Chapter 22 Una verdad desoladora
Llevaba varios días sin salir de sus aposentos. El presidente había dado la inexorable orden de que no se le molestase bajo ningún concepto, y la Escolta Presidencial, haciendo turnos continuos, estaba apostada día y noche en las puertas para asegurar que se cumpliera.
Rompiendo con la tónica habitual ejercida durante su mandato, Alexios no quiso dar la cara en una rueda de prensa en la cual debía anunciar la aprobación de la pena de muerte para los herederos y el posterior arresto de Perseus.
En su lugar, delegó esas funciones a su gabinete de prensa, quienes se encargaron de enviar una carta a los medios de información para que estos se hiciesen eco de la noticia y se la comunicasen a los ciudadanos.
Como cabría esperar, el arresto de Perseus Bábet acaparaba los titulares de todos los medios de comunicación.
La ausencia de argumentos al respecto hizo que las especulaciones fuesen aumentando con el paso de los días.
Se preguntaban dónde estaba el presidente, y muchos insinuaban que su dimisión solo era cuestión de horas.
Sin embargo, lo que verdaderamente había hecho mella en la moral de Alexios, no fue el arresto de Perseus, ni tan siquiera las permanentes especulaciones sobre su situación al cargo de la presidencia, ni tampoco el tener que enfrentarse a la crisis institucional más grande desde que era presidente.
Lo que de verdad perturbaba su tranquilidad era la extraña salida nocturna que había llevado a cabo Andris, desobedeciendo sus órdenes directas y refutando, en cierta manera, el alegato que Perseus le había dado justo antes de ser arrestado y por el que, en realidad,
se había decidido a encerrarlo en una celda.
Bábet señalaba a Andris como el verdadero cómplice en la fuga de los herederos y culpaba a Alexios por no querer ver la verdad que se ocultaba ante sus ojos.
¿Pero cómo dudar de quien más le había ayudado, de su amigo de la infancia, de la persona a la que más unido se había sentido nunca?
Sin contar a su inseparable Ar, por supuesto, al que no dejaba de recordar en los últimos tiempos, pues Xalara seguía desaparecida y el sentimiento de traición a su promesa no dejaba de agobiar su conciencia.
Al presidente se le disparaba el pulso cada vez que pensaba en la posibilidad de que todo lo que se negaba a creer fuese cierto. Por las noches, cuando extrañamente lograba encadenar más de diez minutos de sueño, siempre lo acosaban las pesadillas, y en casi todas ellas, Andris era el protagonista.
En numerosas ocasiones, sintió el impulso de ver a Andris.
Quería una explicación de por qué la otra noche, después de habérselo prohibido explícitamente, salió del Palacio de la Sede para hacer quién sabe qué; pero siempre terminaba echándose atrás en el último momento.
Era como si no se atreviese a descubrir su traición, porque eso la convertiría en verdad y por lo tanto en algo irreparable.
Tampoco el vicepresidente hizo mucho por encontrarse con él.
Alexios supo que tan solo en una ocasión exigió verlo, pero le fue denegado.
El presidente sabía que tarde o temprano esa conversación tendría que darse, y que cuanto más la postergara, más complicada se volvería, sobre todo si finalmente Andris era el verdadero traidor.
También le informaron de que Orsius Dónel, el capitán de los cuero negro, había solicitado audiencia con el presidente en más de una ocasión, pero todas sus peticiones fueron rechazadas, igual que cualquier otra.
Su único vínculo con el exterior era al capitán de su Escolta. Ázur nunca le había dado motivos que le pudiesen producir cualquier tipo de duda sobre su lealtad, aunque dadas las circunstancias, no podía dar nada por seguro.
Un golpe brusco interrumpió sus pensamientos, anunciando que Ázur volvía a llamar a la puerta de su despacho, como cada mañana a la misma hora.
—Buenos días, señor, le traigo el desayuno.
El capitán depositó la bandeja en la mesa y volvió sobre sus pasos.
—No, espera, Ázur, quédate —le ordenó Alexios, que observaba con fijeza un cuadro donde aparecía el retrato pintado al óleo de Uxos Zolian, el primer presidente de la historia de Las Cinco Comarcas—. Siéntate, acompáñame durante el desayuno —añadió girándose hacia Ázur.
Solo era una frase hecha, puesto que Alexios no tenía pensado probar bocado. Las dudas que se cernían sobre él lo sumieron en una constante sensación de malestar que le había llegado a borrar incluso el apetito.
—No sé si debería hacerlo, señor —dijo Ázur, observando la silla como si esta se tratase de algo prohibido.
—Si hay alguien que puede hacerlo, eres tú, te lo aseguro.
—No creo que merezca sus halagos, señor —opinó Ázur, y Alexios tuvo la impresión de que el capitán se ruborizaba bajo el pasamontañas.
—Vamos, siéntate, por favor —insistió Alexios.
Finalmente, Ázur se sentó, haciéndolo muy despacio, como si temiese que su presidente le recriminara por hacerlo.
—¿Has desayunado? —preguntó Alexios.
—Sí, señor, ya hace dos horas.
—Si todavía tienes hambre, puedes comerte mi desayuno.
—¿Hoy tampoco va a desayunar? —preguntó con ojos de preocupación.
Alexios sonrió.
—Eres un buen hombre, Ázur, agradezco tenerte a mis servicios.
—No es necesario que me lo agradezca. Para mí es un honor servirle y protegerle.
—Llámame Alexios, por favor.
—¿Señor?
—Por favor —Ázur asintió—, y quítate el pasamontañas, quiero verte la cara.
El capitán obedeció, dejando a la vista un rostro con el pelo castaño, aplastado y poblado de canas, así como una barba de aspecto similar, siendo más larga en la barbilla.
—Háblame de ti, ¿cómo fue tu juventud? —le instó el presidente.
—Muy normal, señor, digo, Alexios.
El presidente sonrió al comprobar lo poco expresivo que era Ázur.
—Háblame de tu familia.
Ázur titubeó antes de hablar.
—Mi padre se llamaba Grondel, y mi madre se llama Mírope, y tengo un hermano pequeño que se llama Yiro.
—¿Cuánto hace que no los ves?
—Ya he perdido la cuenta —dijo algo apesadumbrado—, pero supongo que desde que entré a formar parte de la Escolta Presidencial.
—Tu padre…
—Murió, sí, cuando yo tenía dieciocho años.
—¿Conoces el Barrio del Vaso Roto?
—Sí —contestó Ázur, mostrando sorpresa ante el repentino cambio de conversación.
—Tengo que ir hasta allí.
—¿Puedo preguntar el motivo?
Alexios se sentó en su silla.
—¿Crees que he hecho bien arrestando a Perseus Bábet? —preguntó de manera demasiado directa.
—No me compete a mí juzgar sus decisiones —respondió Ázur, mitad cohibido, mitad sorprendido.
—Tú has pasado todos estos años a nuestro lado. ¿Qué opinión te merece el vicepresidente?
—¿Señor?
—Te dije que me llamaras Alexios.
—Disculpe, no pretendía…
—Es una orden, ¿qué te parece Andris? —preguntó Alexios con un deje autoritario—. Y sé sincero, esa también es una orden.
—La verdad es que… no es fácil decir esto, pero…
—Dilo.
—No sé cómo expresarlo —vaciló una vez más—, el vicepresidente no me transmite demasiada confianza, por decirlo de algún modo.
—¿Crees que esconde algo?
—Sí se refiere…
—Sí, me refiero a la Orden de los Herederos, maldita sea —concluyó la frase Alexios, cada vez más impaciente ante la reacia actitud de Ázur.
—Creo que, podría ser que sí —asintió el capitán de la Escolta Presidencial.
—Yo también lo creo —admitió el presidente sin medias tintas—, por eso tengo que ir al Barrio del Vaso Roto, para investigar si Andris frecuenta esas tabernas por las noches como él dice, o si por el contrario va a otro sitio, como sospecho.
Pero que yo vaya allí puede ser demasiado llamativo, por no contar que hay decenas de periodistas agolpados a las puertas del Palacio esperando captar alguna imagen mía.
—Podría ir yo y hacer ese trabajo por usted.
—No, te lo agradezco, y no es que no confíe en ti, pero necesito escucharlo con mis propios oídos.
—En ese caso… Se me ocurre que podría hacerlo disfrazado.
—Explícate.
—Podría ir vestido de escolta presidencial. Con el uniforme y el pasamontañas nadie le reconocería.
Alexios lo deliberó durante unos instantes, sorprendido ante la perspicacia que exhibía Ázur, y se preguntó si quizás en su momento no hubiese sido mejor haberlo nombrado vicepresidente a él en lugar de a Andris.
—Es una buena idea —manifestó al fin Alexios—. Consígueme un uniforme y asegúrate de que nadie te vea traerlo; tú irás conmigo.
—Informaré al resto de escoltas —asintió Ázur—. Uno de ellos vendrá hasta aquí y le cederá el uniforme, después permanecerá escondido hasta nuestro regreso. Así no levantaremos ningún tipo de sospecha.
—¿Confías en tus compañeros?
—A ellos les confiaría mi vida, Alexios.
—Está bien, ve entonces.
Ázur hizo una media reverencia y se fue cargado de prisa.
Tres cuartos de hora más tarde, Alexios salía del Palacio de la Sede vestido de escolta presidencial y acompañado de Ázur.
Tuvieron que atravesar la maraña de periodistas que se agolpaban a las puertas, los cuales no desaprovecharon la oportunidad para preguntar por el presidente.
Después utilizaron la estación de traslado, que los llevó hasta el barrio del Vaso Roto en cuestión de segundos.
Una vez allí, se adentraron en el entramado de calles estrechas y adoquinadas.
A esa hora el barrio estaba casi desierto, pero a pesar de ello y aunque su identidad estaba oculta, Alexios se sentía vulnerable.
Era evidente que la presencia de dos escoltas presidenciales no pasaba desapercibida, y dados los últimos acontecimientos en el ámbito político, daría lugar a toda clase de especulaciones.
La zona que albergaba las tabernas más exclusivas de la ciudad comenzaba en un cruce donde convergían tres pintorescos callejones. Alexios tenía la certeza de que Andris solo frecuentaría ese selecto tipo de establecimientos, por lo que el resto quedaban descartadas.
Un par de hombres entraron en uno de esos negocios portando cajas con bebidas, y el presidente no pudo evitar acordarse de Xalara y Aura, quienes se dedicaban a ello cuando vivían en Yadarme.