El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 24 El culpable #3
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Chapter 24 El culpable #3

no era nada comparado al impacto que suponía encontrarse un uniforme de heredero al completo.

—¿Cómo explica esto, señor Kraus? —preguntó Orsius, inclinando el cajón hacia el presidente.

—Eso no es mío —respondió Alexios, con el mismo tono que emplearía para decir que uno más uno son dos.

—¿Y qué hace entonces en un cajón de su despacho?

—Eso es algo que no les puedo decir —dijo mirando más a Andris que a Orsius.

—Ya veo… ¿Niega que este uniforme sea suyo? —inquirió una vez más Orsius.

—¿No has oído lo que he dicho? —le recriminó Alexios—. Sí, lo niego, el uniforme no es mío.

Orsius cogió la carta dirigida a Xalara.

—¿Y esta carta? —Alexios abrió la boca para contestar—. Espere, no me lo diga, esa es otra pregunta a la que no puede responder.

El presidente asintió.

—Entiendo… —susurró Orsius, pero no abrió la carta—.

Como todos ustedes han comprobado, existen numerosas pruebas en su contra para culpar a este —hizo una pausa—, hombre, de ser un miembro de la Orden de los Herederos.

Por lo que no me queda más remedio que hacerlo.

Alexios Kraus, queda arrestado por los delitos de pertenencia a la Orden de los Herederos y traición y sedición al Gobierno que preside, así como de ser el artífice principal de la fuga de Ívelmer y cómplice del secuestro de la joven Xalara Verdreven,

además de ser el responsable del asesinato de numerosas personas en los últimos días.

—Respecto a eso… —intervino Andris en voz alta cuando dos cuero negro se echaban encima de Alexios—.

Yo, Andris Bóstoul, como vicepresidente del Gobierno de Las Cinco Comarcas, reclamo ante el Consejo el cargo de presidente en funciones hasta que se realice el juicio al señor Kraus y la celebración de unas nuevas elecciones.

Si alguien tiene algo que objetar que hable ahora.

Nadie habló.

—¡Eres un maldito traidor, una rata asquerosa y cobarde! —estalló Alexios dirigiéndose a Andris, mientras se resistía a ser esposado por varios cuero negro.

—Llévenselo a una celda del palacio, donde permanecerá encerrado bajo custodia hasta su juicio, que se celebrará, según las leyes, antes de quince días —ordenó Orsius.

En un abrir y cerrar de ojos, Ázur, que en un principio no se opuso a que esposaran a Alexios, desenvainó su espada y la enarboló decidido a atacar si fuese necesario.

—Alexios es inocente —terció Ázur.

Todos los cuero negro, excepto Orsius, que apenas se sobresaltó, desenvainaron y esgrimieron sus espadas, rodeando a Ázur y al resto de escoltas presidenciales, quienes se mantenían en actitud neutral, dejando sus espadas dentro de las vainas, pero con la mano puesta sobre la empuñadura.

—Capitán, envaine la espada —le ordenó Orsius con calma—. No quiero que nadie salga herido de aquí.

—Escoltas presidenciales, yo soy ahora el presidente y os ordeno que permanezcáis a mi lado —proclamó Andris con un tono cargado de orgullo, demostrando que adoraba tener y sentir el poder.

—¡Alto! —dijo Ázur levantando una mano, cuando sus compañeros se movieron para obedecer la orden—. Yo soy vuestro capitán y os ordeno que os detengáis.

Los escoltas presidenciales, tras titubear y consultarse unos a otros con la mirada, desobedecieron a su capitán y acudieron a la llamada de Andris.

—Ya veo… —dijo Ázur con un deje de decepción.

—La cosa se ha puesto muy fea para usted, capitán —le advirtió Orsius, que ahora sí parecía nervioso—. Por última vez, envaine la espada, no queremos herirle.

—Yo solo recibo órdenes del presidente, y él todavía no me ha dicho lo contrario —decretó Ázur.

Con un ágil y enérgico movimiento, la espada de Ázur cortó el aire, desencadenando un rayo de luz plateada que recorrió la sala hasta llegar a la posición de Andris.

Sin embargo, aquellos que hasta momentos antes estaban bajo su mando detuvieron el ataque, dejando ileso al nuevo presidente.

Acto seguido, los cuero negro comenzaron a atacar a Ázur.

En un instante, los destellos de luz colmaron la habitación, acompañados de estrepitosas explosiones que hacían vibrar el suelo del despacho.

Unas manos se posaron sobre los hombros de Alexios y tiraron de él, obligándolo a tumbarse en el suelo.

La iluminación producida por los ataques era tan intensa, que al mezclarse con la nube de polvo que se había formado, Alexios era incapaz de distinguir nada mientras seguían estallando objetos y cristales a su alrededor.

De un momento a otro, los destellos se apagaron y las explosiones dejaron de escucharse.

El despacho había quedado como si de un escenario de guerra se tratase, y eso era más o menos lo que acababa de ocurrir.

El polvo, aunque mucho más disperso, aún flotaba en la habitación y hacía toser a Alexios cuando este se incorporó.

Varios cadáveres regaban el suelo del despacho con su sangre, entre los que se encontraban seis cuero negro y el del propio Ázur, que tenía el pecho y una rodilla ensangrentados, además de unos ojos abiertos e inactivos.

Rodeado por los cuatro escoltas presidenciales restantes, Andris aún no se atrevía a levantar la cabeza del suelo. Orsius, al lado de Alexios, jadeaba y estaba cubierto de polvo, igual que el resto de personas que aún seguían con vida en el despacho.

—Llévenselo y enciérrenlo de inmediato —ordenó Orsius resollando y enarbolando su espada, como si todavía esperase un nuevo ataque espontáneo de alguno de los presentes.

Alexios fue encerrado, esposado y encadenado en la misma celda que había ocupado Perseus Bábet; era como si el caprichoso destino se estuviera burlando de él.

Allí tan solo se escuchaba el incesante goteo que emanaba del techo, en una oscuridad que era absoluta, con el suelo y la pared tan fríos como el hielo.

Ahora sentía en sus propias carnes el sufrimiento que injustamente tuvo que soportar Perseus.

Al menos él estaría en libertad, porque ahora ya tenían un probado culpable que lo sustituyera.

Tras haber pasado un tiempo considerable intentando romper las cadenas que lo mantenían unido a la pared, sentía las muñecas doloridas y las manos entumecidas.

En el fondo sabía que aquello que intentaba era imposible, pero cuando a una persona le ataca la desesperación más absoluta, no es capaz de pensar con brillantez.

Ansiaba la necesidad de echar la culpa a otras personas: a Andris por traicionarlo, a sus consejeros por no hacer absolutamente nada cuando estaba en apuros, y a Orsius por estar tan equivocado en sus conjeturas.

Pero ante todo sentía la tremenda obligación de culparse a sí mismo.

Por un momento, se vislumbró en la oscuridad como si se tratase de su reflejo en un espejo, y experimentó tanta rabia hacia el rostro que veía, que quiso golpearse puñetazos en su propia cara y gritar lo estúpido que era.

Llevaba allí poco tiempo y ya creía volverse loco, porque después vio, de nuevo en la oscuridad, el cadáver de Ázur, que yacía tendido en el suelo de su despacho, muerto por haberlo defendido.

—Pobre Ázur, no merecía un final así —le susurró a la oscuridad, buscando que esta lo consolase y le ofreciese su complicidad.

Pensó en la familia de Ázur, a la cual le había arrebatado un hijo y un hermano, y eso hizo que irremediablemente le recordase a su propia familia.

Rara vez se acordaba de los suyos, pues con el paso del tiempo se había obligado a dejar de pensar en ellos.

Pronto estaría junto a sus padres y su hermana, y podría expresarles lo que no supo hacer en vida.

No obstante, más le habría valido acompañarlos el mismo día en que ellos se fueron, de ese modo se habría ahorrado mucho sufrimiento, el suyo propio y el que causó a tantos otros.

También se acordó de Ar. ¿Con qué cara podría mirar a su amigo una vez que se rencontrase con él después de haber muerto para decirle que no cumplió con su promesa?

—Te he fallado, Ar. No cuidé de tu hija como te prometí —susurró Alexios, ensayando su disculpa.

Al menos le quedaba el consuelo de que todo aquello que le esperaba tras la muerte, no podía ser peor que lo que le estaba tocando vivir.

Alexios empezó a concebir algunas ideas que acelerasen los acontecimientos, pero se antojaba difícil estando encadenado a una pared e incapacitado para realizar cualquier tipo de arlasofía por culpa de las esposas enguantadas que le cubrían las manos.

Como ya había comprobado al intentar realizar la fórmula fairefol para conseguir la utopía de fundir las cadenas, obteniendo como único resultado el haberse quemado los dedos.

Apoyó la cabeza contra la fría pared y cerró los ojos, dejándose llevar por la esperanza de no tener que volver a abrirlos.

Volvía a ser un niño, no, en realidad era un adolescente, más bien estaba en esa edad en la que es difícil diferenciar lo uno de lo otro.

Estaba sentado junto a Andris en un banco de una calle de Bibrébem, muy cerca de la casa donde vivía con su soltera tía Márgot, donde hacía pocos meses que se había mudado tras ser enviado por sus padres, con el objetivo de que su tía lo encauzara por el buen camino de los ideales de la familia.

De las primeras cosas que hizo su tía para conseguirlo, fue presentarle a Andris Bóstoul, el hijo de una familia que compartía la ideología clasista de los Kraus y que vivía en la misma calle.

Otro chico de más o menos su edad, pero que era demasiado alto para los años que tenía, se acercó a ellos y se sentó a su lado en el banco.

Tenía cara de travieso y sus ojos eran del mismo color que el cielo despejado.

—Hola, me llamo Arturo —saludó, ofreciendo su mano para estrecharla.

—Alexios —contestó y le estrechó la mano—, y este chico es Andris —añadió al ver que él no decía nada, solo se limitaba a observar a Arturo como si se tratase de un intruso al que debía expulsar cuanto antes.

—Encantado —dijo Arturo con hastío y sin probar a estrechar su mano—. Soy nuevo en el barrio, acabo de mudarme aquí con mis padres, a la antigua casa de mis abuelos.

—Yo tampoco soy de este barrio, mis padres me enviaron a vivir con mi tía hace unos meses —explicó Alexios.

—¿Tan mal te comportaste como para que te echaran de casa siendo tan joven? —preguntó Arturo con socarronería.

—Qué va, vine aquí porque yo se lo pedí —mintió Alexios.