El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 24 El culpable
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Chapter 24 El culpable

La noche pronto expandiría un manto negro sobre Bibrébem. Sin embargo, aún aguantaban los rayos anaranjados de la puesta de sol, y la vista desde allí arriba no era sino preciosa, a pesar de que, dadas las circunstancias, aquella noche prometía ser más lóbrega que cualquier otra.

Alexios se hallaba solo, asomado por el cristal del Gran Reloj en el Salón de Conferencias.

Sentía envidia de todas esas personas que transitaban por la plaza ajenas a los problemas que atenazaban el alma de su presidente.

Desde allí arriba se veían muy pequeñas, pero solo era un vil reflejo de la realidad, porque en absoluto él se creía superior a todos ellos.

Seguramente, si mirasen hacia arriba en ese mismo momento, verían al hombre que los gobernaba, a la persona que desde las alturas tenía la potestad de influir en sus vidas.

Pero él opinaba que estaban muy equivocados y sin dudarlo se habría sustituido la identidad por la de cualquiera de ellos.

En unas pocas horas terminaba el plazo que Alexios le había concedido a Andris para confesar su culpabilidad.

A intervalos, el presidente observaba como hipnotizado el péndulo del Gran Reloj y, con cada segundo que marcaba, estaba más convencido de que Andris no confesaría.

Era una posibilidad inminente y debía estar preparado para tener que confesar por él.

Para decirle primero al Consejo, después a Orsius y por último a Las Cinco Comarcas al completo que, su vicepresidente, pero, sobre todo, su amigo de siempre, era el culpable de la fuga de Ívelmer, lo que a la vez significaba firmar su sentencia de muerte.

Al tiempo que los últimos rayos del sol crepuscular terminaban de esconderse en el oeste prestando su último servicio al día, las puertas de roble que conectaban con la torre del campanario sur se abrían de par en par.

Alexios no desvió la mirada de la ciudad, pues no se atrevía a ver quién acababa de entrar y mucho menos las nuevas que traería.

—Señor —era la inconfundible y solemne voz de Ázur—. El vicepresidente Bóstoul acaba de convocar una reunión de urgencia del Consejo para las diez en punto de esta noche.

Alexios cerró los ojos, sin saber si lo hacía con motivo de alivio o de agobio. Los abrió de nuevo para echar un último vistazo a la ciudad antes de desviar su mirada hacia el capitán de la Escolta Presidencial.

—Reúne al resto de tus compañeros y convócalos aquí. Esta noche quiero que me acompañéis todos a la Cámara del Consejo —ordenó Alexios mientras descendía por las escaleras.

—Sí, señor, enseguida —asintió Ázur, y salió por la misma puerta que había entrado.

El presidente miró hacia el Gran Reloj; aún faltaban tres cuartos de hora para las diez.

Bajó las escaleras y deambuló por el Salón de Conferencias, cruzando el espacio que había hasta el estrado.

Durante el trayecto, se fijó en el complejo entramado de vigas de madera que constituían la estructura del techo.

Dejándose llevar por la imaginación, reflexionó acerca de esas personas que siglos atrás diseñaron y construyeron el Palacio, preguntándose si él y el resto de personas que lo concurrían habitualmente,

eran dignos del esfuerzo y dedicación de aquellos que participaron en la construcción de tal maravilla arquitectónica.

Cuando alcanzó el estrado y después de ofrecer una tierna caricia al atril, tuvo el valor de acercarse a la Silla Presidencial.

Sin saber por qué, sentía una extraña necesidad de observarla e incluso de tocarla.

Estiró tímidamente el brazo para acariciar la fina textura del terciopelo que recubría el asiento, el respaldo y los reposabrazos.

Al hacerlo, las imágenes de aquella madrugada del nueve de abril de hacía diecisiete años se manifestaron dentro de su mente de forma nítida, como si se tratasen de unos espectros que hubieran regresado del pasado con el único fin de atormentarlo.

Separó la mano de golpe, como si el terciopelo le hubiese abrasado las yemas de los dedos.

Por un instante, creyó ver la misma niebla negra que aquella noche había sobrevolado el Salón de Conferencias hasta introducirse en el Gran Reloj, perturbando su perfecta y armoniosa funcionalidad, al mismo tiempo que lo hizo con su propia cordura.

Un estallido de ira recorrió todo su cuerpo hasta concentrarse en la pierna, llevándolo a propinar una serie de patadas a la Silla Presidencial.

Acto seguido, también golpeó con su puño sobre el respaldo y los reposabrazos.

Finalmente, su furia se transformó en un grito, justo en el momento en que Ázur entraba en el Salón de Conferencias encabezando a la Escolta Presidencial.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó Ázur algo azorado—. He oído voces.

—Sí —contestó de inmediato Alexios, resollando y recolocándose el pelo.

—Cuando quiera podemos ir, estamos listos.

El presidente consultó el Gran Reloj llevándose una desagradable sorpresa, pues solo faltaban diez minutos. ¿Cómo era posible que el tiempo hubiese transcurrido tan deprisa? ¿Acaso aquella oscura niebla que acababa de imaginarse era real y había adelantado el tiempo?

—¿Señor? —inquirió Ázur al ver que el presidente no respondía.

—Sí —farfulló Alexios—. Vamos.

—¿Desea cambiarse de atuendo?

—No, así estoy bien —volvió a farfullar.

La Escolta Presidencial subió al estrado y se colocaron al lado de Alexios, que seguía inmóvil frente a la Silla Presidencial.

—Señor, debemos ir ya —escuchaba la voz de Ázur distante.

Las miradas del resto de escoltas ya no podían esconder su perplejidad al ver la actitud de flaqueza que mostraba el presidente, la cual ponía en evidencia que no estaba preparado para enfrentarse a la realidad que lo aguardaba en la Cámara del Consejo.

—Sí, vamos —dijo al fin Alexios—, no quiero llegar tarde.

Salieron por la puerta que había tras el estrado y se asomaron al abismo de la Gran Escalinata. ¿Por qué le temblaban tanto las piernas si no era a él al que iban a juzgar? Sin embargo, así lo sentía; pues de una forma u otra, él saldría perdiendo aquella noche.

Independientemente de lo que sucediera en la reunión, era el presidente y debía comportarse como tal. Con ese mínimo y repentino estado de confianza, subió el tramo de escaleras que lo llevó hasta la pasarela y finalmente hasta la entrada de la octogonal Cámara del Consejo.

Era el último en llegar, pues todos los miembros del Consejo, por supuesto con la excepción del consejero de defensa y justicia, ya estaban sentados en sus respectivos asientos.

Lo sorprendente fue descubrir que no estaban solos.

Varios integrantes de los cuero negro, entre los que se hallaba el capitán Orsius Dónel, se encontraban apartados de la mesa y colocados en posición de semicírculo, divididos en dos grupos a izquierda y derecha.

El presidente entendió que Andris estaba dispuesto a que su confesión y posterior arrepentimiento quedara patente ante el mayor número de personas posible.

Sin embargo, ni su gesto ni su postura en la silla reflejaban preocupación alguna.

Alexios tuvo escalofríos al ver la entereza con la que Andris estaba dispuesto a confesar la verdad y afrontar sus consecuencias.

El presidente se detuvo un instante tras cruzar el umbral.

Su mirada se deslizó con discreción por la sala para advertir cuántos cuero negro había; a simple vista, al menos una veintena.

Después, su atención volvió a posarse en el semblante de su amigo (si es que aún podía llamarlo así), no la sostuvo durante demasiado tiempo; no quería hacerlo.

Giró unos pocos grados su cabeza e hizo un ligero asentimiento a Ázur para indicarle que se quedaran en la puerta.

Luego se encaminó a ocupar su asiento en la mesa del Consejo, un asiento que irremediablemente lo colocaba al lado de Andris.

Todos observaban al presidente con gestos de expectación, pero nadie dijo nada y él tampoco lo hizo.

Se sentó con la vista fija en el frente, evitando mirar a su derecha, donde se encontraba Andris.

Sin embargo, Andris sí lo miraba a él, como buscando su aprobación, o al menos, así lo entendió el presidente que, tras atisbarlo de soslayo, asintió sutilmente para decirle que sí, pero sin girar ni por un instante su mirada.

Andris se puso en pie sin hacer apenas ruido, pues su refinada delicadeza lo abarcaba todo.

Había llegado el fatídico momento. Alexios notaba que la corbata le oprimía la garganta y tuvo el impulso de arrancársela, pero lo único que hizo fue clavar la mirada en la mesa de cristal, la cual le devolvía el reflejo de un hombre nervioso.

—Buenas noches —saludó Andris con una calma exasperante—. He convocado esta reunión de urgencia para tratar un tema de vital importancia que nos concierne a todos.

«¿Cómo tenía el valor de pronunciar la palabra “todos” cuando el único culpable era él?» —pensó Alexios con desagrado.

—Siento mucho esto que les voy a decir y les aseguro que jamás habría querido llegar a esta situación —carraspeó de forma sutil—.

Me presento aquí ante ustedes para confesar los crímenes de traición al Gobierno, pertenencia a la Orden de los Herederos, de urdir el plan para liberar a los herederos de Ívelmer y de finalmente llevarlo a cabo con éxito, por parte de nuestro presidente, el señor Alexios Kraus.

La sala se ahogó en un absoluto silencio, ¿o era que él no escuchaba bien? ¿De verdad había Andris pronunciado su nombre en la confesión o se lo había imaginado?

Alexios levantó la vista, y, efectivamente, Andris lo miraba a él, igual que el resto de asistentes a la reunión. Quiso decir algo, quiso preguntar si verdaderamente lo estaba acusando a él o se había equivocado, pero Andris, hábilmente, desvío la mirada hacia su derecha, cediendo el protagonismo.

—Cedo la palabra al capitán del Departamento de Seguridad y Defensa de Las Cinco Comarcas —sentenció Andris su discurso, y se sentó de nuevo sin mirar a Alexios.

Todos en la sala parecían haberse quedado tan atónitos como el propio presidente, porque aparentaban ser estatuas, ni siquiera se percibía su respiración. Todo lo contrario le sucedía a Alexios, ya que su pecho aumentaba y menguaba visiblemente desbocado.