El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 25 Por la verdadera arlasofía
83%

Chapter 25 Por la verdadera arlasofía

Cuando despertó, se obligó a creer que todo hubiese sido un mal sueño y que, en realidad, Víliam seguiría a su lado. Sin embargo, solo tuvo que incorporarse para comprobar que allí no había nadie más: «Estás sola, siempre lo has estado y así acabarás»; él llevaba razón.

Xalara tenía hambre, pero no comida. Víliam no fue lo único que perdió el día anterior, también todas sus provisiones y el mapa con el que se guiaba para llegar hasta Bibrébem.

Se agachó, cogió una piedra y la lanzó con furia al agua. Odiaba a ese río, pues le había arrebatado todo lo que tenía, incluidas sus esperanzas.

Desenvainó la espada y la observó durante un largo periodo.

Era lo único que le quedaba y a lo que debía aferrarse para seguir adelante.

Sabía que tenía que continuar, sin importar que estuviese sola, pero antes de partir esperaría unos minutos más; tampoco debía precipitarse.

Aún abrigaba la esperanza de que Víliam, arrepentido, regresará al lugar desde el cual se marchó.

Miraba hacia todos lados anhelando verlo aparecer. En varias ocasiones creyó oír pisadas; sin embargo, solo se trataba de los sonidos que producía el río y, sobre todo, de las malas pasadas que le jugaba su deseosa imaginación.

Transcurridas dos horas, no encontró más pretextos que la ataran a ese lugar, por lo que partió siguiendo una dirección sureste, guiándose únicamente por el sol.

Tenía una imagen muy clara del mapa en su mente, aunque las nubes negras que se acercaban por el norte amenazaban con ocultar el único guía que le quedaba.

Tras haberse alejado varios kilómetros del puente, tuvo la necesidad de sentarse sobre una roca para volver a llorar.

Constantemente recordaba la última mirada de desprecio de Víliam, y no podía evitar sentirse culpable, sabedora de que sus malas decisiones habían provocado que Víliam perdiese un objeto muy apreciado por su padre.

No se detuvo por mucho tiempo; sabía que sentarse a lloriquear no le serviría de nada.

Luchaba contra el reloj; puede que en varios sentidos.

Cuanto más tiempo tardara en llegar a su destino, más la atacaría el hambre y la desesperación.

Además, aumentaba el riesgo de que los herederos entregaran el libro al Lórdezeit antes de que ella pudiese evitarlo.

Trató de ser optimista respecto a eso, pues los herederos debían encontrarse en una situación muy parecida a la suya, ya que tampoco podían ser vistos, lo que significaba que el transporte público también estaba vetado para ellos.

La mañana avanzó y la nubosidad se hizo cada vez más palpable. Las temperaturas descendieron notablemente con respecto al día anterior, y el ambiente mostraba esa tonalidad que solo hacía presagiar que la lluvia estaba muy cerca.

El macizo por donde transcurría aquel tramo del río Verien fue quedando poco a poco atrás, dando paso a otra extensa llanura. Sin embargo, en el horizonte se divisaban nuevas colinas, algo que en principio era buena señal, puesto que sabía que Bibrébem se encontraba escoltada por ellas en el norte.

Al comienzo de la tarde, la lluvia empezó a caer de forma persistente.

Era una lluvia fina y no demasiado intensa, pero lo suficiente como para que el cuerpo, ya fatigado y débil de Xalara se resintiera.

Avanzó kilómetros sin encontrar ningún sitio donde poder resguardarse de la lluvia, tampoco vio ninguna población o indicio de que pudiese haber alguna cerca.

Con todo ello, se vio obligada a pasar la noche bajo el mínimo resguardo de un árbol. El hambre, el frío y la sed, amenazaban con vencerla.

Al amanecer del día siguiente, la situación no había mejorado en absoluto; en todo caso se había complicado aún más.

La lluvia, lejos de desaparecer, caía con mayor intensidad, pero Xalara se obligó a seguir adelante.

No podía quedar demasiado para llegar a Bibrébem, la capital ya tenía que estar cerca, pero llevaba más de un día sin comer ni beber y estaba calada hasta los huesos.

Se le ocurrió la idea de que tal vez podría beber el agua de la lluvia.

Para ello inclinó la cabeza hacia atrás con la boca abierta y los ojos cerrados, intentando recoger la mayor cantidad de gotas que le fuese posible.

Algo que no llegó a satisfacer ni de lejos su sed, pero al menos sí a engañarla un poco.

A media mañana, a la molesta lluvia también se sumó un viento intenso que, junto a la humedad de su ropa, le provocaba un estado cercano a la hipotermia, haciéndola temblar de pies a cabeza.

Mientras avanzaba con suma dificultad para caminar, pensaba en Víliam, en sí él también estaría padeciendo un sufrimiento similar al suyo, sintiéndose si cabe aún más triste y arrepentida al imaginarlo solo y desalentado.

Tras un gran esfuerzo y sufrimiento, logró acercarse a las colinas que al final del día anterior se veían lejanas.

No era de noche todavía, pero la tarde estaba tan oscura que casi lo parecía.

A lo lejos, atisbó un rectángulo de luz.

Xalara arrugó el entrecejo con la intención de enfocar lo que veía.

Por un momento creyó que solo era fruto de su imaginación, empujada por la necesidad de encontrar algún lugar donde poder refugiarse.

Enseguida comprobó que su mente no la engañaba.

Se veía la luz encendida a través de una ventana y salía humo de la chimenea en una casa de planta baja.

Xalara esbozó una débil sonrisa al imaginarse sentada junto a un fuego acogedor.

Conocía el riesgo que conllevaba mostrar su rostro, pero ya estaba perdida, no le quedaba más remedio que arriesgarse.

Alrededor de la casa, había un huerto lleno de maleza y árboles frutales con la flor primaveral marchitada, circundado por una pequeña valla de alambre de espino que había tejido una gran amistad con un crecido zarzal.

Xalara empujó la puerta de madera de la finca, enganchada a un pequeño barrote mediante dos alambres sencillos y oxidados.

Cuando Xalara alcanzó la puerta de la vivienda, se vio resguardada de la lluvia bajo un pequeño porche no exento de algunas goteras, donde también se encontraba el buzón.

Sin detenerse a pensarlo, golpeó la puerta cuatro veces con los nudillos, ya que carecía de aldaba.

Segundos después, comenzaron a oírse varios cerrojos abriéndose, uno detrás de otro, y lo hacían acompañados de una ahogada voz masculina que seguramente estuviese pronunciando la fórmula de apertura.

Tras oírse el último cerrojo, transcurrieron al menos diez segundos antes de que la puerta se abriera friccionando contra el suelo.

Tras ella apareció un hombre con un aspecto muy pulcro, algo que no concordaba con el estado de abandono de la casa.

Vestía una camisa blanca muy limpia y unos pantalones de tela negros que parecían un pijama.

Era un hombre alto, con el cabello rubio y rizado, y unos ojos verdes que le otorgaban una mirada penetrante y embaucadora.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —preguntó el hombre visiblemente asustado, enseñando un cuchillo de cocina en posición amenazante.

Xalara levantó las manos y se echó hacia atrás intimidada por el cuchillo; la mente le decía que huyese, pero el cuerpo se negó.

—Disculpe que le moleste a estas horas, pero necesito ayuda —dijo Xalara, que no se apartó el pelo mojado de la cara.

—¿Qué tipo de ayuda?

—Me gustaría que, si fuese tan amable, pudiera darme algo de comer.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre con el ceño fruncido.

—Ana Grian.

El hombre miró la espada de Xalara.

—Es de imitación —se apresuró a explicar la muchacha, sintiéndose idiota por no haberla escondido fuera de la casa—. Es un regalo para mi amigo por su cumpleaños.

—¿Tienes dinero para pagarme?

—No, lo siento, pero no tengo nada que ofrecerle a cambio —la voz de Xalara sonaba desalentada.

—¿Por qué debería entonces dejarte entrar en mi casa?

—Olvídelo, siento mucho haberle molestado —Xalara creyó que lo mejor sería no insistir y se dio media vuelta para irse.

—Espera —dijo el hombre en voz alta y bajando el cuchillo—, puedes pasar.

—¿De verdad? —preguntó Xalara con reticencia, dándose la vuelta otra vez hacia la puerta.

El hombre asintió y se hizo a un lado.

Cuando traspuso el umbral, Xalara fue recibida por un calor que comenzó a penetrar cada poro de su cuerpo, otorgándole una sensación de alivio indescriptible.

Se encontraba en una cocina muy limpia y ordenada, en la cual había dos puertas de madera cerradas que la muchacha supuso que daban acceso al baño y al dormitorio.

Sobre la chimenea abierta, había una chapa de hierro donde una olla borboteaba y desprendía el aroma de algún tipo de sopa, lo que provocó que se le hiciese la boca agua.

Además, había una estantería repleta de libros, que a simple vista parecían colocados por orden alfabético.

El hombre desplazó un sillón que había al lado de la estantería para colocarlo frente a la chimenea.

—Siéntate aquí.

Xalara lo hizo, y el alivio fue tan intenso, que sintió ganas de llorar de alegría.

—Estaba preparando una sopa para la cena, solo había echado para una persona, pero no importa, será para ti, yo me prepararé otra cosa —explicó el hombre.

Xalara se sentía abrumada y quiso decirle que no era necesario, pero sabía que en realidad sí lo era y por eso no se opuso.

—¿Qué hace una chica sola y a estas horas en este inhóspito lugar?

—Voy hacia Bibrébem —contestó Xalara—. ¿Sigo una buena dirección?

—Oh, sí, sin duda. Estás a pocos kilómetros —aseguró—. De hecho, desde la cima de esta colina que tenemos detrás, ya se puede ver la capital.

—¿En serio?

—Sí, desde luego —confirmó el hombre, mostrando una sonrisa cargada de complicidad.

Xalara se sintió plena al verse tan cerca de su objetivo después de todo lo que había pasado.

Además, ese hombre parecía no tener ni idea de quién era.

No quería mostrarse demasiado hosca y por eso buscó algún tema para mantener una pequeña conversación con él, algo que desestimó de inmediato, optando por mantener una interacción breve.

—¿Puedo preguntarte por qué vas a Bibrébem? —inquirió el hombre mientras removía la sopa—. Bueno, no pareces de allí.

—Voy al cumpleaños de mi amigo —respondió Xalara, intentando además dar credibilidad a su versión sobre la espada.

—¿De dónde eres?

—Falens, un pueblo de la Comarca del Centro, no muy lejos de aquí.