El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 26 En la capital #2
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Chapter 26 En la capital #2

Xalara dio un paso hacia ella, aproximando la espada con discreción a su vientre.

—Va de que a partir de ahora no darás ningún grito y harás todo lo que yo te diga; y va de que, si te niegas a hacerlo, esta espada que ves aquí, lanzará un rayo que atravesará tu abdomen, ¿queda claro? —dijo Xalara, sorprendiéndose a sí misma por la crueldad de su amenaza.

La chica asintió levemente y en silencio, mordiéndose el labio inferior.

—Nos vamos a esconder detrás de esos contenedores —le ordenó Xalara, sin dejar de apuntarla con la espada para asegurarse de que lo hacía.

Los tres se agacharon en el suelo, ocultándose de los viandantes que caminaban por la avenida ajenos a lo que estaba ocurriendo en ese callejón.

—Dame tu abrigo —le ordenó Xalara.

—¿Esto es un robo? —preguntó la chica, a punto de echarse a llorar mientras se quitaba el abrigo sin vacilar y se lo entregaba a Xalara, que se levantó y se lo puso encima de la ropa.

—Vale, ahora te vamos a dejar aquí y vas a esperar un rato antes de salir, después…

—¿Solo vas a quitarle el abrigo? —intervino Víliam contrariado.

—Y me pondré ese ridículo gorro, es suficiente con eso.

—Pero tus pantalones y sobre todo tus botas, te delatarán —replicó el muchacho.

—Nadie se fijará en mí, entre toda esa gente pasaré desapercibida.

—No sabes cómo es esta gente, en cuanto vean algo diferente en ti…

—No pienso dejarla sola en un callejón y en ropa interior —se negó Xalara, con un tono que no admitía réplicas. Luego miró a la chica, apuntándola con la espada—. Te quedarás aquí sentada hasta unos cinco minutos después de que nos hayamos ido, y volverás a casa, ¿entendido?

La chica asintió de forma notoria. Xalara se levantó, envainó la espada y se abotonó el abrigo ocultando su ropa y el arma.

Después recogió el gorro del suelo y se lo colocó sobre la cabeza, recogiendo antes el pelo en una especie de moño improvisado.

Las prendas desprendían un fuerte olor a perfume.

—Siento mucho esta situación —se disculpó Xalara con la chica antes de irse, la cual la miraba con los ojos anegados en lágrimas.

—¿Confías en ella? —preguntó Víliam preocupado, mientras seguía a Xalara hasta salir del callejón.

—Claro que no —respondió Xalara lacónica, al mismo tiempo que se mezclaban con el resto de viandantes.

—Deberíamos haberla dejado atada con algo.

—No voy a hacer sufrir más a esa pobre chica, ella no tiene la culpa de nada.

—Pero podría delatarte, es un riesgo innecesario.

—No sabe quién soy, eso está claro, si no ya lo habría dicho. Deja de preocuparte por ella, ¿quieres?

—¿Te has enfadado?

—¿Por qué iba a enfadarme?

—No sé… —dijo Víliam—. Porque me besé con ella, por ejemplo.

—Me da igual lo que hicieras. Tenías que traer a una chica que fuese de mi talla y lo hiciste, punto —zanjó Xalara, que no terminaba de entender qué buscaba Víliam con ese comentario—.

Mejor preocúpate por saber cómo llegamos a la Mansión Nórebol lo más rápido posible, me gustaría hacerlo antes de la noche, seguramente nos ahorrará más de un problema…

La actitud y los gestos de Xalara la delataban más que su pantalón ajado o sus botas cubiertas de barro.

Su fascinación contemplando las altas fachadas repletas de balcones entre las que caminaban era evidente.

Sin embargo, sentía cierto agobio por la masa de gente que atestaba la calle.

En cambio, dejó de preocuparle que pudiesen ver algo extraño en ella, pues esas personas la trataban como si fuese una más, ajenas a qué o a quién se encontraban por el camino.

Al contrario de lo que sucedía en los pueblos, donde el chismorreo era el entretenimiento favorito de la mayoría.

Aunque todo ello no evitaba que se sintiera demasiado expuesta.

Xalara se dejaba guiar por Víliam, que parecía saber moverse con soltura por aquellas calles.

La muchacha ya había asumido que les llevaría mucho tiempo llegar al sur de la ciudad, allí la gente estaba acostumbrada a moverse mediante las estaciones de traslado, algo que ellos no podían hacer.

Además, el hambre y la fatiga no tardaron en aparecer, y se cuestionó si Víliam habría comido algo en todo ese tiempo en el que estuvieron separados.

Supuso que sí, y por eso no se lo preguntó.

Tras más de una hora de callejeo constante, llegaron a una pequeña plaza donde un grupo de personas se reunían en torno a algo.

Xalara no tardó en descubrir que se trataba de una pareja formada por un hombre y una mujer, quienes parecían estar haciendo una especie de exhibición utilizando la arlasofía para levantar objetos muy pesados.

Xalara sintió una furia tremenda al comprobar que en la capital el uso de la arlasofía era algo cotidiano e incluso se utilizaba como un entretenimiento.

Todo lo contrario que en los pueblos, donde era más bien un privilegio al alcance de casi nadie, dado el alto precio que suponía obtener una licencia que permitiera su uso.

Mientras se producía un sonoro aplauso del público, los chicos giraron a la izquierda y entraron en un barrio atestado de tiendas.

Algunas tenían lustrosos toldos sobre las puertas.

La estación de traslado perteneciente a esa calle, no dejaba de recibir personas, y eran muy pocos los que abandonaban el lugar.

—¿Es estrictamente necesario que pasemos por esta calle? —preguntó Xalara, preocupada al ver a tanta gente.

—No lo sé, seguramente no —admitió Víliam—. Pero creo que es el camino más corto.

—¿Crees?

—Bueno, sí, eso creo.

—A este ritmo, no llegaremos nunca —se quejó Xalara con impaciencia.

—No estamos en Yadarme, Xalara. Esto es muy grande y hay mucha gente que impide que caminemos más deprisa —apuntó Víliam con reconvención.

—No digas mi nombre en público —le recriminó ella al oído.

—Tienes razón, lo siento. No me he dado cuenta —dijo Víliam, admitiendo su error.

—Ten más cuidado con lo que dices —le reprochó Xalara.

—No pagues tu frustración conmigo, yo no tengo la culpa.

No se puede cruzar la capital a pie en un par de horas, es imposible —Víliam se detuvo en seco y frenó a Xalara—.

Se me ocurre que, igual que hemos robado un abrigo, también podríamos robar dinero y viajar por medio de una estación de traslado. Ya hemos visto que nadie se fija en ti.

Xalara quiso recriminar su idea al instante, pero la fatiga y la urgencia por acabar con todo aquello la hicieron dudar.

Puede que Víliam tuviese razón, si nadie se fijaba en ella al caminar por la calle, ¿por qué iban a hacerlo en una estación de traslado?

Instintivamente, se llevó las manos a los bolsillos del abrigo que le habían quitado a la chica en el callejón, descubriendo que uno de ellos albergaba algo.

Al tocarlo, supo enseguida que se trataba de una cartera.

—Ven —dijo Xalara, agarrando a Víliam por el brazo y empujándolo hasta una calle colindante y más tranquila, donde pudiesen estar apartados del gentío.

—¿Qué pasa?

Xalara miró a su alrededor y también hacia arriba para asegurarse de que nadie los veía. Tímidamente, metió la mano en el bolsillo y extrajo la cartera.

—¿Tiene dinero? —se apresuró a preguntar Víliam, arqueando las cejas.

—No lo sé, no la he abierto, acabo de darme cuenta de que la tenía.

—Ábrela —instó Víliam con avidez—. Si tiene dinero, estaremos en la Mansión Nórebol en pocos minutos.

La muchacha abrió muy despacio la cartera, como si tuviese miedo a lo que podría encontrar en su interior. Efectivamente, contenía dinero, al menos cien mupios.

—¡Genial! —exclamó Víliam, apretando los dos puños.

—Baja la voz —le instó Xalara.

—Vayamos a la estación de traslado y acabemos con esto —profirió Víliam.

—Todavía no he dicho que quiera hacerlo —apuntó Xalara, observando el documento de identidad de la chica, descubriendo que se llamaba Cler Neclon.

—Venga, no lo pienses tanto. Tú misma lo has dicho, cuanto más tiempo tardemos en llegar, más problemas vamos a encontrarnos.

—Sí, ya, pero…

—¿Entonces…?

—No es tan fácil.

—Nada lo es —indicó Víliam—. Nada lo ha sido hasta ahora. Hemos estado a punto de morir varias veces, pero aquí estamos. De una forma u otra hemos llegado a Bibrébem y estamos muy cerca de alcanzar nuestro objetivo final —esto último lo dijo con menos entusiasmo.

—Utilizaremos una estación de traslado —dijo Xalara con cierta resignación, y Víliam cerró otra vez los puños en señal de triunfo—. Pero no la de esa calle, hay demasiada gente. Busquemos otra situada en una calle menos concurrida.

Víliam aceptó sin objeciones, y recorrieron la calle secundaria en la que se encontraban para ver a dónde los llevaba.

Sin embargo, pronto descubrieron que no tenía salida, sino que terminaba en las grandes puertas metálicas de un edificio.

Se vieron obligados a retroceder, volviendo a la calle de las tiendas para, desde allí, buscar una estación donde no hubiese demasiada gente.

—Crucemos toda la calle —dijo Víliam—. Más allá tiene que haber otra estación de traslado.

Xalara se limitó a asentir y volvieron a introducirse entre la muchedumbre que entraba y salía de las tiendas de ropa, cargados de bolsas.

La chica sentía repulsión al ver la diferencia de privilegios que aún existía en la sociedad.

A pesar de que Alexios se hubiera empeñado, al menos públicamente, en acabar con el término «clases» para dividir a la sociedad de Las Cinco Comarcas, estaba claro y ahora verificado por ella misma, que no lo había conseguido.

Sin embargo, a estas alturas, estaba convencida de que Alexios era una mentira como persona y también como presidente.

Siguieron avanzando entre la gente. Ya estaban a punto de salir de esa calle cuando, de pronto, la vista y toda la atención de Xalara se centraron en un mismo punto: la puerta de una tienda de ropa que estaba situada bajo un toldo gris.

De ahí acababa de salir una cara tan conocida como igualmente desagradable para ella.

Samanta Zolian, acompañada por su prima Magna Rostein y una mujer que se parecía como dos gotas de agua a Samanta, salían de la tienda cargadas de bolsas.

Xalara quiso avisar a Víliam antes de que fuera demasiado tarde, pero solo pudo agachar la cabeza para evitar ser reconocida una vez que se toparon con ellas sin remedio.