Chapter 22 Una verdad desoladora #2
Se entristeció al comprender que ya nunca más volverían a hacerlo, porque Aura estaba muerta y Xalara muy probablemente también, aunque no debía perder la esperanza de encontrarla aún con vida, pues le había hecho una promesa a su amigo…
Se decidió a entrar en una taberna llamada El agua gris, cuya fachada de hormigón ostentaba un elegante tono plateado, y su puerta, casi toda de cristal, estaba enmarcada en acero.
Dentro solo había un hombre delgado y calvo, situado detrás de la barra.
Él se fijó en ellos y su rostro se iluminó con una sonrisa, mostrándose afable de inmediato.
—Vaya, es todo un honor recibir a tan nobles personalidades en mi taberna —dijo con fingida y excesiva deferencia—. Por favor, díganme qué desean tomar, tenemos los mejores licores de la ciudad.
—No hemos venido para eso —intervino Ázur de forma contundente—, solamente queremos hacerle algunas preguntas.
La actitud del tabernero cambió al instante.
—En ese caso, ustedes dirán, estoy a su entera disposición.
—¿Últimamente ha frecuentado esta taberna el señor Andris Bóstoul? —preguntó Ázur, ya que acordaron que Alexios no hablaría para evitar el riesgo de que alguien pudiese reconocer su voz.
—¿El vicepresidente? —preguntó el tabernero con sorpresa—. No puedo responder a eso, es algo confidencial, se trata de una persona demasiado importante —negó de forma ostensible con la cabeza.
—Se lo puedo pedir por las buenas, o si lo prefiere… —lo amenazó Ázur acariciando el pomo de su espada, asegurándose de que el tabernero lo veía.
—No, la verdad es que hace meses que no lo veo —soltó sucinto y con la voz trémula.
—¿Meses? —preguntó Alexios sin poder contenerse—. ¿Está usted seguro?
El tabernero miró ceñudo al presidente, seguramente porque su voz le resultaba familiar.
—Sí, meses —le garantizó—, y la verdad es que es una gran tragedia para mí, porque solía dejarme enormes cantidades de dinero. Invitaba a mucha gente y montaba grandes fiestas.
—Está bien —dijo Ázur—, gracias por su información; espero que sea discreto.
—No tienen por qué preocuparse, no diré absolutamente nada.
Salieron de la taberna y, para desechar la duda de que únicamente hubiese dejado de frecuentar ese local, entraron en otros, recibiendo unas respuestas bastante parecidas a la primera.
Después regresaron al Palacio de la Sede acompañados de una nueva pregunta: ¿A dónde iba todas las noches Andris si no visitaba las tabernas?
De vuelta en su despacho y tras devolverle el uniforme al escolta presidencial, Alexios no dejaba de rumiar lo que acababa de descubrir.
Al principio intentó convencerse de que estaba pensando demasiado mal de Andris y que seguro todo tendría una explicación fehaciente que nada tenía que ver con sus desoladoras sospechas, pero también debía reconocer que todo indicaba a lo contrario.
Recordó cómo en su juventud, cuando eran Los 4, Andris siempre era de los que tiraban la piedra y escondían la mano, nunca se erigía como el líder de ninguna de las bromas, pero siempre era el que impulsaba a los demás a cometerlas.
Tenía un carácter, en cierto modo, manipulador y reservado, pero de ahí a pensar que lo hubiese estado engañando todo este tiempo…
También se le ocurrió que quizás Andris tenía pareja, justificando así sus secretas salidas nocturnas, aunque no se lo comentó a Ázur, porque en realidad era una teoría absurda.
Tenía que dejar de engañarse a sí mismo y ver lo que se ocultaba delante de sus ojos, como le había aconsejado Perseus Bábet.
De pronto cayó en la cuenta de que él podría ayudarle.
Perseus le sugirió que investigase a dónde salía Andris por las noches, por lo que él tenía que saber algo.
—Tengo que seguir al vicepresidente —dijo de repente Ázur—, así sabremos a dónde va.
Alexios supo que estaban pensando lo mismo, aunque de manera diferente.
—No, se me ocurre una idea mejor —dijo—. Iré a ver a Perseus Bábet.
Acto seguido, Alexios compartió con Ázur lo que el antiguo consejero de defensa y justicia le dijo la noche en que ordenó su arresto. Entonces Ázur estuvo de acuerdo en que sería conveniente que fuese a hablar con Perseus.
Esperaron a que se hiciese de noche, con la esperanza de que el ambiente nocturno ayudase a ocultar sus movimientos por el Palacio.
Cuando las campanas conectadas al Gran Reloj resonaron once veces, Alexios descendió por la Gran Escalinata acompañado de Ázur.
Al llegar a la planta más baja, cruzaron la pasarela y entraron en la torre posterior del Palacio de la Sede, donde bajaron por una sombría escalera hasta llegar a una entrada bloqueada por una puerta con barrotes de acero y custodiada por un guardia que se apostaba bajo una lámpara.
Inmediatamente y sin hacer preguntas, el guardia abrió la puerta al ver quién llegaba.
—Iré solo —anunció Alexios tras ver que Ázur hacía ademán de seguirlo.
—Pero, señor, no debería…
—Iré solo —insistió una vez más—. Tú espérame aquí.
—Está bien…
—Le aviso de que ahí abajo no hay luz, señor —dijo el guardia de la puerta.
—Lo suponía.
—Si quiere puedo traerle una linterna —propuso el guardia.
—No será necesario —Alexios colocó la palma de su mano derecha mirando hacia arriba—. Volter.
Sus dedos iluminaron unos escalones de piedra que descendían en espiral hasta perderse en la oscuridad.
—Tenga cuidado —dijo Ázur.
—El preso está encadenado y esposado, pero por precaución será mejor que no se acerque demasiado a los barrotes —le advirtió el guardia antes de cerrar la puerta.
Tras asentir a todas las indicaciones y avisos que le dieron, Alexios sintió un ligero estremecimiento al verse allí solo. La mera idea de que Perseus estuviera ahí abajo, encadenado injustamente en medio de aquella fría oscuridad, le generó un profundo sentimiento de culpa.
Descendió por escalones cada vez más húmedos y resbaladizos, algo de lo que no le advirtieron. Cuando miró hacia atrás por primera vez, la claridad que emitía la lámpara situada en la puerta de arriba ya se veía muy distante, indicándole que había bajado muchos metros.
Al concluir el tramo de escaleras, se halló en una especie de túnel claustrofóbico y húmedo.
Las paredes nada tenían que ver con las del resto del palacio, aquí eran de un ladrillo cuya tonalidad oscura transmitía frío y soledad con solo mirarlas.
La temperatura había descendido varios grados, tanto que hasta el aliento se convertía en vaho al salir de su boca.
El techo abovedado estaba a una altura tan baja que incluso llegaba a rozar en él con la coronilla, dándole la sensación de que todo el peso del Palacio recaía sobre él.
Había dos hileras de celdas dispuestas a ambos lados, todas ellas cerradas con barrotes oxidados.
Aquellas celdas parecían estar construidas desde antes de que existiese el propio Palacio.
El presidente avanzó por el pasillo bajo un incesante y múltiple goteo, alumbrando todas y cada una de las celdas hasta que, en la más alejada a las escaleras, encontró lo que estaba buscando.
Perseus tenía las manos encadenadas mediante unas esposas enguantadas que, no solo lo mantenían aferrado a la pared, sino que también le imposibilitaban cualquier intento de usar la arlasofía.
Estaba sentado sobre paja, como si se tratase de un cerdo en su pocilga, y, a decir verdad, aquello no se diferenciaba demasiado de una, dado el olor a orina y excrementos que desprendía un cubo de metal situado al lado del antiguo consejero.
Perseus tenía la cabeza hundida entre las piernas, y si no llega a ser por las vaharadas de aire cálido que emanaban de su boca, Alexios habría creído que estaba muerto.
El antiguo consejero levantó la vista con los ojos entrecerrados debido a la iluminación que desprendía la mano del presidente.
—Vaya, jamás pensé que el presidente de Las Cinco Comarcas llegaría a rebajarse tanto como para descender hasta aquí —dijo Perseus con su tan característico tono mordaz, aunque sonase mucho más apagado de lo habitual—.
Disculpe el estado tan deplorable de mi hogar y mi atuendo; de haber sabido que vendría, lo habría dispuesto todo para honrar su presencia.
—No sabía que estas celdas fuesen… así —se excusó Alexios, acongojado por lo que estaba viendo.
—¿No? Bueno, entonces ahora ya me siento mucho mejor.
A Alexios le resultaba turbador que, después de todo, Perseus no hubiese perdido su carácter socarrón.
—Lo siento, de verdad que no lo sabía.
Perseus negó mostrando un atisbo de debilidad en su semblante, el cual se esforzó por borrar de inmediato. A pesar de ello, Alexios creyó ver lágrimas en sus fatigados ojos.
—¿A qué se debe el honor de la visita? —preguntó Perseus.
—¿Qué ocurrió durante la Noche de la Conquista? —respondió Alexios utilizando una pregunta directa.
—Ya veo —dijo Perseus—, esto es otro interrogatorio.
—¿Qué pasó para que todos los escoltas presidenciales muriesen?
—Salvo yo —precisó Perseus con naturalidad.
—Salvo usted.
—Esa es una historia muy larga, señor —explicó—. ¿De verdad quiere oírla?
—Me parece que tenemos tiempo más que suficiente para ello.
—Supongo que sí, en ese caso… Estábamos en el Salón de Conferencias cuando el Lórdezeit atacó el Palacio de la Sede. Sus fuerzas eran terribles, y eso que no usó a los nukternozes contra nosotros, tampoco le hizo falta.
—¿Se atreve a nombrarlos? —interrumpió el presidente con un mohín de horror.
—¿Usted no? Al fin y al cabo, desaparecieron con él, ¿no es así? ¿Qué peligro puede existir?
Alexios tragó saliva y torció el gesto, como si acabase de embuchar algo cuyo sabor era horrendo.
—Continúe.
—Como le iba diciendo… estábamos en el Salón de Conferencias y ellos entraron por las puertas de las dos torres.
Tratamos de defender a la presidenta, pero nos superaban ampliamente en número; luchamos y perdimos.
Todos murieron, pero yo solamente quedé herido.
Vi cómo mataron a la presidenta y decidí fingir que estaba muerto.
—¿Y no hiciste nada?
—¿Qué podía hacer?
—¿Te quedaste quieto en el suelo fingiendo tu muerte para poder salvarte? —preguntó Alexios, descifrando los recuerdos de Perseus.
—Así es —la verdad no le hizo pestañear.