El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 30 La nueva presidenta #3
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Chapter 30 La nueva presidenta #3

—Bien, en ese caso puede proceder con su testimonio.

—Gracias, señora presidenta —Jérsivo parecía nervioso, no dejaba de sudar a pesar de no hacer calor, como siempre que le tocaba hablar en público—.

En primer lugar, quiero decir que voy a hablar en representación de todos los miembros del Consejo aquí presentes, apuntando que para mí igual que para el resto de mis compañeros a los que hoy represento, fue un honor ser elegido por el señor Kraus y formar parte del Consejo de su Gobierno.

Se nos hace muy difícil creer que él haya podido perpetrar los actos por los que hoy se le juzga.

Los murmullos de incredulidad recorrieron toda la plaza. Alexios se fijó en las caras de los demás consejeros, preguntándose si después de todo estarían dispuestos a defender al hombre que les concedió la oportunidad de sus vidas.

—¿Cree usted entonces que el acusado es inocente y tiene pruebas que lo demuestren? —preguntó Crispina, que no parecía sorprendida por las palabras de Jérsivo.

—No —se apresuró a responder el consejero—, me gustaría decir que sí, pero es todo lo contrario, tengo pruebas suficientes para afirmar que el acusado es culpable.

De nuevo los murmullos, pero esta vez sonaron diferentes.

Alexios no supo muy bien cómo reaccionar, en el fondo sabía que era imposible que lo defendiesen, las pruebas estaban ahí: el uniforme, las cartas… Ellos las habían visto con sus propios ojos, pero, por otro lado, no dejaba de ser un mazazo de realidad.

—¿Vio usted alguna de esas pruebas? —inquirió la presidenta.

A continuación, Jérsivo relató con sumo detalle que Andris había culpado a Alexios en la reunión extraordinaria del Consejo, llegando a presentar unas cartas que lo incriminaban.

También contó que después habían registrado sus aposentos, encontrando un uniforme completo de heredero en el cajón de la mesa de su despacho.

Cuando el consejero de transportes concluyó su relato, Crispina hizo un gesto a uno de sus guardias, que no tardó en traerle algo.

—Señor Kraus, este uniforme fue hallado en un cajón de su despacho, ¿niega que sea suyo? —preguntó Crispina, sujetando la máscara en alto para que todos pudiesen verla.

—Lo niego, ese uniforme no es mío.

—¿Cómo explica entonces que se encontrara en un cajón de su despacho? ¿Acaso se dedica a coleccionar uniformes?

Otra vez se produjeron risas.

—No es el caso, pero ese uniforme no es mío; perteneció a otra persona —contestó Alexios.

—¿Podría decirnos a quién?

—No lo sé.

—¿No lo sabe o no quiere decirlo?

—No lo recuerdo —contestó Alexios de forma sucinta, negando ligeramente con la cabeza.

—Bien, en ese caso… —Crispina volvió a solicitar algo con la mano—. Procederé a leer las cartas donde deja claro su pertenencia a la Orden de los Herederos.

En los siguientes minutos, Alexios tuvo que soportar en silencio, humillado y avergonzado, mientras la presidenta leía sus palabras escritas años atrás en esas cartas dirigidas a su amigo.

—¿Qué tiene que decir sobre estas cartas? —preguntó Crispina tras leerlas todas, a pesar de que el público parecía haberse cansado con la tercera.

—Que no son mías.

—Están firmadas con su nombre y apellido, y un experto en caligrafía ha asegurado que es su letra.

—Alguien la imitaría muy bien.

—¿Insinúa que también se dedica a guardar las cartas de otras personas además de sus uniformes? —toda la plaza estalló en carcajadas, y aunque la presidenta se mantuvo seria, permitió que la gente se expresara con libertad.

Alexios guardó silencio.

—¿No va a responder? —preguntó Crispina después de que las risas cesaran—. Como quiera… Señor Teimes, puede volver a su asiento.

Jérsivo abandonó el atril, intercambiando una mirada con Alexios, que buscaba su complicidad. No culpaba a Jérsivo por haber testificado en su contra, pues solo contaba lo que había visto. Si hubiera sido al revés, él también lo habría creído culpable.

—¿Qué tipo de relación tiene usted con Xalara Verdreven?

Alexios palideció; había abrigado la esperanza de que ese tema no saliese a colación.

—No tengo ningún tipo de relación con ella.

—¿Niega conocerla?

—No, en realidad sí la conozco. La conocí cuando la encerraron en una celda colindante a la mía en ese palacio que tiene detrás de usted —respondió rápido Alexios, intentando encauzar la conversación por otro camino,

temiendo que Crispina también enseñara el sobre que habían encontrado en el cajón de su despacho con la dirección de Xalara.

—¿Encerrada en una celda? ¿Por qué dice eso?

—Porque es la verdad.

—Que yo sepa, Xalara Verdreven y su acompañante, el asesino Víliam Buendi, se dejaron ver en las calles de la ciudad con la intención de engañar a los cuero negro para que los trajesen al Palacio y, una vez dentro, poder liberarlo a usted.

—¡Eso es mentira! —bramó Alexios, aquella invención era más de lo que podía soportar.

—¿Y cómo explica usted que esos muchachos estuviesen armados y que Víliam Buendi provocara esa tremenda explosión?

—Supongo que para poder escapar de Andris y el resto de herederos, que con toda seguridad iban a matarlos con el fin de silenciarlos —respondió Alexios—. Igual que hicieron con el resto de personas que descubrieron algo: Drayan Dosten, Perseus Bábet, Aura Duarte, Ázur y es posible que hasta a Or…

—¡Ya basta! —tronó Crispina haciendo callar a Alexios—. No volverá a decir mentiras. Que suba al estrado el siguiente testigo.

Era evidente que pasara lo que pasase, Crispina Streif iba a creer hasta el final en el testimonio de su sobrino. El juicio solo era una pantomima y un espectáculo que ofrecer a los ciudadanos para ensalzar la figura de su nueva presidenta.

Un hombre vestido con ropa de tercera clase, lo cual provocó murmullos y miradas de estupefacción entre la gente del público, subió los escalones del estrado y se situó en el atril de los testigos. Alexios estaba seguro de reconocer aquel rostro, pero era incapaz de situarlo con exactitud.

—Su nombre, por favor —solicitó Crispina.

—Lucas, Lucas Fraguer —balbuceó, inclinándose de forma exagerada sobre el micrófono.

—Bien, señor Fraguer, ¿jura que su testimonio será sincero?

—Lo juro —dijo levantando una mano temblorosa y volviendo a pegar la boca al micrófono de forma innecesaria.

—¿Puede decirnos lo que vio la noche del siete de abril?

Alexios cayó en la cuenta de quién era.

—Sí, verá —hizo una pausa para tomar el aire que le faltaba—, esa noche había una fuerte tormenta en mi pueblo, Yadarme, y yo estaba con unos amigos en la puerta de una taberna cuando vimos aparecer al presidente corriendo por la calle, llevaba un maletín y mucha prisa.

—Con presidente, ¿se refiere al hombre que está a su derecha? ¿Alexios Kraus?

—Sí, señora.

—¿Está seguro?

—Sí, sí, mi señora, completamente seguro —dijo mirando a Alexios.

—¿Y hacia dónde se dirigía el señor Kraus?

—Eso no puedo asegurarlo, no hablamos con él —hizo una pausa nerviosa—. Mis amigos y yo lo llamamos educadamente, pero no nos hizo caso.

—Otro mentiroso —murmuró Alexios, nadie lo escuchó.

—Por su dirección, es posible que fuera hacia la estación de traslado, pero no puedo asegurarlo —concluyó su relato Lucas Fraguer.

—Muy bien, señor Fraguer, si no tiene nada más que añadir, puede abandonar el estrado —Lucas obedeció de inmediato, no sin antes hacer una especie de reverencia—. Que hable el siguiente testigo.

Otro hombre subió los escalones del estrado. Este era más joven y Alexios lo reconoció de inmediato, pues era el conductor de la estación de traslado que estaba de servicio en Yadarme aquella noche.

—Puedo confirmar que Alexios Kraus estuvo aquella noche en Yadarme —declaró el conductor después de que Crispina le hiciese jurar—. Me pidió que no dijese a nadie que él había estado allí, argumentando que era un secreto del Gobierno o algo así.

—¿Lo amenazó si lo contaba?

—No, señora, me lo pidió amablemente.

—Muy bien, gracias por su testimonio, puede regresar a su sitio. Siguiente testigo.

Esta vez, fue uno de los escoltas presidenciales el que abandonó su posición al lado de la presidenta y bajó hasta el atril de los testigos.

—¿Jura que su testimonio será sincero? —a este no podía pedirle el nombre, ya que eso estaba prohibido.

—Lo juro.

—¿Qué puede decirnos acerca de la relación entre Alexios Kraus y Xalara Verdreven?

—Al día siguiente del ataque de los herederos al pueblo de Yadarme, acudimos allí en tren, y después de visitar la taberna donde sucedió el principal ataque, escoltamos al señor Kraus hasta la casa de Xalara Verdreven, la cual estaba totalmente destruida.

Allí encontramos un cadáver. En ese momento no sabíamos quién era, pero estaba claro que Alexios Kraus sí.

Luego supimos que era el cadáver de Aura Duarte, madrina de Xalara Verdreven.

Cuando lo encontramos, Alexios se acercó y examinó el cuerpo, para después ordenarnos que no le contásemos a nadie que habíamos estado allí.

Sabíamos que aquello estaba mal, pero en su día hicimos un juramento y no podíamos quebrantarlo.

—Andris también estaba allí —intervino Alexios—. ¿No va a preguntarle por lo que hizo él?

—¡Silencio! —gritó Crispina—. Nadie ha requerido su apreciación. Gracias, puede volver a unirse a sus compañeros —dijo dirigiéndose al testigo.

Alexios negó en silencio, esbozando una sonrisa de impotencia.

—¿El acusado va a presentar algún testigo? —preguntó Crispina de forma contundente.

Alexios miró a su alrededor, buscando desesperadamente a Orsius Dónel, pero no estaba allí.

—Bien —dijo Crispina tras esperar unos segundos—, en vista de la ausencia de testigos por parte del acusado, voy a proceder a retirarme para reflexionar sobre todos los testimonios aquí escuchados y las pruebas recabadas.

Luego volveré con el veredicto final. Hasta entonces, pido máxima paciencia a todos los presentes, ya que se trata de una decisión muy importante.

La presidenta se levantó de su silla y todos se pusieron en pie. Después descendió los escalones guardada por la Escolta Presidencial hasta desaparecer detrás del estrado, mientras todos los presentes observaban la escena en riguroso silencio.