Chapter 24 El culpable #4
—Ah —estaba claro que Arturo no había terminado de creérselo, viendo el tono de su respuesta—. ¿Solo estáis vosotros dos? ¿No tenéis más amigos?
—Sí —se apresuró a aclarar Alexios—. Huberto, pero hoy está tardando en llegar.
—Es un dobleclase —intervino de repente Andris—. ¿Tú?
—Yo soy de primera clase, mis padres lo son, ambos —aclaró Arturo.
Andris parecía decepcionado con la respuesta, pues esperaba encontrar el argumento perfecto para echarlo de allí. Alexios comprendió que Andris siempre fue así, lo era desde niño y nunca dejó de ser un heredero, tan solo lo había fingido. Qué estúpido fue por no saber verlo.
Abrió los ojos, no llevaba demasiado tiempo dormido, o ¿había estado despierto y solo fue un recuerdo muy vívido? Le costaba diferenciarlo, pero estaba seguro de que, fuera lo que fuese, transcurrió en poco tiempo.
Escuchó el sordo sonido de unas pisadas y poco después vio un resplandor que se acercaba. Alguien se apostó ante los barrotes de su celda y Alexios tuvo que entrecerrar los ojos por la molestia que le causaba la luz de la linterna.
—Espero que la celda sea de su agrado, señor Kraus —dijo Orsius Dónel, sonando del todo convincente y sin llevar el pasamontañas puesto, sino que la llevaba en la mano, seguramente se la había quitado durante el descenso.
—Las he encontrado más confortables… —contestó Alexios utilizando el mismo tono. Si Orsius quería jugar al arte de la ironía, él estaba dispuesto a complacerlo.
—Me ofende con su tono satírico —replicó Orsius—, esta celda ha sido escogida especialmente para usted.
—¿Tengo que darte las gracias por ello?
—Oh, no, por favor, no será necesario —aseguró Orsius con un rápido movimiento de sus manos—. ¿Desde cuándo eres un heredero?
Un nuevo interrogatorio daba comienzo.
—No soy un heredero —contestó Alexios con firmeza—, sino todo lo contrario, lucho contra ellos.
—Su cajón y sus cartas no dicen lo mismo.
—Entonces pregúntale al cajón y a las cartas.
Orsius sonrió.
—Si coopera, todo esto será mucho más fácil y rápido —hizo una pausa y dio un paso más hasta pegarse a los barrotes de la celda—. No le voy a engañar, de cualquier forma, será ejecutado, las pruebas son incuestionables, ¿para qué alargar la espera?
Alexios no soportaba a Orsius, pero sabía que tenía razón.
—¿Quieres que confiese y me declare culpable?
—Eso ayudaría, sin duda —admitió el capitán de los cuero negro.
—Pero también sería mentirles a todos, reconocer algo que no soy.
—Entonces habrá que esperar al juicio para que usted explique sus argumentos y pueda defenderse.
—¿Crees que suplicaré por mi vida? Estoy dispuesto y preparado para morir —aseguró Alexios con una mirada desafiante.
—Eso solo el tiempo lo dirá…
—Dime una cosa, Orsius, ¿por qué dudabas también de Andris y ahora crees tan firmemente lo que dice?
—Es cierto —hizo una pausa, parecía sorprendido—.
Al principio dudaba de él, de los dos, a decir verdad.
Estaba seguro de que solo vosotros podríais haber entrado aquella noche en Ívelmer para liberar a los herederos, pero poco a poco todo se declinaba contra usted.
Estabais muy unidos, no obstante, Bóstoul ha resultado ser un gran aliado del Gobierno y de la justicia, y permítame añadir también que ha sido muy valiente; no es nada fácil enfrentarse a un amigo y ustedes lo eran.
—Ese ha sido mi mayor error —musitó Alexios, a la vez que lo golpeaba un latigazo de lamento.
Orsius esbozó otra sonrisa.
—Nos veremos en el juicio —dijo el capitán de los cuero negro e hizo ademán de irse.
—¡Andris Bóstoul es el culpable, él entró en Ívelmer aquella noche! —gritó Alexios—. Pregúntale a Perseus, él también lo sabe.
—Mucho me temo que eso no va a ser posible —alegó Orsius sombrío.
—¿Por qué?
—Perseus Bábet ha muerto esta noche en su celda.
—¿Qué? No, no puede ser —se negó Alexios—. Ha sido él, seguro que ha sido él, Andris lo ha matado.
—El cadáver no presentaba ningún signo de violencia —replicó Orsius—, ha sido una muerte natural.
—¿Y qué me dices de Drayan Dosten? —indagó Alexios.
Orsius no respondió enseguida.
—El pobre chico era un perturbado y se tiró por la ventana.
—Andris está eliminando a todas las personas que han averiguado algo en su contra.
Drayan Dosten escapó aquella noche de la Mansión Nórebol y más tarde lo tiró por la ventana; yo lo descubrí y me inculpó para que me condenaran y ejecutaran, y Perseus conocía la verdad y lo ha asesinado en su celda —argumentó Alexios—.
Eres un hombre de justicia, Orsius, por favor, investiga a Andris.
Va todas las noches a la Mansión Nórebol, y no sé qué es —no se atrevía a decirle lo que realmente pensaba—, pero estoy seguro de que allí hay algo oculto.
Orsius se quedó con la mirada perdida durante unos instantes en los cuales Alexios creyó que accedería a hacerle más preguntas acerca de lo que sabía sobre Andris.
—Tengo que irme —dijo Orsius lacónico, pero Alexios notó que su tono y su gesto se habían apaciguado.
El capitán de los cuero negro se alejó de los barrotes de la celda, sumiendo el lugar de nuevo en las tinieblas.
Los minutos construyeron horas, o eso creía él, pues la oscuridad era una fiel aliada de la confusión.
Alternaba ratos de sueño con otros en los que mantenía sus ojos completamente abiertos.
Sin embargo, no existía la diferencia, pues la realidad se disolvía en la negrura que lo rodeaba, al menos hasta ese momento, ya que otro resplandor se acercaba.
En un primer instante, no se escucharon pisadas, llevando a Alexios a creer que se trataba del espectro de Perseus, regresando de la muerte para atormentarlo. Sabía que, de ser así, se lo tenía bien merecido.
—Yo me pasé treinta y siete años encerrada en una celda —declaró una altisonante voz de mujer anciana—, y estoy segura de que se te van a hacer más largos a ti unos pocos días que a mí todos esos años.
Mi celda era mucho más confortable, al menos tenía una cama y también un váter, no un cubo de metal.
—Syliana —artículo Alexios, entrecerrando los ojos por el resplandor.
—He venido en cuanto me he enterado —explicó la anciana, apartando la linterna para proyectar el foco de luz hacia el suelo.
La nonagenaria anciana aparentaba bastante menos edad de la que realmente tenía.
Llevaba puestas unas gafas redondas de color plateado que resaltaban sus ojos verdes.
Su pelo era largo y liso, y de no haber sido por lo níveo de su color, habría parecido el cabello de una mujer joven.
La anciana desabotonó su abrigo negro, sacó una botella de agua de uno de los bolsillos interiores y le quitó el tapón.
Después, estiró su mano en dirección a la botella que acababa de posar en el suelo y pronunció:
—Begagxio.
De inmediato, la botella comenzó a flotar y se introdujo en la celda a través de los barrotes. No se detuvo hasta colocarse frente a los labios de Alexios, quien abrió la boca para permitir que Syliana vertiese el agua en su interior.
—¿Qué hora es? —preguntó Alexios, después de tragar con placer el último sorbo de agua.
—Está próximo el amanecer —respondió Syliana, dejando la botella en el suelo.
—Pues qué bien —dijo Alexios lánguidamente—. ¿Qué se dice de mí en las noticias? ¿O todavía no ha trascendido?
—Oh, sí, sí que ha trascendido, ya lo creo —admitió la anciana—. Al parecer, antes de la media noche, ya lo sabían Las Cinco Comarcas al completo, pero yo estaba durmiendo.
—¿Y qué cuentan?
—Creo que la palabra más bonita que han usado para referirse a ti ha sido «traidor».
—No me sorprende en absoluto… —dijo Alexios, sonriendo de forma mordaz.
—¿De verdad lo hiciste? —preguntó Syliana.
—¿De verdad me lo preguntas? —respondió Alexios.
Syliana esbozó una sonrisa, revelando una dentadura natural y perfecta por la que no parecía haber pasado los años.
—Entonces, ¿debería preguntarte por qué estás aquí encerrado y encadenado?
—Es complicado —respondió Alexios.
—Sin duda lo es.
—¿Dónde has estado estos últimos días? —preguntó Alexios con un deje de reproche—. Te envié cartas para contarte lo que estaba pasando y no recibí contestación alguna.
—No he estado en la ciudad —se excusó Syliana—. He pasado unos días en la casa donde viví un tiempo durante mi juventud. A menudo huyo de la capital y me refugio allí durante algunas temporadas, me ayuda a ver las cosas con más perspectiva. ¿Qué decían esas cartas? No he abierto el buzón…
—Explicaban el verdadero motivo por el cual estoy aquí.
—Pues ahora me tienes delante, sin papeles ni distancia de por medio. Es el momento de que me cuentes el contenido de esas cartas.
—Pues verás… —Alexios se detuvo porque alguien se acercaba.
—Jueza Suprema Meistre —saludó Andris con pedantería—. Pensaba que era contraproducente que la jueza que va a llevar a cabo el juicio se encuentre previamente y a solas con el acusado. Además de contraproducente, creo que también es ilegal.
—Vicepresidente —respondió Syliana con frialdad, devolviéndole el saludo.
—Sobra un vice en esa palabra —corrigió Andris rotundo, que llegaba con dos escoltas presidenciales, los cuales portaban una linterna cada uno.
—Disculpe mi equivocación —dijo Syliana, no sin cierta reticencia.
—Llévense a la Jueza Suprema Meistre arriba; seguro que necesitará un brazo donde apoyarse para remontar todos esos escalones, la edad no perdona —dijo Andris, sonando cada vez más ufano.
Uno de los escoltas ofreció su brazo a Syliana, que rápidamente se encargó de rechazarlo.
—Puedo hacerlo sola, gracias —apuntó con un tono cargado de furia.
El otro escolta le ofreció la linterna a Andris.
—No será necesario; volter.
Los dedos de Andris se volvieron incandescentes, iluminando incluso más que las linternas.
Los escoltas se dirigieron hacia las escaleras con Syliana al lado.
—Ah, y otra cosa —dijo Andris, haciendo que los escoltas se detuvieran—. Hagan recordar al guardia de la puerta que no puede permitir que alguien desautorizado por mí baje hasta aquí. Asegúrense de que no se le olvide, ya me entienden.
—Sí, señor —respondieron los dos escoltas presidenciales al unísono, y se alejaron acompañando a Syliana.