El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 10. La víspera
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10. La víspera

La víspera

Era la primera regla del sótano y Elena no tuvo que consultarla.

Un expediente sale por conducto, con firma y con acuse; una fotocopia sale en una carpeta, debajo del brazo, y no la echa de menos nadie.

Entre las dos cosas hay una diferencia legal que Elena podía explicar en dos frases, y otra que no pensaba explicarle a nadie.

El jueves por la tarde subió otra vez a la tercera planta.

Allí arriba era víspera de puente, con medio edificio yéndose al pueblo a llevar flores al cementerio. La gente recogía, se despedía por los pasillos y preguntaba en voz alta si alguien iba hacia el centro. Una mujer le sujetó la puerta del cuarto de la fotocopiadora con el bolso ya al hombro.

—Toda tuya. Yo he terminado.

Elena le dio las gracias y se quedó veinte minutos ahí dentro, sola, con el zumbido de la máquina y la luz verde pasando por debajo de la tapa.

Copió el croquis del sargento, la primera hoja del atestado y la última, la de la firma y la pregunta a lápiz.

Copió la ficha con los cuatro nombres. Copió la foto de la taza, que salió negra y no servía, y la volvió a copiar aclarando el contraste, y salió gris y tampoco servía, y se quedó con la segunda.

De vuelta en la mesa lo ordenó todo en una carpeta de gomas que llevaba ocho meses vacía en el cajón.

Después se quedó mirando lo que no había copiado.

Las cuatro declaraciones seguían en la caja, cada una con su clip, en el orden en que las habían tomado. Elena las había tenido delante todas las tardes desde el primer día y no había leído ni una.

No era pereza. Era lo único de su oficio anterior que se había traído entero.

Las cosas primero. La gente después. Una escena se lee antes de oír lo que dice nadie de ella, porque en cuanto oyes a alguien empiezas a buscar lo que te ha contado, y entonces ya no estás mirando: estás comprobando.

Y ahí estaba el problema, porque el sábado iba a tener delante a cuatro personas.

Elena se sentó y lo pensó en serio, con el lápiz quieto. Llegar a un pueblo sin saber qué había declarado cada uno era ir desarmada. Cualquiera le habría dicho que se las leyera esa misma noche, que para eso estaban.

Cualquiera menos ella.

Si se las leía, iría a Punta Gris a ver si Rita Vergara decía lo mismo que había dicho hacía años. Y eso no es ir a ver a Rita Vergara. Eso es ir a comprobar un papel, y para comprobar papeles no hacen falta quinientos kilómetros.

Dejó las declaraciones donde estaban, con sus clips.

Y aun así, ya con el abrigo puesto, volvió a la mesa y las miró otra vez. La de arriba tenía el nombre mecanografiado en una esquina y el clip había dejado en el papel una mancha de óxido con su misma forma.

No la abrió.

Lo apuntó en la libreta, para acordarse de por qué lo hacía cuando estuviera allí y le pareciera una tontería:

«No leer las declaraciones. Primero las cosas.»

A las 19:30, Tobías se puso el abrigo.

—¿Se queda?

—Me voy ya.

Era la primera vez en ocho meses que contestaba eso, y Tobías se paró medio segundo antes de seguir hacia el ascensor.

Él miró la caja, que seguía encima de la mesa, con la tapa puesta. Elena esperó a que dijera algo y no dijo nada, que era lo que decía siempre.

Pensó en devolverla a la 2-C antes de irse. Cuatro días es mucho tiempo para que una caja esté fuera de su balda, y arriba había un comisario que había bajado una vez.

No la devolvió.

Se dijo que era por no perder el sitio en la estantería, y se lo dijo sabiendo que era mentira: el sitio de una caja en una balda no se pierde, se queda ahí como un diente que falta.

La razón era más sencilla y le dio un poco de vergüenza.

Si la devolvía, a la vuelta tendría que volver a sacarla, y sacarla otra vez habría sido empezar otra vez.

Antes de apagar el ordenador buscó dos cosas.

La primera fue el tiempo del sábado en aquella costa. Venía con un icono de nube y con una palabra que Elena no conocía y que no buscó.

La segunda no tenía nada que ver con el viaje. Buscó la tabla de mareas de aquella costa para la noche del 3 de noviembre de 2004.

Le costó un rato dar con ella, porque hacia atrás nadie guarda nada bien. Cuando la tuvo, comparó la hora de la bajamar con la frase del atestado, la del estado de la marea que impedía bajar al pie del acantilado hasta las 06:00.

Cuadraba.

Se quedó mirando la pantalla más rato del que hacía falta. En ocho meses en aquel sótano, era la primera vez que algo de dentro se confirmaba con un papel de fuera.

No demostraba nada. Solo que el sargento Quintás, en aquello también, había escrito la verdad.

Apuntó la hora de la bajamar en la libreta, al lado de la del atestado, aunque no le hacía ninguna falta.

Apagó el flexo por costumbre, que era un gesto sin ninguna consecuencia porque el flexo llevaba ocho meses apagado, y subió en el ascensor con la carpeta debajo del brazo.

Detrás se quedó el sótano con las luces del pasillo encendidas para nadie, y el tubo del techo parpadeando encima de una mesa con una caja cerrada.

* * *

La bolsa la hizo el viernes, que era fiesta, en veinte minutos y sin pensarlo mucho, porque tampoco había mucho que pensar. Dos jerséis. El chaquetón. Botas, que en noviembre y en la costa son botas o son nada. El neceser. El cargador del móvil.

Y encima de todo, la carpeta de gomas.

Miró el móvil antes de cerrar la bolsa. No tenía que avisar a nadie de que se iba, y lo comprobó sin darse cuenta de que lo estaba comprobando, como se comprueba el gas.

Puso el despertador a las 05:15 y durmió mal, que era lo previsto. A las 04:50 estaba despierta mirando el techo, y a las 05:00 se levantó, porque quedarse en la cama esperando a un despertador le parecía una manera tonta de empezar un sábado.

Hizo café. Llenó el termo, que era de los de toda la vida, de los que se abren con las dos manos. Le puso el doble de azúcar del que le habría puesto en una taza, porque el café de termo, a la tercera hora, sabe a metal.

A las 05:40 estaba vestida, con el abrigo encima de una silla y la bolsa en la puerta.

Se sentó en la cocina y sacó la libreta.

En la primera hoja del caso seguían las cuatro preguntas de la primera noche, con la letra un poco más apretada cada una. Debajo, todo lo demás. Aquella mañana la última línea era todavía «¿A quién se le pregunta?», y debajo, «Quintás se acuerda».

Elena pasó a una hoja limpia y escribió cuatro nombres, uno debajo de otro, sin apellidos, porque los apellidos ya se los sabía.

Rita.

Emilio.

Nuria.

Tomás.

De los cuatro sabía lo que decía la ficha, que era el oficio. Una patrona de pesquero, un dueño de astillero, una bióloga y un sobrino.

Una ficha da el oficio y la edad. No dice si alguien duerme bien.

Cuatro personas que una mañana de noviembre se sentaron por separado en cuatro sillas de un puesto de la Guardia Civil y contestaron a un sargento que no anotaba lo que pensaba.

Y que después volvieron a su casa, a su barco y a su astillero.

Y siguieron viviendo en el mismo pueblo, todos juntos, todos estos años.

Nadie había vuelto a preguntarles nada.

* * *

Cerró la libreta y la metió en el bolsillo del abrigo, que era donde iba siempre.

Las llaves del coche estaban en el plato de la entrada. Elena cogió la bolsa, el termo y la carpeta, y apagó la luz del pasillo.

En el rellano se paró un segundo, con la bolsa en una mano y el termo en la otra, porque siempre se para uno un segundo cuando se va dos días de casa y no se lo ha dicho a nadie.

Luego bajó.

Eran las 05:52.