Chapter 26 En la capital #3
—¿Buendi? —dijo Samanta con una mezcla de perplejidad y arrebato; por su expresión parecía que acabase de ver a un fantasma.
Lo mismo se podría decir de Víliam, que se quedó tan sorprendido al verla, que no supo articular palabra alguna cuando lo intentó.
—¿Qué haces por aquí? —inquirió Samanta.
—Dando una vuelta —balbuceó el muchacho.
—¿Dando una vuelta? —preguntó Samanta con sorna.
—Hace días que nadie sabe nada de ti. Tu padre está muy preocupado —lo reprendió la que con toda seguridad era la madre de Samanta.
Xalara percibió en la expresión de Víliam el disgusto previo a gritar que ese hombre al que se refería no era su padre, porque su padre estaba muerto. A pesar de ello, el muchacho se contuvo.
—Ya, bueno, es que me he despistado, pero volveré enseguida a casa —se excusó Víliam, intentando mostrar naturalidad.
Samanta clavó sus indagadores ojos verdes en Xalara, quien se había quedado algo apartada y con el rostro medio vuelto, mirando al suelo para que no la reconociesen.
—¿Te has echado novia? —preguntó Samanta a Víliam en tono de burla.
—¿Qué? No, claro que no —negó él—. ¿Por qué lo dices?
—Por esa chica de la cual venías acompañado y que ahora se avergüenza tanto como tú de que le veamos la cara.
—No, ella no es…
Xalara, con el corazón redoblando el ritmo en su pecho, estaba a punto de marcharse, aunque eso significará separarse una vez más de su amigo, cuando de repente:
—¡Es Verdreven! —chilló Samanta con su voz meliflua, tras echar un rápido vistazo a los pantalones y botas de Xalara.
—¿Quién? —preguntó la mujer que tanto se parecía a ella.
—Es Xalara Verdreven, mamá, la chica de tercera clase desaparecida y que todos creen que secuestraron los herederos —afirmó y dilucidó Samanta, tremendamente exaltada.
—¿Qué estás diciendo, Samanta? ¿Estás segura?
—Completamente, mamá —ratificó con voz enérgica.
—Sí, es ella —musitó la prima, como si acabará de despertarse de un gran letargo.
La madre de Samanta moldeó un ávido gesto clavando sus fieros ojos en Xalara, que ya había decidido echar a correr aun a sabiendas de que iba a dejar a Víliam solo ante un gran problema.
—¡¡Es Xalara Verdreven!! ¡¡Está aquí!! ¡¡He encontrado a la chica desaparecida!! —gritó la madre de Samanta, señalando a Xalara con un dedo que más bien parecía acusador.
De inmediato, la mayoría de los viandantes se agolparon colmados de curiosidad en torno a Xalara, impidiéndole por completo emprender una huida.
En tan solo unos segundos, varias ideas se le pasaron por la mente.
La más descabellada, fue la de empuñar su espada y amenazar con matarlos a todos si no la dejaban irse.
Pero esas ideas se fueron al traste cuando, alertados por los gritos, dos altos y fornidos cuero negro se dirigían hacia allí, apartando a la multitud con empujones.
Xalara entendió enseguida que todo terminaba en esa calle.
Una vez más, Samanta Zolian se había interpuesto en su camino y de nuevo resultaba vencedora.
—¡Dejen paso! ¡Dejen paso! —gritaban los cuero negro, avanzando entre la gente.
La presencia de la autoridad hizo que se abriera un círculo de personas en torno a Xalara, Víliam, Samanta Zolian, su madre y su prima.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó uno de los cuero negro.
—Oh, menos mal que han llegado —dijo la madre de Samanta, fingiendo una exagerada preocupación—. Hemos encontrado a Xalara Verdreven. La chica desaparecida y supuestamente secuestrada por los herederos fugados —agregó, señalando a la muchacha.
—¿Es usted Xalara Verdreven? —le preguntó uno de los cuero negro.
Xalara no contestó, simplemente miró al suelo, negándose a mostrar su rostro.
El cuero negro que acababa de preguntarle se acercó y le retiró el gorro, haciendo que el pelo se le soltase de forma alborotada.
—No soy Xalara Verdreven, me llamo Cler Neclon —se defendió, sin levantar la vista del suelo, aunque procurando buscar la mirada de Víliam, que permanecía inmóvil como una estatua.
—¡Eso es mentira! —replicó Samanta.
—Cállese, señorita, deje que hable ella —le ordenó el cuero negro. Luego volvió a poner su atención en Xalara—. ¿Eres de Bibrébem?
Xalara asintió en silencio. Algunos murmullos de incredulidad surgieron entre la gente.
—¿Han visto sus botas? —insistió Samanta, desobedeciendo al cuero negro, que esta vez no censuró su comentario.
—Vuelvo a preguntarle, ¿es usted de Bibrébem, sí o no? —reclamó el cuero negro, observando con ceño la parte baja de su indumentaria.
—Sí, señor, lo soy —afirmó ella, manteniendo la mirada en el suelo.
—¿Cómo explica entonces su atuendo? —preguntó el cuero negro.
—Me gusta combinar estilos —contestó Xalara, sin comprender cómo la forma de vestir pudiese llegar a ser algo tan importante.
La muchedumbre se colmó con murmullos de indignación.
—Enséñeme su documento de identidad —solicitó el cuero negro.
Xalara recordó que ella no tenía, porque Aura nunca le dejó hacerlo.
A decir verdad, Xalara era como un fantasma para la sociedad.
Iba a contestar que lo había perdido, porque si mostraba el de Cler Neclon, la foto la delataría.
Pero de repente, el otro cuero negro, que aún no había abierto la boca, intervino:
—Ahora que recuerdo, hace poco nos llegó una carta al cuartel con el aviso de que una chica al norte de la ciudad había denunciado el robo de su abrigo, y por las características físicas que indicó sobre la ladrona, podría tratarse de ella.
Aunque la carta también decía que iba acompañada por un chico.
—De este —dijo la madre de Samanta, empujando ligeramente a Víliam, que no permutó su actitud impasible.
El otro cuero negro metió la mano en los bolsillos del abrigo robado, sacó la cartera y la abrió.
—Esta cartera pertenece efectivamente a Cler Neclon, pero la fotografía no coincide con su rostro —concluyó el cuero negro tras ver el documento de identidad—.
Maldita sea, ve al cuartel y trae un retrato de Xalara Verdreven.
Aclaremos esto de una vez por todas —le ordenó a su compañero, que se fue por medio de un pasillo que le hizo la gente.
Xalara entendió que a pesar de que su nombre y su rostro saliesen habitualmente en las noticias y en los carteles de «Desaparecida» durante los últimos días, muy poca gente podía reconocerla en persona.
A la mayoría de los ciudadanos de Bibrébem poco o nada les importaba quién era la pobre Xalara Verdreven y su trivial vida.
Pocos minutos después, el cuero negro regresó con un cartel en la mano que mostraba el retrato de Xalara.
—Es ella —afirmó casi sin aliento mientras le entregaba el cartel a su compañero.
El otro cuero negro miró el retrato y después a Xalara, corroborando su identidad.
—¿Ven? Se lo dije —les recriminó Samanta Zolian, ufana, pero su madre le puso una mano sobre el hombro para que se callara.
—En vista de los hechos —dijo el cuero negro, extrayendo unas esposas del bolsillo trasero de su pantalón—, nos llevaremos a estos chicos al cuartel para tomarles declaración.
Primero esposaron a Xalara, que apenas ofreció resistencia, y después a Víliam, quien incluso colaboró para que lo esposaran. Samanta no escondía su sonrisa histriónica.
—Este chico es el hijo de Donius Greyson, no es necesario esposarlo —arguyó la madre de Samanta.
Víliam enrojeció de ira.
—Me trae sin cuidado de quién sea hijo, señora Rostein. Es cómplice de robo y hasta que se demuestre lo contrario, será tratado como tal.
Xalara vio cómo se acercaba un tercer cuero negro corriendo entre la gente.
—¿Qué vais a hacer con estos chicos? —preguntó el cuero negro recién llegado.
—Nos los llevamos al cuartel para que presten declaración por el robo de un abrigo y una cartera. También para saber qué ha ocurrido realmente con esta chica que estaba en paradero desconocido y presuntamente secuestrada por los herederos fugados de Ívelmer —informó.
—Traigo nuevas órdenes directas del presidente del Gobierno respecto a eso.
—¿Respecto a qué?
—La chica, Xalara Verdreven.
—¿Cuáles son esas órdenes?
—Citan textualmente que Xalara Verdreven ha de ser llevada al Palacio de la Sede de inmediato para comparecer en presencia de nuestro presidente.
Argumenta que la chica podría guardar información relevante acerca del paradero de los herederos y que ha de ser conocida de primera mano por el presidente, dado el estado de alarma en el que nos encontramos por la amenaza de los herederos.
—Desconozco tales órdenes.
—La carta llegó hace poco. Después de que nuestro compañero fuese al cuartel en busca del retrato de la chica y de haber avisado a todo el Departamento de Seguridad sobre su posible presencia en la capital. He corrido hasta aquí para informaros lo más rápido posible —dijo con un tono implacable.
—¿Tienes la carta?
—No, me la he dejado en el cuartel con las prisas.
Xalara no supo qué pensar en realidad, ¿sería algo bueno que Alexios quisiera verla en persona o más bien todo lo contrario? Víliam parecía entender que era algo bueno, a juzgar por la disimulada sonrisa de triunfo que le dirigió a su amiga.
—Está bien —cedió—, los llevamos al Palacio de la Sede.
—Yo me encargo de la chica —dijo con cierto descaro el último cuero negro en llegar, utilizando un tono de satisfacción que repugnó a Xalara; su compañero no se opuso.
La gente se abrió para dejar paso a los dos jóvenes, que iban esposados y escoltados por el trío de cuero negro.
Xalara escuchó algún insulto llamándola «ladrona», pero también oyó (en voz más baja) a alguien que la llamó «asquerosa tercera clase».
Quiso revolverse para ver quién había sido, pero trató de templar su furia pensando en que quizás y después de todo, Alexios solo quisiera el bien para ella y que por eso la había citado.
En tan desastrosas circunstancias, esa era la última salida que le quedaba.
Xalara estaba siendo conducida por el cuero negro cuando, de pronto, notó cómo este le palpaba la cintura en busca de algo.
Al tomar contacto con la empuñadura de la espada, retiró su mano de inmediato, como si ya hubiese encontrado lo que buscaba.
Sin embargo, no dijo nada al respecto, lo que confundió y preocupó a Xalara a partes iguales.