El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 26 En la capital #4
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Chapter 26 En la capital #4

Los llevaron hasta la estación de traslado más cercana y allí ordenaron al conductor que diese prioridad absoluta a su viaje. Las personas que esperaban para ser trasladadas a otros lugares, contemplaban la escena con gestos de impaciencia.

Primero entró Víliam, acompañado por dos cuero negro, y en cuestión de segundos, fueron trasladados.

Acto seguido, la puerta volvió a abrirse y entraron Xalara y el cuero negro que la escoltaba.

La chica albergaba un amasijo de sensaciones, ya que, por una parte, sentía curiosidad al ser la primera vez que viajaba mediante una estación de traslado.

Pero, por otro lado, el cuero negro que la acompañaba no le transmitía ningún tipo de confianza, sobre todo después de descubrir que tenía una espada y no haber dicho nada al respecto.

La habitual voz femenina que sonaba en el interior de las estaciones de traslado, les recibió y les dio las indicaciones a seguir junto con el destino que habían escogido.

Tras un potente fogonazo de luz plateada que traspasaba los párpados cerrados y el sonido de un fuerte chispazo, Xalara notó que sus pies se separaban del suelo.

Antes de que pudiera darse cuenta de cómo había sucedido, la misma voz hablaba de nuevo para indicarles que se encontraban en la Plaza Rey Xenón El Primero.

La puerta se abrió hacia arriba y Xalara no pudo reprimir una cierta emoción al saber lo que estaban a punto de contemplar sus ojos.

Apostados ante la puerta, los esperaban Víliam y los otros dos cuero negro, a los que se unieron de inmediato para dirigirse hacia el edificio que se alzaba frente a ellos. Si le hubieran pedido describirlo con palabras, seguramente Xalara no habría sabido encontrarlas.

El Palacio de la Sede era mucho más impresionante de lo que jamás imaginó.

Todas las descripciones que Xalara había leído acerca de él y las fotografías que había visto, no hacían honor a la realidad.

Su vista se detuvo en el Gran Reloj y su ánimo volvió a venirse abajo.

La sola idea de que El Fantasma del Tiempo hubiese estado alojado en ese mecanismo, le producía fuertes escalofríos.

Ante las puertas de la valla que delimitaba los terrenos del Palacio, se agolpaba una masa de gente que parecía inmersa en una manifestación.

Al acercarse a ellos, Xalara comprobó que algunos quemaban carteles con el retrato de Alexios, mientras que una gran cantidad de personas ondeaban banderas con el escudo del Gobierno.

Sin embargo, todos ellos gritaban lo mismo de forma ferviente:

—¡¡Traidor!! ¡¡Traidor!! ¡¡Traidor!!

Sin duda, algo había ocurrido en el Gobierno, una situación que Xalara desconocía.

Varios cuero negro y guardias del propio Palacio de la Sede custodiaban la entrada al recinto, impidiendo que los manifestantes pudieran acceder al interior.

Los cuero negro que escoltaban a Xalara y Víliam se abrían paso entre la multitud con mucha dificultad. Xalara se esforzó por intentar escuchar algún comentario que hiciese alusión al motivo por el cual toda esa gente protestaba en contra de Alexios, pero solo pudo distinguir gritos e improperios.

Tras varios minutos de agobio, lograron alcanzar las puertas de acero del vallado, donde fueron ayudados por los guardias de la entrada para salir por fin de la multitud.

Sin detenerse, recorrieron el espacio hasta las escaleras y subieron los alargados peldaños que daban acceso a las grandes puertas de roble, las cuales se abrieron de par en par permitiéndoles el acceso al palacio.

Enseguida, las puertas volvieron a cerrarse, como si lo hubiesen hecho a su propia voluntad.

Ahora se hallaban en el descomunal vestíbulo, detenidos justo en el lugar donde la luz del sol se filtraba a través del rosetón situado encima de la puerta, proyectando sus hermosas formas sobre el suelo de mármol.

Detrás del recibidor de madera pulida que se encontraba a la derecha, había una mujer sentada, con gafas y el pelo recogido en un moño con forma de pompón.

—¿Motivo de la visita? —preguntó con displicencia, escudriñando a Xalara, a la cual parecía reconocer.

—Traemos a Xalara Verdreven para que comparezca ante el presidente por orden suya —informó el cuero negro que la sujetaba.

—Está bien, avisaré de su llegada.

—Tranquila, ya lo hago yo —dijo el mismo cuero negro, y se fue corriendo.

Poco después, aparecieron un par de guardias del palacio, que se acercaban hacia ellos con paso apresurado, provenientes de la nave que albergaba la Gran Escalinata y cuyos escalones inferiores podían verse desde allí.

—Ya nos hacemos cargo nosotros —dijo uno de los guardias del palacio a los dos cuero negro—. No se preocupen, pueden volver a sus funciones.

Xalara y Víliam fueron conducidos por el vestíbulo, bordearon la fuente situada en el centro y entraron en la nave de la Gran Escalinata.

La muchacha miró hacia arriba, intentando ver el cimborrio que sabía que coronaba la nave.

Sin embargo, apenas tuvo tiempo y, tras dejar atrás la Gran Escalinata, entraron por una puerta que les dio acceso a un pasillo donde, por unos instantes, pudieron ver a través de las ventanas una parte de los jardines privados.

Después atravesaron otra puerta que los introdujo en un oscuro pasillo donde había unas escaleras que bajaron hasta llegar a una puerta compuesta por finos barrotes de hierro.

Allí se apostaba un guardia que entregó un par de linternas a sus dos compañeros y les abrió la puerta mediante la fórmula de apertura.

—¿A dónde nos llevan? —preguntó Víliam.

El guardia que se encargaba de él le dio un puñetazo en la boca del estómago en forma de respuesta.

—¡Déjelo! —gritó Xalara, tratando de desenvolverse de su guardia.

—Mantened la boca cerrada si no queréis que esto se ponga más feo todavía —los amenazó el guardia que la sujetaba, y Xalara hubiera jurado que tenía la misma voz que el cuero negro que la escoltó hasta el Palacio de la Sede y que después fue a avisar a los guardias para informarles de su presencia.

Los obligaron a bajar por una empinada y oscura escalera de caracol. A medida que descendían, el frío se intensificaba. Cuando finalizaron el tramo de escaleras, se encontraron en una lúgubre y alargada estancia donde había varias celdas dispuestas a ambos lados.

A Víliam lo metieron en una celda que tenía la puerta abierta. Xalara se quedó fuera hasta que uno de los guardias se acercó a ella, le soltó las esposas y le quitó con brusquedad el abrigo robado. El otro guardia le arrancó la espada de la cintura.

—¡Devuélvamela! ¡Es mía!

—¿Tuya, dices?

El guardia que la había llevado hasta abajo le dio una bofetada y la arrojó a una celda colindante a la de su amigo. El otro guardia levantó las manos hacia Xalara y exclamó:

—Begagxio.

Una fuerza invisible ejerció un impulso sobre sus hombros, obligándola a arrodillarse en el frío y húmedo suelo de la celda.

Mientras tanto, su compañero se agachó al lado de Xalara y la encadenó a la pared por medio de unos grilletes enguantados y oxidados, de tal manera que no podía mover las muñecas ni los dedos, impidiéndole así realizar cualquier fórmula arlasófica.

Se produjo un pequeño eco en la estancia cuando los guardias cerraron la celda. Después se marcharon, dejándolos recluidos, encadenados y completamente a oscuras.

—Te dije que Alexios no era de fiar y aquí está la prueba —se lamentó Xalara.

—¿Xalara? ¿Eres tú? —dijo un susurro proveniente de la oscuridad que no era la voz de Víliam.