El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 30 La nueva presidenta #2
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Chapter 30 La nueva presidenta #2

Y una cosa más, Crispina Streif será la propia jueza.

Ha relegado a Syliana Meistre del cargo para este juicio, alegando que el Gobierno puede tomar el control de la justicia si es el propio Gobierno el que se ve afectado directamente por los delitos del acusado.

—Eso complica todavía más las cosas —dijo Alexios afligido.

—Bueno, es ante la adversidad donde salen a relucir las dotes de las grandes personas.

—Solo una cosa más —lo detuvo Alexios—. ¿Qué hora es?

Orsius se arremangó para consultar su reloj.

—Las nueve menos veinte. Pronto será de noche y tengo trabajo que hacer.

—Gracias —dijo Alexios con sinceridad.

Orsius asintió y se fue dejándolo con la única compañía de la oscuridad.

Habiendo cenado y siendo consciente de la hora, Alexios intentó dormir para estar descansado y tener la mente fresca durante el juicio del día siguiente, pero no fue capaz de conciliar el sueño.

Pasó las horas contemplando la oscuridad, enumerando una a una todas sus preocupaciones, las cuales eran tantas que pesaban más que los grilletes de acero que lo sujetaban a la pared de la celda.

Pensaba en Orsius, quien llevaba consigo las pocas esperanzas de que todo se solucionase.

También reflexionaba sobre el juicio del día siguiente, viéndose así mismo en la plaza, rodeado de gente que exigía a gritos su muerte.

Se esforzaba en recordar el rostro de Crispina Streif, pero hacía mucho tiempo que no la veía.

Aún no se explicaba cómo ella pudo presentarse a unas elecciones, pero supuso que sería para vengar el ataque a su sobrino, sabía de buena mano lo mucho que lo apreciaba.

Aunque también existía la posibilidad de que fuese una heredera; después de todo, cualquier cosa era posible.

Sin embargo, la preocupación que más agobio le causaba era Xalara.

«¿Dónde se encontrará en estos momentos?»

—se lamentó Alexios. La veía en la oscuridad, sola y desamparada en medio de cualquier bosque, congelada de frío y hambrienta, sin saber qué hacer ni a dónde ir.

Además, estaba el curioso hecho de que Orfeus Eslamánder hubiese aparecido muerto en el cementerio de Yadarme.

¿Qué diantres estaba haciendo allí Eslamánder?

¿Buscar a Xalara? ¿Es posible que Xalara hubiese regresado a Yadarme?

¿Habría matado ella al heredero? ¿Y dónde se encontraban los Kéitel?

Todo eran incógnitas y suposiciones que le hacían sentirse más impotente que nunca al no poder hacer nada desde allí abajo.

Así transcurrió la noche y llegó el amanecer (o eso creía él). El juicio estaba próximo a comenzar y sintió una fuerte punzada en el pecho al acordarse de qué habría podido conseguir Orsius en la Mansión Nórebol.

Alguien se acercaba, ¿sería Orsius?

No era el capitán de los cuero negro, sino que eran tres guardias del Palacio, o tres herederos; no podía asegurarlo.

Sin duda, ninguno formaba parte de la Escolta Presidencial; ellos estarían con la nueva presidenta.

La incertidumbre era saber si serían los mismos escoltas que un día habían jurado defenderlo a él (hasta que dejaron de hacerlo), sin contar con el pobre Ázur; sintió otra punzada de dolor al acordarse de él.

—Venimos a llevarle al juicio que se celebrará contra usted en esta mañana.

—Ah, gracias por la información —dijo Alexios con un tono cargado de ironía que no ocultaba su nerviosismo.

Tras sacarlo de la celda, los guardias volvieron a esposarlo y lo condujeron escaleras arriba.

Todo parecía estar en su sitio hasta que llegaron a la nave donde se encontraba la Gran Escalinata, pues allí se veían algunas grietas en la pared que compartía con el vestíbulo y el Salón de Conferencias.

Cuando traspusieron la abertura que daba acceso al vestíbulo, se encontró de lleno con los estragos que había causado la explosión.

Las paredes del vestíbulo eran lo único que aún quedaba en pie, aunque quizás eso era mucho decir, pues estaban bastante destruidas.

Sobre su cabeza se alzaba el cielo emplomado de Bibrébem, ni rastro del techo del vestíbulo y, por lo tanto, tampoco del Salón de Conferencias, que había desaparecido casi por completo.

Tan solo quedaban en pie los restos de algunas de las columnas que servían como estructura de las paredes, seguramente el apoyo exterior de los arbotantes les habría concedido esa consistencia.

Resultaba imposible creer que aquel muchacho con el que había estado hablando tan solo unos minutos antes de que sucediera, hubiese podido provocar todo ese desastre.

Pero su pensamiento regresó enseguida al presente, pues desde el vestíbulo, ya podía oír los murmullos del expectante gentío que aguardaba en la plaza.

Cuando se abrieron las puertas, Alexios se encontró de bruces con un alto estrado de madera que sin duda habían construido para la ocasión.

Al subir las escaleras, vio que la plaza estaba abarrotada.

La multitud prorrumpió en abucheos e insultos levantando las manos por encima de las cabezas cuando lo vieron aparecer, creando un ambiente ensordecedor.

Era increíble que todas esas personas se hubiesen congregado allí para presenciar su juicio; incluso las ventanas y balcones de los edificios que formaban la plaza estaban repletos de espectadores.

Si Crispina Streif quería un espectáculo con público, debía reconocer que lo había logrado.

Numerosas cámaras se preparaban para recoger cada detalle del juicio, llevándolo así a todos los hogares de Las Cinco Comarcas.

Buscó con la mirada a Orsius entre las decenas de cuero negro que había apostados al pie del estrado. De momento, creyó no haberlo visto entre ellos. Sin embargo, era posible que él estuviese preparado para intervenir en el juicio y por eso no se encontraba junto al resto de sus compañeros.

Los guardias llevaron a Alexios hasta un pequeño atril con paredes provisto de grilletes, situado en el centro y a los pies del punto más alto del estrado, donde se encontraban las lustrosas sillas que con toda seguridad ocuparían la presidenta y su séquito, todavía ausentes.

Luego lo encadenaron al atril. Alexios contorsionó el cuello para mirar hacia el público, quienes de pronto trocaron los abucheos por una sonora ovación.

Alexios miró de nuevo al frente y comprendió el motivo.

La presidenta acababa de llegar al estrado, acompañada por la Escolta Presidencial, cuyos miembros se hicieron rápidamente a un lado para dejar que ella acaparase todo el protagonismo.

Crispina Streif estaba todavía más delgada de lo que Alexios recordaba, lo que reafirmaba aún más su cuello larguirucho y encorvado hacia adelante.

Tenía el cabello teñido de rubio, suelto y liso.

Vestía unos pantalones holgados de color negro y una chaqueta de tela a juego.

Saludaba a la muchedumbre sonriendo con la boca cerrada en su frío y rígido rostro, donde un hoyuelo se le marcaba en la mejilla izquierda.

Parecía saber dónde estaban ubicadas todas y cada una de las cámaras.

Hasta que la presidenta no tomó asiento, la ovación no se acalló.

Segundos después, aparecieron y se sentaron los miembros del Consejo, los mismos que Alexios había elegido para el suyo.

La nueva presidenta aún no había repuesto al consejero de defensa y justicia ni tampoco nombrado vicepresidente, a menos que fuera uno de ellos.

Alexios sintió náuseas al ver a sus consejeros ahora unidos contra él.

Estaba claro que ninguno creía en su inocencia o, si lo hacían, no lo iban a demostrar, lo que resultaba aún más doloroso.

Un micrófono, dirigido mediante arlasofía por una persona que estaba parcialmente oculta detrás de una pequeña pared de madera, voló hasta colocarse a la altura de la boca de la presidenta.

—Alexios Kraus —dijo la fría voz de Crispina, sacándolo de su breve ensimismamiento—, está acusado de traición a su Gobierno, pertenencia a la Orden de los Herederos siendo además artífice de su fuga en la Prisión de Ívelmer, ocultamiento de la ubicación de los herederos fugados,

así como de influir para que Víliam Buendi hiciese explotar el Palacio de la Sede y todas las víctimas que sus crueles actos han dejado a su paso, incluido el expresidente Andris Bóstoul, quien se debate entre la vida y la muerte en estos mismos momentos. ¿Jura que su testimonio será sincero?

—Lo juro —afirmó Alexios con la voz firme tras permanecer unos segundos callado antes de responder.

—Bien, en ese caso, ¡el juicio da comienzo!

Todo el público empezó a aplaudir como si se tratase de un espectáculo de calle, y Crispina tuvo que acallar a la masa con un gesto apaciguador. Se le notaba disfrutar de cada segundo.

—Señor Kraus, ¿niega usted alguno de los delitos de los que hoy se le acusa?

—Los niego todos.

—¿Todos? ¿Está usted seguro?

—Completamente.

—¿Puede decirnos en ese caso quién es el culpable o los culpables de esos delitos?

—Sí, por supuesto, es Andris Bóstoul.

La plaza se llenó de murmullos.

—¿Puede demostrarlo? —preguntó Crispina, mostrándose incómoda de repente, como si no esperara esa respuesta—. ¿Tiene alguna prueba o algún testigo que lo certifique?

«Los tenía, pero están muertos o desaparecidos» —quiso decir Alexios.

—Ahora mismo no, pero es posible que lleguen en cualquier momento —respondió de manera poco convincente, mirando alrededor.

La presidenta estiró sus finos labios en una mueca parecida a una sonrisa, o quizás lo fuese.

—El Gobierno sí los tiene contra usted —anunció Streif—.

En primer lugar, vamos a escuchar a los testigos en su contra, después usted podrá presentar a algún testigo, si es que llega —se oyeron risas entre el público—.

Si no usted mismo deberá defenderse. Hasta que llegue su turno de palabra solo podrá hablar si se requiere de alguna apreciación por su parte. ¿Le ha quedado claro?

Alexios se limitó a asentir.

—El Gobierno llama a su primer testigo —comunicó la presidenta—, el señor Jérsivo Teimes, consejero de transportes.

Tenía previsto que ellos iban a participar, pero al verlo levantarse y caminar hacia el atril que unos guardias del palacio acababan de situar al lado del suyo, Alexios sintió que lo estaban traicionando. Sin embargo, puede que ese fuera un sentimiento recíproco.

—¿Jura que su testimonio será sincero? —le preguntó la presidenta.

—Sí, señora, lo juro.