Chapter 24 El culpable #2
Orsius abandonó su posición en el lateral de la cámara y se colocó frente a la mesa, privando al presidente del contacto visual con Ázur, seguramente de forma premeditada.
Orsius portaba un maletín gris metálico que posó sobre la mesa de cristal para abrirlo mediante la fórmula de apertura.
Acto seguido, del maletín sacó un pequeño fajo de cartas unidas por una goma elástica.
—Han llegado a mi poder algunas cartas que prueban con mucha seguridad la pertenencia del señor Kraus a la Orden de los Herederos —reveló Orsius con una axiomática satisfacción de victoria en el tono de su voz—.
Me dispongo a leerles algunas de ellas y después se las pasaré para que puedan ver con sus propios ojos que digo la verdad.
«¿Se había atrevido Andris a hacerlo? ¿Estaba dispuesto a arrastrarlo con él?» —pensó Alexios, que, tras la impresión inicial, empezaba a ser consciente de la complicada situación que enfrentaba.
—Antes de nada, he de advertirles que estos sobres no tienen dirección alguna, pero enseguida comprenderán el motivo —explicó Orsius mostrando uno de los sobres y después abriendo la carta.
Orsius desdobló el folio que contenía el sobre y leyó en voz alta:
«Querido Ar: Soy Alexios, no puedo enviarte las cartas mediante el correo convencional debido al riesgo de que sean interceptadas y descubran mi identidad como heredero, por eso te las hago llegar de esta forma. Espero que mi mensajero sea de tu agrado, te aseguro que puedes confiar en él,
y ya sabes que debes tener mucha precaución con estas cartas. Te escribo para intentar convencerte de que entres a formar parte de la Orden. El Lórdezeit nos trata muy bien y tiene grandes planes para todos nosotros. Sin más, espero y deseo que te replantees la situación, un saludo,
te quiere tu amigo, Alexios Kraus».
—Esta carta, como queda claro —dijo Orsius—, está escrita por el propio señor Kraus y pueden comprobar que es su letra en cualquier escrito que haya realizado recientemente y que tengan a mano, compruébenlo ustedes mismos.
El presidente, tras descubrir qué cartas eran, tuvo que hacer un ejercicio de contención para no abalanzarse sobre Andris y estrangularlo.
Orsius entregó la carta que acababa de leer en voz alta a la consejera Fiona Vériva para que le echara un vistazo y se la pasase al resto de consejeros. Luego procedió a leer otra de las cartas:
«Querido Ar: Soy Alexios. Siento una profunda tristeza por tu negativa a formar parte de la Orden. Entiendo y comprendo que tu mujer no quiera dejarte hacerlo, pero si eso es lo que ella piensa de nuestra sociedad, entonces no es una buena esposa para ti.
Te pido una vez más que por favor recapacites, al Lórdezeit no le temblará el pulso a la hora de hacer lo correcto, o estás con él o contra él; por lo que te encuentras en serio peligro y también ella. Si de verdad la quieres, cambia de opinión y únete a nosotros. Por favor,
recapacita antes de que sea tarde, no quiero perderte. Un saludo de tu amigo, Alexios Kraus».
Volvió a poner la carta al servicio de todos y abrió otra.
Alexios permanecía inmóvil, con las manos cruzadas debajo de la mesa. Parecía a punto de estallar, pero seguía sin hacerlo.
«Hola, Ar, soy yo, Alexios: Me alegró mucho que por fin aceptaras afiliarte en la Orden de los Herederos. Aquí no nos dejan descubrir nuestra verdadera identidad, pero seguro que te reconozco nada más verte, el azul cielo de tus ojos es inconfundible.
Lo único que no me ha gustado es que le ocultes a tu mujer que vas a ser un heredero. Deberías decírselo, y si no está conforme, simplemente puedes dejarla, está claro que no es digna de ti. Te espero con los brazos abiertos. Un saludo de tu amigo que te quiere y te añora».
Orsius tomó otra carta para abrirla.
—Ya basta —murmuró Alexios con la cabeza agachada y la mirada perdida en su propio reflejo de cristal.
—¿Ha dicho algo, señor Kraus? —preguntó Orsius en un tono con el que sin duda buscaba provocarle.
—He dicho que ya basta —repitió Alexios impetuoso y levantando la vista hacia Orsius de manera desafiante.
Todos volvían a observarlo, ahora de una forma suspicaz e indagadora.
—¿No quiere que sigamos leyendo sobre su pasado? —insinuó Orsius.
—Esas cartas no son mías —lo dijo sin sonar del todo convincente; a pesar de ser político, la mentira no era uno de sus talentos.
—¿No? ¿Niega usted entonces que esta sea su letra? —inquirió Orsius, mostrando la carta que tenía en la mano con la intención de que todos pudiesen verla.
—¿Alguna de esas cartas lleva mi firma? —se defendió Alexios.
—No, ninguna —contestó Orsius escueto—, se cuidó muy bien de no hacerlo, aunque si le soy sincero, yo en su lugar habría utilizado un nombre en clave o algo así.
—Entonces no hay ninguna prueba de que esas cartas estén escritas por mí —se escudó Alexios, haciendo caso omiso al comentario de Orsius.
—Yo creo que sí, señor Kraus —insistió Orsius orgulloso.
—Podrían estar escritas por otros para manipular la verdad.
—Señor Kraus, estas cartas son una prueba irrefutable de su pertenencia a la Orden de los Herederos, y servirán para inculparle en el juicio. Aunque puede que estas no sean las únicas ni las más importantes pruebas que tengamos al final de esta noche —añadió Orsius de forma enigmática.
Alexios miró a Andris, ya sin ningún comedimiento, sabedor de que esas cartas, aún sin saber cómo, habían llegado a manos de Orsius gracias a él.
¿Cómo podía haber sido tan ingenuo? El tiempo que le había otorgado a Andris para que se decidiera a confesar su culpabilidad e intentar de ese modo evitar su muerte, había sido utilizado por este para diseñar un plan que culpabilizara a Alexios y así poder eximirse de la justicia.
A pesar de la intimidatoria mirada, Andris permaneció impasible y ni siquiera llegó a pestañear.
Orsius sacó un folio de su maletín.
—Aquí tengo una orden de registro para entrar en sus aposentos y buscar más pruebas que lo incriminen.
Alexios volvió su vista hacia Orsius y, a pesar del pasamontañas, pudo distinguir en él una enorme sonrisa de satisfacción.
Ahora sabía que estaba acabado, pues en uno de los cajones de la mesa de su despacho guardaba un secreto injustificable.
El presidente observó los rostros que lo rodeaban, cuestionándose qué ocultaba el siempre impertérrito semblante de Fiona Vériva, la mueca nerviosa de Dafne Gróisel, el gesto serio de Valeria Fínguel y el molesto juego con los dedos que se traía Jérsivo Teimes.
A estas alturas, era evidente que ninguno de ellos alegaría en su favor.
Él les había dado la oportunidad de sus vidas y ahora se lo agradecían con un rotundo silencio, justo cuando más necesarios serían sus consejos.
—Percibo que la idea de que todos acudamos a sus aposentos no es de su agrado, señor Kraus —dijo Orsius.
—¿A ti te gustaría que todos entrásemos en tu casa? —preguntó Alexios sin ningún tipo de cortesía en el trato.
—Sería todo un honor, puede creerlo —aseguró Orsius—, mi mujer hace unas galletas deliciosas. Pero no puedo revelar mi identidad, así que dejémonos de divagaciones y vayamos a sus aposentos, no perdamos más el tiempo.
El primero en levantarse fue Andris. Lo hizo con total finura, aunque con prisas para ponerse al lado de Orsius, mientras se recolocaba los cintos de su gabardina color beige.
El resto de cuero negro se colocaron al lado de su capitán, y los consejeros se levantaron al mismo tiempo que Alexios, que comprobó con ironía cómo al menos sí lo apoyaban en eso.
Ázur no se apartó de la puerta, e incluso apoyó su mano en la empuñadura de la espada en una clara señal de advertencia.
Alexios le dedicó un gesto de negación con la cabeza y el capitán se apartó seguido del resto de escoltas presidenciales, que esperaron a que el presidente saliese de la Cámara del Consejo para ponerse a su lado y escoltarlo, como si aquello fuese posible, hacia sus propias estancias.
Nada más entrar en los aposentos del presidente, los cuero negro comenzaron a ponerlo todo patas arriba sin ningún tipo de pudor: cajones, armarios, cómodas, no respetaron ni siquiera la intimidad del baño.
Simplemente encontraron ropa, utensilios y una diversidad de objetos que Alexios tenía en propiedad; nada reseñable.
Dejaron para el final su despacho, al que subieron todos. Alexios, a esas alturas, tenía claro que el capitán de los cuero negro pretendía dejarlo en evidencia, pero además, si era posible, convertirlo también en un espectáculo.
Tras revolver gran parte del despacho, al fin llegó el momento de abrir el cajón donde se albergaba su sentencia de muerte.
Ese era el único cajón que tenía cerrado mediante la fórmula de cierre, y Alexios no puso trabas en abrirlo, pues de todos modos acabarían haciéndolo.
Fue el propio Orsius quien se encargó de registrarlo.
Hasta ese momento se había mantenido como un mero espectador, dejando a sus subordinados el peso del registro, pero como buen cuero negro con experiencia contrastada, el capitán se olía donde se ocultaba la prueba definitiva, o tal vez Andris lo supiera y ya lo había informado.
Alexios nunca le había mostrado a nadie el contenido de ese cajón, sin embargo, desconocía la cantidad de información que manejaba Andris.
El capitán observó el contenido del cajón sin decir ni una sola palabra, y así estuvo durante varios segundos en los que Alexios, inocentemente, creyó que quizás volvería a cerrarlo y actuaría como si no hubiese visto nada.
De pronto y de un fuerte tirón, extrajo el cajón y lo colocó encima de la mesa.
No hizo falta que lo ordenase, pues todos, con gran expectación, se agolparon para asomarse al interior del cajón, todos, excepto Alexios y la Escolta Presidencial al completo, que se mantuvieron a su lado.
Ni la siempre imperturbable Fiona Vériva pudo reprimir un «oh» de asombro al ver el contenido del cajón.
Orsius sacó en primer lugar la carta con la dirección de Xalara Verdreven, y aunque el hallazgo de una carta dirigida a una chica desaparecida y supuestamente secuestrada por los herederos no dejase de ser relevante,