El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 23 El puente de Vériendol #2
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Chapter 23 El puente de Vériendol #2

La chica estaba detenida frente al inicio del puente, parecía bloqueada. Víliam se colocó a su lado.

—No sé nadar —admitió Xalara, a la que le temblaban las piernas y la voz al mismo compás.

—Esperemos que no sea necesario —Víliam quiso sonreír, pero no le salió.

—Supongo que ahora no puedo echarme atrás —dijo Xalara.

Víliam quiso decirle que sí podía, pero ella ya había dado el primer paso, y después el segundo y el tercero. Entonces miró hacia atrás para ver cuál era la decisión que tomaba su amigo. Víliam la siguió, aunque se vio tentado a retroceder apenas puso sus dos pies sobre el puente.

El camino transitable se iba haciendo cada vez más estrecho y dificultoso.

A través de un hueco que había en el suelo, Víliam vio cómo la fuerte corriente del río avanzaba bajo sus pies, y tuvo la sensación de que el puente se movía o de que él se mareaba, o quizás ambas cosas a la vez, por lo que apartó rápido la vista.

Cruzar el puente se antojaba incluso más complicado de lo que parecía en un principio.

Delante de Víliam, Xalara avanzaba muy despacio, agarrada al pequeño muro que hacía las veces de baranda, como si estuviera pisando por un suelo tan fino como una cuerda.

La fuerza de la corriente producía un ruido ensordecedor.

Xalara volteaba con frecuencia la vista, seguramente para comprobar que Víliam continuaba tras ella y no había desertado de seguir adelante.

Avanzaban despacio, pero paso a paso se alejaron de la orilla de partida y se acercaron a la opuesta.

Víliam dio un salto para esquivar una abertura que había en el suelo.

Instantes después, una roca de un tamaño bastante considerable se desprendió a su lado y fue engullida por el río, bajo la sobrecogida mirada del chico; agradecido de no ser él quien hubiese desaparecido en aquellas aguas turbulentas.

—¡Debemos volver! —Víliam tuvo que gritar con todas sus fuerzas para que Xalara pudiese escucharlo. No podían seguir adelante, iban hacia una muerte segura, lo más sensato era regresar.

Su amiga lo escuchó y se detuvo. Su rostro era un compendio de malas sensaciones y Víliam estuvo seguro de que esta vez sí le daría la razón.

Pero de repente Xalara mudó el gesto, componiendo una mueca de horror.

Su vista no apuntaba a Víliam, sino a la parte del puente que quedaba a la espalda del muchacho, quien inmediatamente imitó a su amiga.

Solo les dio tiempo a cruzar miradas durante un segundo antes de echar a correr hacia adelante.

El puente se desmoronaba y los perseguía, como si estuviese decidido a arrastrarlos con él al fondo del río. Pero enseguida surgió otro problema que los introdujo en un panorama aún más sobrecogedor, pues la estructura también comenzó a venirse abajo frente a ellos, obligándolos a parar.

A sus espaldas, el derrumbe del puente se detuvo, y por delante lo hizo instantes después, dejando a los chicos aislados sobre un pequeño trozo de roca y argamasa, rodeados de agua y sin poder avanzar ni retroceder, sin escapatoria.

Todo el tramo que habían recorrido, ahora yacía en el fondo del río, mientras que, por delante, al menos diez metros de distancia los separaban del siguiente fragmento de puente.

Rápidamente, entendieron la gravedad de la situación.

Xalara se volvió hacia su amigo, sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar.

Víliam sintió el impulso de gritar, pero se había quedado sin voz, sin palabras, sin aliento, sin esperanza.

La muchacha se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda en el pequeño fragmento de baranda que aún quedaba en pie.

Víliam, aturdido, tardó en reaccionar y hacer algo que no fuese estar parado, mirando hacia ningún sitio en particular. Finalmente, terminó sentándose junto a Xalara, en completo silencio. Así transcurrieron varios minutos hasta que por fin uno de los dos habló.

—¿Sabes cuáles fueron las últimas palabras que le dije? —manifestó Xalara; Víliam no despegó la mirada del suelo—. Se iba a la fiesta de la taberna de Burlen, vino a mi habitación y yo le dije que se largara, haciéndolo de una forma muy despreciativa.

Xalara se enjugó las lágrimas con la manga de su cazadora vaquera.

—Yo tampoco pude despedirme de mi madre —confesó Víliam afligido—, y ahora siento un vacío en mi interior que es imposible describir con palabras.

—¿Por qué no le escribiste una carta para decirle que estabas bien? —dijo Xalara—. Eso sí podrías haberlo hecho.

—Porque si lo hubiera hecho, él la habría leído primero y se desharía de la carta antes de que mi madre pudiese recibirla.

—Siento haberte arrastrado hasta aquí —dijo Xalara sin parar de lagrimear—.

Tenías razón cuando me advertiste de que no debíamos cruzar el puente.

Siempre lo estropeo todo, por eso nunca me dejaba salir de casa ni relacionarme con los demás —aseguró Xalara—.

Dijiste que algún día comprendería los motivos de mi madrina para tratarme así, pues ahora ya lo sé…

Víliam se sorprendió de que la hubiese llamado madrina.

—No creo que siempre lo estropees todo —argumentó el chico, poniendo su mano sobre la rodilla de Xalara, quien no dejaba de llorar—, y tampoco creo que eso tenga nada que ver con la manera en la que te trató tu madrina.

Se sumieron de nuevo en un prolongado silencio.

—No se me ocurre nada que pueda sacarnos de esta —declamó Xalara.

—Pues a mí sí —dijo Víliam, retirando su mano de la rodilla de Xalara—. Puedo hacerte flotar hasta que llegues a la otra parte del puente, no es demasiada distancia, puedo hacerlo.

—Pero yo no podría hacerlo contigo… —replicó Xalara.

—No importa.

—Claro que importa —se quejó Xalara—. No habría llegado tan lejos sin ti, y no me voy a ningún lado sin que tú lo hagas conmigo, así que fin de la discusión.

Víliam, incapaz de contener las lágrimas, desvió la mirada para evitar que su amiga lo viese.

En ese momento, un par de águilas enormes de color pardo planeaban la zona, describiendo círculos sobre sus cabezas.

Volvió a pasar otro lapso de tiempo en el que los dos guardaron completo silencio, mientras parecían intentar asumir su muerte.

—Nunca debimos haber crecido —murmuró Víliam—, tendríamos que habernos mantenido siempre siendo unos niños, jugando en la pradera al lado de tu casa, corriendo entre los árboles, sin nada que nos preocupase.

—Ya… —contestó Xalara sin ningún tipo de satisfacción—. Eso habría estado bien.

—A mi padre le habría encantado este lugar —comentó Víliam, mirando a su alrededor—. Él amaba la naturaleza, pero nunca pudo viajar y conocer otros lugares.

—Ojalá hubiésemos podido tener otro tipo de vida —suspiró Xalara.

Víliam cerró los ojos e inspiró profundamente.

—Hay algo —hizo una pausa—, algo que he querido decirte desde hace muchos años, pero nunca me he atrevido —Víliam se ruborizó de repente.

Xalara, que parecía ausente, volvió a poner su atención en el chico, quien estaba metiendo una mano en el bolsillo posterior de su pantalón dispuesto a sacar algo. Pero al mismo tiempo que eso ocurría, el suelo sobre el que se sentaban se resquebrajó y desapareció bajo sus cuerpos.

Sin tiempo de asimilar lo que había pasado, estaban siendo arrastrados por las frías aguas del río Verien.

Víliam estiró el brazo para agarrar a Xalara, pero lo único que consiguió fue oír cómo gritaba su nombre antes de verla desaparecer engullida por el agua.

Él luchaba por mantenerse a flote, pero se le hacía muy complicado.

La fuerza de la corriente era tal que, impotente, no podía dejar de girar sobre sí mismo.

El agua estaba muy fría y lo arrastraba a gran velocidad, hasta que de pronto se frenó en seco; algo lo sujetaba por el cuello y el pecho.

Abrió los ojos bajo el agua y vio que unas ramas gruesas, llenas de protuberancias, se habían enganchado a su ropa.

La orilla estaba muy cerca. Intentó liberarse de las ramas con el brazo que tenía libre, pero le resultaba imposible.

Luego intentó patalear y notó que sus piernas estaban fuera del agua, pues solo tenía medio cuerpo sumergido.

Entonces trató de impulsarse hacia arriba, pero todos sus esfuerzos resultaban inútiles y las fuerzas lo abandonaron.

Pronto empezó a ver diminutos puntos de luz y supo que estaba a punto de ahogarse.

No había solución posible que lo sacara de allí, solo la muerte lo haría. Ese fue su último pensamiento.

En medio de la oscuridad más absoluta, oía gritar su nombre con ahínco, pero lo sentía muy lejano, tanto que no parecía real.

Cuando recobró el conocimiento, se hallaba tumbado de lado sobre unas hierbas muy cálidas en comparación con la temperatura del río, y vomitaba agua sucia sin parar.

A su lado, había alguien que jadeaba. Víliam no tenía fuerzas para incorporarse y su vista seguía un poco nublada.

—¿Cómo te encuentras? Pensé que habías muerto.

El alivio que sintió al oír su voz hizo que lograra ponerse bocarriba.

—¿Estamos vivos? —inquirió Víliam con la voz ronca.

La chica sonrió.

—Claro que estamos vivos.

Xalara estaba arrodillada a su lado, con el pelo mojado y pegado a la cara.

Aunque las lágrimas le surcaban el rostro, Víliam percibió que esta vez eran de alegría.

Entonces supo que no podía vislumbrar algo más hermoso después de haber regresado de la muerte, solo por verla, ya merecía la pena estar vivo.

—¿Me has sacado tú? —balbució Víliam.

—¿Quién si no?

—¿Cómo lo has hecho? —la voz del muchacho sonaba rasgada y apagada.

—Es algo difícil de explicar y más aún de creer —respondió Xalara—.

Cuando caímos al agua, me arrastró la corriente y empecé a dar vueltas sin control.