7. De dónde sale una taza
De dónde sale una taza
La taza salía en la foto por un lado solo.
Elena tardó dos días en darse cuenta de que aquello era un problema. La cogió por el canto, con el pulgar y el índice en los bordes blancos, que era como había cogido fotografías toda su vida y como seguía cogiéndolas sin pensarlo, y la puso debajo del tubo del techo.
Loza blanca. El asa, gruesa y pegada al cuerpo. El borde, recto, sin labio. La pared, del grosor de un dedo meñique.
Del otro lado no había nada que ver, porque el otro lado no estaba.
Una taza como aquella no se compra de una en una.
Elena lo sabía sin tener que razonarlo: la loza reforzada se hace para sitios donde las tazas se caen y no se pueden estar reponiendo, y esos sitios son los bares, los comedores de empresa, los cuarteles y las cofradías.
Nadie regala una taza así a una persona.
Se compran veinte, o cincuenta, y se reparten.
Y si se compran cincuenta, alguien las pagó. Y si alguien las pagó, en alguna parte hubo un papel.
Aquella era la parte del oficio que a Elena le gustaba y que nunca había podido explicar en una comida familiar. Una taza no dice nada. Una factura de cincuenta tazas dice quién, cuándo y para qué.
* * *
El Archivo 7 estaba dos plantas por debajo de la calle, y la fotocopiadora buena, tres por encima. Elena subió con el sobre debajo del brazo.
En la tercera planta había ventanas. Era una cosa que se le olvidaba entre una vez y la siguiente. Cada vez que salía del ascensor le llamaba la atención como si fuera nueva: la luz de la tarde entrando de lado, el polvo suspendido encima de las mesas, gente hablando de cosas que no eran cajas.
Nadie la saludó, y no por nada. Llevaba ocho meses bajando en el mismo ascensor en el que ellos subían, y no coincidían nunca a la misma hora.
Sacó dos ampliaciones, una de la taza entera y otra del asa sola. Salieron grises y granuladas, y suficientes.
* * *
Bajó, las puso en la mesa y descolgó el teléfono.
En ocho meses había usado aquel teléfono seis veces, y cinco habían sido para el correo interno.
Antes probó con dos que no sabían de qué les hablaba. El tercero lo sacó de internet: una fábrica de loza de Castellón que llevaba sesenta años haciendo lo mismo. Le contestó una mujer que dijo «dígame» como se dice en los sitios donde no llaman muchos desconocidos.
—Quería preguntar por un modelo antiguo. Loza reforzada, blanca, sin decoración, asa maciza. Taza de desayuno.
—¿Del catálogo de hostelería?
—Supongo.
—Le paso con Marisa, que lleva eso desde antes que yo.
Marisa la tuvo cuatro minutos esperando, con una música que sonaba a los años noventa, y volvió con una cifra.
—Modelo 12. Eso lo hemos hecho siempre. Y lo siguen pidiendo.
—¿Se vende a particulares?
—A particulares les vendemos de todo, pero el 12 no lo quiere nadie en su casa. Es fea y no cabe en el lavavajillas de arriba.
—¿Y a quién se le vende?
—A hostelería. Y a cofradías, cuando hacen una fiesta y quieren dar algo que dure. En el norte, muchísimo.
Elena apuntó «cofradías» y subrayó la palabra dos veces, aunque no hacía falta.
—¿Guardan los pedidos antiguos?
—Los de papel están en una nave, y en la nave no entra nadie. —Marisa soltó una risa corta—. Pero si me dice el pueblo, a lo mejor me acuerdo. Yo llevo aquí desde los diecinueve.
—Punta Gris.
Hubo un silencio corto.
—El de la Costa da Morte.
—Ese.
—Ahí hemos servido. No le puedo decir cuándo.
Elena le dio las gracias y colgó. En la libreta escribió el modelo, el nombre de Marisa y la palabra «cofradía».
Después buscó el teléfono de la cofradía de pescadores de Punta Gris, que estaba en una página con el escudo del ayuntamiento y una foto del puerto tomada un día de sol, lo cual ya era una decisión.
Contestó un hombre mayor al que se oía mal.
—Cofradía, dígame.
—Buenas tardes. Llamo desde Valladolid. Estoy buscando una información antigua y no sé si me podrá ayudar.
—Diga.
Elena no dijo que llamaba de la policía. No se lo preguntaron y no le pareció que hiciera falta, y hasta que colgó no cayó en que aquello también era una manera de decir la verdad: en aquel momento no estaba llamando de la policía.
—Unas tazas blancas, de loza gruesa, que se repartieron en una fiesta del puerto. ¿Le suena?
—Las del Carmen.
Lo dijo sin pensarlo, como quien contesta a qué hora pasa el autobús.
—¿Se acuerda?
—Y todo el mundo. Fue el año del temporal grande, que hubo que hacer la fiesta dos semanas después y se juntó con la subasta. Encargamos sesenta. Se repartieron en la carpa, con el café.
—¿Sesenta?
—Sesenta o así. Aquí hay casas que todavía tienen dos.
Elena miró la ampliación de la taza, encima de la mesa, con el café por la mitad.
—¿Se dieron a socios?
—A socios y al que pasara por la carpa. Aquello fue una fiesta, señora, no un reparto.
Hablaron un minuto más del temporal, que el hombre contó con detalle porque llevaba toda la conversación esperando a que alguien le dejara contarlo.
—¿Y usted para qué quiere saber lo de las tazas?
Lo preguntó ya de despedida, sin ninguna desconfianza, como se pregunta por curiosidad y no por otra cosa.
Elena tardó un segundo. Llevaba ocho meses sin que nadie le preguntara para qué quería saber nada.
—Estoy revisando un expediente viejo.
—Ah. Pues nada.
Y con eso le bastó, porque en aquel sitio un expediente viejo era una cosa que existía y que alguien tendría que revisar, igual que hay quien arregla motores. Cuando Elena colgó, tenía tres páginas de libreta y ni una prueba.
Sesenta tazas iguales, repartidas en una carpa a quien pasara por delante. Como identificación no servía para nada. Cualquiera de los cuatro nombres de la ficha podía tener una en su cocina, y el pueblo entero también.
Elena lo apuntó tal cual, porque un dato que no sirve también hay que dejarlo escrito para que nadie lo vuelva a buscar:
«Taza: modelo 12, loza reforzada. Sesenta unidades, fiesta del Carmen del año del temporal. No identifica a nadie.»
Y debajo, después de mirar la frase un rato, escribió otra cosa.
Porque la taza sí decía algo, aunque no fuera del caso.
Adrián Losa tenía en la torre una taza de una fiesta del pueblo.
No un termo, no un vaso de la gasolinera, no una taza cualquiera de las que se acumulan en las cocinas.
Una que se había repartido una noche en una carpa, con el café, después de un temporal, y que él se había llevado a un sitio donde subía sesenta y ocho peldaños todas las noches.
Y la había conservado.
Un hombre que se lleva al trabajo una taza de la fiesta de su pueblo está diciendo algo sobre el pueblo. Elena no sabía todavía qué, y no lo escribió, porque no era un dato.
Escribió lo que sí lo era:
«Preguntar quién estaba en esa carpa.»
Después se quedó mirando el teléfono.
En una tarde había hablado con dos personas que no la conocían de nada y las dos le habían contestado a todo. Ninguna le había preguntado quién era. Marisa le había contado que llevaba en la fábrica desde los diecinueve años y el de la cofradía le había contado un temporal entero.
En ocho meses en el sótano, Elena no le había preguntado nada a nadie. Había empezado a creer que era porque allí abajo no había a quién preguntar.
Resultó que el teléfono llegaba a todas partes.
Buscó el número del Puesto de la Guardia Civil de Punta Gris y lo apuntó en la libreta, en una hoja aparte, sin marcarlo.
No lo marcó. Eran casi las siete y media y la caja seguía en la mesa, y llamar a un puesto de la Guardia Civil a esa hora, un martes, para preguntar por un atestado de hace años, no era lo mismo que llamar a una fábrica de loza.
Entre una cosa y la otra había una palabra, y Elena la sabía: a la fábrica había llamado una señora. Al Puesto tendría que llamar una archivera de la Unidad de Casos Abiertos, y esa no podía decir que estaba revisando un expediente viejo y quedarse tan tranquila.
Dejó el número apuntado y cerró la libreta.
Aquello ya no era una taza.