El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 30 La nueva presidenta
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Chapter 30 La nueva presidenta

Nadie había vuelto a bajar allí desde que se llevaran a Xalara y más tarde al chico que la acompañaba, y estaba convencido de que ya había transcurrido el suficiente tiempo como para poder contabilizarlo en días, aunque quién podía asegurarlo estando allí abajo.

Poco después de que se llevasen a aquel muchacho, había escuchado un ligero estruendo al mismo tiempo que vibró el techo, creyendo que moriría sepultado bajo todas esas toneladas de piedra.

Desde aquel llamativo suceso, solo el incesante goteo que emanaba del techo y los lamentos de su estómago interrumpían el silencio.

Sin embargo, el sonido de unos pasos y el resplandor de una linterna confirmaban que alguien se dignaba a visitarlo.

—Ah, eres tú —comentó Alexios al ver a la persona detenida frente a su celda.

—Noto cierta decepción en su tono de voz —indicó Orsius Dónel quitándose el pasamontañas.

—¿Tanto se me nota?

Orsius sonrió y dejó la linterna en el suelo, para después sacar del bolsillo derecho de su abrigo de cuero una llave que puso sobre la palma de su mano izquierda.

—Begagxio —dijo apuntando a la llave con su mano derecha, haciendo que esta se elevara y se colase entre los barrotes de la celda.

—¿A qué estás jugando? —preguntó Alexios.

—Si usted se ladeara un poco facilitaría mucho las cosas y podría averiguarlo.

—¿Es un chiste? ¿Debería reírme y aplaudirte por lo gracioso que eres?

—Dudo mucho que usted pudiese hacerlo.

—¿Reírme o aplaudirte?

—Ambas cosas, creo yo —dijo Orsius—. A lo primero quizás no pueda ayudarle, pero sí a lo segundo.

—¿Quieres que mire hacia otro lado mientras me matas? ¿No soportas ver mi última mirada de compasión?

—No sería una mala forma de morir viendo tu estado —aseguró Orsius.

—¿Ahora me tuteas?

—Bueno, ya no eres el presidente —aludió Orsius.

—En eso tienes razón —se apresuró a afirmar Alexios—. Supongo que Andris es mejor mandatario que yo.

—Es posible que lo fuese, ahora ya no.

—¿A qué te refieres? —preguntó Alexios adquiriendo un tono más solemne.

—A que tenemos nueva presidenta.

—¿Eso es otro chiste o…?

—Para nada, Crispina Streif; ella es nuestra nueva presidenta.

—¿Crispina Streif? —preguntó Alexios, remarcando y deteniéndose en cada sílaba.

—Así es; tía materna de nuestro breve expresidente Andris Bóstoul.

—¿Cómo es eso posible?

—Andris Bóstoul está demasiado grave como para seguir ejerciendo de presidente en funciones, y el cargo no puede estar vacío. El Consejo ha convocado unas rápidas elecciones y nadie más se ha presentado, por lo tanto, Crispina Streif es la presidenta.

Alexios se quedó callado; necesitaba al menos unos segundos para poder procesarlo.

—Has dicho que Andris está demasiado grave, ¿por qué?

—¿No lo has sentido desde aquí? —se extrañó Orsius—. La explosión fue muy potente, creía que…

—¿Explosión, dices?

—Sí.

—Sentí un ruido y todo vibró —explicó Alexios—, pero no pensé que se tratase de…

—Un chico hizo explotar su espada en el Salón de Conferencias y… bum, todo saltó por los aires, incluido el propio presidente, aunque he de añadir que tuvo mejor suerte que el resto de personas que se encontraban cerca.

—¿Qué chico? —preguntó Alexios temiendo la respuesta.

—Creo que tú lo conocías, si no me han informado mal, fue tu vecino de celda por un breve periodo de tiempo.

—¿Y la chica…?

—¿Xalara Verdreven? —concluyó Orsius la pregunta y se quedó callado, esperando la confirmación de Alexios, pero no parecía que este fuese a hacerlo—.

Escapó. Fue vista por última vez cuando se encontraba en una tienda, bebiendo un brebaje transportador y desapareciendo cuando estaba a punto de ser capturada.

Alexios sonrió.

—¿Te hace gracia que haya escapado?

—Para nada, solo que no sabía que funcionasen ese tipo de brebajes —falseó.

—Pues ya ves que sí. A esta hora todavía siguen buscándola, especialmente en Yadarme, su pueblo natal. Allí han encontrado el cadáver del heredero Orfeus Eslamánder, dentro del cementerio; que curiosa paradoja, ¿no crees?

—A mí me parece una buena paradoja —comentó Alexios con gracia, aunque confundido al mismo tiempo.

—Dime, ¿vas a seguir negando que conoces a esa chica?

Alexios miró hacia otro lado.

—Tienes que saber que la presidenta no va a parar hasta encontrarla. Al parecer Andris, en el poco tiempo que ha estado consciente, dijo que ella tenía la culpa de todo y que fue su amigo el que provocó la explosión. Además, dijo que eran cómplices tuyos y los acusó de venir a rescatarte.

—¿A rescatarme? —se indignó Alexios—. Tus hombres los capturaron en las calles y los encerraron aquí, los chicos me lo dijeron. No tenían ni idea de que estuviese aquí encerrado, incluso seguían creyendo que yo era el presidente.

Orsius negó con la cabeza y antes de hablar, dirigió un vistazo hacia las escaleras, como comprobando que allí no hubiese nadie más.

—Mis hombres no han sido —dijo Orsius en voz baja—. Al menos, no los que todavía son leales.

—¿Qué quieres decir?

—He hablado con los dos compañeros que se encargaron de los chicos cuando Xalara fue reconocida por Verónica Rostein y su hija en una calle de la ciudad.

Ellos patrullaban cerca y acudieron a la llamada, descubriendo que además Xalara llevaba un abrigo robado.

Poco después, un tercer cuero negro llegó asegurando que el presidente había dado la orden de que llevasen a Xalara hasta el Palacio de la Sede.

Una vez aquí, los guardias del Palacio se hicieron cargo de los chicos.

—El cuero negro y los guardias del Palacio no eran tales, sino que debían ser herederos —pensó Alexios en voz alta.

—Eso mismo creo yo —admitió Orsius sin titubear—. Ahora, por favor, ladéate un poco, me lo agradecerás.

Alexios hizo caso y se contorsionó tanto como le permitieron las cadenas.

—Begagxio.

Orsius volvió a poner la llave en movimiento, logrando introducirla en las cerraduras de los grilletes, liberando las manos de Alexios, que comenzó a acariciarse las muñecas tratando de reactivar la circulación hacia sus dormidas extremidades.

Luego, Orsius sacó de los bolsillos una botella de agua y un bocadillo, dejándolos en el suelo al borde de los barrotes. Alexios lo miró con desconfianza.

—¿Acaso crees que después de todo voy a envenenarte? —dijo Orsius, y se agachó para darle un mordisco al bocadillo y beber un trago de agua de la botella, demostrando que no estaban envenenados. Alexios, después de ver esto, se lanzó a por la comida como un animal famélico.

—Seguí a Andris Bóstoul la otra noche, como tú bien me sugeriste —informó Orsius.

—¿Y a dónde fue? —preguntó Alexios con la boca llena.

—Le perdí la pista.

Alexios soltó un bufido de amargura, expulsando diminutas porciones de bocadillo.

—Sin embargo, fui a la Mansión Nórebol —continuó Orsius—. Allí vi a un heredero.

—¿Andris? —preguntó Alexios con los ojos muy abiertos.

—Llevaba la máscara puesta —aclaró Orsius—.

Intenté perseguirlo, pero se esfumó en medio de la nada.

Entonces salté el muro y entré en la mansión cuando ya estaba amaneciendo.

La puerta principal estaba bloqueada mediante arlasofía, pero accedí por medio de la fuerza.

Recorrí cada habitación y cada pasillo, no dejé ningún rincón sin visitar.

—¿Y qué encontraste? —preguntó Alexios impaciente.

—Simplemente una mansión abandonada.

—¿Había un reloj?

—Sí, más de uno —confirmó Orsius—, y todos marcaban la hora exacta, si es a lo que te refieres.

Alexios cerró los ojos y agachó la cabeza, sintiendo una mezcla de lamento y alivio.

—Pero antes de entrar —prosiguió Orsius con su relato de los hechos—, cuando todavía era de noche, mi reloj de muñeca no se comportaba de una forma corriente. Las manecillas se movían a toda velocidad, más y más rápido conforme me acercaba a la mansión, igual que…

—Igual que ocurría en el Gran Reloj del Palacio de la Sede —dijo Alexios tras terminar de engullir los últimos resquicios de bocadillo con un buen trago de agua.

—Sí, así es, e igual que aseguró Drayan Dosten.

—Solo ocurre durante la noche —explicó Alexios sucinto.

—Eso es lo que voy a tratar de confirmar hoy.

—No deberías ir solo, lo que mora en esa mansión…

—Iré solo. No puedo confirmar quién está conmigo o contra mí, cualquiera puede ser un heredero infiltrado —explicó Orsius con desánimo—. Intentaré recaudar todas las pruebas posibles y las mostraré mañana durante el juicio.

—¿Juicio?

—Tu juicio —ratificó—. Se celebrará mañana por la mañana.

—Pero nadie me ha avisado.

—Lo estoy haciendo ahora —dijo Orsius—. Y agradece que haya bajado, porque nadie más iba a hacerlo.

Crispina va con todo a por ti. Cree firmemente que eres un heredero y que has intentado asesinar a su sobrino por medio de Xalara y su amigo, y me parece que no tengo que recordarte el castigo que se te aplicará por tus delitos.

—Estoy perdido —aseguró Alexios.

—No, si yo lo soluciono antes —dijo Orsius con una sonrisa—. ¿Sabes de alguien que pueda testificar en tu favor? Eso sin duda ayudaría.

—Nadie —respondió Alexios lacónico—. Todos los que podían hacerlo o están muertos o me han traicionado.

—Lo suponía… —murmuró Orsius—. En fin, creo que lo mejor será que vuelva a encadenarte; si no sospecharían demasiado, ¿no crees?

Alexios se colocó uno de los grilletes enguantados y Orsius le puso el otro ayudándose de la arlasofía. Cerró los dos con la llave y finalmente la atrajo hacia él. Después recogió la botella de agua y el envoltorio del bocadillo.

—Mañana nos volveremos a ver —dijo Orsius poniéndose el pasamontañas—. Espero que la próxima vez que vuelva a hablar a solas contigo, lo haga con un hombre libre.

—Y yo espero que tengas razón —dijo Alexios con una sonrisa resignada—. Ten mucho cuidado en la Mansión Nórebol; y gracias por el bocadillo.

—Lo tendré —dijo e hizo ademán de irse—. Por cierto, Crispina quiere hacer de tu juicio todo un acontecimiento. Será en la calle, retransmitido en directo por televisión y radio, y podrá acudir como público todo el que quiera acercarse hasta allí.

—¿No se celebrará en el Palacio de Justicia? —preguntó Alexios muy sorprendido.

—Será en la plaza, frente al Palacio de la Sede, o lo que queda de él —especificó Orsius—.