El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 9. Comisión de servicio
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9. Comisión de servicio

Comisión de servicio

Para ir a Punta Gris había un impreso.

El número se lo preguntó a Tobías.

—El de los desplazamientos.

—El 34 —dijo él, sin levantar la vista de lo que tenía entre manos—. Cajón de abajo, detrás de los de bajas.

No preguntó adónde iba, ni para qué, ni si necesitaba algo más. En ocho meses, Elena le había preguntado dónde estaba una caja, si había llegado el correo y ahora el número de un impreso, y las tres veces había contestado antes de que ella terminara la frase.

Dieciocho años sabiéndose aquel sótano de memoria, y lo único que nadie le pedía nunca era que se acordara de algo.

Elena sacó el 34 un martes por la mañana, antes de que llegara el correo, y lo puso encima de la mesa al lado del atestado. Decía:

COMISARÍA CENTRAL · IMPRESO 34 SOLICITUD DE COMISIÓN DE SERVICIO

FUNCIONARIO: UNIDAD: DESTINO: FECHAS: MEDIO DE TRANSPORTE: EXPEDIENTE DE REFERENCIA: MOTIVO:

Los cinco primeros los rellenó de memoria. El sexto la paró.

«Expediente de referencia.» Dos palabras y una línea de puntos.

Si escribía «A7/114-CN», aquel impreso subía a la sexta planta con el número de la caja en el centro de la hoja.

Alguien que no había bajado al sótano en ocho meses leería ese número por primera vez.

Y se preguntaría qué hace una archivera pidiendo un coche para ir a un pueblo de la costa por un caso archivado hace años.

Y si no lo escribía, el impreso no valía nada. Un desplazamiento sin expediente de referencia es un viaje.

Elena dejó el bolígrafo. En la parte de abajo de la cartulina, en letra pequeña, estaban las instrucciones. Las leyó dos veces, y a la segunda entendió que no hacía falta que llegara a ninguna parte:

La solicitud deberá acompañarse de informe favorable del responsable de la unidad. En su defecto, se entenderá no cursada.

«Se entenderá no cursada.»

Elena se quedó un rato con esa frase. No decía que no. No decía que sí. Decía que, sin una firma de arriba, la solicitud no había existido nunca: ni denegada, ni tramitada, ni contestada. Un papel que nace muerto y no molesta a nadie.

Y no era la primera vez que la leía.

Estaba en las cajas. Estaba, sin ir más lejos, en la primera de la 1-A, detrás de una de las cartas de aquella mujer que pedía un reloj.

Un impreso de otro color y de otra época, con el membrete de un ministerio que ya no se llama así.

Y al pie, en cursiva, del mismo cuerpo de letra, la misma fórmula.

Aquella mujer lo había pedido tres veces. Las tres veces hubo una cartulina explicándole de antemano, y con mucha educación, por qué no iba a pasar nada.

Elena llevaba ocho meses leyendo lo que faltaba en los expedientes y no se le había ocurrido hasta aquella mañana que los impresos también son parte del expediente.

Era, pensó, la manera más limpia que había leído en su vida de decir que no, y encima estaba impresa de antemano, en cursiva, al pie, como una advertencia de las que vienen en los envases.

Nadie iba a negarle nada. Para negar hace falta que alguien lea algo y decida. Aquello lo resolvía la cartulina sola.

Guardó el impreso 34 en el cajón, sin romperlo, porque en un archivo no se rompe nada. Lo puso detrás de los demás, con la remesa entera, y el cajón volvió a quedar exactamente igual que estaba.

Después hizo lo que sabía hacer, que era una cuenta.

Quinientos kilómetros. Cinco horas si no paraba, y había que parar. Doce horas de coche entre ir y volver. Gasolina, dos noches de pensión si se quedaba a dormir, y comer por ahí. Lo apuntó en el margen de la libreta, sumó y miró el número.

No era mucho. Era, exactamente, lo que cuesta un fin de semana en un sitio al que no habría ido nunca.

Cobraba, pagaba el piso y lo demás se quedaba quieto en la cuenta. Podía permitírselo sin pensarlo mucho, y no era el dinero lo que estaba mirando cuando miró el número.

Lo que costaba de verdad era lo otro.

Un sábado y un domingo no había que pedírselos a nadie. El lunes sí.

* * *

Elena volvió al armario y sacó otro impreso, el 12, que era media cartulina y no llevaba letra pequeña. Ponía:

COMISARÍA CENTRAL · IMPRESO 12 SOLICITUD DE PERMISO POR ASUNTOS PROPIOS

FUNCIONARIO: DÍAS SOLICITADOS: MOTIVO: asuntos propios

El motivo venía impreso. No había línea de puntos, ni hueco, ni nada que rellenar: la razón por la que una funcionaria pide un día libre era una sola y ya estaba escrita en la cartulina, en el mismo cuerpo de letra que su nombre.

Elena leyó las dos palabras un buen rato.

En aquella casa —así llamaban a la Policía los que llevaban años en ella— había un impreso donde el motivo se daba por sabido y no se preguntaba. Y otro donde había que escribir el número de una caja para que te dejaran ir a mirarla. Y el primero era el fácil.

Puso el 12 en la máquina. Escribió su nombre, su unidad y, en días solicitados, un uno.

Un día. El lunes.

Del sábado y el domingo no tenía que dar cuenta a nadie, y de aquel lunes iba a dar la menos posible.

La pensión la buscó esa misma tarde. En Punta Gris había una, encima de un bar, con tres fotos en internet y ninguna de las habitaciones. Llamó y le contestó una mujer que le preguntó si iba por trabajo.

—Por unos días —dijo Elena.

Y la mujer, que llevaba media vida alquilando habitaciones en un pueblo donde no va nadie en noviembre, no volvió a preguntar.

Firmó con bolígrafo, porque los impresos se firman con tinta, y lo dejó en la bandeja de salida encima de la mesa de la entrada.

Era el segundo papel que mandaba arriba en tres semanas, y los dos decían cosas distintas.

El primero llevaba cuatro defectos de forma de un expediente con nombre y número.

Este no llevaba nada: una funcionaria del sótano pedía un día por asuntos propios, que es lo que pide todo el mundo en todas las plantas del edificio todos los meses del año.

El correo interno iba a tardar lo que tardaba siempre. Elena lo sabía y por eso se dio por avisada: el día lo iba a gastar antes de que el permiso llegara a ninguna mesa.

Aquello, en su unidad, no lo notaría nadie. En el Archivo 7 las cosas se notaban por el polvo, y su mesa iba a estar igual el martes que el viernes.

Lo que iba a hacer el sábado no tenía nombre administrativo. No era una comisión de servicio, porque no la había pedido. No era una diligencia, porque no le correspondía. No era una investigación, porque para investigar hay que estar destinada a investigar.

Era una mujer que cogía su coche y se iba a un pueblo.

Y dicho así, pensó Elena, era exactamente lo que ponía en el impreso 12 sin que ella hubiera tenido que escribirlo.

* * *

Volvió al fondo del pasillo y se sentó. El tubo del techo parpadeó. La caja seguía encima de la mesa, con la tapa puesta desde el jueves.

Sacó la libreta y buscó la hoja donde tenía el mapa hecho a mano: Punta Gris abajo, la carretera de las eses, la torre dibujada como un lápiz con la punta hacia arriba y, a un dedo, la cruz repasada dos veces. Lo había copiado del croquis del sargento la primera semana, sin pensar para qué.

Le había salido torcido. Quintás dibujaba mejor que ella, y eso que él lo hizo de noche y con una linterna.

Debajo escribió tres palabras y una hora.

«Sábado. Salir a las 06:00.»

No apuntó adónde. No hacía falta, y además, si alguna vez alguien le miraba la libreta, aquella hoja no decía nada que no pudiera explicar.

Le pagaban por anotar lo que faltaba. Nadie le había dicho nunca dónde tenía que estar mientras lo anotaba.