El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 24 El culpable #5
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Chapter 24 El culpable #5

Andris no apartó la vista de las escaleras hasta que las luces de las linternas se esfumaron por el hueco. Después, puso toda su atención sobre la celda de Alexios, que fue el primero en hablar:

—Al fin has conseguido lo que tanto ansiabas, ya tienes el poder en tus manos.

—¿No es lo mismo que hiciste tú hace diecisiete años?

—¡¡No te atrevas a compararte conmigo!! —bramó Alexios, forzando las cadenas, en un inútil intento por acercarse a los barrotes.

—Tranquilo, he venido a hablar contigo de forma calmada, de amigo a amigo —dijo con falsa modestia.

—Tú y yo no somos amigos —replicó Alexios, volviendo a apoyar la espalda contra la pared.

—Hasta hace no mucho lo fuimos.

—Pero ya no —insistió Alexios.

Andris sonrió ampliamente, mostrando su amarillenta dentadura.

—¿Has intentado convencer a la vieja de que no eres el culpable? ¿Me has echado a mí la culpa?

—¿Cómo has matado a Perseus? —inquirió Alexios.

—Brebaje Vueltatiempos —soltó Andris, como si hablara de algo que hiciese a diario—. Es el mismo veneno que utilizó Orfeus Eslamánder para asesinar al presidente Loukas Frí hace ya algunos años. Es un veneno que no deja rastro, muy difícil de conseguir, eso sí.

—Era un buen hombre —apuntó Alexios, apretando los dientes.

—Me sorprende tu agilidad para cambiar de opinión.

Pero como siempre ocurre, cuando alguien muere, independientemente de lo que hubiese hecho en vida, se convierte de inmediato en una buena persona.

Sin embargo, sí, nadie ha dicho que no lo fuera.

Tampoco creo que Drayan Dosten fuese un mal chico, yo al menos no he oído lo contrario, hasta que fue culpado de asesinato, claro está.

—Eres un monstruo.

—No soy el único asesino aquí abajo, ni tampoco el que tiene más víctimas en su haber.

Esas palabras causaron una gran conmoción en Alexios, hasta el punto de hacerle derramar una lágrima.

—¿Cómo conseguiste las cartas?

—Muy fácil, las cogí de su casa —explicó Andris—.

Arturo era como tú, un hombre que confiaba demasiado en sus amigos, y así os ha ido, uno muerto y el otro cerca de estarlo —hizo una pausa premeditada para ver la reacción de Alexios, pero este no respondió a la ofensa—.

Las robé. Sentí que podrían hacerme falta en un futuro, nunca me ha fallado mi instinto.

—Tú deberías estar aquí encadenado —dijo Alexios, conteniendo su ira.

—Y sin embargo no lo estoy —sonrió—. ¿Qué te hizo pensar que confesaría mi culpabilidad?

—La confianza y el cariño que te profesaba.

—Siempre has sido muy ingenuo, Alexios. ¿Acaso creías que iba a entregar mi vida de forma voluntaria?

—Quería salvar tu vida, a pesar de todo…

—La ley es la ley… No podrías haber hecho nada por salvarme, yo mismo redacté la pena de muerte. Ahora vas a morir por culpa de tu propia ley, ¿no te parece grotesco? Porque a mí sí.

—Siempre me has odiado —aseguró Alexios—. ¿Por qué?

—¿Odiarte? Te amaba, desde niño te amé —explicó Andris—. Pero tú solamente tenías ojos para Arturo. Desde que él llegó a nuestras vidas, todo comenzó a romperse entre nosotros y se abrió una herida que ahora está a punto de cerrarse.

—No soy como tú —musitó Alexios.

—¿Te refieres a que no te gustan los hombres? —rio—. Los sentimientos afloran y crecen mucho más allá de cualquier gusto por algo.

—¿Qué hay realmente en la Mansión Nórebol? —preguntó Alexios, con el gesto aterrado.

—¿Acaso no lo sabes todavía? —respondió Andris, e hizo una pausa prolongada—. Sí, claro que lo sabes; está él, por supuesto.

—¿Cómo? —farfulló Alexios.

—¿Qué ocurrió después de que lo atacaras por la espalda y que supuestamente lo mataras? —contestó Andris, haciendo una pregunta retórica.

Alexios miró al suelo, las pulsaciones se le disparaban cada vez que recordaba aquel momento. No había conseguido dormir ninguna noche de forma seguida desde entonces.

—Su… su cuerpo se convirtió en una nube negra y entró en el Gran Reloj —explicó en voz baja y pausada—. Después, el reloj se volvió loco.

—¿Y no te pareció esa una forma extraña de morir?

—Claro que lo pensé.

—Pero te avergonzaba contárselo a alguien —completó la explicación por él—. ¿Creías que sería tan sencillo matar al Lórdezeit? Él es superior al resto de personas, no se le puede vencer. Es un elegido, capaz de hacer cosas que nadie más puede. Tú siempre lo supiste y por eso te uniste a él.

—Me uní a él por despecho, por creer que aquel hombre de tercera clase que trabajaba en mi casa había matado a mi familia —expuso—.

Era una forma de vengarme de él, de todos los de su clase; fue una estupidez por mi parte —negó con la cabeza—.

Tras la muerte de Ar, recapacité y traté de enmendar mi error intentando matar al Lórdezeit y devolver la libertad a Las Cinco Comarcas, y, al menos por un tiempo, lo logré.

—Conmovedor… —dijo Andris mordaz, imitando una mueca de tristeza—. Vas a hacerme llorar.

—¿Cómo es que llegó a la Mansión Nórebol? —inquirió Alexios.

—Yo lo llevé, por supuesto.

—Pero… ¿Cómo?

—En mi reloj.

—No entiendo.

—Hay cosas que no se pueden entender, cosas que escapan a nuestra comprensión, ya te dije que el Lórdezeit es un ser superior.

Él volverá a reinar muy pronto, es inevitable que lo haga, y solo puedes estar a su lado o morir.

Pero para volver a reinar necesita ese libro y esa espada, por eso urdimos el plan de liberar a Eslamánder, los Kéitel y Suard, para que ellos se ocuparan de robárselos a la chica.

—¿Pero…? —Alexios quiso decir algo, aunque no sabía muy bien el qué, pues su mente estaba como flotando fuera de su cuerpo en esos momentos.

—Durante meses busqué sin descanso esos dichosos objetos. Ya los habíamos dado por perdidos, hasta que los vi cuando los metías en aquella maleta. Fue una sensación increíble, estaban ahí, delante de mí, en manos de la última persona en la que yo podía sospechar que estuviesen.

—¿Por qué los tenía Arturo? —prorrumpió Alexios—. Él no sustrajo nada de aquella cripta…

—Muy fácil, Arturo dejó unas réplicas en lugar de la espada y el libro originales, tan exactas, que fueron capaces de engañar al mismísimo Lórdezeit. ¿No te lo dijo cuando te los entregó?

Alexios supo que decía la verdad, porque Arturo era un artista fabricando toda clase de artilugios.

—¿Para qué robárselos a una muchacha cuando pudiste hacerlo tú mismo en el palacio? Tenías acceso a mi despacho, tan solo necesitabas aprovechar un rato de distracción para hacerlo.

—Lo intenté, pero era demasiado arriesgado —reconoció Andris con enfado—. Ese idiota sumiso de Ázur no dejaba de vigilarme, siempre lo hizo.

—¿Qué tienen de especial una simple espada y un viejo libro sin letras para que sean tan importantes para él? —preguntó Alexios.

—Haces demasiadas preguntas. Tú eres el que está encadenado, no yo —repuso Andris, burlón.

—Al menos prométeme que no mataréis a Xalara —suplicó Alexios.

Andris rio una vez más.

—¿Tanto te preocupas por ella?

—Se lo prometí a su padre —dijo Alexios en voz baja, al borde del llanto.

—¿Le contaste a la chica cómo y por qué murieron sus padres? ¿Le contaste quién estuvo presente y no hizo nada por evitarlo?

—¡Cállate!

Andris rio a carcajadas, provocando ecos sordos en el interior de la celda.

—A estas alturas, ya será uno de ellos —adujo Andris con un tono muy divertido.

—¿Un qué?

—Un amigo más de Drayan Dosten.

—¿Qué?

—Te he dicho que haces demasiadas preguntas. Hay determinadas cosas que no se pueden nombrar.

—¡¡Dónde está Xalara!! ¡¡Qué habéis hecho con ella!!

—Xalara está muerta —zanjó sonriendo.

—¡No! ¡Por qué matar a una chica inocente!

—Pronto te reunirás con ella y podrás preguntárselo tú mismo.

Andris miró a los ojos de Alexios, esbozó una sonrisa y se fue.

—Vuelve. ¡¡Vuelve!!