Chapter 22 Una verdad desoladora #3
—Era tu deber defenderla hasta las últimas consecuencias; hiciste un juramento —le recordó Alexios levantando progresivamente la voz.
—Los juramentos son muy caprichosos, señor —adujo—. Muerto de nada le habría servido a la presidenta.
—Eres un cobarde —dijo Alexios, rechinando los dientes y deseando que Ázur y el resto de la Escolta Presidencial no pensasen de igual forma que Perseus.
—Sí, decidí salvarme, la presidenta iba a morir de todos modos, ¿por qué tenía que morir yo con ella? No creo que eso sea cobardía, sino sentido común.
—Cobardía —refutó Alexios—. ¿Y cómo lograste escapar?
—Eso es algo que ya me guardo para mis adentros, es demasiado desagradable para describirlo con palabras.
—Mejor así, prefiero no conocer los detalles —repuso Alexios con un deje de aversión.
—Ya le advertí que…
—La otra noche, cuando te arresté —le cortó Alexios.
—Sí, lo recuerdo perfectamente.
—Me dijiste que investigara a dónde salía Andris por las noches.
—¿Y lo ha hecho? —preguntó Perseus con una sonrisa burlona.
—¿Tú sabes a dónde va?
—¿Así que eso es lo que ha venido a buscar aquí abajo esta noche? ¿O es de día? Aquí cualquiera sabe —dijo Perseus, haciéndose el remolón.
—Si me dices a dónde va Andris, me ayudarás a esclarecer la verdad, y entonces, si lo que dices es cierto, podrás quedar libre.
—¿Si se lo digo, me jura que me dejará libre?
—Si se demuestra lo que dices, no me quedará más remedio que hacerlo.
—Pero ya le dije antes que los juramentos son muy caprichosos.
—Sin tapujos ni rodeos —se quejó Alexios—, ¿vas a decírmelo o no? No me hagas perder el tiempo.
—Creí que teníamos mucho.
—Está bien, se acabó, tú mismo —dijo Alexios haciendo ademán de marcharse.
—¿Qué sabe acerca de El Fantasma del Tiempo?
—¿Qué? —preguntó Alexios volviéndose hacia la celda, sin poder disimular una mueca de estremecimiento.
—¿Le suena el caso de Drayan Dosten y sus cinco amigos desaparecidos?
—¿Tendría que hacerlo?
—Tendría… de no haber sido porque Andris se ocupó de ocultarlo.
—Explícate.
—Hace algún tiempo, seis jóvenes entraron en la Mansión Nórebol por la noche y cinco de ellos desaparecieron.
Drayan Dosten logró escapar y contarlo todo.
Nadie creyó en su historia y se dio por hecho que él había matado a sus amigos, pero después de no poder demostrarlo se tildó al muchacho de perturbado y su relato como falso.
Curiosamente, Andris se hizo con el control del caso de inmediato.
—Es el vicepresidente, él puede intervenir en ese tipo de asuntos —explicó Alexios tratando de restarle importancia.
—Sí, por supuesto —admitió Perseus—. Pero esa fue la primera y única vez que lo hizo, y se aseguró de que el suceso apenas llegara a la prensa, ni a casi nadie en realidad, hasta el punto de que ni usted mismo se enteró.
—Nunca leo la prensa, una buena amiga me dio el consejo de no hacerlo cuando me convertí en presidente —dijo sonando triste.
—El caso es que Drayan Dosten terminó suicidándose al tirarse por la ventana de su edificio, o eso se ha dado a entender. ¿Y quién tendría más necesidad de silenciar al pobre Drayan que el propio Andris…?
—¿Por qué tendría Andris esa necesidad?
—Ahí es a dónde yo quería llegar —dijo Perseus con una sonriente satisfacción—. El lugar que visita Andris casi todas las noches, es precisamente la Mansión Nórebol.
—¿La Mansión Nórebol?
—Mis informantes me lo han confirmado, y también que sus relojes se volvieron locos al acercarse a la mansión, tal y como aseguró en todo momento el joven Drayan Dosten hasta el mismo día de su muerte.
—¿La Mansión Nórebol…? —repitió Alexios, como si así pudiese hacerlo más creíble.
—Y siempre de noche… con los relojes enloquecidos…
—El Fantasma del Tiempo… —susurró para sí mismo Alexios, pero su murmullo fue audible.
Perseus compuso otra falsa sonrisa comprimiendo los labios, ironizando con que al fin el presidente hubiese dado con esa deducción.
—¿Por qué me dices esto ahora y no lo has hecho antes? —inquirió Alexios.
—Porque antes no confiaba en usted —admitió rotundo—.
Entiéndalo, está muy unido a Andris y creí que también podría estar aliado con él, pero con el tiempo me he dado cuenta de que no es así.
Mírese, si tiene peor aspecto que yo, está claro que sufre más que nadie con esta situación —explicó Perseus—.
Pero entienda que todo lo concerniente a usted siempre ha girado en torno a un halo de misterio, nunca ha sido una persona muy transparente que digamos.
Alexios no había prestado atención a las últimas palabras de Perseus porque ya solo estaba pensando en qué hacer con Andris.
—Tengo que irme —anunció de repente, como si estuviera aislado en su interior.
Y sin más, el presidente desanduvo el trayecto y regresó arriba, donde Ázur lo esperaba junto al guardia de la puerta.
—Encárguese de realizar los trámites para trasladar al preso a una prisión convencional y haga que su responsabilidad pase a manos de los cuero negro —ordenó apresuradamente Alexios al guardia de la puerta.
—Sí, señor.
No iba a soltarlo aún, antes debía asegurarse de que Perseus decía la verdad, pero sí que podía hacerle más llevadera la espera.
Alexios se fue con paso ligero.
—¿Ha descubierto algo? —preguntó Ázur, persiguiéndolo.
—Todavía no lo sé —contestó el presidente de forma escueta mientras se encaminaba hacia los aposentos de Andris.
Una vez allí, llamó a su puerta, pero no obtuvo respuesta. Era evidente que Andris se encontraba inmerso en una de sus salidas nocturnas.
Se fueron y llegaron ante la puerta que daba acceso al despacho del presidente, donde había dos escoltas presidenciales apostados.
—Vigilad la puerta de las estancias del señor Bóstoul, y cuando regrese, decidle que acuda de inmediato a verme y aseguraros de que lo hace —les ordenó Alexios.
—Sí, señor —los dos guardias asintieron al unísono antes de retirarse para cumplir la orden.
—Tú, Ázur, quédate aquí y asegúrate de que Andris entra en mi despacho, donde lo estaré esperando.
—Sí, señor.
—Esto se aclara hoy —añadió Alexios sin dirigirse a nadie en particular, mientras abría la puerta.
En la soledad de su despacho, su mente volvió a funcionar a toda velocidad, centrándose en un único asunto.
Se acercó al mueble bar ubicado al lado de la chimenea.
Hacía años que no lo abría, pero ahora sentía la necesidad de tomar un trago con la intención de aliviar su dolor emocional.
Después de servirse una copa de un licor añejo, se sentó en uno de los dos sillones de cuero que había frente a la chimenea.
Su atención se vio atraída por una maleta que descansaba en el suelo, apoyada sobre la pared a su izquierda.
Al ver la maleta, todo se aclaró hasta el punto de volverse diáfano.
Andris conocía el secreto: sabía quiénes eran los padres de Xalara.
Alexios se lo reveló cuando metió la espada y aquel antiguo libro en esa misma maleta para entregárselos a la chica por su mayoría de edad, tal y como se lo había prometido a su padre.
Andris fue testigo de ese momento y el presidente no se resistió a contarle para quién eran.
Posteriormente, Alexios le entregó la espada y el libro a Xalara como legado de sus padres.
Dos días después de hacerlo, los herederos atacaron su casa y la secuestraron, y ahora estaba convencido de que esa herencia era el verdadero motivo.
Acababa de desbloquear una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada en su memoria, lo que desencadenó un flujo de recuerdos que inundaron su mente, sobre todo el hecho de que Ar había sido culpado de robar dos objetos de gran valor para el Lórdezeit.
Era evidente que de alguna forma debían de tratarse de la espada y el libro, y que todo el caos de los últimos días tenía como objetivo el poder recuperarlos.
Pero lo que aún no comprendía, es que, según recordaba, Ar no llegó a sustraer nada de aquella cripta, pues fue descubierto antes de poder hacerlo. Sin duda, tenía que estar equivocado.
Él mismo había condenado a Xalara sin saberlo, a la niña que prometió proteger, y se odió por ello. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? La verdad estuvo todo el tiempo delante de él y siempre se negó a verla.
La noche parecía volar, pero Andris no regresaba al Palacio de la Sede.
«Quizá se ha olido algo y no piensa volver», especuló el presidente, dispuesto a desplazarse a la Mansión Nórebol con tal de encontrarse con Andris.
Aquella mansión le aterraba más que cualquier otra cosa que existiese, sobre todo después de haber oído la historia de Drayan Dosten y sus amigos.
Nunca había creído, o, mejor dicho, nunca quiso creer en los fantasmas, pero debía reconocer que ahora tenía demasiados motivos para hacerlo, igual que los tuvo durante mucho tiempo; especialmente aquella madrugada de hacía diecisiete años.
Los ansiados golpes en la puerta llegaron cuando la luz ambarina del sol naciente comenzaba a filtrarse en la ciudad de Bibrébem. La puerta se abrió a continuación, dejando ver primero a Ázur y, detrás, estaba él. Su rostro reflejaba agotamiento.
Ázur fijó la mirada en Alexios que, sin levantarse del sillón, le dedicó un sutil gesto de asentimiento. El capitán de la Escolta Presidencial cerró la puerta y los dejó a solas en el despacho; aunque en el último momento Alexios se vio tentado de pedirle que se quedara.
—Por fin te veo —habló primero Andris—. Ya creía que Ázur custodiaba tu cadáver.
Las bromas de Andris habían dejado de hacerle gracia, y en ese momento su habitual tono irónico le resultaba insoportable.