Chapter 27 Un enorme sacrificio #3
Andris volvió a asentir y los guardias que mantenían inmovilizada a Xalara la liberaron y le quitaron las esposas. La chica se levantó y se colocó rápidamente al lado de su amigo.
—Recupera tu espada —dijo Víliam a Xalara.
La chica intentó quitársela, pero Andris la aferró con más fuerza.
—Dásela —le exigió Víliam, apretando la punta de la espada contra su garganta.
Andris soltó finalmente el arma.
—¡Muy bien! ¡Ahora vamos a salir por esa puerta! —dijo Víliam, señalando con la mirada la puerta que daba acceso a la torre del campanario sur—. ¡No intentéis ninguna tontería o me lo cargo!
—¡Que nadie haga nada! —les ordenó Andris—. ¡Dejad que se vayan!
Comenzaron a retroceder, haciéndolo muy despacio y llevándose con ellos a Andris para usarlo como escudo.
Cuando quedaba muy poco para llegar a uno de los momentos críticos, pues la puerta estaba muy cerca, Xalara miró a su amigo, tratando de establecer un contacto visual. Sin embargo, Víliam tenía los ojos cerrados, dando la impresión de que estuviera concentrándose en algo.
De forma inesperada, Víliam empujó a Andris, provocando que este cayera al suelo. Al mismo tiempo, la espada del muchacho se volvió incandescente y un halo de luz circundó a Víliam.
—Ponte detrás de mí y no te acerques —dijo Víliam a su amiga.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó Xalara, pero no obtuvo respuesta.
Instantes después y mientras Andris se levantaba torpemente para alejarse de los chicos, el suelo y las paredes empezaron a temblar.
—¡Víliam, ¿qué estás haciendo?! —exclamó Xalara asustada, intentando acercarse a su amigo, pero la pantalla de luz que lo envolvía le quemó la mano incluso antes de llegar a tocarla, por lo que tuvo que recular.
Víliam no respondió. Continuaba con los ojos cerrados y su respiración parecía lenta y acompasada a propósito.
Los guardias recogieron sus espadas del suelo y comenzaron a atacar al muchacho.
Pero todos sus ataques se volatilizaban una vez que tomaban contacto con el halo de luz que emitía la espada de Víliam.
El cual no dejaba de aumentar su tamaño, haciendo que Xalara se viera obligada a separarse cada vez más de su amigo para no resultar herida.
—¡¡Matadlo!! —tronó Andris.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando estábamos en el refugio evanescente acerca de un ataque especial, creado a partir de concentrar toda tu arlasofía en la espada? —le preguntó Víliam sin abrir los ojos.
—No, Víliam, no lo hagas —le pidió Xalara desesperadamente al comprender lo que intentaba hacer su amigo.
—Ya no hay marcha atrás —expuso Víliam—. Esta es mi condena y a la vez mi redención por todo el daño que te hice.
—Víliam, por favor, no me debes nada. Tiene que haber otra forma de salir de aquí, los dos juntos.
—No hay otra forma, Xalara, no la hay —sentenció—. Te daré tiempo para que puedas escapar, pero solo unos pocos minutos, ¿lo entiendes? Aléjate todo lo que puedas del Palacio y no te detengas para mirar atrás.
—Víliam, no —sollozó Xalara, que estaba muy cerca de quedar aprisionada entre el halo de la espada y la puerta.
—Recuérdame por el tiempo que pasamos juntos y no por todo lo demás.
—Víliam, por favor.
—¡Prométemelo!
—Te lo prometo.
—Gracias —dijo Víliam—. ¡Ahora corre! ¡¡Vete!!
—Víliam…
El muchacho abrió los ojos, dejando escapar unas lágrimas luminosas.
—¡¡Corre!!
El suelo comenzaba a resquebrajarse. La espada de Víliam vibraba y emitía un destello demasiado potente como para mantener los ojos abiertos. Xalara, tras intentar mirar por última vez a su amigo, que rodeado de tanta luz parecía una deidad, abrió la puerta que tenía a su espalda y salió corriendo.
Bajaba las escaleras saltando varios peldaños a la vez, pues no debía quedar mucho tiempo. Las barandillas vibraban con estrépito y los cristales amenazaban con estallar en mil pedazos.
Al llegar al vestíbulo, se encontró con un escenario caótico, pues el caos se había apoderado de todo: personas corriendo de un lado para otro, gritando por el pánico de no saber qué estaba ocurriendo.
La mampostería del techo abovedado se agitaba, y Xalara vio con horror cómo parte de ella se desplomaba sobre una mujer.
La puerta principal estaba abierta y la muchacha aprovechó para salir.
En la plaza, la manifestación había acallado sus protestas, y ahora miraban hacia arriba estupefactos por lo que estaba ocurriendo.
Xalara sintió el impulso de advertirles, de instarles a huir del inminente peligro, pero la urgencia de su deber hacia Víliam la obligaba a seguir adelante, aunque eso significara ser una egoísta.
Estaba alejándose todo lo rápido que podía del Palacio, cuando se produjo un estruendo tan potente a sus espaldas, que creyó que le había reventado los tímpanos.
Se giró y vio un gran destello de luz plateada, tan refulgente, que tuvo que apartar la vista y protegerse los ojos con el brazo.
Al mismo tiempo, una lluvia de escombros salió volando en todas las direcciones, emergiendo en medio de una gigantesca nube de polvo que lo anegaba todo.
También pudo ver cómo una de las agujas del Gran Reloj salía disparada hacia la plaza, cayendo cerca de su posición.
A medida que el estruendo cesaba, además del pitido que tenía en los oídos, escuchó gritos de espanto que transmitían el resultado devastador de la explosión.
Xalara no tardó en escapar de allí, pues se lo debía a Víliam. Al pensar en él sintió una punzada en el pecho, tan dolorosa que creyó desmayarse.
Salió de la plaza y se adentró en una calle estrecha.
Allí se encontró a dos tipos diferentes de personas: los que corrían curiosos y con sus atuendos impolutos hacia el Palacio de la Sede para ver lo que había sucedido y, por otra parte, los que se alejaban despavoridos del peligro, muchos de ellos con el cuerpo cubierto de polvo y heridas.
Un grupo de cuero negro que corría hacia el Palacio detuvo su marcha al ver a Xalara, quien, con la espada en la mano, miró hacia atrás un par de veces para comprobar que, efectivamente, ahora la perseguían a ella.
Tras doblar un par de esquinas, Xalara se internó en un callejón y fue probando varias puertas para ver si alguna estaba abierta. Tras varios infructuosos intentos, una puerta pesada de hierro cedió a su empuje, y, sin dudarlo, se coló a través de ella.
Al cruzar el arco de la puerta, Xalara cayó de rodillas, pues la entrada estaba más alta que el suelo, y donde debería existir un escalón no había nada.