4. El sobre de las fotografías
El sobre de las fotografías
Por la mañana, la caja seguía encima de la mesa.
La regla de Tobías no decía qué hacer al día siguiente. No estaba pensada para que nadie la rompiera.
No dijo nada. Encendió las luces del pasillo, que a esa hora ya estaban encendidas, y las volvió a dejar como estaban.
Elena sacó el sobre de las fotografías.
Era de papel marrón, con el cierre de hilo dado tantas veces que el cartón se había vuelto blando. Dentro, además de las fotos, venía una hoja doblada en dos que ella no había abierto la primera tarde. La desdobló y la leyó de pie. Decía:
ATESTADO · GUARDIA CIVIL · PUESTO DE PUNTA GRIS RELACIÓN DE FOTOGRAFÍAS · DILIGENCIA DE INSPECCIÓN OCULAR
Carrete de 24 exposiciones. Se aportan 9.
Nueve de veinticuatro. Quedaban quince en el carrete y nadie las había gastado.
Puso las fotos en la mesa por el número que llevaban escrito detrás, a lápiz, en la esquina. No le hizo falta pensar en el orden: las manos se le habían puesto solas a colocarlas de izquierda a derecha, dejando un dedo de separación, como se colocan las cosas que luego hay que mirar juntas.
La uno era la puerta de la torre vista desde fuera, de lejos. No se veía la cerradura.
Elena se quedó ahí un rato. En la torre, la puerta era lo único que el atestado no nombraba, y la única foto que había de ella estaba hecha desde tan lejos que no servía para saber nada.
No era mala intención. Era la primera foto del carrete, la que se hace al llegar, cuando todavía no se sabe qué va a importar.
De la dos a la seis, el interior: la escalera desde abajo, un tramo a media altura, la sala de la linterna entera, el mecanismo con la tapa abierta y la gabardina en la percha.
La tres era un tramo de escalera a media altura, sin nada dentro del encuadre que hiciera falta fotografiar.
Elena la miró un rato largo. Quien sube sesenta y ocho peldaños con una cámara en una mano y una linterna en la otra se para una vez, y mientras está parado dispara, porque quedarse quieto sin hacer nada delante de dos guardias jóvenes da más vergüenza que subir despacio.
No lo apuntó. No era un dato. Pero fue la primera vez que pensó en el sargento Quintás como en un hombre con una edad.
La siete era la taza.
Las nueve estaban tomadas con flash y con la misma luz de siempre, la que da un flash pequeño montado encima de la cámara: sombra dura pegada al objeto, fondo negro, el resto del mundo fuera.
Quien las hizo iba solo. En las escenas donde hay dos, alguien acaba sujetando una linterna, y entonces las sombras se cruzan y se nota. Allí no se cruzaban.
Elena lo pensó sin darse cuenta de que lo estaba pensando. Hubo un tiempo en que era ella la que llegaba con la cámara.
Volvió a la cuatro, la de la sala entera.
En el suelo, al borde del encuadre, había una mancha alargada más clara: el reflejo del flash en algo mojado.
Botas. Alguien había subido sesenta y ocho peldaños con las botas empapadas, y en aquella sala, aquella noche, todos habían subido con las botas empapadas.
En la seis, la de la gabardina, asomaba por la izquierda una manga de uniforme y un guante, sujetando la percha para que no se moviera.
El sótano le había enseñado que un atestado cuenta lo que hizo el culpable, pero también lo que tocó la policía. Las fotografías lo contaban mejor, porque no sabían que lo estaban contando.
Nueve para una torre entera eran pocas. Elena lo pensó sin querer compararlo con nada, y lo comparó igual: en una inspección hecha con medios se habrían gastado dos carretes. Se fotografía lo que importa y lo que todavía no se sabe si importa, y lo segundo es casi todo.
Quintás no había hecho nueve fotos porque le parecieran bastantes. Las había hecho porque era lo que había.
Lo confirmaba la ocho, que era el cuaderno de servicio, abierto por los bordes rasgados.
Encima, sujetando las hojas para que no se cerraran, no había un testigo métrico de los que vienen en la maleta: había una regla plana de oficina, de las de cajón, con los números gastados.
Alguien que sabía lo que hay que poner al lado de una prueba había abierto un cajón y había puesto lo único que tenía.
Y la nueve era otra vez el mecanismo, de más cerca.
Elena la levantó y la puso al lado de la cinco, que era el mismo mecanismo de más lejos. Las miró un rato con el ceño y luego encendió el flexo, y se acordó de que el flexo no tenía bombilla.
Se levantó, se llevó las dos fotos hasta el tubo del techo y las puso debajo.
La nueve era más oscura. No mucho: lo justo para que el negro del fondo hubiera dejado de ser negro y fuera gris, y para que la palanca se viera sin brillo. El flash había disparado con menos fuerza que en las ocho anteriores.
Eso no lo decide el que hace la foto. Eso lo decide la pila.
Elena volvió a la mesa y se sentó. Un flash que empieza a tardar en cargar avisa dos veces: primero da menos luz, después no da ninguna. La novena foto era el aviso. La décima, la que habría venido después, no existía.
Pasó el dedo por encima de la hoja de la relación, sin llegar a tocarla, y volvió a leer las dos líneas.
Nueve de veinticuatro. La Guardia Civil no había dejado de hacer fotos porque ya tuviera bastantes. Había dejado de hacerlas porque no podía.
En la hoja de la relación, debajo de las dos líneas, había un espacio en blanco para observaciones. Estaba vacío.
Quince exposiciones sin gastar de un carrete que había subido a una torre donde faltaba un hombre. Eso, en un papel de la Guardia Civil, se escribe «se aportan 9». Nadie preguntó por las otras quince, porque en el impreso no había ninguna casilla que obligara a preguntarlo.
Y las nueve eran de dentro.
En el atestado, después del mecanismo y de la taza, la noche seguía. La Guardia Civil bajaba de la torre, salía al acantilado, batía la zona con linternas y encontraba algo en el borde. Todo eso estaba escrito. Nada de eso estaba fotografiado.
Elena buscó en el sobre por si se había quedado alguna pegada al fondo. No había ninguna.
Abrió la libreta por la hoja del 114-CN, debajo de las tres líneas de la noche anterior, y escribió a lápiz: «Las fotos se acaban dentro.»
Se quedó mirando la frase. No era una pregunta y no le puso interrogación, pero le dejó sitio debajo.
Volvió a colocar las nueve en su orden y las guardó en el sobre, la nueve la última. Antes de meterla le dio la vuelta y miró el número escrito a lápiz en la esquina, con la misma letra pequeña e inclinada de «estación marina» y de la pregunta del margen.
Las fotos las había numerado el sargento Quintás.
Un hombre que numera nueve fotografías a lápiz, una por una, sabía perfectamente cuántas le faltaban.
* * *
A media mañana, Tobías pasó otra vez por delante de la mesa con un carro vacío. Se paró.
—¿Se la devuelvo? —preguntó.
Era la primera vez en ocho meses que le ofrecía hacer algo por ella.
—Todavía no.
Tobías asintió como si le hubiera dicho la hora, y siguió pasillo adelante con el carro. Elena se quedó escuchando las ruedas hasta que dejaron de oírse, y entonces se dio cuenta de una cosa: no le había preguntado por qué.
En dieciocho años, pensó, había tenido tiempo de aprender que en aquel sótano el porqué no lo tiene nadie.