43. Encendido a mano
Encendido a mano
La bombilla pesaba todavía menos que la caja.
Elena la sacó de su cajita de cartón a última hora de la tarde y la sostuvo un momento en la palma de la mano, como quien comprueba el peso de algo que ha tardado diez meses en llegar. No la enroscó. Antes había que despejar la mesa.
El camión venía el jueves.
* * *
A las 19:30, Tobías se puso el abrigo. Se detuvo al principio del pasillo, con la mano ya en el interruptor de las luces, como todas las tardes.
—¿Se queda?
—Un rato.
Tobías miró la bombilla, y luego las cinco cajas de la mesa. En dieciocho años había visto salir de sus baldas miles de cajas, y Elena sospechaba que se acordaba de todas.
—No las he tocado —dijo.
—Ya lo sé.
—Ni voy a tocarlas.
Y lo dijo como decía que la bombilla no había llegado, sin darle ninguna importancia a una cosa que le había costado dieciocho años de regla. Después apagó las luces del pasillo.
—Esta noche ya no le hacen falta.
El ascensor se lo llevó con su quejido de siempre.
Por primera vez en diez meses, el sótano se quedó a oscuras salvo por el tubo del techo, que parpadeaba encima de la mesa de Elena como si todavía no se hubiera enterado de nada.
A esa hora, con la ventilación zumbando y las estanterías crujiendo de vez en cuando, el sótano sonaba como la bodega de un barco.
Antes de salir de casa había mirado la carpeta de gomas azul, de pie contra el azulejo de la cocina, donde llevaba una semana, y la había dejado donde estaba.
Aquello no tenía nada que ver con esto.
Elena apartó el bote de lápices y el teléfono. Movió las otras cuatro cajas al borde de la mesa, en fila y sin cerrarlas. Después vació la 114-CN en el centro y dejó la caja en el suelo, junto a la pata. La caja no tenía por qué estar en la mesa. Lo que había dentro, sí.
Hacía tres meses que la había sacado a rastras de la 2-C y se había dado con ella en la rodilla.
Desde entonces había bajado sesenta y ocho veces a aquel sótano sabiendo que la caja estaba esperando encima de la mesa.
Desde entonces había aprendido lo que pesaban un faro sin farero, un pueblo que no hablaba de aquella noche y un sargento que solo hablaba a lápiz.
Colocó las cosas como se colocan las horas de una noche, de izquierda a derecha.
Primero, lo que había pasado antes. El cuaderno de servicio, abierto por los siete bordes rasgados.
Al lado, en una tarjeta de cartulina, escribió a lápiz lo que no tenía: «Siete páginas».
Quienes le habían hablado de los últimos meses de Adrián Losa decían lo mismo con palabras distintas: que estaba más callado, que miraba más, que en agosto le había fallado un nudo.
Luego, las fotos de la nota de la gabardina, por las dos caras: la letra temblorosa por un lado y, por el otro, la fila de números en el margen del parte. Las había impreso en la tercera planta, en una impresora que lo sacaba todo un poco más gris de lo que era.
Después, las 23:12: la copia azul de Olvido Arnáiz, con sus tres líneas de letras que no decían nada.
Después, las 23:30: la foto del mecanismo, con la palanca bajada, y la de la taza.
Después, las 23:40: el atestado, abierto por el croquis, con la cruz repasada dos veces. La última hoja la dejó asomando por debajo, para que se viera la pregunta a lápiz del sargento.
Después, el borde: el informe forense, que no decía lo que tenía que decir, y a su lado, en otra tarjeta, las tres palabras de Quintás: «Yo las vi».
Para lo que no estaba en la caja escribió más tarjetas: «Caja fuerte.
Nueve cifras». «Registro de visitas. Nombres corridos».
Las tres quejas de Adrián Losa, grapadas, fueron a parar a una esquina, junto a la ficha: tres quejas sin respuesta, como las tres últimas cartas de Nuria Ínsua.
La ficha la dejó boca abajo. La firma podía esperar; llevaba esperando desde antes de que Elena bajara al sótano.
Al final de la fila, lejos de todo lo demás, puso las cuatro declaraciones.
Seguían con sus clips. Cuatro personas la habían mandado a leer aquellos papeles, cada una a su manera, y aquella noche estaban por fin en la misma mesa.
Elena pasó el dedo por el borde de la primera y tuvo ganas de quitarle el clip.
No lo hizo. En diez meses no había roto nunca su método, y no iba a romperlo aquella noche: primero, lo que dicen las cosas. Después, lo que dice la gente.
Por último abrió la libreta por la primera hoja del caso.
«¿Para qué?», «25 minutos. ¿Desde cuándo?
», «Falta la puerta», «¿Y lo de las 23:12?
». Debajo, todo lo demás, cada vez más apretado, hasta la lista de lo que faltaba y la línea que había apuntado la mañana que volvió, «Archivo definitivo.
Firma: B. S.», con sitio debajo por si acababa siendo una pregunta.
Cuando terminó, la mesa entera era una noche de noviembre en Cabo Niebla, y Elena no veía casi nada. El tubo del techo daba una luz de pasillo de hospital, de las que llegan a todas partes y no se paran en ninguna.
Desenroscó la bombilla vieja. Tenía el cristal negro por dentro, que es como se quedan las bombillas cuando dejan de intentarlo. Enroscó la nueva. Tardó más de lo necesario, porque le temblaban un poco los dedos, y se dijo que era el frío del sótano.
El reloj de la pared marcaba las 23:30. Elena no lo había buscado. O eso se dijo.
A esa misma hora, una noche de noviembre, alguien había bajado una palanca con toda la mano en lo alto de una torre, y un faro que llevaba diecinueve años encendiéndose a su hora se había quedado a oscuras.
Elena apoyó un dedo en el interruptor del flexo.
Pensó en Adrián Losa, que había encendido aquella luz todas las noches, al anochecer, sin saltarse ninguna.
En Rita Vergara, que había tardado veinticinco minutos en creerse que faltaba.
En la tripulación del Santa Ola, buscando las rocas con las manos.
En Olvido Arnáiz, que se sabía de memoria unas letras que no entendía.
En Dámaso Quintás, pescando en un espigón donde no picaba nada.
En Nuria Ínsua, apuntando la hora cada vez que la sirena levantaba a los cormoranes.
En Emilio Cardús y sus matrículas recién pintadas.
En Tomás Iriarte y su cartel sin colgar.
Los cuatro nombres de la ficha llevaban años esperando a que alguien volviera a mirarlos.
Subió el interruptor. Hizo un clic pequeño, de esos que en un sótano suenan más.
La luz cayó sobre la mesa en un círculo redondo y blanco, del tamaño justo de lo que había que mirar.
Dentro quedaron la copia azul, las fotos grises, el cuaderno roto y la libreta.
Fuera, en la penumbra, esperaban las declaraciones con sus clips.
Elena pensó en la foto de la taza, en el reflejo redondo del flash sobre el cristal de la linterna, como un faro pequeño que alguien hubiera encendido solo para la foto.
Con luz de verdad, las cosas tenían sombra, y la sombra dejaba ver lo que el tubo del techo aplastaba: el relieve de los bordes rasgados, el surco del lápiz de Quintás en el margen, la huella del bolígrafo de Olvido en el papel de calco.
El tubo parpadeó una vez, como siempre. Esta vez, Elena no levantó la vista.
En diez meses había revisado más de cien cajas y no había empezado ninguna. Las cajas del sótano se revisaban: se leían, se apuntaba lo que faltaba y se devolvían a su balda. Empezar era otra cosa. Empezar era no devolverlas.
Elena miró las cuatro del borde, y la quinta vacía en el suelo junto a la pata de la mesa, y no sintió lo que esperaba sentir. Aquello ya estaba decidido desde el lunes de la semana anterior, a las siete y media, cuando no se levantó a devolverlas.
Lo de aquella noche era más pequeño y más difícil. Era ponerles luz encima.
Los casos sin cuerpo pesan poco. Elena lo había aprendido con la rodilla. Lo que no sabía todavía era cuánto pesan cuando alguien les pone una luz encima.
Tomás Iriarte le había pedido que, si encontraba lo que buscaba, no se lo contara. Elena todavía no sabía qué buscaba. Sabía, por lo menos, por dónde empezar.
Acercó la copia azul al centro del círculo. A la luz del flexo, las letras de Olvido se veían más nítidas y seguían sin decir nada. Abrió la libreta por una hoja en blanco, escribió arriba «23:12» y le sacó punta al lápiz.
Luego lo dijo en voz alta, para quien fuera a sentarse al otro lado de la mesa.
—Empezamos por la transmisión.