El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 27 Un enorme sacrificio
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Chapter 27 Un enorme sacrificio

—¿De verdad eres tú, Xalara, o ya me he vuelto completamente loco? —inquirió la misma voz en la oscuridad.

Xalara pensó lo mismo. ¿De verdad estaba escuchando la voz del presidente o era tal su obsesión que se lo estaba imaginando?

—¿Alexios? —preguntó tímidamente.

—Sí, soy yo —confirmó él emocionado—. ¿Eres real?

—¿Presidente? —intervino Víliam estupefacto.

—Mucho me temo que ya no lo soy —se lamentó Alexios—. Creía que estabas muerta, Xalara.

—Pues ya ha comprobado que todavía no, siento decepcionarle.

—¿Decepcionarme? ¿Acaso crees que te quiero muerta? —dijo Alexios, sonando ofendido.

—Es evidente que sí, visto lo sucedido —respondió Xalara.

—¿Qué quieres decir? ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Te han cogido los herederos fugados?

Xalara no contestó, no veía apropiado contárselo.

—¿Por qué está usted aquí abajo? —preguntó Víliam, viendo que su amiga estaba demasiado ofuscada para hacerlo.

—Andris me traicionó —dijo—. Hizo creer a todos que yo fui el que liberó a los herederos de Ívelmer, pero fue él quien lo hizo. Ha tramado todo y yo he caído en su trampa como un idiota.

Xalara comprendió entonces el motivo de las protestas a las puertas del Palacio de la Sede.

—¿Andris Bóstoul? ¿El vicepresidente? —preguntó Víliam desde su celda.

—Me temo que sí —contestó Alexios sucinto—. Él fue quien liberó a los herederos de la prisión de Ívelmer para que fuesen a por ti y tu herencia, Xalara.

—La herencia que usted mismo me entregó —añadió ella con reticencia.

—¿Sigues teniéndolos contigo? La espada y el libro, ¿los tienes en tu poder? —preguntó Alexios con anhelo.

—¿Acaso importa? —preguntó la muchacha, conociendo la respuesta.

—Al parecer es lo que más importa en estos momentos. Porque si caen en sus manos, estaremos perdidos —informó compungido.

—¿Por qué me entregó esos objetos? —protestó Xalara—. Yo no se los pedí.

—Porque tu padre me lo pidió —contestó Alexios con rotundidad—. Me hizo prometer que te los entregaría cuando cumplieses la mayoría de edad, y eso es lo que hice.

—¡Miente!

—Te digo la verdad —insistió Alexios—. Sin embargo, después todo se complicó demasiado. Él los necesita y tuve el error de que Andris me descubriese el día que los guardé en la maleta para entregártelos. En aquel momento, yo no tenía ni idea de su importancia.

—¿Andris Bóstoul los necesita? —preguntó Xalara confundida.

—No, Andris no —hizo una pausa y bajó la voz—, el Lórdezeit.

—Pero el Lórdezeit está muerto… —repuso Xalara con un deje de duda, intentando suscitar una respuesta sincera por parte de Alexios.

—No, no lo está.

—Pero…

—Sí, lo sé, te estarás preguntando lo mismo que yo: ¿cómo puede ayudarle una simple espada y un viejo libro en blanco? A eso no te puedo responder, porque no lo sé.

—Es mucho más que un libro en blanco… —replicó la muchacha.

—¿Qué quieres decir?

—¿Para qué necesitaría el Lórdezeit esos objetos? —preguntó Xalara, desviando la respuesta.

—Creo que… para salir de un reloj, su… supongo —reconoció Alexios, apocado.

—El Fantasma del Tiempo —comentó Xalara.

—Así es… —musitó Alexios con un tono de sorpresa, evidenciando que no esperaba ese comentario de la chica.

Se produjeron unos segundos de silencio, en los cuales todos parecían intentar asimilar que aquello fuese una posibilidad real.

—Deje de fingir, sé que miente —insistió Xalara—. Usted está aliado con el Lórdezeit, usted es un heredero.

—Hay horrores en mi pasado que no tienen justificación, pero… —dijo Alexios, y se quedó callado durante unos instantes—. Necesito que al menos tú me perdones, Xalara. Siento mucho haberte arrastrado hasta aquí.

—¿Lo siente? —profirió Xalara indignada—.

Mi vida era muy tranquila hasta que usted llegó a mi casa y me entregó una espada y un libro que yo no le pedí.

A los pocos días, los herederos fugados de una prisión muy lejana estaban en Yadarme con el objetivo de arrebatarme lo que usted me dio.

Ahora mi madrina está muerta por ello, y yo encerrada en una celda bajo el Palacio de la Sede, esperando a que en cualquier momento vengan a ejecutarme.

Y usted me dice: ¿Qué lo siente? ¿Y ya está?

¿Se acabó? ¿Debería perdonarle y decirle que no pasa nada, que todo está bien entre nosotros?

—No pretendo tal cosa —dijo Alexios apesadumbrado—. Está claro que no merezco tu perdón y que sí merezco todo lo malo que me ocurra.

—En eso estamos de acuerdo —admitió la muchacha.

—Xalara, creo que el presidente solo es una víctima más en todo esto —terció Víliam.

—¡Tú, cállate! Ya lo has defendido bastante todo este tiempo; y ya no es el presidente, no lo llames así —argumentó furiosa, haciendo tintinear las cadenas que la sujetaban a la pared de la celda.

—¿Por qué crees que está aquí encerrado entonces? —volvió a replicar el muchacho.

—He dicho que te calles —le ordenó Xalara a su amigo—. ¿De qué conocía usted a mi padre?

—Ya te lo dije aquella noche en tu casa. Era mi amigo, mi mejor amigo —matizó con énfasis Alexios.

—¿Sabe lo que creo? —dijo Xalara—. Creo que usted no tiene ni idea de quién era mi padre. Solo es algo que se ha inventado para ganarse mi confianza con el fin de que aceptara esa supuesta herencia.

—Arturo —soltó Alexios—, tu padre se llamaba Arturo Vágüer, aunque yo lo llamaba cariñosamente Ar, y tu madre se llamaba Lana Oróbric.

—Pero yo me apellido Verdreven —alegó Xalara.

—Lo sé, y eso tiene una explicación.

—¿Por qué erais amigos? —preguntó Xalara de inmediato, esperando que la respuesta de Alexios revelara alguna vacilación y así descubrir su falsedad.

—Tu padre y yo nos conocimos cuando éramos muy jóvenes. Vivíamos en el mismo barrio de la ciudad y pronto nos hicimos muy amigos, casi inseparables.

—¿Mi padre vivía en Bibrébem? —preguntó anonadada y recelosa al mismo tiempo.

—Así es.

—Entonces, mi madre era de tercera clase y por eso vivieron en Yadarme —dedujo Xalara.

—No, tu madre también era de Bibrébem —aclaró Alexios.

Aquello descolocó por completo a la muchacha, que no esperaba ese argumento y mucho menos la soltura con la que Alexios lo narraba.

—¿Yo nací en Bibrébem? —preguntó, comenzando a apartar a un lado su escepticismo.

—No, tú naciste en Yadarme.

—¿Por qué nací en Yadarme si mis padres eran de Bibrébem? No tiene sentido.

—Tu padre fue desterrado a la tercera clase por el Lórdezeit.

—¿Por qué motivo?

—Creo que Ar, tu padre, robó la espada y el libro al Lórdezeit, el mismo libro y la misma espada que después yo te entregué —dijo Alexios, mostrándose más nervioso de repente.

—¿Cómo y por qué los robó?

—No lo sé —balbució Alexios con voz trémula, y Xalara tuvo dudas de que le estuviese diciendo la verdad—.

El caso es que, al ser desterrados, tus padres fueron enviados a Yadarme, con el fin de reforzar la plantilla en el campo de dominio de la Comarca del Noroeste.

Aquella vida de esclavismo era difícil de entender y mucho más de soportar, sobre todo para dos personas que no habían tenido que hacerlo hasta entonces.

Por eso decidieron fundar la Resistencia, para intentar combatir a la Orden de los Herederos y acabar con todo aquello.

—¿Mis padres fundaron la Resistencia? —preguntó Xalara impresionada, y escuchó cómo en la celda de al lado, su amigo emitía un sonido de asombro.

—Sí, así es —ratificó Alexios—. Pero con el paso del tiempo, alguien dentro de la Resistencia comenzó a traicionarlos enviando información clandestinamente al Lórdezeit, hasta que terminó delatando a tus padres como líderes y fundadores de la Resistencia; y fue por eso que… —Alexios dejó de hablar.

—¿Qué pasó?

—Los mató —contestó escueto y en voz muy baja.

—¿El Lórdezeit mató a mis padres personalmente? —preguntó Xalara con un hilo de voz, su corazón latía apresurado.

—No exactamente…

—¿Entonces?

—Tampoco es necesario que conozcas todos los detalles —aseguró Alexios.

—Quiero saberlo —insistió Xalara, decidida.

—Es mejor que no lo sepas, créeme.

—¡Cómo!

—Xalara, por favor… —profirió Alexios, que parecía suplicar para que no le obligara a decirlo—. Fueron convertidos por ellos… —admitió al fin tras unos segundos de silencio.

—Los nukternozes —dijo Xalara, que esta vez no precavió pronunciar su nombre completo, al fin y al cabo, moriría pronto de todos modos.

—Sí, fueron ellos, pero por orden del Lórdezeit, por supuesto. Él estaba allí presente y… yo también.

—¿Estabas allí con ellos en el momento de su muerte?

—Sí —admitió Alexios al borde del llanto.

—Estabas presente, eran tus amigos y, ¿no hiciste nada para salvarlos? —teorizó Xalara.

—Sí que lo hice, pero nada ni nadie podía salvarlos —se justificó muy afligido.

Xalara se quedó callada, tratando de asimilar los hechos que Alexios le estaba contando.

—Antes de que los mataran y sabiendo lo que les esperaba —continuó Alexios como si no hubiese detenido su relato—, pude estar a solas con tus padres.

Además de la promesa de entregarte su herencia, como última voluntad, me pidieron que te escondiera en el sótano junto con la espada y el libro, dentro de un hueco que tu padre había construido en la pared.

Tu madre insistió en que te entregase a Aura Duarte.

Al día siguiente de la muerte de tus padres, fui a tu casa.

La habían reducido a cenizas y estaba seguro de que habrías muerto, pero por suerte allí estabas, dormida y abrazada al libro como si se tratase de un peluche, como si nada hubiese ocurrido en ese lugar.

Habías sobrevivido y te llevé con tu madrina tal como le prometí a tu madre.

Después, Aura y yo acordamos no decirte la verdad sobre tus padres hasta que cumplieses la mayoría de edad.

También decidimos cambiarte el apellido, ya que nadie supo que tus padres tenían una hija.

Tu madre se confinó antes de que se le notase el embarazo.

»Por eso Aura te tuvo aislada durante todos estos años, por miedo a que de alguna forma alguien descubriese de quién eres hija.

Como seguro ya habrás comprobado, sigue habiendo numerosos herederos que no fueron encarcelados en su día y no era conveniente que hicieses una vida normal.

Al fin y al cabo, tus padres fueron los que se opusieron a su régimen, y acabar contigo sería una forma de vengarse de ellos —concluyó Alexios.