El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 27 Un enorme sacrificio #2
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Chapter 27 Un enorme sacrificio #2

Xalara se quedó bloqueada, no sabía si podía creer a todas luces en la historia de Alexios.

Sin embargo, sabía que Yadarme era famoso por ser el lugar donde se originó la Resistencia, por lo que no era tan irracional pensar en que ella pudiese ser hija de sus fundadores.

También recordó la conversación que escuchó desde la puerta de su dormitorio la noche en la que Alexios fue a cenar a su casa.

Con lo poco que había oído, entendió que Aura ya conocía a Alexios, y era indudable que ambos tenían un acuerdo para ocultarle información.

Aquella noche y todo lo que tuviese que ver con Yadarme parecía tan lejano en el tiempo, que era como si hubiese ocurrido en otra vida.

—Huberto Cóbelpot —dijo Xalara—. ¿Tiene algo que ver él en todo lo que me has contado?

Se oyeron pasos apresurados en la escalera que bajaba hasta las celdas, y un resplandor se hizo rápidamente visible.

Un par de guardias abrieron la celda de Xalara, la desencadenaron con brusquedad y le pusieron un saco negro en la cabeza, además de unas esposas comunes.

—¿A dónde la lleváis? —preguntó Alexios con angustia.

Los guardias no contestaron, pero Xalara sabía a dónde. Iban a ejecutarla y se preguntó si la llevarían a la Mansión Nórebol para que el Lórdezeit se encargara de ello, igual que había hecho con sus padres.

—¡¡Xalara!! ¡¡Xalara!! —Víliam no dejaba de gritar su nombre, mientras se escuchaba cómo forcejeaba inútilmente con las cadenas que lo amarraban a la pared—. ¡¡Xalara!! ¡¡Xalara!!

Mientras era conducida escaleras arriba, escuchaba las voces de Víliam cada vez más distantes, hasta que terminaron por extinguirse. Xalara se sentía extrañamente tranquila y hasta aliviada en cierto modo, puesto que, al matarla, la liberarían de la gran carga que significaba para ella estar viva.

Después de un trayecto del que apenas fue consciente, Xalara escuchó el sonido de una puerta al abrirse y después el eco de sus propios pasos sobre un suelo de madera.

Descendió unos pocos peldaños, caminó varios metros más y, finalmente, la forzaron a ponerse de rodillas, sin destaparle la cara.

Estaba segura de encontrarse aún en el Palacio de la Sede y además en un espacio amplio, dada la magnitud que generaba cualquier tipo de sonido.

De pronto escuchó unas suaves pisadas que apenas producían ruido alguno. Xalara no entendió el motivo, pero esos pasos le causaron un escalofrío e hicieron que su corazón se desbocase.

—¿Es ella? —preguntó una voz ansiosa de hombre.

Le destaparon la cara. Se encontraba en el Salón de Conferencias, con la vista de frente hacia el Gran Reloj.

La estancia estaba repleta de guardias que la rodeaban con miradas inquisidoras.

Xalara se preguntó si quien se acercaba por detrás no sería otro que el Lórdezeit, que al tener la espada y el libro ya en su poder, había logrado salir del reloj.

Andris Bóstoul se plantó frente a ella, se agachó con cuidado, evitando que su gabardina tomase contacto con el suelo, y le escudriñó el rostro desde muy cerca, con el ceño ligeramente fruncido. Xalara podía oler su peste a colonia mezclada con el hedor de su aliento.

—Sí, es ella —confirmó Andris entusiasmado—. Así que sigues viva… Qué sorpresa tan grande, no me lo esperaba en absoluto. Has resultado ser más escurridiza que tus padres.

Andris se levantó, se separó de la muchacha y gritó:

—¡Hacedlo!

Casi la mitad de los guardias desenvainaron sus espadas.

Xalara cerró los ojos, consciente de que iba a morir.

Instantes después y, tras el inconfundible sonido que produjeron varios ataques lanzados al mismo tiempo, volvió a abrirlos, horrorizada al comprobar cómo la otra mitad de los guardias yacían muertos, tiñendo con su sangre el pulcro suelo entablado del Salón de Conferencias.

—¿Qué le habéis sustraído? —preguntó Andris, como si nada acabase de suceder a su alrededor.

Uno de los guardias, quien ya podía identificarse como un heredero dadas las circunstancias, le acercó la espada de Xalara a Andris. Este la asió y la examinó sonriente, pero su gesto se tornó serio de inmediato.

—¿Solo esto? ¿No tenía nada más?

—No, la espada era lo único.

—¿Estás seguro? —inquirió Andris—. No es posible, tiene que tener un libro también.

—Esto es todo lo que tenía —confirmó el guardia.

Andris volvió a agacharse frente a la muchacha.

—Xalara, te pareces tanto a tu madre muerta. Seguro que no eres consciente de los estragos que causó su inusual belleza. ¿Dónde está el libro?

La muchacha guardó silencio, impasible ante la presencia de Andris, que la observaba expectante, con un gesto de desprecio similar al que ella sentía hacia él.

Xalara acababa de conocer que el libro no había llegado aún a manos del Lórdezeit, y ese era un motivo más que suficiente para seguir luchando.

—¿Dónde tienes el libro? —insistió Andris, pero esta vez tampoco obtuvo respuesta.

—Muy bien —Andris se puso en pie—. ¡Sujetadla!

Dos guardias se acercaron a Xalara y la agarraron cada uno por un brazo, ejerciendo un fuerte impulso hacia abajo para mantenerla con las rodillas clavadas en el suelo.

—¿Dónde está el libro? ¿Lo has escondido? —volvió a preguntar Andris.

La chica mantuvo su silencio.

Andris asintió a otro guardia, que se acercó a ella y le soltó una bofetada.

—Solo te lo preguntaré una vez más. ¿Dónde tienes el libro?

Xalara continuó sin responder. Andris volvió a hacer una seña al guardia y este le asestó a Xalara un puñetazo en la boca del estómago, lo que hizo que la vista se le nublara durante unos instantes.

—¿Dónde has escondido el libro? ¡Contesta!

—Lo perdí —balbuceó Xalara, intentando recuperar el aire tras el golpe.

—No te creo.

El guardia volvió a golpear a Xalara, esta vez una bofetada en cada lado del rostro. Los dos golpes fueron muy seguidos y a punto estuvieron de provocar el llanto en la muchacha, que comenzó a notar el amargo sabor de la sangre.

—Perdí la mochila donde lo guardaba; esa es la verdad —susurró Xalara; su voz era apenas audible.

Sin que Andris lo ordenara, otro puñetazo le hundió el abdomen, haciendo que Xalara tosiera con estrépito, comenzando a ver puntos brillantes.

—Le he dicho la verdad —balbució escupiendo un hilillo de sangre.

Andris se movía inquieto de un lado para otro, con la espada de Xalara en la mano.

—¿No lo han traído los herederos fugados? —preguntó la joven, aunque conocía la respuesta, tan solo buscaba sembrarlo de más dudas.

Bóstoul volvió a agacharse junto a ella.

—El libro, ¿dónde está? —inquirió con insistencia.

—Ya se lo he dicho.

Esta vez Andris no ordenó golpearla, sino que se levantó, le dio la espalda y le preguntó más calmado:

—¿Dónde lo perdiste?

—En un bosque.

—¿Cuál?

—No tengo ni idea, pero está lejos de aquí.

Andris caminó en dirección al Gran Reloj, meditando.

—Traed al chico que la acompañaba, quizás él sepa algo más.

Dos guardias abandonaron el Salón de Conferencias para ir a buscar a Víliam, que un rato después, llegó esposado con las manos por delante del cuerpo y revolviéndose. A él también le habían tapado la cara.

—¡Soltadme! ¡Soltadme! —gritaba Víliam mientras se retorcía para deshacerse de los guardias.

Lo condujeron hasta donde estaba Xalara y lo forzaron a arrodillarse a su lado. Luego le quitaron la capucha.

—Xalara, ¿estás bien? —preguntó Víliam con sofoco.

Ella forzó una tenue y enrojecida sonrisa.

—¡Os mataré a todos! —bramó Víliam al ver las heridas de Xalara, y un puñetazo en el ojo fue lo que recibió por respuesta.

La muchacha observaba impotente cómo el párpado de su amigo se hinchaba a toda velocidad, pero Víliam no emitió quejido de dolor alguno.

—Espero que demuestres más inteligencia que tu amiguita —le dijo Andris con desdén—. ¿Dónde está el libro?

—¿Qué libro? —respondió Víliam.

—Este también quiere jugar —comentó uno de los guardias que lo sujetaban.

—Tu amiga tenía un libro —dijo Andris—. ¿Dónde lo habéis escondido?

—Ah, sí, ya lo recuerdo. Está en el río Verien, en qué parte no lo sé, la corriente lo arrastró —explicó Víliam.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—¿Habéis tenido contacto con los herederos fugados? —preguntó Andris Bóstoul, dirigiéndose esta vez a ambos muchachos.

—No hemos tenido el placer —contestó Víliam escueto.

Andris esbozó una sonrisa, pero no transmitía alegría precisamente.

—Tú pareces de primera clase o la élite, ¿me equivoco? —preguntó Andris mirando a Víliam.

—Es el hijo de Donius Greyson —terció uno de los guardias que estaban cerca de la pared, cuya voz Xalara reconoció de inmediato.

—Donius Greyson no tiene hijos —discrepó Andris—.

Este chico es un dobleclase. De todos modos, no te mataré, tu padrastro es una persona muy poderosa e influyente, y aunque seguramente te odie por lo que eres, no me arriesgaré a ponerlo en nuestra contra.

En cambio, ella es una mugrienta tercera clase que no sirve para nada.

Además, debe reunirse con sus padres, ya es hora de que los conozca. ¡Matadla!

Víliam se revolvió dando un cabezazo al heredero que lo sujetaba, liberándose de su agarre. Luego, con una gran agilidad, le despojó la espada de la vaina y se lanzó contra Andris, poniéndole el arma cerca del cuello.

—¡¡Todos quietos o lo mato!! —gritó Víliam mientras los guardias desenvainaban sus espadas—. ¡¡Tirad las espadas!!

Andris compuso un gesto de pánico.

—¡¡He dicho que las tiréis!! —ordenó Víliam; a pesar de que todos los guardias lo apuntaban con sus armas, no se amilanó.

—No quieres hacerlo —dijo Andris con la voz trémula—. Estás en una buena familia, puedes tenerlo todo, no te compliques la vida de esta forma tan absurda.

—Pon las manos en tu espalda y entrelaza los dedos —le ordenó Víliam, y Andris obedeció sin titubear.

—¡¡Dejad las espadas en el suelo o mato a este traidor!! —advirtió Víliam.

Andris pestañeó en un claro signo de asentimiento, instando a los guardias a hacerle caso al chico.

Poco a poco, todos los guardias fueron dejando sus espadas junto a los pies.

—¡Ahora poned las manos en vuestras espaldas, entrelazad los dedos y mantenedlas ahí! ¡Si veo un solo movimiento extraño, me cargo a este traidor!

Los guardias obedecieron de inmediato.

—¡Ahora, soltadla, vamos!