Chapter 28 El regreso a ningún sitio #2
La foto se había tomado en la cocina de esa misma casa en cuyos escombros ahora se sentaba, por lo que la muchacha dedujo que era posterior a la muerte de sus padres.
Xalara guardó la imagen en el bolsillo interior de su cazadora, donde también albergaba la carta de Víliam.
Supo entonces lo que tenía que hacer con ella.
Había llegado el momento de enfrentar aquello que tanto odiaba, era el momento de visitar a su madrina.
Consciente de que ahora más que nunca no podía dejarse ver, esperó a que fuera noche cerrada y se introdujo entre los álamos para sortear el pueblo a través del bosque.
Durante el trayecto, se detuvo un instante en un punto elevado, desde el cual se podía observar las farolas iluminando las calles de Yadarme.
Se cuestionó si los vecinos del pueblo conocerían ya la noticia de la explosión que Víliam había provocado en el Palacio de la Sede o si, por el contrario, aún continuaban ajenos a lo acontecido a cientos de kilómetros de distancia, teniendo a dos chicos de su pequeña población como protagonistas.
Un rayo cayó al este iluminando el cielo negro. Xalara reemprendió la marcha con la imagen de Víliam envuelto en aquel halo de luz grabada en su retina.
Al fin salió del bosque. Xalara se encontraba en las afueras de la población, en un lugar donde no alcanzaban las farolas, pues allí no eran necesarias. La noche era oscura, aunque los relámpagos, cada vez más persistentes, contorneaban el paisaje de forma intermitente.
Frente a la muchacha y a unos cincuenta metros de distancia, se encontraba un recinto lúgubre y vallado con un muro de bloques grises, lo suficientemente alto para que nadie viese lo que había dentro, tan solo se atisbaba algo por una puerta negra de hierro oxidado.
Xalara se encaminó hacia la puerta del recinto, sintiendo que tenía un gancho clavado en su espalda que tiraba de ella hacia atrás, obligándose a luchar contra él para seguir avanzando.
Haciéndolo muy despacio, empujó la puerta.
Sus herrumbrosas bisagras produjeron un torvo chirrido metálico, espantando a un cuervo que había posado sobre una de las esquinas del muro.
Xalara entró en el recinto, y nada más hacerlo, la oscuridad pareció acentuarse de repente, hasta los relámpagos parecían haberse apagado.
Después, la puerta se cerró por su propia inercia.
Hileras de lápidas de mármol, granito y cemento, ubicadas sin ningún orden concreto, colmaban el lugar.
La hierba estaba muy alta, además, extensos zarzales crecían al lado del muro e incluso habían llegado a perforarlo.
A pesar de que no hacía frío, Xalara estaba temblando.
Era la primera vez que entraba en el cementerio, y el verse allí sola y rodeada de tanta muerte, le produjo una sensación de terrible abandono muy parecida al miedo.
Caminó sorteando lápidas y fijándose en sus inscripciones.
No podía dejar de imaginarse los esqueletos y cuerpos putrefactos que había bajo aquellos nombres y apellidos.
Las lápidas más antiguas estaban envueltas por la hierba, y Xalara comprendió que entre esas no hallaría la que buscaba.
Sin embargo, en una de ellas, leyó un nombre al lado de otros dos que atrajo toda su atención: «Mateo Buendi».
Xalara se detuvo frente a la lápida, se agachó y apartó con las manos la hierba para dejarla completamente visible. Vio que cerca crecían unas pocas flores primaverales, así que las arrancó y las colocó sobre la tumba.
—Tenías como hijo al chico más maravilloso y valiente que ha existido —pronunció esa reflexión con tanto orgullo que se le quebró la voz al hacerlo.
Luego pensó que Víliam debería yacer junto a su padre y sus abuelos.
No obstante, ese pensamiento se esfumó de inmediato al entender que, con toda probabilidad tras la explosión, no quedaría ninguna parte de su cuerpo que pudiese ser enterrada.
Igual que sus padres, que al haber sido convertidos en nukternozes tampoco había una tumba donde poder visitarlos y ponerles flores.
Después de volver a leer con solemnidad el nombre del padre de Víliam, Xalara reemprendió su camino entre las tumbas, adentrándose cada vez más en el cementerio.
El ambiente estaba envuelto en un halo de silencio demasiado profundo. Incluso los relámpagos de la inminente tormenta, en lugar de producir estruendos, se limitaban a danzar en el cielo. Xalara siempre adoró el silencio, pero desde su encuentro con los nukternozes había cambiado de opinión.
Avanzó fijándose en las numerosas lápidas, llamando su atención el hecho de que muchas compartiesen demasiada cercanía en su fecha de fallecimiento.
Xalara tuvo la espantosa certeza de que había más personas allí enterradas que vivas en el pueblo.
Cada vez que veía una lápida con un aspecto más nuevo que la anterior, sentía una punzada en el pecho creyendo que pudiera ser la de su madrina.
Dejó atrás la zona del cementerio que concentraba la mayor parte de las tumbas y se adentró en otra donde el terreno solo estaba salpicado por unas pocas, cuyas lápidas eran más brillantes que el resto.
Se acercó muy despacio, con el corazón tamborileando su oprimido pecho.
Había seis lápidas en una misma fila, que descollaban no solo por su similar diseño de mármol negro y letras esculpidas en plata, sino porque también estaban alineadas a la perfección.
Leyó las dos primeras, ninguna era la de Aura, pero sí que habían muerto el mismo día.
Cuando leyó la inscripción de la tercera tumba… allí estaba, la había encontrado:
Aura Duarte, 29 de marzo del 671 d.U. - 9 de abril del 715 d.U. A los 44 años de edad.
Xalara se dejó caer, clavando las rodillas en la hierba frente a la tumba, llorando como nunca lo había hecho, con la vista fija en el nombre de su madrina.
Lo leyó una y otra vez, tratando de asimilar la realidad de que bajo esa lápida se hallase Aura, totalmente callada, ajena a que ella estuviese ahí fuera llorando sobre sus restos mortales en medio de una noche sin estrellas.
Jamás volvería a gritarle para que se levantara de la cama por las mañanas, ni tampoco para que se acostase por las noches; nunca más volvería a echarle la bronca por darle mal los ingredientes de alguna bebida o por haber derramado el contenido de algún frasco.
Su voz se había apagado para siempre y nunca imaginó que aquello pudiera causarle tanto dolor.
Después de unos minutos de absoluto desconsuelo, Xalara consiguió serenarse y se fijó en el resto de la lápida donde, aparte del nombre y las fechas, también estaba grabado el escudo del Gobierno.
La muchacha pensó en coger una piedra y borrarlo, pero entendió que a Aura le habría gustado tenerlo sobre su tumba de haber podido elegir cómo sería.
De pronto reparó en que por muy poco ella no había muerto también aquella noche y que, de haber sido el caso, en esos momentos yacería bajo esa fría lápida haciéndole compañía a su madrina, y se cuestionó si no habría sido lo mejor.
A continuación, sacó del bolsillo interior de su cazadora la fotografía en la que Aura la sostenía en brazos cuando era una bebé.
La observó, la besó y después, con la mano, hizo una pequeña fosa rayana a la tumba, enterrando allí la fotografía.
Quiso decir unas palabras, pero el dolor evitaba que se le ocurriese alguna.
Sin embargo, estaba segura de que todas serían de agradecimiento, porque eso era lo que sentía.
Un sonoro relámpago anunció el inicio de la lluvia.
Xalara apenas se sobresaltó por esto. Pero entonces escuchó el chirrido de la puerta del cementerio, haciendo que la muchacha se pusiera en pie de inmediato.
Aunque la oscuridad y la lluvia dificultasen la visión de la puerta, estaba convencida de que ya no era la única persona con vida allí dentro.