El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 2. Las reglas del sótano
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2. Las reglas del sótano

Las reglas del sótano

Un caso bajaba al sótano cuando alguien de arriba firmaba el sello de archivo definitivo.

No cuando se resolvía. Los resueltos iban a la cuarta planta, que tenía ordenadores y aire acondicionado.

Los que seguían vivos no se movían de la mesa de su instructor.

Abajo bajaba la tercera clase: los que ya no eran de nadie.

Nadie le había explicado eso a Elena. Lo había ido entendiendo caja por caja, que es como se aprenden los sitios donde no hay manual.

Su trabajo tenía nombre, y el nombre venía en la resolución que la había destinado allí: revisión de fondos documentales de la Unidad de Casos Abiertos.

Arriba lo habían pasado todo al ordenador, y eso había obligado a hacer limpieza: alguien tenía que bajar a mirar, caja por caja, qué se escaneaba y qué se quedaba abajo esperando al expurgo.

En la práctica era una caja cada tarde, por orden de estantería.

Leer la ficha, leer el atestado, apuntar lo que faltaba y devolver la caja a su balda.

Revisar no era investigar. Investigar era preguntar. Revisar era comprobar que lo de dentro se correspondía con la etiqueta de fuera y dejar constancia de lo que no estaba.

Nadie esperaba que esa constancia sirviera para nada. Por eso la dejaban hacerla.

Había además un límite que nadie había puesto por escrito, porque hasta entonces no había hecho falta: el trabajo se hacía desde la mesa.

Para que una caja volviera a subir hacía falta que alguien de arriba la pidiera. No existía el camino contrario. Elena podía escribir «falta la autopsia» todas las tardes de su vida y la caja seguiría en su balda, con la autopsia igual de ausente.

Lo preguntó una vez, la primera semana. Le contestaron que el procedimiento estaba previsto y le dieron el número de un impreso. El impreso lo firmaba la sexta planta.

El final, en cambio, venía por escrito. A los veinte años prescribe hasta un asesinato, y un expediente que ya no puede llevar a nadie ante un juez pasa a valoración.

De ahí solo hay dos salidas: el Archivo Histórico o el expurgo.

Cada otoño bajaba la circular de la Junta de Expurgo: el listado de las cajas que se iban, una fecha y un camión.

Selección y destrucción, lo llamaban arriba.

La de aquel año traía una palabra nueva, vaciado, y la fecha del camión: la primera semana de febrero.

Lo que siguiera abajo sin pasar al ordenador se iría en él, estuviera en el listado o no.

Se la había dejado Tobías encima de la mesa a primeros de octubre, sin decir nada, como dejaba el correo.

La temperatura del sótano tampoco era para ella. Estaba puesta para el papel: dieciocho grados y poca humedad, que es lo que aguanta bien el cartón. Elena tenía una rebeca en el respaldo de la silla desde marzo, y en agosto seguía allí.

Los sitios donde se conserva algo se parecen todos. Fríos, secos y quietos. Lo que cambia es qué se conserva, y para quién.

Las pruebas físicas tampoco bajaban. De esa regla sí había papel: lo que se recoge en el sitio se queda en el sitio, en el depósito del puesto que instruyó, y al archivo viaja la descripción. Los expedientes del sótano guardaban la sombra de las cosas y no las cosas.

Por eso le extrañó el cuaderno. El cuaderno de servicio del faro estaba allí, dentro de su bolsa de plástico grueso, y no en un armario de Punta Gris. Alguien había decidido que ese papel viajara y el resto no.

Elena lo apuntó en la libreta sin saber todavía qué estaba apuntando.

* * *

Cada caja llevaba pegada por dentro una hoja de consultas. La cabecera decía siempre lo mismo, en tinta morada de multicopista:

UNIDAD DE CASOS ABIERTOS · HOJA DE CONSULTAS Toda salida de documentación será anotada por el funcionario que la realice.

FECHA · NOMbrE · MOTIVO

En ocho meses Elena había visto de todo en esas tres columnas. Jueces que pedían un dato para otra causa y no volvían. Un periodista, en una caja de 2008, con el motivo escrito en letra grande.

Esa hoja era el pulso del expediente. Mientras alguien siguiera bajando, el caso respiraba, aunque fuera despacio y cada mucho tiempo. Cuando dejaba de bajar gente, el caso no se cerraba. Se quedaba quieto.

Y quieto, en un sótano, se parece bastante a muerto.

* * *

Al fondo del pasillo, a la izquierda, estaba la estantería 1-A, donde empezaba todo.

La primera caja era de 1971, con la etiqueta despegada y el número repetido encima a bolígrafo.

Elena la había revisado en su segunda semana.

Dentro había un atestado de nueve folios, tres fotografías en blanco y negro y un sobre con letra de mujer mayor.

La carta pedía que le devolvieran un reloj. Lo pedía por tercera vez y se notaba, porque empezaba disculpándose por insistir.

La hoja de consultas de aquella caja tenía cuatro líneas, las cuatro con el mismo apellido. La última era de 1996.

En la libreta, Elena había escrito aquella tarde: «Falta el reloj.» Y debajo, más pequeño, «falta quien lo pida».

Lo que llegaba al Archivo 7 llegaba siempre de la misma manera: firmado desde arriba. Las cajas y todo lo demás. La bombilla del flexo la había pedido la primera semana en un impreso de tres copias, y las tres copias habían subido a la sexta planta a esperar una firma.

En la pared del ascensor había una lista de extensiones con los nombres a máquina. Elena la había leído muchas veces sin marcar ninguna. Arriba había un comisario que firmaba los archivos definitivos, un jefe de unidad y una secretaría. En ocho meses no había bajado ninguno de los tres.

En julio marcó una de aquellas extensiones. La de secretaría.

—Buenos días. Llamo del Archivo 7. Por una bombilla.

Al otro lado hubo un silencio corto, de los que sirven para decidir si algo es una broma.

—¿Del siete?

—Del sótano.

La mujer le pidió el número del impreso y Elena se lo dio de memoria. Oyó teclear. Oyó teclear un rato más.

—Está en trámite.

—¿Desde marzo?

—Está en trámite —repitió, con la paciencia de quien no ha inventado el sistema y tampoco piensa arreglarlo.

Elena le dio las gracias y no volvió a llamar, pero se aprendió la frase. Allí abajo, «en trámite» quería decir que el papel existía en alguna parte y que nadie lo había parado.

También quería decir que nadie lo había empujado.

* * *

Las reglas de Tobías Lem tampoco estaban escritas. Eran tres y no las llamaba reglas: el primer día las hizo delante de ella, despacio, y no volvió a mencionarlas.

Las cajas se sacan con las dos manos, aunque pesen poco. No se apoya nada encima de una caja abierta, ni la libreta. Y todo vuelve a su balda antes de las 19:30, porque a las 19:30 él se va.

De las tres, la última era la única que Elena le había visto cumplir a rajatabla. Tobías devolvía cajas que llevaban abiertas media hora y a las que les faltaba un minuto de lectura. No discutía con el reloj.

En la puerta de su cuartito había una chapa de metal atornillada, con el nombre grabado: T. LEM · AUXILIAR. En la de Elena había una ranura para una chapa igual y, dentro de la ranura, una tira de papel escrita a máquina con su nombre y su apellido.

La tira llevaba ocho meses en la ranura. Elena había dejado de mirarla al cuarto mes.

Para bajar las dos plantas cogía el ascensor. La escalera estaba justo al lado y la usaba todo el mundo, porque dos pisos no son nada.

Escribía a lápiz por la razón que decía en voz alta, que en un archivo la tinta es para lo definitivo, y por otra que no decía. Antes había firmado muchas cosas que no se podían corregir. El lápiz, al principio, le había parecido un lujo.

Una vez, en marzo, hizo la cuenta. Veintiocho estanterías, seis baldas por cuerpo y cajas de un palmo. A una por tarde, el Archivo 7 le daba para veintitantos años.

No la volvió a hacer.

* * *

Aquella tarde, después de leer el cuaderno del faro, se levantó y fue otra vez hasta la 2-C.

No a devolver nada: a mirar las de al lado.

Las tres siguientes tenían la hoja de consultas escrita, una de ellas por el mismo juez dos veces.

La 114-CN era la única de todo el cuerpo que nadie había abierto.

Volvió a la mesa por el pasillo largo, contando los cuerpos de estantería como se cuentan los portales de una calle conocida. Veintiséis, veintisiete, veintiocho. El zumbido de la ventilación seguía donde había estado toda la tarde, que era en todas partes.

Abajo no había ventanas, así que no había manera de saber la hora sin mirarla. El reloj de la pared marcaba las 19:22.

Elena se sentó. La regla que Tobías cumplía a rajatabla decía que a las 19:30 todo estaba en su sitio.

Faltaban ocho minutos.

Se levantó, fue hasta la 2-C por última vez y miró el hueco que la caja había dejado entre las otras dos. Era estrecho y estaba limpio. Alrededor, en los cantos de la balda, el polvo seguía formando la línea de siempre.

La caja seguía abierta encima de la mesa, con el cuaderno fuera de la bolsa y las cuatro declaraciones sin tocar, cada una con su clip. Y encima de todo, la hoja de consultas, con una sola línea escrita.

La había escrito ella aquella misma tarde.