6. Fuera del sótano
Fuera del sótano
Los domingos le gustaban. Eso era lo que no contaba, porque nadie se lo creía.
Vivía en un tercero sin ascensor de una calle que a media mañana se llenaba de gente que iba a comprar el pan y a las tres se quedaba vacía hasta la noche.
El piso tenía dos habitaciones, una de ellas llena de cajas que no eran de expedientes, y un balcón estrecho con dos macetas que aguantaban lo que les echaran.
Había libros por sitios donde no había estanterías, y uno boca abajo y abierto encima del sofá desde hacía tres semanas.
La segunda habitación tenía la puerta cerrada. No por nada. Con la puerta abierta hay que decidir qué se hace con lo de dentro. En la nevera había comida para tres días, que era como Elena compraba desde siempre, no desde hacía ocho meses.
Aquel domingo hizo lo de todos los domingos.
Puso una lavadora. Bajó a por el periódico.
En el portal se cruzó con Amelia, la del primero, que salía con el carro y con un brazo en cabestrillo, y se pararon cinco minutos.
Amelia le contó la caída con detalle, dos veces, y Elena le sujetó el carro mientras Amelia buscaba las llaves.
—Si el sábado necesitas algo de la compra, me lo dices.
—Ya te lo diré —contestó Amelia, que no se lo diría.
En aquella calle Elena era la del tercero, y lo era desde hacía cuatro años. Le parecía bastante.
Se leyó el periódico entero en la cocina, incluida la página de la Bolsa, que no le interesaba y que leía igual porque estaba ahí.
Aquel domingo se paró en ella más de lo que se había parado nunca. Entradas y salidas, esloras, un puerto detrás de otro. No buscaba nada. Cuando se dio cuenta de que llevaba un rato ahí, pasó de página. A mediodía se hizo unos pimientos con huevo y se los comió de pie, mirando el balcón.
Después bajó a andar una hora, que era lo único de la semana que no se saltaba nunca.
Por la tarde se sentó con la libreta.
No la había traído del sótano. La libreta era suya y se la llevaba a todas partes desde el primer día, y aquello, técnicamente, no estaba prohibido. Lo que no podía salir del Archivo 7 era el expediente. La libreta solo tenía lo que a ella le parecía que faltaba.
Pasó las hojas hasta la página de las cinco líneas y se quedó mirándolas un rato largo, con el lápiz en la mano y sin escribir nada. Fuera hacía sol. Elena no se levantó a bajar la persiana.
Lo que le pasaba era sencillo y no le gustó nada reconocerlo: era el primer domingo en ocho meses que tenía ganas de que fuera lunes.
En marzo, los domingos por la tarde le pesaban un poco, como a todo el mundo. En mayo dejaron de pesarle. Aquello, que entonces le pareció una buena señal, había resultado ser otra cosa: cuando el lunes no promete nada, el domingo no se acaba.
* * *
A las 20:00 sonó el teléfono.
—¿Te pillo cenando?
—Todavía no.
—Es que la semana pasada te pillé cenando.
—Estoy con la lavadora.
Hablaron de la obra de la plaza, que llevaba dos años y no llevaba camino de acabarse, y de que en el ambulatorio le habían cambiado otra vez el día de la analítica.
Elena escuchó, dijo «ya» en los sitios donde hacía falta y se echó a reír una vez de verdad, con lo del hombre que había ido a arreglar la caldera y se había llevado la llave puesta.
—¿Has comido bien?
—Pimientos.
—Eso no es comer.
—Con huevo.
—Ah, bueno.
—¿Y tú qué?
—Bien.
—¿Bien cómo?
—Bien normal.
Hubo un silencio corto. Al otro lado, alguien movió una silla.
—¿Sigues abajo?
—Sigo abajo.
—¿Y eso cuándo se arregla?
—No lo sé.
Elena miró la libreta, que seguía abierta en la mesa por la página de las cinco líneas. Estuvo a punto de decir que aquella semana había pasado una cosa. Que había una caja que nadie había abierto nunca. Que había un hombre que se había servido un café y no había vuelto a por él.
Le habría llevado dos minutos.
—Tengo que tender —dijo.
—Anda, tiende. Hablamos el domingo.
Y antes de colgar, como todos los domingos:
—Y abrígate, que ha cambiado el tiempo.
—Si estoy en casa.
—Pues en casa también.
Colgó a las 20:15, como siempre. Quince minutos era exactamente lo que duraba cuando no pasaba nada, y lo que había durado aquel, en el que sí pasaba.
Se quedó un momento con el teléfono en la mano antes de dejarlo en la mesa.
Tendió la lavadora en el balcón, con el sol ya bajo y la calle vacía, y mientras colgaba las pinzas pensó que llevaba ocho meses contestando «bien normal» y que las dos palabras eran verdad.
No estaba esperando a nadie. No había nadie que se hubiera ido.
Había un piso con dos macetas que aguantaban lo que les echaran y una mujer de treinta y seis años a la que los domingos le gustaban.
Lo que no era normal era otra cosa, y no tenía que ver con estar sola.
Volvió dentro y abrió el cajón de la cocina, el de la izquierda, a por una bombilla para la lámpara del pasillo, que llevaba dos días parpadeando.
En aquel cajón había de todo. Un destornillador. Un metro de obra. Dos llaves que ya no abrían nada y que seguían ahí por si acaso. Cinta aislante. Y un paquete de cuatro bombillas del que faltaba una.
Elena sacó otra, cerró el cajón, cambió la del pasillo y tiró la fundida.
Después se quedó parada en el pasillo, debajo de la luz nueva.
En la segunda semana de marzo, cuando entendió que la bombilla del flexo no iba a llegar, había pensado en meter una en el bolso y bajársela ella. Lo pensó dos días. Al tercero decidió que no.
No se lo explicó a nadie, porque nadie se lo preguntó. La razón, si hubiera tenido que ponerla por escrito en una casilla, habría sido más o menos esta: una bombilla comprada por ella convertía aquella mesa en su mesa.
Y el destino era provisional. Lo ponía en la resolución.
Le había costado ocho meses de tubo fluorescente encima de la cabeza, que es una luz que llega a todas partes y no sirve para leer una letra pequeña. Ocho meses de acercarse los papeles a la cara y de tener el flexo delante, apagado, como un adorno.
Aquello tampoco se lo había contado a nadie.
Volvió a la cocina y abrió el cajón otra vez, aunque ya no necesitaba nada de allí. Debajo de la cinta aislante, donde llevaba ocho meses, estaba la escuadra.
Era pequeña, de plástico, con un brazo amarillo y otro negro y los centímetros marcados en los dos, muy gastados en los primeros números. Tenía una esquina rota, de una caída, y una etiqueta con dos letras y un número que ya no significaban nada en ningún sitio.
Elena la sacó, la puso encima del mármol y se quedó mirándola.
Le pasó el pulgar por los números gastados. La funda en la que había venido no estaba en aquel cajón ni en aquella casa, y Elena no se acordaba de haberla tirado.
No hizo nada con ella. Al rato la volvió a meter debajo de la cinta aislante y cerró el cajón.
* * *
A última hora empezó a caer una lluvia fina, de esas que no llegan a mojar. Elena salió a recoger la ropa y se quedó un minuto con las manos en la barandilla.
En el Archivo 7 no llovía nunca. Ocho meses después, seguía siendo lo más raro de aquel sitio.
Cenó lo que había. Fregó. A las 22:30 puso la alarma para las 06:40, que era la hora de todos los días.
Antes de apagar, se llevó la libreta a la mesilla y escribió una línea debajo de las cinco anteriores, en la misma página, que ya se estaba quedando pequeña.
«Mañana: el cuaderno del faro, entero.»
No hacía falta apuntarlo: lo tenía en la mesa desde el jueves.
Lo escribió igual, porque escribir lo que iba a hacer al día siguiente era algo que llevaba haciendo desde antes del sótano, y porque aquella noche le apeteció tener una cosa apuntada para el lunes.