara. Volvió por el casco.
Se lo había quedado mirando aquella misma tarde, al irse, sin tiempo para pensar en lo que estaba viendo: el Santa Ola tenía el casco repintado a trozos, y los trozos no eran del mismo blanco. Un barco al que se le arregla una vez se queda de un color. Aquel tenía tres.
Quería verlo de cerca y anotar dónde estaban los parches. Eso era todo.
Fue por el espigón hasta ponerse a la altura del barco, tan cerca de la línea de flotación como dejaba el hormigón, y contó los parches desde allí.
Tres. El de proa era pequeño y estaba bien hecho.
El de abajo, casi a ras de agua, se veía por el borde, donde la pintura nueva no había llegado a casar con la vieja.
El del costado de estribor era otra cosa: ocupaba casi dos metros y se notaba desde el otro lado de la dársena.
Calculó a ojo dónde empezaba y dónde acababa, y lo apuntó en pasos, que era la única medida que llevaba encima.
Empezó a orballar a mitad del espigón. No se veía caer y no mojaba, y a los cinco minutos Elena tenía el pelo pegado a la frente y el cuello del abrigo húmedo por dentro. La rodilla se lo había avisado antes que el cielo, en el coche, al salir.
Rita estaba a bordo, de espaldas, recogiendo algo del suelo de la cubierta. No se volvió cuando Elena llegó a la altura de la proa, y Elena entendió que la había oído desde el principio del espigón.
—Se me olvidó preguntarle una cosa —dijo.
No era verdad del todo. Se le había ocurrido después, que es distinto, y Rita Vergara llevaba años oyendo a gente decirle que se le había olvidado una cosa.
—A la gente se le olvidan siempre las mismas.
Pero se enderezó y fue hasta la borda.
Elena señaló el casco. Preguntó por los parches, y Rita se los contó como quien recita una lista de la compra: el de proa, del año que tocaron el muelle con mal tiempo. El de abajo, una vía. El grande, el del costado de estribor, de cuando lo sacaron de los arrecifes y lo bajaron al astillero.
—¿El de aquí, el de Punta Gris?
—Aquí no hay otro.
Lo dijo sin ningún peso, y era verdad: en un pueblo así hay un astillero o no hay ninguno, y el de Punta Gris arreglaba todo lo que flotaba en treinta kilómetros. Elena lo apuntó y no le dio más vueltas, porque no le pareció que las tuviera.
Estaban las dos en silencio, con el orballo cayendo sin caer, cuando Rita hizo lo que no había hecho por la tarde.
Preguntó ella.
—¿Usted a qué ha venido?
Elena podría haber dicho cuatro cosas. Dijo la verdad, que era la más pequeña de las cuatro.
—A leer un expediente en el sitio donde pasó. En mi mesa no se entiende.
—¿Y le pagan por eso?
—Me pagan por leerlo. Venir es cosa mía.
Rita la miró un momento más de lo necesario. Después se metió en la caseta del timón y volvió con dos tazas.
—Está hecho de antes —dijo—. Si no le importa.
A Elena no le importaba. El café estaba fuerte y llevaba horas hecho, y era el primero que le daba alguien en aquel pueblo.
Las tazas eran de loza blanca y gruesa, de las que no se rompen aunque se caigan, con el asa maciza pegada al cuerpo y el borde recto, sin labio.
Elena sostuvo la suya con las dos manos, por el frío, y no dijo absolutamente nada.
Hablaron un rato de cosas que no eran la noche del 3 de noviembre. Del precio del gasóleo, que subía siempre en invierno. De que ya no había quien quisiera embarcarse. De una sobrina de Rita que estudiaba en A Coruña y que no iba a volver, y que hacía bien.
Poco después, sin que ninguna de las dos lo mirara, el faro se encendió.
Elena lo vio por el rabillo del ojo: arriba, un destello, y luego otro. El mismo que llevaba dando desde antes de que ninguna de las dos naciera. Rita no levantó la cabeza. Siguió hablando del gasóleo.
En aquel puerto, aquella luz se encendía sola todas las tardes a la hora que le tocaba, y no la miraba nadie. Así es como se pierde una cosa, pensó Elena: cuando ya no hace falta que nadie se ocupe de ella.
Y en algún momento, porque venía a cuento y porque Elena llevaba toda la tarde buscando por dónde meterlo, salió la fiesta.
—El otro día hablé con uno de la cofradía. Por otra cosa. Me contó lo del Carmen del año del temporal.
—Aquello fue un desastre.
—Me dijo que repartieron tazas.
Rita bebió un trago antes de contestar, que fue lo único raro de toda la conversación, porque hasta entonces no había hecho ninguna pausa.
—Yo no fui.
—¿No?
—Ese año no fui.
Elena asintió despacio y miró el mar, que a esa hora no era más que un ruido.
Tenía en las manos una taza de aquellas. La otra, la de Rita, estaba a diez centímetros de la suya, apoyada en la borda, y era exactamente la misma.
Se podía haber comprado. Se la podía haber dado alguien. Podían quedar sesenta repartidas por el pueblo y haber llegado a aquella cubierta por veinte caminos distintos, y Elena lo sabía mientras lo pensaba.
También sabía la otra cosa, que era más sencilla: nadie contesta «ese año no fui» a una pregunta que no se le ha hecho.
No dijo nada.
Lo que le costó fue eso, y no lo otro.
Le habría llevado una frase, y encima amable: que la taza que tenía en la mano era de aquellas, que no pasaba nada, que en un pueblo esas cosas circulan. Habría sido casi un favor, porque le habría dado a Rita la ocasión de arreglarlo.
Y habría sido el final de la conversación. De aquella y de todas las siguientes.
Lo había aprendido en el trabajo de antes: quien enseña lo que ha visto deja de ver.
No preguntó de dónde había salido la taza. No la levantó para mirarla. No volvió sobre la fiesta.
Se terminó el café, dio las gracias, dijo que a lo mejor volvía a pasar por allí antes de irse y se apartó de la borda. En el espigón, antes de echar a andar, se volvió una vez.
Rita estaba recogiendo las dos tazas.
* * *
Al principio del espigón seguía el hombre de la caña. La misma caja de plástico, el mismo gorro de lana y el mismo cubo, y el cubo seguía vacío. Con orballo y a aquella hora, pensó Elena, allí no picaba nada.
No le dijo nada. Él tampoco.
Elena llegó al coche con el pelo empapado y la libreta seca, porque la llevaba en el bolsillo de dentro. Se sentó, encendió la luz de cortesía y escribió tres líneas.
«Casco: tres parches. El grande, del astillero de Punta Gris.»
«R. V. no fue a la fiesta del Carmen del año del temporal.»
«Taza del Carmen a bordo del Santa Ola.»
Miró las dos últimas, una debajo de otra, y se quedó un rato con el lápiz parado.
Aquello no era nada. Una taza no prueba que nadie haya estado en ninguna parte, y no ir a una fiesta del pueblo no es un delito ni un síntoma. Si lo llevara a una mesa y lo pusiera encima, cualquiera con dos dedos de frente le diría que estaba perdiendo el tiempo.
Y aun así había que apuntarlo, por la misma razón por la que se apunta todo: porque Rita Vergara le había mentido en una cosa del tamaño de una taza, sin ninguna necesidad, después de darle café y de contarle lo de su sobrina.
Una mentira pequeña no demuestra nada. Lo único que dice es que hay una frontera, y por dónde pasa.
Elena guardó la libreta.
En Punta Gris, a la gente se le pregunta una vez.
Ella acababa de preguntar dos.