El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 22 Una verdad desoladora #4
75%

Chapter 22 Una verdad desoladora #4

—¿Dónde estabas? —preguntó Alexios con desdén, deseando soltarle todo de golpe, pero decidió posponerlo un poco más, como queriendo darle una última oportunidad de sincerarse.

—Eso mismo podría preguntarte yo —dijo Andris, sentándose en el otro sillón al lado del presidente.

—Me refiero a esta noche.

—Ah, pues ya sabes… mucha fiesta —bostezó—. Creo que ya empiezo a hacerme mayor, cada día vuelvo más cansado —añadió, sonriendo y estirándose en el sillón de una forma muy exagerada—. ¿Ha ocurrido algo?

—No sabía que en la Mansión Nórebol se ofreciesen fiestas de tal magnitud —Alexios no aguantaba más mentiras, ya había soportado bastantes.

Andris se quedó petrificado, mirando al rostro de Alexios, sin pestañear. Pero enseguida esbozó una sonrisa cargada de ironía, tratando de disimular su nerviosismo y perplejidad, algo que no logró.

—No te entiendo —farfulló Andris.

—¿Qué es lo que no entiendes? ¿Creías que nunca me iba a enterar?

—No sé quién te ha dicho eso, pero miente —aseguró Andris—. Solo buscan desestabilizarnos para apartarte del poder, esto es solo otro ardid más para conseguirlo —explicó muy acelerado—. No puedes confiar en nadie que no sea yo.

—Te vi salir a escondidas del Palacio, la otra noche, cuando te ordené expresamente que te quedaras y enviaras una carta a Orsius para informarle del arresto de Perseus.

—¿Es por eso? —Andris rio—. Lo hice, le envié la carta, a la que por cierto no hubo contestación. Intenté decírtelo el otro día, pero tus escoltas me negaron la entrada. Después, es cierto, me fui de fiesta, desobedecí tu orden, perdón por no ser tan sumiso.

Alexios ya no creía ni una sola palabra que saliera de su boca.

—Lo viste, viste lo que guardaba en esta maleta —dijo haciendo alusión a la que ahora tenía sobre su regazo—, y reconociste los objetos.

—No tengo ni idea de qué estás hablando.

—Esos eran los objetos que Ar le robó al Lórdezeit y viste la oportunidad perfecta para recuperarlos una vez que estuviesen en manos de una pobre e indefensa chica de tercera clase.

Por eso utilizaste tu influencia para entrar en la Prisión de Ívelmer y liberar a los herederos, para que ellos se encargaran del trabajo sucio, porque tú eres demasiado cobarde para hacerlo.

—Sigo sin saber de qué me hablas.

—Hiciste que yo creyera que Perseus era el culpable, conspiraste para confundirme y desviar mi atención hacia él.

Fuiste tú el que entró aquella noche en Ívelmer, tú fuiste quien se encargó de matar a todos los guardias para no dejar ningún testigo de tu culpabilidad y liberaste a los herederos; siempre fuiste muy habilidoso con la espada.

—Eso no puede asegurarlo nadie porque no hay testigos, pero te digo que fue Perseus, él es el único que conoce la ubicación y la forma de acceder a las celdas de alta seguridad de Ívelmer, donde se encontraban encerrados los herederos.

—¿El Lórdezeit está…?

—Muerto, sí —se apresuró a confirmar Andris—, tú lo mataste, ¿recuerdas? Hace diecisiete años —puntualizó con desesperación.

—No sé qué pasó realmente —Alexios apartó la mirada hacia la ventana—, y después el Gran Reloj…

—¡Basta de sandeces! —chilló Andris poniéndose de pie e inclinándose hacia el presidente—. Somos amigos desde que éramos niños. Me conoces muy bien, siempre he querido lo mejor para ti. Siempre te he querido —agregó a punto de echarse a llorar.

—No más que a ti mismo.

Andris se tiró al suelo, arrodillándose frente al presidente.

—Por favor, Alexios, recapacita, si me culpas a mí, me matarán, la nueva ley hará que me ejecuten —gimoteó.

—No quiero mancharme las manos con tu sangre, soy tan ingenuo que a pesar de todo todavía te guardo cariño.

Así que escucha atentamente lo que te voy a decir, porque solo te lo diré una vez —Alexios tomó aire—.

Confesarás ante el Consejo que urdiste el plan para liberar a los herederos de Ívelmer y causar el caos con la intención de crear una nueva Orden de los Herederos.

También dirás que te sientes muy arrepentido por ello, que te equivocaste y que suplicas el perdón de todos, y que colaborarás en todo lo que puedas con el fin de arrestar a los herederos fugados.

Después yo pediré que, al estar tan arrepentido de tus actos, no se ejecute la ley de la pena de muerte contra ti y se te permita pasar el resto de tus días en una celda —hizo una pausa para volver a coger aire—.

Tienes cuarenta y ocho horas para tomar una decisión, de lo contrario, yo la tomaré por ti.

Andris abrió la boca para intentar decir algo, pero el llanto no se lo permitió.

—¡Capitán! —Ázur abrió la puerta de inmediato, como si ya estuviese preparado para hacerlo—.

Escolte al vicepresidente hasta sus aposentos, donde permanecerá encerrado bajo guardia y solo se le permitirá abandonarlos si pide una reunión del Consejo o está dispuesto a ofrecer información acerca del paradero de los herederos fugados; en cualquier caso, siempre permanecerá vigilado.

¿Queda claro? —esto último lo dijo mirando a Andris, que no dejaba de gimotear.

—Sí, señor —asintió Ázur, que agarró a Andris por el brazo, lo levantó del suelo y se lo llevó del despacho.

Alexios, con una expresión insulsa, sintió ganas de llorar, pero las lágrimas no lograron ganar la batalla.