El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 12. Los veinticinco minutos
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12. Los veinticinco minutos

Los veinticinco minutos

Rita Vergara volvió a enrollar la amarra en cuanto Elena echó a andar por el espigón.

La niebla se había retirado hasta la bocana y había dejado el puerto a la vista, mojado y quieto, como una mesa recién recogida.

Olía a gasoil y a algas. Al principio del espigón, un hombre mayor pescaba sentado en una caja de plástico, con un gorro de lana calado hasta las cejas y un cubo vacío a los pies.

No levantó la vista cuando Elena pasó a su lado.

El corcho de su caña tampoco se movió. Elena se acordó de lo que había apuntado en la libreta y siguió andando.

Si aquel hombre era quien ella creía, llevaba años esperando a que picara algo. Podía esperar una hora más.

Las losas del espigón estaban resbaladizas de verdín y las gaviotas se apartaban lo justo para dejarla pasar.

Los pesqueros estaban amarrados en fila, entre cajas apiladas y redes puestas a secar, con los nombres pintados en la proa como apellidos en un buzón.

Casi todos llevaban nombre de santa. El de Rita llevaba el de una santa que no venía en ningún calendario.

El Santa Ola olía a pescado y a pintura nueva.

De cerca, los parches del casco eran de un blanco más limpio que el resto, y en uno de ellos alguien había firmado con rotulador, como se firma una escayola.

En la caseta del puente, colgado de un gancho, el micrófono de la radio se balanceaba con el barco.

—No suba —dijo Rita sin volverse—. En mi barco sube quien yo digo.

—No iba a subir.

—Eso dicen todos.

Tenía la cara curtida de quien lleva años recibiendo el viento de frente y unos ojos que no se entretenían en nada que no fuera el trabajo. Las manos seguían con la amarra, vuelta sobre vuelta, sin necesidad de mirarlas.

—Usted es la archivera —dijo—. La que ha estado en el faro y luego ha bajado a tomarse un café.

—Veo que aquí las noticias llegan antes que la gente.

—Aquí llega antes todo. Menos la Guardia Civil. —Tensó una vuelta—. ¿Y a una archivera qué se le ha perdido en Punta Gris?

Elena lo pensó. Tenía varias respuestas y ninguna cabía en un espigón.

—La caja de este caso pesaba poco.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que falta algo.

Rita soltó una risa corta, sin alegría.

—Aquí falta un hombre, señora. Para saber eso no hace falta venir de tan lejos.

Elena no lo discutió. En el sótano había aprendido que quien más sabe de lo que falta es quien peor lleva que se lo recuerden.

Se quedó en el borde del espigón, a un paso de la borda, con las manos en los bolsillos del abrigo.

—Quería preguntarle por Adrián Losa.

La amarra dio dos vueltas más antes de que Rita contestara.

—Adrián encendía la luz y nosotros volvíamos. Así de fácil. Mi padre volvía con esa luz y yo he vuelto con ella toda la vida. —Tiró de la amarra para tensarla—. Conocía los barcos por el ruido del motor. Te oía entrar en la bocana de noche y ya sabía quién eras. Y lo apuntaba.

—En el cuaderno.

—En el cuaderno. —Rita la miró por primera vez—. ¿Lo tiene usted?

—Lo tiene el archivo.

—Pues ya tiene más que nosotros.

Volvió a la amarra. Durante un rato solo habló el agua contra el casco.

—Una noche de temporal, hace años, se me paró el motor a la entrada de la bocana —dijo—.

Adrián me estuvo hablando por la radio hasta que vinieron a sacarme.

Dos horas. No me dijo nada importante: cómo le había quedado el guiso, que la sirena le estaba levantando dolor de cabeza.

Dos horas sin callarse para que yo no pensara en las rocas.

Cuando por fin entré en el puerto, la luz seguía ahí.

Siempre seguía ahí. —Se encogió de hombros—.

Ahora se enciende sola y funciona mejor que nunca.

Y no hay nadie ahí arriba que te oiga entrar.

—¿Cómo estaba las últimas semanas?

—Callado. Más que de costumbre. Bajaba menos. —Otra vuelta—. Pensé que estaba cansado. Diecinueve años subiendo esa escalera cansan a cualquiera.

Elena dejó pasar un momento.

—¿Quién llevaba el Santa Ola aquella noche?

—Eso está en mi declaración.

—No la he leído todavía.

—Pues léasela. Ahí está todo lo que dije. No lo voy a contar dos veces, que luego no coincide y es peor.

Elena había aprendido a no leer lo que dice la gente antes de saber lo que dicen las cosas. Nadie le había explicado qué hacer cuando la gente te manda a leer lo que dijo.

—Mi gente salió por su pie —añadió Rita—. Eso sí lo pone el papel, ¿no?

—Lo pone.

—Seis meses en seco y un préstamo que todavía estoy pagando. Eso no lo pone. El seguro dijo que un faro apagado es un riesgo de la navegación. Como si se hubiera apagado solo.

La dueña de la taberna le había dicho que no preguntara por los veinticinco minutos. Elena lo tenía apuntado como lo primero que había que preguntar.

—¿Y los veinticinco minutos?

—Ya estaba tardando. —Rita siguió enrollando, pero más despacio—.

¿Sabe cuántas veces me lo han preguntado?

El sargento, tres. Mi tripulación, ninguna, porque ellos no preguntan.

Y el pueblo, todos los días desde entonces, sin abrir la boca.

En un pueblo de este tamaño, veinticinco minutos dan para tres versiones y un entierro.

—El atestado no dice desde cuándo se cuentan.

—Porque Quintás es un hombre honrado y no apunta lo que no sabe. Los demás cuentan desde que se apagó la luz. Como si yo la hubiera visto apagarse.

—¿No la vio?

Rita tardó en contestar. Arriba, en el faro, sonó la sirena, lejos y amortiguada.

—Una luz que lleva toda la vida en su sitio no se ve apagarse —dijo—. Se ve que falta. Y desde que falta hasta que te lo crees pasa un rato. Pregúntele a cualquiera que haya perdido a alguien.

Elena pensó en su libreta, llena de cosas que faltaban. Nunca se le había ocurrido que lo que falta también tarda en verse.

—¿Y qué hizo en ese rato?

—Lo que hace cualquiera. Mirar otra vez.

Veinticinco minutos podían ser eso: lo que tarda en creérselo alguien que ha mirado esa luz toda la vida. O podían ser lo que tarda alguien en decidir que ya conviene avisar. El atestado no distinguía entre las dos cosas, y la voz de Rita Vergara tampoco.

—Aquí me miran como si la hubiera apagado yo —dijo Rita—. O como si hubiera metido yo el barco en las rocas para cobrar el seguro.

—¿Y por qué no se ha ido?

—Porque si me voy, tienen razón.

Era la clase de respuesta que no se puede comprobar y que, sin embargo, Elena creyó. La apuntó igual. Creer a alguien no era motivo para dejar de apuntar.

Quedaba una pregunta. Elena la había dejado para el final, igual que las declaraciones.

—Aquella noche, antes del apagón, ¿oyó algo por la radio?

Rita dejó de enrollar la amarra. Era la segunda vez aquella tarde.

Durante un rato no se oyó más que el agua y una gaviota que protestaba por algo en la punta del espigón. Elena miró sin querer hacia la caseta, donde el micrófono seguía balanceándose. Luego Rita bajó la voz, aunque no había nadie más cerca que el hombre de la caña.

—En el dieciséis —dijo— alguien estuvo leyendo letras.

—¿Letras?

—Letras sueltas. Una detrás de otra, sin una sola palabra entera. Como quien dicta una matrícula a alguien que tiene que apuntarla bien.

—¿Voz de hombre o de mujer?

—Voz de radio. A esa hora, con el ruido del mar, todas las voces son de radio.

—¿Se lo contó al sargento?

—Me lo preguntó él. Se quedó callado un rato y no lo apuntó. O no delante de mí. —Volvió a coger la amarra con las dos manos—. Y ahora váyase, que me está enfriando el barco.

Elena volvió por el espigón sin prisa. El hombre de la caña seguía en su caja, y el cubo seguía vacío. Arriba, en el faro, la sirena volvió a sonar sola, sin nadie que decidiera cuándo.

No le hizo falta abrir la libreta. Se sabía de memoria la pregunta que el sargento Quintás había dejado a lápiz, y por primera vez aquella pregunta tenía algo parecido a una voz.

Cuando llegó al final del espigón y se volvió, Rita Vergara todavía no había vuelto a enrollar la amarra.