El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 28 El regreso a ningún sitio
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Chapter 28 El regreso a ningún sitio

Antes de volver a abrir los ojos, Xalara supo que el brebaje había funcionado y que ya no se encontraba en el establecimiento de Bibrébem.

El olor a rancio desapareció para dejar paso al fresco aroma de la humedad de los álamos en primavera, y los golpes en la puerta provocados por los impactos de los ataques, se convirtieron en el sonido de la calma que solo puede ofrecer la naturaleza.

Abrió los ojos, se hallaba en el claro del bosque, con las rodillas y las manos sobre el suelo.

Todo le daba vueltas y temblaba como si tuviese la fiebre muy alta.

Sentía mucho frío y el aire que respiraba parecía congelar sus entrañas.

Sin embargo, tuvo la sensación de que eran su garganta y sus pulmones los que realmente se encargaban de enfriar el aire templado que inhalaban del exterior.

Tenía el estómago revuelto y vomitó sobre el suelo, manteniendo una postura poco decente.

Su estado físico mejoró después de haber expulsado lo que, con toda seguridad, eran los vestigios del brebaje Transportador.

Con las piernas todavía yertas y temblorosas, se levantó de la hierba mojada.

Fue entonces, mientras se secaba las manos sobre los pantalones, cuando vio los restos de lo que un día fue su hogar.

No pudo evitar que la embargase la tristeza, pues ahora valoraba lo bonita y acogedora que fue un día aquella casa.

Después de tantos años viviendo a disgusto en ella, tomaba conciencia de lo equivocada que estaba.

Se acercó lentamente a los escombros. Sentía que lo que tenía delante no eran cemento, piedra, tejas y madera calcinada, sino que se trataba de un cadáver más de los muchos que había dejado a su paso tras haber huido de allí aquella fatídica noche,

pero este lo sentía como si fuese el de un ser querido.

Caminando alrededor de los escombros, sus botas encontraron una hierba manchada con un tono rojizo que ni la lluvia había logrado borrar.

Eran, inconfundiblemente, manchas de sangre que delineaban el contorno aproximado de un cuerpo humano tumbado.

De inmediato, comprendió qué cuerpo había estado tendido sobre esa porción de hierba más oscura.

Un estremecimiento le recorrió la espalda y después, de nuevo la imbuyó esa extraña sensación de estar flotando.

Se encontraba en el mismo lugar, pero era de noche y a su izquierda podían verse unas llamas tan fervientes que iluminaban todo el claro.

A pesar de estar muy cerca de ellas, no sentía su calor abrasador.

Su vista se volvió hacia sus pies y vio el cadáver de Aura.

Los ojos dilatados y ensangrentados parecían mirarla suplicando clemencia en una mueca sobrecogedora.

Xalara apartó la vista de inmediato, pues aquella imagen sobrepasaba con creces el umbral de su sensibilidad.

Por detrás le llegaron unas voces ásperas y graves.

Al girarse, se encontró a los tres herederos fugados, con las llamas reflejándose en sus pulidas máscaras de color azabache.

—Es evidente que la chica no está, ahí dentro no hay nadie —argumentó Briana—. Tenemos que buscarla, no puede estar demasiado lejos —agregó mirando al bosque circundante.

Orfeus Eslamánder se acercó a Xalara y la atravesó como si estuviese hecha de vapor; aquello ya no le sorprendía, puesto que no era la primera vez que presenciaba tal fenómeno. El heredero apoyó su bota sobre el cuerpo de Aura y sacudió el cadáver con unos ligeros pisotones.

—¡No la toques! —gritó Xalara, pero sabía que no la escuchaban. Era muy frustrante estar allí y no poder hacer nada.

—Cómo ha gritado… —dijo Orfeus socarrón, mirando al cadáver de Aura—. Creía que las mugrientas tercera clase no serían tan chillonas, que los campos de dominio las habrían enseñado a comportarse como es debido —Orfeus rio, y Jerom lo imitó—. Nunca te había visto tan desatada con alguien, Kéitel.

—No es mi culpa —dijo Briana—. Si nos hubiera dicho desde un principio dónde está su ahijada, se habría ahorrado la tortura; era innecesaria.

—Nunca es innecesaria con esta gente —discrepó Orfeus—. El Lórdezeit debe ser quien purgue la sociedad, eso está claro, pero nosotros estamos para ayudarlo, ¿no? Él estaría orgulloso si te hubiese visto.

Los ojos de Briana refulgieron emocionados a través de las rendijas de su máscara tras oír aquella reflexión.

—Pero lo que has hecho con esta no será nada comparado a lo que le haré yo a la chica cuando la encontremos —aseguró Orfeus.

—¡¡Aquí me tienes, vamos, hazlo!! —bramó Xalara con los brazos extendidos delante del rostro de Orfeus, que en ese preciso momento comenzó a diluirse.

Xalara volvía a estar delante de los escombros de la casa, con el atardecer avanzado y resollando con fuerza.

Miró hacia abajo, el cadáver de Aura había desaparecido, tan solo quedaba su vestigio. A pesar de sentir rabia y frustración, las lágrimas se negaron a brotar.

Aunque mucho más cansada, siguió caminando alrededor de las ruinas de la casa.

Buscaba con pavor a encontrarse el cuerpo calcinado de Huberto Cóbelpot bajo las vigas.

Cuando terminaba de completar la vuelta alrededor de los escombros, encontró algo destacable.

Una caja de hierro calcinada en una mezcla de tonos grisáceos, reposaba bajo varios trozos de madera ennegrecidos por el fuego.

Era imposible meterse entre los escombros sin correr el riesgo de acabar herida, así que levantó la palma de la mano apuntando a la caja y pronunció:

—Begagxio.

La caja comenzó a agitarse una vez que Xalara hizo el gesto de atraerla hacia ella, y con un pequeño esfuerzo, salió finalmente flotando hasta sus manos.

No le sonaba de nada, pues no tenía color ni letras o dibujos, el fuego se había encargado de ello.

La forma con diminutas ondulaciones tampoco le decía demasiado.

Tenía una pequeña cerradura de latón y Xalara estaba segura de que había sido bloqueada mediante la fórmula de cierre.

Por eso buscó algo con lo que poder romperla, utilizando un trozo de hormigón de la pared de la casa para hacerlo.

Tras asestarle varios golpes certeros, la cerradura se desprendió.

Luego, Xalara se sentó en una de las vigas y puso la caja sobre sus rodillas.

La luz del día ya era escasa, pero aún podía aprovecharla para ver el contenido de la caja, puesto que sabía que se encontraba demasiado débil y desanimada para realizar la fórmula volter.

Dentro de la caja, Xalara descubrió unas fotografías.

La primera de ellas mostraba a Aura siendo muy joven, abrazada a un chico que parecía de su misma edad.

Él tenía el pelo rizado y moreno, una barba incipiente y llevaba gafas cuadradas.

Ambos vestían uniformes de color negro. Xalara jamás vio en su madrina una expresión tan feliz como en esa foto, a la cual le dio la vuelta y leyó lo que estaba escrito en el dorso:

«Horalio y Aura en su salida de Lúgardark en el año 690 d.U.».

Debajo de esa fotografía, encontró otra en la que aparecían los mismos protagonistas, pero esta vez estaban vestidos con trajes de boda y había un pequeño lago al fondo; se los veía muy felices.

En la cara opuesta, estaba escrita la siguiente frase: «Mi amor hacia ti nunca tendrá fin», firmada por Horalio Lámber.

Xalara sabía que aquella promesa no se llegó a cumplir, pues Horalio abandonó a su madrina.

Sin embargo, nunca llegó a adivinar el motivo que impulsó esa decisión.

Después encontró otra fotografía en la que también estaba Aura, posando de pie junto a una mujer muy guapa. La fotografía estaba grapada a un folio manuscrito doblado en tres partes iguales. Xalara lo extendió:

Querida Aura:

Espero y deseo de corazón que estés bien.

Yo estoy muy contenta, porque ha pasado algo maravilloso.

Te escribo esta carta para informarte de que hace dos días he dado a luz a una niña preciosa a la que hemos decidido llamar Xalara.

Al principio, Arturo no estuvo de acuerdo con el nombre, pues cree que es un poco extraño, pero es precisamente por eso por lo que a mí me gusta; ya me conoces.

Él opina que la niña se parece mucho a mí, pero yo creo que tiene una mezcla de ambos.

El parto fue difícil al no ser asistido por ningún sanador, pero Arturo se comportó de una forma muy valiente en todo momento y juntos hemos podido conseguirlo.

Me habría gustado tenerte a mi lado cogiéndome de la mano.

Es muy duro tener una hija tan maravillosa y no poder compartirla con los demás, pero seguro que pronto terminará esta pesadilla.

Arturo dice que la O.C.H. está ganando poco a poco la guerra, ya sabes cómo es él, un optimista por naturaleza (quizás a veces en exceso), pero debemos confiar en que así será, ¿qué otra opción nos queda?

Espero que pronto puedas venir a conocer a Xalara, porque además queremos que tú seas su madrina.

Con mis mejores deseos: Lana.

Xalara, sosteniendo la carta y la fotografía en sus manos, alzó la vista hacia el cielo, cada vez más oscuro y encapotado. Una mezcla de sentimientos positivos y negativos barbotaba en su interior.

Releyó la carta varias veces. Ese manuscrito convertía a sus padres en algo real, en un hombre y una mujer que un día estuvieron vivos y fruto de su unión nació ella.

Una vez su madre cogió una hoja en blanco y, con un bolígrafo, escribió aquellas palabras a su amiga para expresarle la felicidad que sentía por el nacimiento de su hija.

Además, la carta validaba el testimonio que Alexios le había dado en las celdas del Palacio de la Sede, y eso fue algo que en cierto modo la reconcilió con él.

Sus ojos se volvieron a cargar de lágrimas.

No quería sentir tristeza, pero ¿cómo no hacerlo?

Le habían arrebatado todo lo que tenía, incluida una vida junto a sus padres.

La caja contenía más cartas. La mayoría de ellas enviadas por su madre, donde continuaba hablando de los primeros días de vida de Xalara y de la situación con respecto a la Guerra Civil de Bibrébem.

Las leyó todas, ya que eran bastante cortas.

También encontró unas pocas cartas de Alexios donde preguntaba por Xalara y le daba algunas instrucciones a Aura sobre qué hacer con ella.

Pero al parecer nunca recibieron contestación por parte de su madrina, pues todas insistían en el mismo tema.

En último lugar, encontró una fotografía que capturaba el instante en que Aura, sentada en una silla, sostenía a Xalara entre sus brazos cuando era una bebé.