El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 30 La nueva presidenta #4
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Chapter 30 La nueva presidenta #4

Un silencio que se rompió de forma gradual, empezando por unos disimulados murmullos de expectación que terminaron por convertirse en una especie de jolgorio.

Alexios no dejaba de mirar hacia todos lados, aguardando la llegada cada vez más improbable de Orsius.

Tenía que reconocer que lo más seguro era que Orsius ya estuviese muerto.

Acudir a la Mansión Nórebol por la noche era demasiado arriesgado, pero no había otra forma de probar la verdad.

Los cuero negro no dejaban de observarlo y Alexios se preguntó cuáles serían sus verdaderas identidades y a quién servían en realidad, si al Gobierno o a la Orden de los Herederos, en cualquiera de los dos casos él salía perdiendo.

Pasada una hora, la presidenta regresó, al mismo tiempo que la lluvia empezaba a caer sobre la capital.

Alexios sabía que iban a declararlo culpable, y por eso su corazón latía con fuerza, ahogándolo con estridentes latidos; debía reconocer que estaba asustado.

Esta vez nadie aplaudió, pues todos esperaban expectantes el anuncio de la presidenta, que se sentó en su silla mientras uno de los Escoltas Presidenciales, después de haber secado el asiento con una toalla, protegía a Crispina de la lluvia con un suntuoso paraguas negro.

Un micrófono flotó hasta su boca.

—Tras más de una hora de profunda y difícil reflexión —anunció Crispina, aunque Alexios sabía que estaba fingiendo—, ya tengo mi veredicto final —la presidenta se puso en pie con sus diminutos ojos negros fijos en Alexios—.

Yo, Crispina Streif, presidenta del Gobierno de Las Cinco Comarcas y en calidad de jueza en este juicio en particular —hizo una pausa para añadir dramatismo—.

Declaro culpable al acusado Alexios Kraus de todos sus cargos anteriormente aquí descritos.

Lo deshonro por la traición al pueblo que debía servir y lo sentencio a morir por medio de la recientemente promulgada ley de pena de muerte, aplicable a todo aquel que tenga algo que ver con la Orden de los Herederos.

Será ejecutado por los cuero negro y se hará aquí y ahora.

El público prorrumpió en aplausos y vítores de triunfo, y la presidenta esperó a que todos se callasen para seguir hablando.

—Además, promulgo una orden de busca y captura sobre la joven Xalara Verdreven, para que pueda responder por los delitos de colaboración con el señor Kraus, el asesinato de varias personas, fingir su secuestro y atentar contra la vida del que era su presidente en aquel momento,

el señor Andris Bóstoul, con el fin de poder llevar a cabo la liberación del preso Alexios Kraus.

En caso de no ser capturada o que no se entregue voluntariamente a las autoridades antes de quince días, será declarada culpable de todos sus cargos sin la celebración de juicio alguno y será condenada a muerte aplicando la ley.

—¡¡Presidenta!! ¡¡Presidenta!! —gritó Alexios, intentando hacerse oír por encima del griterío del público—. ¡¡Quiero decir algo!!

—¿Desea decir algo? —preguntó Crispina Streif.

—¡¡Quiero decir algo!! —repitió Alexios. No podía salvar su vida, pero aún estaba en disposición de salvar a la hija de Arturo y cumplir así su promesa, pudiendo morir con cierta dignidad.

—¡¡Silencio!! —ordenó la presidenta, y todos obedecieron al mismo tiempo—. El culpable desea decir algo.

Alexios se giró hacia el público, que en esos momentos se había convertido en una infinita mancha de paraguas negros.

Apretó los dientes, deseando gritarles que él los había liberado del Lórdezeit durante diecisiete años, y que ahora estaba arrepentido de haberlo hecho.

Sabía que todos esperaban que suplicase por su vida.

—Soy Alexios Kraus, expresidente del Gobierno de Las Cinco Comarcas y quiero que todos los aquí presentes y los que están en sus casas oigan lo que tengo que decir —hizo una pausa en la que pareció detenerse el tiempo—.

Me declaro culpable de todos los cargos por los que se me acusa.

Sí, lo reconozco —declaró Alexios, mirando al suelo y tragando saliva con la voz entrecortada—.

Durante meses, urdí el plan para liberar a los herederos de Ívelmer, y, aprovechando mi cargo como presidente, entré en la prisión la noche del seis de abril para llevar a cabo mi cometido.

Logré liberar a los herederos encerrados en las celdas de alta seguridad, dejando en el camino la muerte de todos los guardias de la prisión, porque no quería que hubiese ningún testigo de mis actos —hizo una pausa—.

Mi intención era que los herederos fugados me ayudasen a restablecer la desaparecida Orden de los Herederos, para liderarla y poder terminar el cometido de nuestro bien amado Lórdezeit —las palabras se le volvían fuego en la boca—.

Pero tengo que reconocer que esa tal Xalara Verdreven no tuvo ni tiene nada que ver con todo esto, por lo tanto, no pierdan más el tiempo con esa pobre muchacha.

El público se mantuvo callado durante unos instantes para después comenzar a insultarlo e incluso lanzarle algunos objetos. Otra vez Crispina tuvo que calmar los ánimos de la muchedumbre.

—Es un gesto que le honra, señor Kraus —dijo Crispina con fingido respeto—. Si estas han sido sus últimas palabras…

Alexios asintió despacio y con lágrimas en los ojos. La presidenta miró a los cuero negro y les hizo un gesto de aprobación.

Uno de los cuero negro se acercó a Alexios y lo desencadenó del atril, aunque sin quitarle las esposas enguantadas.

Luego lo bajó del atril y lo posicionó de cara al público.

Crispina deseaba que todos vieran su rostro asustado ante la muerte como prueba de su poder.

El cuero negro lo puso de rodillas, Alexios no se resistió.

Ahora, el grito hasta hace un instante ensordecedor del público, lo escuchaba como si estuviese muy lejano y solo oía con claridad su acelerada respiración.

Cinco cuero negro se colocaron frente a él y desenvainaron sus espadas.

Alexios miró a quienes estaban a punto de convertirse en sus verdugos y tras ellos, pudo ver que muchas personas del público se habían girado para no ver la ejecución; otras se tapaban los ojos con las manos y la mayoría seguían gritando ávidamente pidiendo su muerte.

Alexios fue consciente de lo que estaba a punto de suceder y por eso comenzó a reírse a carcajadas, pues iba a morir por una ley que el mismo había decretado. Era una risa funesta y absurda que, sin embargo, no podía frenar.

Alguien se acercó por detrás, cubriendo la cabeza de Alexios con un capuchón negro y opaco. Unos instantes después, sus risas se extinguieron y todo había terminado.

El silencio se apoderó de la plaza, tan solo interrumpido por el hipnótico sonido de la lluvia. Los cuero negro que acababan de ejecutar a Alexios envainaron sus espadas y dedicaron un saludo a la presidenta antes de abandonar el estrado. Crispina Streif tomó de nuevo la palabra:

—Este hombre era Alexios Kraus y un día fue nuestro presidente.

Pero traicionó a su Gobierno y a la sociedad a la que debía servir.

Ahora yace aquí muerto, y espero que sirva de escarmiento para todas aquellas personas que planeen derrotar a nuestro sistema —declaró la presidenta, arrancando otra vez los vítores del público—.

Ha confesado su culpabilidad en un último y desesperado intento por salvar a Xalara Verdreven.

No obstante, las pruebas y los testimonios son demasiado evidentes en su contra —la presidenta miró fijamente a las cámaras en un claro gesto de hacia quién quería dirigir su mensaje—.

¡La orden de busca y captura sigue estando vigente, y pido la colaboración ciudadana para traerla ante la justicia!

El reloj ya está en marcha, y el tiempo corre en tu contra, Xalara Verdreven.