El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 27 Un enorme sacrificio #4
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Chapter 27 Un enorme sacrificio #4

Se incorporó enseguida sin mayores consecuencias, procediendo a bloquear la puerta con la fórmula de cierre.

Una vez asegurada, volvió la vista para observar el sitio donde había entrado.

Se hallaba en un extraño establecimiento sin ventanas, donde olía a rancio y cosas polvorientas.

Aunque pequeño en tamaño, estaba repleto de artilugios dispuestos en estanterías de aspecto desgastado.

No había nadie tras un lúgubre mostrador, ni en ninguna parte del local, pero la luz sí estaba encendida por medio de antiguas lámparas de aceite.

Continuaban pitándole los oídos, su pecho palpitaba a mucha velocidad, y al encontrarse allí sola y supuestamente segura, fue cuando tomó conciencia del enorme sacrificio que había acometido Víliam para que ella pudiese escapar.

No sentía pena, eso seguramente apareciese después, con el paso del tiempo, ahora solo podía sentir orgullo hacia su amigo, a pesar de que personas inocentes acababan de morir en la explosión.

Xalara se quitó la cazadora con la intención de sacudir el polvo.

Al hacerlo, una bolsita de plástico cayó del bolsillo izquierdo.

Dentro albergaba un pequeño trozo de papel enrollado con una goma elástica.

No recordaba haber metido tal cosa en ese bolsillo.

Lo desenvolvió y, a pesar de que la tinta estaba un poco emborronada, leyó:

Querida Xalara.

Hoy te escribo estas palabras para despedirme de ti y decirte por escrito lo que no me atrevo en persona.

Solo tengo diez años, pero ya sé lo que quiero para mi vida, y es estar contigo.

Porque estoy enamorado de ti y sé que siempre lo estaré.

Siento mucho haber sido un cobarde por no poder decírtelo en persona.

No quiero alejarme de tu lado, pero mi madre me obliga a hacerlo.

A pesar de la distancia que ahora nos separará, sé que siempre estaremos juntos.

Te quiero: Víliam Buendi.

Las lágrimas le ardieron como el fuego en las mejillas, y recordó el momento en el que Víliam trató de darle esa carta hacía nueve años junto al río.

Volvió a enrollar la carta y la guardó con cuidado en un bolsillo interior. Luego, se secó las lágrimas con el dorso de la mano; no era el momento de llorar. Tenía que seguir luchando, se lo debía a Víliam y también a todas esas personas que habían muerto por su culpa.

Se acercó a una de las estanterías, fijándose en el estante que quedaba a la altura de sus ojos.

Aquel albergaba una colección de frascos de cristal, cada uno con una etiqueta que mostraba nombres raros y contenidos de colores tan llamativos que incluso rozaban la fluorescencia.

Sin embargo, hubo uno que llamó especialmente su atención, uno que destacaba sobre los demás por ser incoloro como el agua aunque con una textura más gelatinosa, llamado: «Transportador».

No era la primera vez que veía ese nombre.

Cogió el frasco y leyó las instrucciones, escritas a mano con una preciosa caligrafía en una etiqueta plateada:

«Antes de ingerir el brebaje, debe vislumbrar en su mente y con mucha claridad, la imagen del lugar al que desea viajar. De no hacerse debidamente, sufrirá el riesgo de llegar a un lugar diferente y lejano del que habría deseado. En casos más graves, sufre el peligro de desaparecer para siempre;

en casos menos graves, simplemente se quedará donde está».

Al terminar de leer la etiqueta, un hombrecillo encorvado, calvo y con una perilla blanca que le llegaba hasta el pecho, apareció a través de la estrecha puerta que había detrás del mostrador. Xalara se le quedó mirando con el brebaje en la mano.

—¿Ibas a pagarlo? —preguntó el hombrecillo con una voz muy áspera.

—Eh… no, solo estaba mirando, no me interesa —respondió Xalara, tratando de normalizar la situación.

—Pareces nerviosa…

—No, qué va, solo estaba mirando.

—¿Y buscabas algo en particular?

—No especialmente.

Cuando terminó de decir «especialmente», un estruendoso golpe resonó en la puerta del establecimiento. Alguien intentaba abrirla desde fuera.

—¡Abre la puerta! ¡En nombre de la ley! ¡Ábrela ahora mismo!

—Me parece que te buscan a ti —dijo con calma el hombrecillo, que al salir de detrás del mostrador resultó ser incluso más bajo de lo que aparentaba—. ¿Te has peleado con alguien?

Xalara se limpió instintivamente la sangre del labio con la manga de la cazadora.

—¡Abre la puerta o la echaremos abajo! ¡Es el último aviso!

—¿Este brebaje de verdad funciona? —preguntó Xalara con prisas.

—No es el momento de averiguarlo, muchacha —respondió el hombrecillo—. Entrégate, no hagas más tonterías.

Los ataques comenzaron a chocar contra la puerta como si fuese un repique de tambores, haciendo que se estremeciera con cada impacto.

Xalara descorchó el frasco y cerró los ojos, tratando de vislumbrar en su mente el dormitorio de la casa de Yadarme. Entonces, se dio cuenta de que muy probablemente estaría destruido, por lo que cambió de idea e imaginó con nitidez el claro en el bosque donde se asentaba la casa.

Un estruendo anunció la caída de la puerta. Xalara aferró con fuerza la espada, se llevó el frasco a la boca y, sin abrir los ojos, bebió su contenido. El aire abandonó sus pulmones y sintió que no tenía cuerpo, convirtiéndose en un ente flotando en el vacío más absoluto.