El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1)
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1. La caja 114-CN
Los casos sin cuerpo pesan poco. Elena Cortés tardó ocho meses en aprenderlo, y lo aprendió con la rodilla.
No guardaba los peores casos, sino los que se habían atascado. Expedientes con testigos, con pruebas y con sospechosos con nombre y apellidos, que se quedaron a un solo paso y ahí seguían.
Elena llevaba ocho meses bajando allí cada mañana. Tenía treinta y seis años, una mesa al fondo del último pasillo y un flexo fundido. Nadie le había aclarado si aquel puesto era un ascenso o un castigo, y ella no lo había preguntado.
Allí abajo no llovía nunca. La única lluvia era la que bajaba en su paraguas, que dejaba un charco en el ascensor y una fila de gotas hasta la mesa.
La bombilla del flexo la había pedido por correo interno la primera semana. Elena empezaba a sospechar que se había atascado a un solo paso, como todo lo demás.
—Me voy —dijo Tobías Lem desde el pasillo, con el abrigo ya abrochado—. La bombilla no ha llegado.
—Ya lo veo.
—Se lo digo para que no la espere.
Tobías era el auxiliar, un hombre flaco que se movía entre las estanterías sin rozarlas.
Llevaba dieciocho años en el sótano, sabía dónde estaba cada caja sin mirar el fichero y había aprendido a no esperar nada que tuviera que bajar desde arriba.
Todas las tardes, antes de irse, dejaba encendidas las luces del pasillo por si ella se perdía. Él no se había perdido nunca.
El ascensor se cerró y el sótano volvió a su zumbido.
* * *
Elena trabajaba con método; allí abajo, sin método, no se aguantaba ni un mes.
Una caja cada tarde, por orden de estantería.
Leía la ficha y el atestado, apuntaba en una libreta lo que le parecía que faltaba y devolvía la caja a su balda antes de irse.
Lo que no vuelve a su balda se queda en el suelo.
En el sótano a eso se le llama una pila, y Tobías, en dieciocho años, no había dejado ninguna.
Escribía siempre a lápiz. En un archivo, la tinta es para lo definitivo.
La libreta iba ya por la mitad, y casi todas las anotaciones eran de tres o cuatro palabras. «Falta la autopsia.» «Falta un testigo.» «Falta que alguien se lo tome en serio.»
* * *
Aquella tarde le tocaba la estantería 2-C, una de las que nadie había pasado todavía al ordenador: etiquetas amarillentas, números a máquina y polvo en los cantos.
La caja 114-CN estaba en la balda de abajo, encajada entre dos que había que sacar a rastras.
Elena la agarró con las dos manos, se preparó para el peso y tiró.
La caja salió tan deprisa que le dio en la rodilla.
Pesaba poco.
La dejó en la mesa y se frotó la rodilla.
El tubo fluorescente del techo parpadeaba de vez en cuando, como si se le hubiera ocurrido algo y luego lo pensara mejor.
En la tapa había una etiqueta escrita a máquina: «EXP.
A7/114-CN · CABO NIEBLA». Por dentro, sujeta con un celo que ya casi no sujetaba, estaba la hoja de consultas, con sus columnas para la fecha, el nombre y el motivo.
No había ni una línea escrita.
En ocho meses, era la primera caja que Elena encontraba así. Hasta los casos más olvidados tenían a alguien que había bajado una vez, por lo menos, a comprobar que seguían allí.
Anotó la fecha, su nombre y, en el motivo, «revisión». Era la palabra que había puesto en todas las cajas anteriores. Esta vez le pareció que se quedaba corta.
Dentro estaba lo de siempre, en menos cantidad. Una carpeta con la ficha. El atestado, grapado por una esquina. Cuatro declaraciones tomadas a la mañana siguiente, cada una con su clip. Un sobre de fotografías. Y una bolsa de pruebas de plástico grueso con un cuaderno dentro.
Las declaraciones las dejó para el final. Había aprendido a no leer lo que dice la gente antes de saber lo que dicen las cosas.
Abrió la carpeta.
EXP. A7/114-CN UNIDAD DE CASOS ABIERTOS
FECHA: Noche del 3 de noviembre, 23:40 LUGAR: Faro de Cabo Niebla, Punta Gris VÍCTIMA: Adrián Losa, 54 años, farero ESTADO: SIN RESOLVER
SOSPECHOSOS: Rita Vergara, patrona del pesquero Santa Ola Emilio Cardús, dueño del astillero de Punta Gris Nuria Ínsua, bióloga de la estación marina contigua Tomás Iriarte, sobrino de la víctima
Al pie, el sello de archivo definitivo y una firma que Elena no se paró a descifrar. Tenía una letra abierta por arriba, como si la mano se hubiera ido antes de terminarla.
Cuatro nombres. Cuatro personas a las que alguien había observado una mañana de noviembre de 2004 y a las que, después, nadie había vuelto a mirar. Hacía veinte años, casi justos.
Detrás venía media hoja de resumen que contaba el resto en cuatro líneas: un faro que se apaga, un pesquero que encalla contra los arrecifes diez minutos después, un farero que no está donde tiene que estar.
Elena había visto casos atascados por un testigo que se desdice, por una prueba mal guardada o por un juez con prisa. Este se había atascado por algo más simple: faltaba el cuerpo.
Quien había tecleado la ficha puso «víctima» sin tener un cuerpo delante. En su lugar, Elena habría puesto lo mismo.
Dejó la carpeta a un lado y sacó el cuaderno de la bolsa. Todavía olía un poco a mar, o Elena quiso creer que olía.
Era el cuaderno de servicio del faro, de tapas negras, con cercos blancos de salitre en las esquinas.
Adrián Losa escribía una página por noche con letra de imprenta pequeña y derecha, la letra de alguien que no tiene prisa: hora de encendido, viento, visibilidad, barcos a la vista, incidencias.
Casi todas las páginas terminaban igual.
«Encendido a las 18:07. Viento del noroeste, fuerza 4. Niebla en el cabo desde las 21:00. Sirena en marcha. Sin novedad.»
La sirena salía casi todas las noches. Al lado de aquel faro, calculó Elena, no debía de dormir bien nadie.
Pasó las hojas despacio. Sin novedad. Sin novedad. Cambio de lámpara; Elena miró su flexo con algo parecido a la envidia. Sin novedad. En diecinueve años, pensó, un hombre así habría llenado una estantería entera de noches iguales.
Y luego, junto al cosido, siete bordes rasgados.
Los contó con la uña, dos veces. Siete. No los habían cortado con cuchilla: alguien había tirado de las hojas con la mano. Detrás, el cuaderno seguía en blanco hasta la última hoja.
Nadie arranca siete noches de «sin novedad».
* * *
En el sobre había fotografías en color, con el brillo duro de un flash disparado de noche: la escalera de caracol vista desde abajo, sesenta y ocho peldaños enroscados como el interior de una caracola; el mecanismo con la tapa abierta; una gabardina oscura colgada de una percha.
Elena las fue pasando hasta que una la detuvo.
Era una taza. Loza blanca y gruesa, de la que no se rompe aunque se caiga, encima de una repisa de metal. El café llegaba a la mitad. Detrás, en el cristal de la linterna, el flash había dejado un reflejo redondo, como un faro pequeño que alguien hubiera encendido solo para la foto.
No había ninguna foto de Adrián Losa. Elena cayó en la cuenta de que llevaba un buen rato leyendo la letra de un hombre sin saber qué cara tenía.
La foto no decía que el café estuviera tibio. Eso lo decía el atestado, y para poder escribirlo alguien de la Guardia Civil había tenido que rodear la taza con la mano. El sótano le había enseñado que un atestado cuenta lo que hizo el culpable, pero también lo que tocó la policía.
Se quedó mirando la taza un rato largo, con el tubo parpadeando encima. Arriba, a esa hora, la Comisaría Central cambiaba de turno. Abajo no cambiaba nunca nada.
Un hombre que se sirve un café piensa quedarse un rato. Un hombre que deja la gabardina en la percha, en noviembre y en un sitio que se llama Cabo Niebla, piensa volver.
Buscó en el atestado la frase que le faltaba. Estaba en la primera página, tecleada con una máquina que se comía la tinta de las erres:
Mecanismo de la linterna desconectado manualmente.
Diecinueve años encendiendo aquella luz al anochecer y apagándola al amanecer. Aquella noche, alguien no había querido esperar al amanecer.
Elena abrió la libreta por la primera hoja en blanco y escribió «114-CN». En las otras cajas, debajo del número, apuntaba lo que faltaba. Esta vez escribió una pregunta.
No era quién.
Era para qué.