El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 26 En la capital
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Chapter 26 En la capital

Después de haber pasado horas buscándola, llegaron a la Entrada Norte de la capital, cuando al este despuntaba un amanecer dorado detrás de unos estratos de nubes.

Al llegar, se encontraron un obstáculo inesperado, pues debajo del descomunal arco de piedra que presidía la entrada y en el cual estaba grabada la frase: «Entrada Norte. Bienvenido a Bibrébem», se encontraba una pareja de cuero negro que custodiaba el acceso a la ciudad.

Los chicos se habían escondido para observarlos tras unos arbustos.

—Puede que solo estén un rato y después se vayan —insinuó Víliam, tratando de ser optimista.

—Deberíamos buscar otra entrada —propuso Xalara mientras observaba con una mezcla de fascinación y pavor lo que había más allá de la puerta.

—Tardaríamos horas en hacerlo, las otras entradas están a kilómetros de distancia de esta —adujo Víliam, sabedor de que solamente había cuatro entradas a la ciudad y que cada una de ellas estaba situada en uno de los diferentes puntos cardinales.

Xalara no terminaba de ser consciente de la inmensa magnitud que tenía la capital y debía fiarse de su amigo, puesto que él estaba bastante familiarizado con la ciudad. Al fin y al cabo, llevaba viviendo en ella nueve años.

Durante la noche, cuando descendían hacia la capital, Víliam le contó a Xalara que las mansiones de las familias de la élite se encontraban en el exterior de la propia ciudad, situadas al sur, en una urbanización adyacente conocida como Villa de la Élite.

Para acceder a ella existían dos opciones: a través de la Entrada Sur de la capital, o cruzando el frondoso bosque de pinos que cercaba la urbanización en su parte posterior.

Las dos formas tenían sus ventajas e inconvenientes.

La primera de las opciones suponía cruzar la capital y arriesgarse a que alguien reconociera a Xalara, además de que la entrada a la urbanización contaba con la protección de un par de centinelas contratados por los propios vecinos.

Aunque Víliam aseguró que eso no sería un problema, puesto que, al ser un residente, a él le permitirían el acceso sin hacer preguntas.

La segunda opción implicaba tener que rodear la ciudad por el exterior y luego adentrarse por el bosque, lo que les ofrecería sin duda más sigilo.

Sin embargo, tardarían muchas horas e incluso días en hacerlo, por lo que esa opción quedó descartada enseguida.

—Tenemos que despistarlos con algo —dijo Xalara, tras un rato de silencio en el que estuvo reflexionando.

—Pues no sé cómo…

—Te presentarás ante ellos y les dirás que has visto algo aquí fuera —propuso Xalara—. Luego harás que vayan contigo para enseñárselo, mientras, yo aprovecharé y me colaré en la ciudad.

—¿Y qué les enseño?

—Pues no lo sé —reconoció Xalara mientras seguía discurriendo una idea—. Podrías decirles que has visto…

—¿Un cadáver? —soltó Víliam.

—Quizás eso sea demasiado exuberante, ¿qué pasará cuando no encuentren el cadáver? —profirió Xalara—. No, dirás que has visto a dos personas peleándose, a dos amigos tuyos y, cuando lleguéis al sitio y no haya nadie, podrás decirles que se han ido.

—Vale —asintió Víliam, sin estar demasiado convencido—. ¿Dónde me esperarás?

—Hay un callejón a la derecha, ¿lo ves? —dijo Xalara, señalándolo con el dedo.

—Sí, lo veo.

—Pues allí te esperaré.

—Perfecto.

—No lo retrasemos más, vete.

Víliam salió corriendo hacia los cuero negro mientras Xalara lo observaba con cierto recelo a que la traicionara contándoles que ella estaba oculta tras esos arbustos.

—¡¡Ayuda, por favor!!

—¿Qué ocurre, chico?

—Mis amigos se están peleando, ¡van a matarse! Hagan algo, por favor —gritó Víliam, haciendo alarde de una gran interpretación, algo que sorprendió a la muchacha.

—¿Dónde están? —preguntó uno de los cuero negro.

—Cerca de aquí, síganme, por favor, tenemos que llegar a tiempo —urgió Víliam.

Pasaron al lado de Xalara, que se ocultó un poco más tras el arbusto y a continuación salió disparada hacia la entrada.

Atravesó el arco, corrió por la acera de la derecha y no se detuvo hasta resguardarse dentro del callejón, agradecida por no haberse cruzado con ninguna persona, aunque con tantas ventanas y balcones, cualquiera se atrevería a asegurar que nadie la hubiese visto.

En el húmedo callejón, donde al parecer no llegaba a alcanzar la luz del sol en todo el día a juzgar por el musgo que tenía el suelo, había varios contenedores.

A pesar de que estos funcionaban con un sistema similar al de los buzones y enviaban la basura al instante hasta el vertedero que tenían asignado, desprendían un olor nauseabundo difícil de soportar.

Xalara miró hacia arriba y sintió algo parecido al vértigo. Los edificios que flanqueaban el callejón tenían mucha altura e irremediablemente los comparó con su casa de Yadarme. Haciendo un cálculo rápido con la vista, creyó que al menos tendrían como nueve o diez veces la altura de la casa.

Transcurrían los minutos y Víliam no regresaba, pero sí que lo hizo un hombre que entró en el callejón a tirar la basura.

Xalara se vio obligada a esconderse detrás del contenedor.

Cuando la chica ya creía que los cuero negro habrían detenido a su amigo por engañarlos, Víliam apareció corriendo y ella se dejó ver tras oír sus estridentes pisadas.

—Has tardado demasiado —se quejó Xalara.

—Me han pedido muchas explicaciones al ver que no había nadie —dijo resollando—, y he tenido que inventarme una larga historia para que me dejasen marchar.

—Ahora tenemos que pensar a conciencia nuestro siguiente paso —dijo Xalara, como si no hubiese escuchado ni una sola palabra de la explicación de Víliam.

—¿Pensar? Es bastante obvio —dijo Víliam—. No puedes salir ahí y pasearte por las calles de Bibrébem como si nada. Tienes que disfrazarte, ocultar tu verdadera identidad, y por supuesto, esconder la espada.

A Xalara se le vino encima la desagradable experiencia vivida en el pueblo de Falens, donde tuvo que disfrazarse para ocultar su rostro. Recordaba demasiado bien el desenlace que tuvo aquello, pero también sabía que Víliam tenía razón.

—Pero no sé cómo vamos a conseguir la ropa —dijo Xalara—. Desde luego no vamos a ir buscando por los balcones, esto no es Falens ni es de noche, aquí hay mil ojos que podrían vernos.

—Tampoco la gente de Bibrébem suele poner la ropa a secar en los balcones, está considerado como un hábito indecente en personas de tan distinguidos modales —indicó Víliam con un deje de sátira—. Tenemos que quitársela a alguien que pase por la calle.

—¿Es que ya no te quedan escrúpulos? —preguntó Xalara, sorprendida por la idea.

—La gente a la que nos enfrentamos no los tienen, y llegados a este punto, ¿por qué iba a tenerlos yo? —sentenció el muchacho.

Xalara lo meditó durante unos segundos.

—Entonces, creo que lo mejor será que salgas y atraigas a una mujer hasta este callejón con una buena excusa.

La amenazaremos con la espada para que se quite la ropa y me la dé a mí —explicó resignada y azorada por lo que estaba dispuesta a hacer—.

Procura que sea alguien de mi talla, si no puede que llame más la atención que si salgo vestida de mí misma.

—Lo mismo pensaba yo —dijo Víliam satisfecho, y no tardó ni un segundo en salir del callejón con la premisa de traer a una mujer que compartiese la talla de Xalara para quitarle la ropa.

Transcurrió un largo periodo de tiempo. Xalara no miró el reloj cuando Víliam se fue, pero supuso que por lo menos habría pasado media hora desde entonces, y empezaba a impacientarse creyendo que el chico no volvería.

Por un momento, pensó en salir de allí y buscarse la vida por su cuenta para cruzar la ciudad sin ser reconocida, pero era consciente de que con su característico atuendo de tercera clase le sería imposible hacerlo sin llamar la atención.

Por no decir que la espada la llamaría aún más.

No se le ocurría ningún otro plan, por lo que no le quedaba más remedio que seguir esperando y confiar en Víliam.

Veinte minutos más tarde, no aguantó y se asomó a la esquina del callejón, aun a riesgo de ser vista y reconocida.

La calle ya estaba muy concurrida a esa hora, y entre toda esa maraña de personas caminando de aquí para allá, distinguió a Víliam, que se acercaba por el centro de la avenida acompañado de una chica que no dejaba de sonreír y que tenía más o menos su misma edad.

Vestía con la habitual ropa de tono oscuro que se ponían en la capital, y además llevaba lo que Xalara consideraba un ridículo gorro de lana con visera que, por otro lado, ayudaría mucho a ocultar su identidad.

Se apresuró para volver a esconderse detrás de los contenedores, cuestionándose qué habría hecho Víliam para atraer a la chica.

Nada más acceder al callejón, se hizo una ligera idea, pues ambos se acababan de dar la mano.

La chica tenía el pelo cobrizo y ondulado, era delgada y muy guapa, con los labios pintados de un color bermellón.

Con un movimiento nada grácil, la chica se desprendió del gorro con visera y se abalanzó sobre Víliam, empujándolo contra la pared del edificio.

Las manos de la chica abrazaron la cabeza de Víliam y sus bocas se fundieron en un húmedo beso.

Xalara frunció el ceño hasta el extremo, nunca se había planteado ver a Víliam en esa faceta, y tampoco estaba acostumbrada a presenciar escenas tan lascivas.

Víliam hizo un gesto con la mano a Xalara para indicarle que interviniera cuanto antes.

Ella reaccionó y salió de detrás de los contenedores, desenvainó la espada y picó en el hombro de la chica, que todavía tardó unos instantes en dejar de besar a Víliam para girarse hacia ella.

—¿Y tú quién eres? —preguntó la chica, sorprendida y con un deje de arrogancia tras ver a Xalara, quien le mostró de inmediato la espada sin llegar a amenazarla de forma manifiesta.

—Escucha bien lo que te voy a decir —dijo Xalara con un tono sentencioso.

—¿Es de verdad esa espada? —inquirió la chica, con cierto escepticismo.

—Puedo asegurarte que sí —intervino Víliam, que se colocó al lado de Xalara mientras se limpiaba las manchas de pintalabios con el dorso de la mano.

—¿De qué va esto? —preguntó la chica de Bibrébem, con el gesto cada vez más desencajado.