El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 5. La primera lista
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5. La primera lista

La primera lista

Aquella tarde Elena sacó la caja que le tocaba.

La revisó en cuarenta minutos, apuntó en la libreta «falta la huella completa» y la devolvió a su balda antes de que Tobías se pusiera el abrigo.

No fue por método. Fue para que nadie pudiera decir que había dejado de hacerlo.

Y en cuanto la caja estuvo en su sitio, Elena volvió a la mesa, donde la 114-CN llevaba dos días sin moverse.

El último día de cada mes había que subir un parte. Lo había aprendido en marzo, cuando Tobías le dejó un impreso encima del teclado sin decir nada y ella entendió que aquello era la manera que tenía el sótano de demostrar que existía.

El impreso era corto y pedía poco. Ponía:

ARCHIVO 7 · UNIDAD DE CASOS ABIERTOS PARTE MENSUAL DE REVISIÓN DE FONDOS

FUNCIONARIA: E. Cortés ESTANTERÍA: CAJAS REVISADAS:

INCIDENCIAS:

En ocho partes, Elena había escrito en la casilla de incidencias tres veces. Una etiqueta ilegible. Una caja con humedad en el fondo. Un expediente con dos carpetas del mismo número. Las tres veces le habían contestado con un sello de recibido y ninguna palabra.

La de la humedad la había puesto en mayo. En junio bajó un operario, miró el techo, dijo que aquello venía de la sexta planta y se fue. La caja seguía en su balda y el fondo seguía blando.

La casilla, en realidad, no servía para nada. Pero estaba.

* * *

Antes de escribir en ella quiso saber si lo que iba a poner era verdad. Sacó la libreta y la abrió por el principio.

Ocho meses de tardes. Ciento diecisiete cajas, porque las había ido numerando desde la primera, más por costumbre que por ninguna otra razón. Fue pasando hojas hacia atrás y anotando en el margen una raya por cada caja cuya hoja de consultas había encontrado escrita.

Tardó media hora larga. Al final tenía ciento dieciséis rayas.

Las que tenían una sola línea eran las peores de leer. «12-3-2007. Hermosilla. Comprobación.» Alguien bajó una tarde de hace diecisiete años, miró lo que fuera que venía a mirar y no volvió. Pero bajó.

De paso vio algo que no iba buscando. Las anotaciones de marzo ocupaban tres o cuatro renglones cada una. Las de septiembre, tres palabras. No era desgana: en marzo todavía escribía como si alguien fuera a leerlo.

La ciento diecisiete no tenía raya.

Elena se quedó un rato con la libreta abierta y el lápiz en la mano, porque acababa de pasar de una impresión a un número, y las dos cosas no pesan igual.

Tobías estaba en su cuartito con la puerta abierta. Desde la mesa, Elena le veía media espalda y un codo.

Quiso preguntarle si se acordaba de cuándo había bajado la 114-CN. Dieciocho años daban de sobra para acordarse, y él se acordaba de todo lo que entraba por aquel ascensor.

No se lo preguntó. En ocho meses no le había preguntado nunca nada que no fuera dónde estaba una caja o si había llegado el correo, y no supo por dónde se empieza.

Había ordenador, pero el parte no se podía rellenar en él.

Era un impreso de tres copias con papel de calco, de una remesa que llevaba en el armario desde antes de que hubiera ordenadores allí abajo, y para eso estaba la Hispano Olivetti que Tobías guardaba encima del archivador, con la funda puesta.

Elena la bajaba una vez al mes. Pesaba mucho más de lo que aparentaba y hacía un ruido que en el sótano se oía hasta el fondo del último pasillo.

Se quedó un momento con la casilla de incidencias delante. Podía dejarla en blanco. Era lo que había hecho cinco de los ocho meses y nadie se lo había reprochado nunca.

Metió el impreso en la máquina y escribió la fecha, la estantería y el número de cajas. En la casilla de incidencias escribió cuatro puntos, numerados, y no escribió ninguno más.

INCIDENCIAS:

Expediente A7/114-CN. Se hacen constar cuatro defectos de forma:

1. Hoja de consultas sin uso desde la fecha de archivo definitivo.

Única entre las 117 cajas revisadas por esta funcionaria.

2. Cuaderno de servicio con 7 páginas arrancadas.

No consta diligencia que lo explique ni que lo advierta.

3. Reportaje fotográfico incompleto: se aportan 9 de 24 exposiciones y todas corresponden al interior de la torre.

Casilla de observaciones sin cumplimentar.

4. Anotación manuscrita del instructor en el margen de la última hoja, sin desarrollo posterior en el atestado ni en el índice de diligencias.

Lo leyó dos veces antes de sacar la hoja del rodillo.

No decía que a Adrián Losa lo hubiera matado nadie. No decía que el atestado estuviera mal hecho. No decía nada que Elena no pudiera enseñar señalándolo con el dedo.

Tampoco decía que faltaba el cuerpo. Eso no era un defecto de forma. Eso era el caso.

Y ahí estaba lo que a Elena le importaba, aunque no se lo dijo con esas palabras. A un expediente se le puede tener lástima o se le pueden encontrar cuatro fallos de trámite. Lo primero no es de nadie. Lo segundo es de la persona a la que le pagan por revisar fondos documentales.

Le pagaban por bajar una caja cada tarde y anotar lo que faltaba. Nadie le había dicho nunca que dejara de anotar.

Firmó el parte con bolígrafo, que era la única cosa que firmaba en tinta allí abajo, y lo dejó en la bandeja de salida.

Antes de sentarse levantó la tapa de la caja y miró la hoja de consultas, pegada por dentro con el celo viejo.

Seguía teniendo una sola línea. La fecha, su nombre y, en la columna del motivo, una palabra: «revisión».

La había escrito ella la primera tarde porque era la que ponía siempre. Una hoja en blanco desde el sello de archivo definitivo, y lo primero que llegaba a decir aquella caja de sí misma lo había escrito ella sin pensarlo.

Se quedó mirando la palabra un rato. No la tachó. En un archivo, lo que se tacha se nota más que lo que se escribe.

Después abrió la libreta por una hoja limpia y copió las cuatro preguntas, una debajo de otra.

«¿Para qué?»

«25 minutos. ¿Desde cuándo?»

«Falta la puerta.»

«¿Y lo de las 23:12?»

Las miró juntas por primera vez y se dio cuenta de que ninguna era suya del todo.

La primera se la había dado una ficha con cuatro nombres.

La segunda, una frase del atestado que el sargento había dejado a medias.

La tercera, un silencio. La cuarta la había escrito otra persona, a lápiz, debajo de su propia firma.

Debajo de las cuatro escribió una quinta línea, y esa sí era suya:

«¿A quién se le pregunta?»

A nadie de allí abajo. Ese era el problema y lo había visto desde la primera tarde sin querer mirarlo de frente.

La hoja de consultas de la 114-CN estaba en blanco porque no había ningún sitio del sótano donde preguntar por qué.

Los veinticinco minutos de Rita Vergara no estaban en ninguna caja.

La puerta de la torre no estaba en ninguna caja. Las 23:12 no estaban en ninguna caja.

Todo lo que faltaba en aquel expediente estaba a quinientos kilómetros, en un pueblo con nombre de color.

* * *

En la pared del pasillo había un mapa de carreteras viejo, con chinchetas de algo que ya no estaba. Elena fue hasta allí, puso un dedo en Valladolid y otro en la costa, y calculó cinco horas si no paraba.

Volvió a la mesa y no apuntó el número en ninguna parte.

Elena cerró la libreta y se quedó mirando la bandeja de salida, con el parte encima, boca arriba.

Al día siguiente lo recogería el carro del correo interno y empezaría a subir. Pasaría por registro, por la secretaría de la sexta planta y por la mesa de alguien que firmaría el sello de recibido sin leerlo.

Elena lo sabía porque conocía el sistema. Una bombilla llevaba ocho meses haciendo ese mismo camino.

Y por primera vez desde marzo, aquello le pareció una suerte.