El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 29 Cuervos en la oscuridad
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Chapter 29 Cuervos en la oscuridad

Un relámpago hizo estallar la oscuridad del cementerio, y por un segundo, Xalara vislumbró tres sombras que avanzaban hacia ella sorteando tumbas. No le dio tiempo a verles la cara, pero habría jurado que eran de color negro, igual que su vestimenta.

La lluvia crecía en intensidad mientras un segundo relámpago confirmó sus sospechas.

Xalara, sin saber si la habían visto a ella, echó a correr y se escondió detrás de una lápida vertical de granito.

Se sintió estúpida. Había estado tan obsesionada en perseguirlos, que jamás pensó que podrían estar esperándola en su casa, en el punto de partida.

Xalara trató de escuchar sus pasos, sus voces, cualquier indicio que pudiera anticipar sus movimientos.

Sin embargo, solo se oía el repiqueteo de la lluvia y el sonido de los truenos, que ahora parecían una banda orquestal perfectamente acompasada.

Miró hacia el muro que tenía enfrente y planeó saltarlo.

Estaba cerca y no parecía muy complicado de escalar, pues la pared de bloques tenía numerosos agujeros donde poder apoyar las manos y los pies.

De pronto, como si hubiera sido un rayo proveniente de la propia tormenta, un destello de luz plateada impactó contra la parte superior de la lápida tras la que se escondía, estallando una esquina en numerosos fragmentos de granito. Sabían que estaba allí.

Entonces, con un valor que nació en lo más profundo de su interior, desenvainó la espada.

Esta vez no huiría, esta vez se enfrentaría a ellos cara a cara.

Salió de detrás de la lápida, sujetando la espada en ristre con las dos manos.

Los tres herederos estaban frente a ella, blandiendo sus espadas.

Ya no era necesaria la luz de los relámpagos para distinguirlos.

Durante un instante que a Xalara le pareció una eternidad, los herederos y ella se limitaron a mirarse con fijeza, sin mover un solo músculo.

Xalara alzó la espada, dispuesta a atacar. Pero antes, un haz de luz la alcanzó a ella, rozando su muslo. Jamás había experimentado un dolor tan agudo.

—Acordamos que la chica sería para mí —protestó Orfeus Eslamánder, como si fuese un niño al que le han quitado un juguete.

—Toda tuya —dijo Briana Kéitel dando dos pasos hacia atrás y arrastrando con ella a su hermano—. Pero recuerda que necesitamos interrogarla, y respeta la espada.

—Descuida, no soy tan estúpido —repuso Orfeus—. Pero antes tengo derecho a divertirme un poco con ella.

La muchacha apartó la vista de su herida, hizo un movimiento con la espada y esta lanzó un débil ataque a Orfeus, que lo detuvo con facilidad.

—¿Cómo te atreves a usar la arlasofía? —dijo Orfeus agraviado—. ¿Cómo osas ensuciarla de ese modo?

El heredero lanzó un rayo, pero sorprendentemente Xalara logró desviarlo con su espada. Fue como si el brazo se hubiese movido a su propia voluntad.

Orfeus se vio sorprendido por la respuesta, pero enseguida volvió a atacar a Xalara, que esta vez sí recibió el impacto en su tibia izquierda.

Gritó como nunca lo había hecho y tuvo que servirse de la espada para utilizarla como apoyo.

El heredero soltó una carcajada. Xalara estaba convencida de que iban a matarla y que lo harían despacio, como hicieron con su madrina.

—Quiero que te arrodilles ante una entidad superior —le exigió Orfeus, pero Xalara no estaba dispuesta a complacerle.

Otro chorro de luz vino hacia ella, esta vez impactando sobre la otra pierna, haciendo que se tambaleara hasta el punto de caer de rodillas.

Orfeus se acercó a Xalara, se quedó de pie a su lado durante unos segundos y después se agachó para arrebatarle la espada. Ella no opuso resistencia. Las fuerzas la habían abandonado y solo quería que acabase rápido el dolor.

—¿Acaso creías… fuiste tan ingenua de pensar que podrías vencerme? —preguntó Orfeus enardecido.

Xalara levantó la vista para mirar al heredero y él le dio una bofetada. La muchacha tuvo que apoyar las manos en el suelo para evitar caer de bruces. Sin tiempo de asimilar el golpe, el heredero la agarró por el cabello y le alzó la cabeza.

—¿Dónde has escondido el libro?

Xalara estaba esperando esa pregunta. Era la confirmación de que el libro no había caído en manos de los herederos y, en cierto modo, aquello suponía una victoria para ella a pesar de estar a punto de morir.

—Creía que lo teníais vosotros —farfulló Xalara con la voz muy débil.

—¿Te burlas de mí?

—No, es la verdad.

Orfeus le dio otra bofetada.

—Tu madrina tampoco quiso hablar en su momento y acabó muy mal por ello —terció Briana dando un paso al frente—. Vas a morir de todas formas, siento decírtelo, pero si nos dices dónde tienes escondido el libro te ahorrarás mucho sufrimiento.

Xalara vislumbró el cadáver de Aura en su mente, era como si lo tuviera otra vez delante.

—Ya os he dicho que yo no lo tengo —insistió Xalara, que en su tono de voz se intuía el horror que le aguardaba. A pesar de ello, no estaba dispuesta a decirles cuándo ni dónde lo había perdido.

—Deberías estar suplicándome clemencia como el gusano apestoso que eres, tercera clase —dijo Orfeus mientras estiraba el brazo y abría la palma de su mano apuntando a Xalara—. Begagxio.

Una fuerza invisible comenzó a oprimirle la garganta, como si una mano gigantesca le estuviese agarrando por el cuello. Xalara no suplicaría por su vida, no iba a humillarse de ese modo. Víliam y su madrina le habían enseñado a no hacerlo con sus últimos y valientes actos de sacrificio.

—Como quieras… —dijo Orfeus, dejando de apretar el cuello de Xalara, que comenzó a abrir la boca aspirando grandes y desesperadas bocanadas de aire—.

Aun así, yo te prometo que seré considerado contigo.

Abriré la tumba y te dejaré descansar junto a tu madrina, nadie sabrá nunca qué fue de ti ni dónde estás.

Orfeus Eslamánder levantó al cielo la espada que le había arrebatado a Xalara, iba a asestarle el golpe final. Un chorro de luz saldría disparado hacia ella y todo terminaría en un instante. Xalara miró de soslayo la tumba de su madrina; pronto yacería junto a ella.

El brazo de Briana también se elevó y frenó el de Orfeus.

—¡No! —rugió la heredera—. Ella es la única pista que tenemos sobre el libro. No podemos perderla. La llevaremos junto al Lórdezeit y que él se encargue de la chica.

Orfeus empujó a Briana para apartarla de su lado.

—Ya estoy harto de que me des órdenes.

—Soy tu superior —aclaró Briana.

—Eras mi superior, querrás decir —hizo una pausa—. Ahora nada ni nadie dice que lo seas.

—Sigo siéndolo —replicó Briana—. Así que deja de comportarte como un crío insurgente.

—¿Cómo un crío? —protestó Orfeus—. Yo maté al presidente Loukas Frí por encargo del Lórdezeit cuando tú todavía ni siquiera formabas parte de la Orden. Solo llegaste tan alto gracias a tu padre.

—¡No consiento que me hables en ese tono! —gritó Briana.

—¡Y yo no consiento que tú me sigas dando órdenes! —respondió Orfeus con vehemencia.

Al instante, Orfeus lanzó un rayo a Briana, quien lo detuvo con gran habilidad, aunque la fuerza del impacto hizo que cayese de espaldas.

Desde el suelo, la heredera sacudió el brazo y su espada arrojó un haz de luz del que Orfeus se deshizo sin problemas para de inmediato volver a atacar.

Briana rodó por la hierba, esquivando el rayo recién lanzado.

Siguió rodando y se ocultó detrás de una lápida vertical.

—¡Lucha, cobarde, lucha! ¡Da la cara! —bramó Orfeus.

Xalara no podía creerlo; los herederos estaban batallando entre ellos.

A pesar de las provocaciones, Briana no asomó detrás de la lápida, pero sí lo hizo su espada acuchillando el aire y lanzando un haz de luz que Orfeus interceptó con mucha dificultad.

Aprovechando la situación, Briana salió de su escondite y continuó la ofensiva.

Los rayos volaban de uno a otro, todos ellos frenados o desviados por sus receptores en una danza de luces plateadas.

Sin embargo, Xalara tenía la sensación de que Briana no se estaba empleando a fondo.

Viendo que no podía con Briana, Orfeus decidió enarbolar también la espada de Xalara, la cual no había utilizado hasta ese momento.

—¡No uses esa espada! —le ordenó Briana en un tono de súplica, pero Orfeus ya había dejado claro que no acataría más órdenes suyas.

Briana tuvo que acrecentar su agresividad, pues no era lo mismo defenderse de una espada que de dos, seguramente se estaba arrepintiendo de haber destruido la espada de Jeisa Suard, la cual había usado en la fuga de Ívelmer.

Se vio obligada a retroceder ante el empuje de Orfeus, hasta que sus talones tropezaron con una tumba y cayó hacia atrás sobre la lápida, quedando a merced de su oponente.

De pronto, un destello plateado alcanzó a Orfeus en la espalda, haciendo que se desplomara con los brazos extendidos y los ojos muy abiertos.

Xalara intentó asimilar la escena, pues Jerom Kéitel había asesinado a Orfeus Eslamánder para defender a su hermana.

Briana se levantó de la lápida, se acercó a su mellizo y le propinó una bofetada sobre la máscara.

—Solo el Lórdezeit puede quitar la vida a uno de los suyos, espero que lo recuerdes la próxima vez —le exhortó Briana—. Nunca le digas a nadie que lo has matado, ¿queda claro?

Jerom asintió con un gemido.

La heredera se agachó sobre el cuerpo de Orfeus, lo puso boca arriba y le cerró los ojos.

Un gesto que Xalara interpretó como señal de respeto.

Después recogió la espada de Xalara del suelo, le limpió el barro frotándola contra el abrigo de Orfeus y se acercó a la muchacha para arrancarle la vaina de la cintura.

—Ven, Jerom, ayúdame a levantarla del suelo. Tenemos que llevárnosla —dijo Briana después de enfundar la espada.

Su hermano obedeció sumiso, levantando a Xalara con tanta facilidad como si se tratara de una hoja de papel. Los enormes y musculosos brazos de Jerom Kéitel envolvieron a la muchacha, ya sin fuerzas para resistirse.

Pronto comenzaron a desandar el camino hacia la puerta del cementerio. Jerom no se preocupaba por esquivar las tumbas, sino que pisaba sobre ellas. Xalara tuvo la sombría sensación de que en cualquier momento alguna se rompería por el peso y se precipitarían en su interior.

No habían llegado ni siquiera a la mitad del cementerio cuando algo les hizo detenerse. Un ruido extraño proveniente de la oscuridad del bosque se aproximaba hacia ellos.

Xalara se concentró en descubrir qué era lo que causaba aquel sonido, llegando a la conclusión de que eran graznidos; graznidos de cuervo.

Un relámpago iluminó toda la zona como si de repente se hubiese hecho de día, dando visibilidad a una enorme y revoloteada mancha negra que emergía del bosque y avanzaba hacia ellos hendiendo las gruesas gotas de lluvia.

Jerom soltó a Xalara, que cayó al suelo con todo el peso sobre la cadera, quedándose momentáneamente sin respiración.

Cuando Xalara miró hacia arriba, vio a decenas de cuervos agrupados en una espesa mancha oscura que incluso resaltaba en la noche, mientras producían un estruendo ensordecedor de graznidos y aleteos.

De pronto, las aves rompieron su posición neutra y se lanzaron contra los herederos, atacándolos con sus prominentes picos y sus afiladas garras.

Los mellizos batían los brazos por encima de sus cabezas mientras Xalara lograba enderezarse hasta quedar sentada en el suelo. Fue entonces cuando distinguió a alguien que entraba por la puerta del cementerio.

Los herederos lanzaban destellos con sus espadas al aire, llegando a alcanzar de forma aleatoria a alguno de los cuervos, que caían al suelo en medio de una explosión de plumas negras y sangre, pero eran demasiados.

—¡¡Vamos, Jerom, corre!!

Briana corrió hacia la puerta con decenas de cuervos revoloteando en torno a ella.

Xalara miró a Jerom, no tenía la máscara puesta y la capucha se le había desprendido de la cabeza.

Uno de sus ojos chorreaba sangre y tenía múltiples desgarros en el rostro.

El heredero miraba en derredor suyo, desorientado hasta que vio a su hermana, y echó a correr tras ella.

Los herederos pasaron al lado de la persona que avanzaba por el cementerio, pero no se detuvieron ni un solo instante, pues los cuervos no les dieron esa opción.

Quienquiera que fuese el que avanzaba por el cementerio, cayó al suelo de bruces, e instantáneamente los cuervos se dispersaron por todas partes, acallando sus graznidos.

Xalara intentó ponerse en pie, pero le resultaba imposible debido a sus graves heridas. Entonces se obligó a arrastrarse por la hierba mojada, con la única idea de alcanzar a los herederos que se habían llevado su espada.

Al acercarse a la persona que yacía tendida boca abajo y ver su andrajoso atuendo, comprobó que se trataba de un hombre, y que ese hombre era Huberto Cóbelpot.

Su aspecto físico había cambiado. Tenía gran parte del rostro quemado, le faltaban trozos de barba y pelo, y aunque llevaba puesta la misma ropa de siempre, ahora estaba chamuscada. Xalara tuvo que tocarlo para asegurarse de que Huberto era real y no hubiese muerto aquella noche en las llamas.

Xalara quiso continuar hasta la puerta, pero comprendió que ya era demasiado tarde, pues no había ni rastro de los herederos, que se habían esfumado llevándose su espada.

La muchacha soltó un fuerte resoplido de rendición.

Le dolía todo el cuerpo y le costaba respirar.

Luego volvió a mirar a Huberto, que seguía muy fatigado, tanto, que no había variado su postura.

Xalara le dio la vuelta y lo puso bocarriba.

—Se la han llevado… —se lamentó Xalara al borde de las lágrimas—. Se han llevado la espada y también he perdido el libro. He fallado, no he cumplido mi promesa.

La boca de Huberto articuló alguna palabra ininteligible antes de que unos puntos diminutos y luminosos apareciesen en la vista de Xalara.

Su último pensamiento antes de que su conciencia se desvaneciera, fue para entender que todos esos pájaros que extrañamente la habían observado a lo largo de su vida, en realidad, siempre fueron los ojos de Huberto Cóbelpot.