El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 25 Por la verdadera arlasofía #3
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Chapter 25 Por la verdadera arlasofía #3

Acababa de dejar a Xalara sin escapatoria que, sin pensárselo, desenvainó la espada y puso la punta en la espalda de Ed, quien se giró lentamente mientras levantaba las manos. La muchacha vio cómo temblaba conteniendo una silenciosa carcajada.

—¿Vas a matarme, Xalara Verdreven? —preguntó poniendo especial énfasis al pronunciar su apellido.

Casi antes de acabar la pregunta, las manos de Ed se abalanzaron sobre la espada, apartándola hacia un lado.

Mientras forcejeaban, el arma expulsó varios haces de luz que impactaron en diferentes partes de la estancia, provocando pequeños chispazos más sonoros que destructivos.

Ed acabó soltando una mano de la espada y propinó un puñetazo en el rostro de Xalara, haciendo que sus manos desasiesen el arma.

La vista de la chica se nubló y la habitación comenzó a girar de forma vertiginosa en torno a ella. Hasta que finalmente, cayó al suelo como si fuese una marioneta sin hilos.

Al volver en sí, se encontraba amarrada a una silla. Sus recuerdos estaban tan difusos como su vista, y notaba un palpitar agudo en el pómulo derecho. En un instante de claridad, sus ojos se fijaron en Ed, que estaba arrodillado en el suelo frente a ella, zarandeando la espada con insolencia.

—Yo he recuperado la espada —dijo Ed con exaltación—, y ahora el Lórdezeit me premiará con un alto cargo en la nueva Orden de los Herederos.

—Ya ha enviado la carta, ¿verdad? —inquirió Xalara, comenzando a recuperar todos sus recuerdos.

—¿Y dejar que otros se lleven los honores? —respondió Ed—. No, yo mismo me encargaré personalmente de ir a la Mansión Nórebol, seguro que seré recibido como un héroe. Lo que quiero saber ahora, es dónde tienes el libro.

—No sé de qué me habla.

—¿Dónde lo escondes?

Ed comenzó a registrar el cuerpo de Xalara y ella lo escupió en la cara. El heredero, porque ya podía llamarlo así, rio de forma perturbadora.

El repentino estallido de un cristal, ahogó su risa en un silencio tenso.

Una piedra acababa de colarse en la casa, rompiendo una de las ventanas.

Ed se acercó sigiloso y se asomó despacio por el hueco que había dejado el impacto.

Entonces, una segunda piedra rompió la otra ventana.

Nervioso, Ed se giró enarbolando la espada de Xalara, pero manteniendo un silencio expectante.

Sin embargo, el repiqueteo de la intensa lluvia solapaba cualquier otro sonido que delatase una presencia intrusa.

Al momento, otra piedra entró por la primera ventana.

Ed reaccionó lanzando un rayo hacia allí, abriendo un hueco enorme.

—¡Quién está ahí fuera! ¡Da la cara!

Alguien picó en la puerta, dando tres toques muy rápidos.

—¡Quién es! ¡Qué queréis! —gritó Ed, apuntando con la espada hacia la puerta, preparado para atacar o defenderse.

A Xalara le pareció ver una figura asomando por una de las ventanas.

Instantes después, una de las piedras que había en el suelo de la estancia, cobró vida elevándose hasta golpear a Ed en el rostro, haciendo que este cayera al suelo con una brecha en la frente. A continuación, alguien irrumpió por la ventana.

—Eres tú —dijo Xalara, tan sorprendida de verlo, que lo miraba como si se tratase de una ilusión provocada por el golpe.

—¿Quién si no? —profirió Víliam con una sonrisa.

—Vamos, ¿a qué esperas? —lo apremió la muchacha—. Desátame.

—Sí —espabiló Víliam, y cogió un cuchillo de la encimera para cortar las cuerdas y liberar a Xalara—. ¿Quién es este?

—Es un heredero —contestó la chica mientras recuperaba su espada.

—¿Un heredero? —se asombró Víliam—. No lo parece.

Xalara metió la mano en el bolsillo y le entregó la ficha que había encontrado en el libro de la estantería.

—¿Dónde estaba esto? —preguntó Víliam después de comprender lo que era.

—La tenía metida en uno de sus libros —contestó Xalara.

—¿Y qué hacemos con él? Deberíamos matarlo.

—No.

—Él te habría matado —repuso Víliam.

—Si lo haces, serás igual que ellos —aseguró Xalara—. Y no quieres hacerlo, créeme.

Víliam miró a su amiga y terminó posando el cuchillo en la encimera. Después caminó hacia la puerta para abrirla, comprobando que no se podía.

—La ha cerrado con la fórmula de cierre —le informó Xalara—. Tenemos que salir por la ventana.

El muchacho chascó la lengua y pasó por encima de Ed para dirigirse hacia la ventana.

—Vamos, te ayudaré a bajar —dijo Víliam con los brazos extendidos desde fuera.

Sin embargo, Xalara salió sin servirse de su ayuda. En ese momento, la lluvia parecía perder intensidad hasta el punto de casi desaparecer.

Finalmente, se alejaron colina arriba y no se detuvieron hasta alcanzar la cima.

—Esto no cambia las cosas —protestó Xalara resollando y con un enfado apreciable.

—¿A qué te refieres? —preguntó Víliam, no menos fatigado.

—Al hecho de que te fueras —respondió Xalara con firmeza.

—Estuvo muy mal, lo sé, y te pido perdón por ello.

—Eso no es suficiente —negó la chica.

—Tenía mis razones… —murmuró Víliam—. Por la mañana intenté volver contigo —se apresuró en admitir—, pero te habías ido.

Después me dediqué a buscarte, siguiendo la dirección que yo creía que era la correcta para llegar a Bibrébem, pero no te encontraba.

Todo cambió cuando vi esa casa. Al principio no tuve intención de acercarme, pero cuando me desviaba de ella, algo en mi interior me decía que era allí a donde debía ir.

No sé explicarlo, fue una sensación muy fuerte.

Cuando me acerqué y me asomé por la ventana, te vi atada a esa silla. Luego ya sabes lo que ocurrió.

El argumento de Víliam hizo asomar el fantasma de una sonrisa en los labios de Xalara, que se abalanzó sobre su amigo.

Él pensó que iba a golpearlo y se protegió cruzando los brazos.

Sin embargo, para su grata sorpresa, la chica lo abrazó con fuerza.

No hizo falta añadir nada más, ambos comprendieron que lo mejor era dejar atrás el rencor, pues los dos tenían razones para reprocharse, así que todo quedaba zanjado con ese abrazo.

Las nubes que había en el horizonte captaron la atención de Xalara, pues mostraban un tono anaranjado, como si una enorme luz se reflejara en ellas. Víliam pareció comprender de inmediato lo que sucedía, porque esbozó una sonrisa. Unos metros después, Xalara supo el motivo.

La cima de la colina terminaba para volver a descender. No obstante, todo eso quedaba en un segundo plano ante la imagen que tenían delante. La luz que se reflejaba en las nubes provenía de las innumerables farolas y edificios de la ciudad de Bibrébem.

Xalara nunca había visto algo parecido, era incluso más grande de lo que se había imaginado; los mapas no hacían honor a lo colosal de su tamaño.

Estaba todavía a unos pocos kilómetros de distancia, pero la capital de Las Cinco Comarcas se podía ver en todo su esplendor desde allí arriba.

Tras recorrer con la mirada la ciudad de un punto a otro, distinguió un edificio muy iluminado situado en el centro, cuyas torres sobresalían claramente por encima del resto.

Enseguida entendió que se trataba del Palacio de la Sede del Gobierno, lo cual hizo que se acordara de Alexios.

En otras circunstancias, Xalara habría pasado toda la noche contemplando la capital, pero su siguiente pensamiento la devolvió a la cruda realidad, pues se preguntó dónde se encontraría la Mansión Nórebol.

—Supongo que en este tiempo que hemos pasado separados, no ha cambiado tu idea de ir a la Mansión Nórebol —comentó Víliam, como si le acabase de leer el pensamiento.

—No —se reafirmó Xalara, pero al verse tan cerca, tenía más dudas que nunca. A pesar de ello, la decisión estaba tomada y comenzó a descender la colina, para no brindar a Víliam la oportunidad de volver a discutirlo y que ello la confundiese todavía más.