El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 8. El sargento que firmó
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8. El sargento que firmó

El sargento que firmó

Elena tardó dos días en llamar al Puesto, y los dos días los pasó pensando en cómo decir quién era.

Con la fábrica de loza había sido fácil. Nadie le preguntó y ella no dijo nada, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo. Con un cuartel es distinto. A un cuartel se llama con un nombre, un destino y un motivo, o no se llama.

El problema era el motivo. «Estoy revisando un expediente» era cierto y no significaba nada. «Estoy investigando un caso archivado» no era cierto y además no le correspondía. Entre las dos frases había un hueco del tamaño exacto de lo que Elena llevaba diez días haciendo.

Al final llamó con la primera, que era la suya.

—Puesto de Punta Gris, buenos días.

Era una voz joven, de las que contestan al teléfono de pie.

—Buenos días. Elena Cortés, de la Unidad de Casos Abiertos de la Comisaría Central. Estoy revisando el expediente de una desaparición que instruyó ese Puesto. Noviembre, el faro de Cabo Niebla.

Hubo una pausa breve, de las que sirven para buscar un bolígrafo.

—¿Me repite el nombre?

Se lo repitió, y también el número del expediente y el del atestado. Se los sabía de memoria y notó, al decirlos, que aquello sonaba a alguien que sabe lo que está haciendo.

—¿Y desde dónde me llama?

—Valladolid.

El bolígrafo se paró un momento.

—Eso es de antes de que yo estuviera aquí.

—Ya me lo imagino. Lo instruyó el sargento Dámaso Quintás.

—El sargento Quintás se jubiló.

—¿Sigue en Punta Gris?

—Sí.

Elena esperó. Al otro lado se oyó una silla, y una radio de fondo con la voz metálica de un parte.

—¿Necesita algo del Puesto? —dijo la voz, con mucha educación—. Si quiere copia de algo, lo pide por conducto y se lo mandamos.

—De momento no. Gracias.

Colgó y se quedó un momento con la mano encima del teléfono. No le habían negado nada, porque no había pedido nada. Pero la frase estaba dicha: «lo pide por conducto».

Elena conocía esa palabra mejor que casi nadie de los que la usan. Por conducto quiere decir un impreso, una firma de la sexta planta y un sobre del correo interno, que es donde llevaba una bombilla desde marzo.

Y quiere decir otra cosa, que es la que se le quedó encima. Para pedir por conducto algo de aquel expediente, alguien de arriba tendría que enterarse de qué caja estaba mirando la archivera del sótano.

El número de Quintás lo consiguió en diez minutos y con dos llamadas.

Dámaso Quintás no es un nombre que se repita.

Se lo dieron en el Puesto de Punta Gris a la segunda, cuando dijo desde dónde llamaba: un fijo en un pueblo de la costa que no era Punta Gris, sino el de al lado.

Un hombre de setenta y tantos años con teléfono fijo a su nombre, que es lo que queda de una generación que no se escondió nunca de nadie.

Elena copió el número en la libreta, en la misma hoja donde tenía el del Puesto.

Y después no llamó.

Estuvo hasta el jueves con aquellas nueve cifras en la hoja. Se dijo que era por buscar bien las preguntas, y era mentira a medias: las preguntas las tenía desde la primera noche. Lo que no tenía era ninguna razón para que un hombre jubilado le contestara, y lo sabía.

El martes lo tuvo marcado entero, con el dedo encima de la última cifra, y colgó antes de que diera tono. Se dijo que era tarde para llamar a una casa. Eran las 18:10.

El miércoles por la tarde escribió las tres maneras posibles de empezar, una debajo de otra, como hacía con todo.

«Estoy revisando el expediente.»

«Estoy revisando el expediente y hay cosas que no cuadran.»

«Quería preguntarle por una anotación suya.»

Se quedó con la primera. Las otras dos no eran mentira, pero las dos pedían algo, y a un hombre al que no conoces no se le pide nada en la primera frase.

* * *

El jueves, a las seis y cuarto de la tarde, marcó.

Dio tres tonos largos.

—¿Sí?

Una voz de hombre mayor, tranquila, sin prisa ninguna.

Detrás no se oía nada. Ni televisión, ni cocina, ni otra persona. Solo el tono que tiene una casa con las ventanas cerradas.

—¿Don Dámaso Quintás?

—El mismo.

—Me llamo Elena Cortés. Trabajo en el Archivo 7 de la Comisaría Central, en la Unidad de Casos Abiertos. Estoy revisando el expediente 114-CN, la desaparición de Adrián Losa en el faro de Cabo Niebla.

No hubo ninguna reacción. Ni una respiración distinta, ni un «ah», ni un silencio raro. Nada.

—Usted instruyó el atestado —dijo Elena.

—Yo lo instruí.

—Y lo firmó.

—Y lo firmé.

Lo decía como quien contesta a su nombre. Ni una palabra de más y ninguna de menos.

—Hay una anotación a lápiz en el margen de la última hoja, debajo de su firma. Una pregunta.

Y ahí sí hubo silencio. No un silencio incómodo, ni de los que se llenan enseguida. Uno largo y quieto, de los que en un teléfono duran muchísimo.

Elena no lo llenó. Ocho meses de sótano le habían enseñado que lo que no está escrito tarda más en aparecer.

—Está todo en el atestado —dijo Quintás.

—No, señor. Eso es lo que quería preguntarle. Hay cosas que no están.

—Está todo en el atestado —repitió, exactamente igual, ni más alto ni más despacio.

Y después, sin cambiar el tono:

—Que tenga usted buena tarde.

Y colgó.

No hubo golpe. El teléfono no hizo ruido. Un hombre que cuelga con cuidado es un hombre que ha colgado ese mismo teléfono muchas veces por las mismas razones.

Elena se quedó con el auricular en la mano hasta que empezó a pitar.

Se levantó, sacó el atestado de la caja y lo abrió por la última hoja.

La firma y la pregunta a lápiz estaban a dos dedos una de otra, escritas por la misma mano y con la misma letra pequeña e inclinada. Y decían cosas distintas.

Lo que no podía saber era cuándo. Una firma lleva fecha; un lápiz en un margen no lleva ninguna. Acercó la hoja a la luz del tubo y miró el cruce: el trazo del lápiz pasaba por encima de la tinta. La pregunta era posterior a la firma, y eso era todo lo que el papel estaba dispuesto a decir.

Posterior podía ser aquella misma tarde, con el atestado todavía en la máquina. O cinco años después. Y no son lo mismo: un hombre que firma con una duda dentro no es un hombre que vuelve a abrir una carpeta que ya no es suya.

Elena no lo apuntó como pregunta. Lo apuntó como lo que era, que es una cosa que aquel expediente no iba a contestar nunca.

«Está todo en el atestado.» Lo que estaba en el atestado era eso: un hombre firmando y, dos dedos más abajo, el mismo hombre preguntando.

Después abrió la libreta y apuntó la hora, la duración y lo que se había dicho, palabra por palabra, porque de eso sí sabía y porque le salió solo.

Al terminar se dio cuenta de que había hecho una diligencia de una conversación que no era diligencia de nada, y de que en toda la Comisaría Central no había ninguna caja donde meter aquella hoja.

Luego la leyó.

Y al leerla vio las dos cosas que no había visto mientras hablaba.

La primera: en toda la llamada, Quintás no le había preguntado nada.

No le preguntó cómo había conseguido su número.

No le preguntó por qué revisaba un expediente de hace tantos años, ni quién se lo había mandado, ni si había alguna novedad.

Un hombre al que llaman de repente por el peor caso de su vida pregunta algo.

Ese no preguntó nada, y a un hombre que no pregunta nada suele ser porque no le hace falta.

La segunda era más pequeña y pesaba más.

No había dicho «no me acuerdo».

Habría sido lo fácil, lo educado y lo verdadero para casi cualquiera después de tantos años. Y no lo dijo. Dijo que estaba todo en el atestado, dos veces, con las mismas cinco palabras, sin dudar y sin buscarlas.

Para decir eso con esa seguridad hay que acordarse de todo lo que hay dentro.

Y, sobre todo, hay que acordarse de lo que no.

Elena subrayó las dos y se quedó mirándolas debajo de la raya. Después pasó a la hoja de las preguntas y escribió la sexta.

«Quintás se acuerda.»

Debajo se quedaron, sin hacer, las que llevaba dos días preparando. Por qué la puerta de la torre no estaba en el atestado. Qué pasó a las 23:12. Por qué el reportaje fotográfico se acababa dentro de la torre.

Tres preguntas de archivera. Ninguna acusaba a nadie de nada, y las tres se habrían contestado con una frase.

En la hoja anterior seguían las nueve cifras de su número. No las tachó. En un archivo, lo que se tacha se nota más que lo que se escribe, y aquel número iba a hacer falta otra vez.

Lo que no iba a servir era el teléfono.

Hay conversaciones que no se pueden tener a quinientos kilómetros, y aquella acababa de demostrarlo en cincuenta y cinco segundos.