11. Punta Gris
Punta Gris
En Punta Gris, la sirena se oía antes que el mar.
Elena la oyó al salir de la última curva, con las ventanillas subidas y la calefacción al máximo: un mugido largo y grave que venía de algún sitio a la derecha, detrás de la niebla, y que se quedaba vibrando en el volante un rato después de apagarse.
Luego llegó el olor a salitre, que se le metió en el coche igual, sin pedir permiso. El mar llegó el tercero.
Había salido de madrugada, un sábado, en su coche y con su gasolina.
La Unidad de Casos Abiertos no pagaba desplazamientos.
Elena no lo había preguntado, pero una unidad que en ocho meses no había conseguido mandarle una bombilla no iba a mandarle una dieta.
En el asiento del copiloto llevaba la libreta, una copia del croquis del sargento y un termo de café que se había terminado mucho antes de ver la costa.
En la libreta había cuatro preguntas, cada una debajo de la anterior, con la letra un poco más apretada cada vez. «¿Para qué?» «25 minutos. ¿Desde cuándo?» «Falta la puerta.» «¿Y lo de las 23:12?» Ninguna se contestaba desde un sótano. Por eso iba sentada en un coche desde las seis de la mañana.
Hacía ocho meses que no veía nada más lejos que el fondo de un pasillo.
El paisaje había ido perdiendo árboles a medida que se acercaba a la costa, como si el viento los hubiera quitado de en medio para que no estorbaran, y al final solo quedaron granito, hierba rala y cielo, mucho cielo, casi todo gris.
No llovía, orballaba, no moja pero cala.
En diez minutos le había dejado el pelo como si acabara de salir de la ducha.
La carretera subía al cabo haciendo las mismas eses del croquis.
Arriba, la niebla se abrió un momento, lo justo para enseñarle la torre: blanca, más baja de lo que Elena esperaba y con la linterna apagada a mediodía, como tiene que ser.
Luego se cerró otra vez, como quien corre una cortina porque ya ha enseñado bastante.
Aparcó junto a una valla metálica. En la valla, un cartel: «Faro automatizado. Prohibido el paso a personal no autorizado». A Elena no la autorizaban ni para recibir una bombilla, así que se quedó en la valla.
Arriba olía distinto que abajo: a yodo, a alga rota contra la piedra y a tojo mojado, ese olor verde y áspero que suelta la costa cuando lleva días sin secarse. Un olor que no se va de la ropa.
El faro ya no tenía farero. Tenía una caja gris con una antena, un piloto verde que parpadeaba sin que nadie lo mirara y la sirena, que volvió a sonar tan cerca que Elena la sintió en el esternón. Un faro sin farero, pensó, es una casa con la luz del porche encendida y nadie dentro.
Arriba, los cristales de la sala de la linterna estaban empañados; ya no había nadie que los limpiara por dentro. Detrás de ellos estaba la repisa de la taza, el perchero y la mesa del cuaderno. Sesenta y ocho peldaños más arriba de donde ella estaba, y a una valla de distancia.
Desde la valla se veía la base de la torre. Y la puerta.
Era nueva. Metálica, pintada de verde, con un candado del tamaño de un puño.
No quedaba nada de la puerta que el sargento Quintás no había anotado: ni el marco, ni las bisagras, ni la pintura vieja alrededor.
Alguien la había cambiado entera al automatizar el faro, y con ella se había ido la única respuesta que Elena había venido a buscar a la torre.
Abrió la libreta y, debajo de «Falta la puerta», escribió: «Sigue faltando».
Pegado a la torre estaba el rectángulo del croquis: una nave baja de hormigón con dos antenas en el tejado y un letrero descolorido, «Estación Marina». Había luz en una ventana y un coche aparcado con el parabrisas blanco de salitre. Elena no se acercó. Aquella luz tendría su día.
Caminó por la explanada, del lado de fuera de la valla, hasta donde se acababa la hierba.
Más allá había unos metros de roca y después nada.
Abajo, cuando la niebla se levantaba, se veían los arrecifes: una fila de piedras negras que asomaban y desaparecían con cada ola, como si respiraran.
En las de más afuera, cuando baja la marea viva, se juegan la vida los percebeiros. Allí había tocado fondo el Santa Ola.
Aquella costa tenía nombre antes de tener carretera, y el nombre no necesitaba explicación: Costa da Morte. Allí se entierra a los ahogados desde hace siglos, los propios y los de fuera, y cada temporal deja su lista. El Santa Ola no había sido el primero. No iba a ser el último.
La cruz del croquis tenía que estar muy cerca, a un dedo de la torre. Elena no la buscó. Sacó la copia del bolsillo, la miró y la volvió a guardar. El borde podía esperar a que ella supiera qué estaba mirando.
* * *
La carretera bajaba hasta Punta Gris entre muros de piedra seca. En la última curva, un cruceiro con la cara comida por el liquen miraba al mar, que es hacia donde miran todos. Alguien le había dejado flores de plástico en la base, sujetas con una piedra para que el viento no se las llevara.
Olía a puerto, a cajas de pescado fregadas con manguera, a gasoil, a amarras mojadas, al fondo dulzón de la marea cuando se retira.
Abajo esperaba un puerto pequeño, casas bajas con las contraventanas cerradas, un hórreo en lo alto de la cuesta —de pie sobre sus patas, como un animal paciente—, las grúas de un astillero al otro lado de la dársena y una taberna con los cristales empañados.
Era lo único abierto en todo el puerto, así que Elena entró.
Dentro olía a café, a gasoil y a ropa mojada puesta a secar en alguna parte.
Y debajo de todo eso, al mar: allí el mar se mete en las casas, en la lana de los jerséis y en las páginas de los libros, y ya no sale.
Una estufa de butano hacía lo que podía en un rincón; el calor le llegaba a Elena a la rodilla mala y ahí se quedaba, sin subir.
Cambió de pierna sin darse cuenta, como llevaba ocho meses haciendo en el sótano.
Detrás de la barra, una mujer de unos sesenta años, con las gafas colgadas del cuello, secaba vasos sin mirarlos. En la barra, dos hombres dejaron de hablar cuando se abrió la puerta y volvieron a hablar cuando se cerró, pero del tiempo, que en Punta Gris daba para mucho.
—Por la tarde abre.
—Eso dijiste ayer.
—Un café —pidió Elena.
—¿Cafeíño solo, o con leche?
—Solo.
Se lo sirvieron en una taza de loza blanca y gruesa, de la que no se rompe aunque se caiga.
Elena la miró un momento antes de cogerla.
—Usted no es de aquí —dijo la mujer. No era una pregunta.
—No.
—Ni viene por el mar.
—Tampoco.
—Periodista.
—Archivera.
—¿E logo? —La mujer se puso las gafas para mirarla mejor y se las volvió a quitar, como si con lo visto le bastara—. Pues aquí no hay nada que archivar, rapaza.
Elena había aprendido que en los pueblos la primera pregunta cierra más puertas que la segunda, así que no hizo la primera.
Se tomó el café despacio. En la pared, junto a un calendario de mareas de la cofradía, había un corcho lleno de fotos: barcos, bodas, una fiesta del puerto con farolillos.
En una de ellas, un hombre alto y de hombros anchos, con una gorra de almirante, sostenía una taza blanca y miraba a la cámara como quien mira el tiempo que va a hacer.
No le hizo falta preguntar quién era. Por fin tenía una cara. Se parecía a la letra del cuaderno: no era pequeña, pero era derecha. No sonreía, y aun así se le notaba a gusto.
—Adrián —dijo la mujer, que había seguido su mirada—. Esa taza se la regalé yo. Decía que en la torre el café sabía a óxido, y que en mis tazas sabía menos. Y la gorra no era del uniforme. Se la compró él, que muchos fareros la llevan por gusto, y no se la quitaba ni dentro de la torre.
—¿Lo conocía bien?
—Aquí todos lo conocíamos bien. Diecinueve años encendiendo esa luz.
—Dejó el vaso en la balda—. Era de los que ponen cada cosa en su sitio.
Un poco pesado con eso, la verdad. Con eso y con que las cosas se hicieran como es debido.
Una vez le di diez céntimos de más en la vuelta.
Se dio cuenta arriba, en el faro, y bajó y subió otra vez la cuesta para devolvérmelos.
—¿Y aquella noche?
Los dos hombres de la barra pagaron a la vez.
—De aquella noche aquí no se habla —dijo la mujer cuando la puerta se cerró detrás de ellos—. No por nada. Porque ya se habló bastante.
Elena conocía ese silencio. Era el mismo de las cajas del sótano: no el de lo que nadie sabe, sino el de lo que todo el mundo ha decidido no volver a abrir.
—¿El sargento Quintás sigue en el puesto?
—Se jubiló el invierno siguiente. Ahora pesca en el espigón y no pesca nada. —Se encogió de hombros—. Si piensa preguntarle por el faro, pierde el tiempo. De eso no habla. Ni con nosotros.
Elena apuntó en la libreta: «Quintás. Espigón.» Dejó unas monedas en la barra. La mujer las recogió sin contarlas.
—Si quiere saber algo de esa noche —dijo—, pregúntele a Rita Vergara. Fue la que avisó. La encontrará en el Santa Ola. Era de su padre; ahora lo lleva ella.
—Gracias.
—Malo será. —La mujer dejó el paño—. Pero no le pregunte por los veinticinco minutos. —Volvió a los vasos—. Eso ya se lo ha preguntado todo el pueblo.
Era la primera persona en Punta Gris que le decía qué no preguntar. En la experiencia de Elena, eso era casi lo mismo que decirle qué preguntar.
* * *
Fuera, la niebla se había comido la mitad del puerto. Arriba, en el faro, sonó la sirena.
Amarrado al final del espigón había un pesquero con el casco repintado a trozos, como una cicatriz que alguien hubiera querido tapar deprisa.
En la proa, en letras blancas, ponía «Santa Ola».
Olía a pescado viejo y a pintura nueva. En la cubierta, una mujer con un chaquetón de aguas enrollaba un cabo de amarre.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera, las manos rojas de frío y esa quietud de la gente acostumbrada a esperar a que el mar se decida.
Dejó de enrollar la amarra cuando vio a Elena.
Se quedaron mirándose a través de la niebla. Ninguna de las dos se movió.
En Punta Gris, la sirena se oía antes que el mar. Y las visitas, por lo visto, también.