El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 3. La noche del 3 de noviembre
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3. La noche del 3 de noviembre

Aquella noche, Elena no devolvió la caja a su balda.

Arriba, el edificio se vaciaba a su ritmo de siempre.

Por el hueco del ascensor bajaban de vez en cuando unas voces, un portazo, el traqueteo del carro de la limpieza.

Abajo solo quedaban el zumbido de la ventilación y el tubo del techo, que seguía pensándoselo.

A esa hora, en el sótano, se oía hasta el papel.

El atestado tenía treinta y tantas hojas y empezaba como empiezan todos, con prisa por dejar claro quién lo firmaba.

ATESTADO · GUARDIA CIVIL · PUESTO DE PUNTA GRIS INSTRUCTOR: Sargento Dámaso Quintás

HECHOS: Desaparición de D. Adrián Losa, Técnico Mecánico de Señales Marítimas, encargado del faro de Cabo Niebla. Mecanismo de la linterna desconectado manualmente. Embarrancamiento del pesquero Santa Ola.

El sargento Quintás escribía como se sube una escalera: un peldaño detrás de otro, sin saltarse ninguno y sin mirar hacia arriba.

Anotaba horas, distancias, colores y nombres.

Lo que pensaba no lo anotaba nunca. La noche del 3 firmaban él y dos guardias más; un puesto de los que tienen más costa que gente.

Elena había aprendido a apreciar a esa clase de sargentos.

Lo que falta en un atestado malo es oficio. Lo que falta en uno bueno es una razón.

Grapado a la segunda hoja venía un croquis a mano alzada.

El puerto de Punta Gris abajo, a la derecha.

Una carretera que subía al cabo haciendo eses.

La torre, dibujada como un lápiz con la punta hacia arriba.

Pegado a ella, un rectángulo con dos palabras escritas a mano: «estación marina».

Y en el borde del acantilado, a un dedo de la torre, una cruz pequeña que el sargento había repasado dos veces.

No había leyenda. Quintás daba por hecho que cualquiera sabría lo que significa una cruz al borde de un acantilado.

Elena lo dejó junto a las fotos, como quien despliega un mapa antes de un viaje que todavía no ha decidido hacer.

La noche empezaba por el barco.

Siendo las 23:40 horas, el pesquero Santa Ola, con base en el puerto de Punta Gris, embarranca en los arrecifes situados al pie de Cabo Niebla.

Su tripulación alcanza las rocas por sus propios medios, desde donde es rescatada por Salvamento Marítimo y trasladada al puerto de Punta Gris, donde es atendida sin lesiones de consideración.

En el momento del embarrancamiento, la luz del faro no es visible desde el mar.

La luz llevaba diez minutos apagada cuando el Santa Ola tocó fondo.

Elena intentó verlo. Un barco que vuelve a puerto de noche y busca por la proa el destello que ha visto mil veces.

Un minuto sin él es un despiste. Cinco, una avería.

Diez minutos es lo que tarda quien lleva el timón en convencerse de que el error es suyo.

Para entonces ya tiene las rocas debajo.

«Por sus propios medios.» Elena tradujo la frase como pudo: agua fría hasta el pecho, unas rocas que no se veían, las manos buscando dónde agarrarse y alguien gritando nombres en la oscuridad para contar cuántos quedaban.

Los atestados tienen una manera muy tranquila de contar las noches que no lo fueron.

Luego venía el aviso:

Se recibe en este Puesto, a través de Salvamento Marítimo, aviso de Dña.

Rita Vergara, patrona del pesquero Santa Ola, que, mediante llamada de socorro por voz en el canal 16, comunica que el faro de Cabo Niebla se encuentra apagado.

Se hace constar que el aviso se produce con 25 minutos de retraso.

Era el primer nombre de la ficha que aparecía en la noche, y aparecía avisando.

Elena lo leyó dos veces. Veinticinco minutos de retraso.

El sargento no decía con respecto a qué: al apagón, al golpe contra los arrecifes o a la hora en que cualquiera habría cogido la radio.

Quien tiene un barco en las rocas suele coger la radio antes que el abrigo.

Era el primer peldaño que el sargento se saltaba.

Abrió la libreta y, debajo de la pregunta de la tarde, apuntó otra: «25 minutos. ¿Desde cuándo?»

Después, el atestado contaba la subida.

Personada la fuerza actuante en el faro, esta accede a la torre y asciende los 68 peldaños hasta la sala de la linterna, que se encuentra vacía.

El mecanismo aparece desconectado. Sobre una repisa metálica, una taza con café todavía tibio.

En el perchero, una gabardina de color azul marino, talla grande.

Sobre la mesa, el cuaderno de servicio, al que le faltan 7 páginas.

Sesenta y ocho peldaños. Elena se imaginó al sargento contándolos en voz baja, con la linterna en una mano y el aliento en la otra, porque sabía que un atestado sin números no se lo cree nadie.

O quizá los había contado al día siguiente, de bajada y con calma.

Con Quintás, las dos cosas eran posibles.

Volvió a la foto de la escalera. Desde abajo parecía un pozo puesto del revés. Luego, a la del mecanismo. Con la tapa abierta, dentro no había nada que Elena supiera nombrar, salvo una palanca grande, de las que se bajan con toda la mano. Alguien la había bajado.

Tardó un rato en ver lo que faltaba, y cuando lo vio le dio rabia no haberlo visto antes.

La puerta. El atestado contaba que entraron en la torre, pero no cómo.

Ni abierta, ni cerrada, ni forzada. Quintás, que había anotado hasta la talla de una gabardina, subía sesenta y ocho peldaños sin mencionar el primero.

Apuntó: «Falta la puerta.»

* * *

La gabardina la retuvo más de lo necesario.

Azul marino, talla grande. Era lo primero que sabía del cuerpo de Adrián Losa, y lo sabía por una prenda que se había quedado sin él.

Letra pequeña, taza gruesa, hombros anchos.

Con eso y con diecinueve años de «sin novedad», Elena empezaba a tener un hombre.

Un hombre que cuelga la gabardina en el perchero, y no en el respaldo de la primera silla, tiene un sitio para cada cosa. Elena conocía a esa clase de hombres. Eran los primeros en darse cuenta de que algo no estaba en su sitio.

Después, el atestado contaba lo de fuera.

Batida la zona con linternas, en el borde del acantilado, a escasos metros de la base de la torre, se aprecian marcas de arrastre en dirección al mar. El estado de la marea impide el descenso a la base del acantilado hasta las 06:00 horas. En los 3 días siguientes se rastrea la costa sin resultado.

La cruz del croquis. Elena volvió a la segunda hoja y la miró otra vez: dos trazos cortos, repasados, en el sitio exacto donde se acababa la tierra.

«Sin resultado.» Tres días de lanchas y de vecinos con botas de agua, y Quintás lo despachaba en dos palabras, como quien cierra una puerta despacio para que no se oiga.

Era la única frase del atestado en la que se le notaba algo.

El mar no devuelve las cosas en orden. A veces tarda semanas, a veces las deja en otra costa y a veces se las queda.

Elena miró su café. Se había quedado frío sin que lo tocara. El de Adrián Losa, pensó, había aguantado más.

La última hoja era la diligencia de cierre.

Se identifica a 4 personas que a las 23:00 horas se encontraban a menos de 1 km del faro. Se les cita para prestar declaración en la mañana del día 4, lo que se efectúa por separado. De lo que, como instructor, doy fe.

Elena se imaginó el pasillo del Puesto a primera hora: cuatro sillas, un sargento sin dormir y una puerta que se abría y se cerraba cuatro veces.

Cuatro personas a menos de un kilómetro de la torre, media hora antes del apagón.

Una había avisado por radio, veinticinco minutos tarde.

De las otras tres, el atestado no decía que hubieran visto nada.

El reloj de la pared marcaba las 23:34. A esa misma hora, en Cabo Niebla, la torre llevaba cuatro minutos a oscuras y todavía no había avisado nadie. El tubo del techo parpadeó, y Elena levantó la vista por costumbre.

Iba a cerrar el atestado cuando vio que la última hoja tenía algo más. Debajo de la firma, en el margen, a lápiz y con letra apretada:

«¿Y lo de las 23:12?»

Elena volvió al croquis. La letra de «estación marina» era la misma: pequeña, inclinada, con la ese cerrada como un anzuelo. La pregunta era del sargento.

Repasó las hojas anteriores. Luego el índice de diligencias. Luego otra vez las hojas, una por una. No había nada a las 23:12. Ni un aviso, ni un testigo, ni una llamada.

Por una vez, Dámaso Quintás había anotado lo que pensaba. Y lo había dejado a lápiz.